La Albufera que nos dejaron

Agua, cañas, patos: la Albufera
Agua, cañas, patos: la Albufera

La clásica mentalidad humana ha dictado mirar el entorno como posesión económica: si produce, se explota; si no, no sirve. Aquí y en la China. Particularmente, estas ideas cerriles han sido una catástrofe para las costas y los humedales. A menudo fueron vistos como lugares misteriosos, casi patógenos, que si no tenían una función muy clara –como la pesca o la caza- fueron arrasados sin contemplaciones. Ha pasado desde siempre, pero durante el Franquismo se pisó el acelerador a tope, con nefastas consecuencias ambientales.

No hay ninguna zona húmeda natural que mejorase durante la dictadura (solo crecieron los embalses), y algunas incluso fueron tapadas para siempre, por ser consideradas lugares insalubres e inútiles. Ejemplos: la Laguna de la Nava, en Palencia, conocida como ‘Mar de Campos’ (!) y aniquilada en los 50, hoy mínimamente recuperada. La Laguna de Duero, en Valladolid, ubicada donde la localidad homónima, hoy reducida al absurdo. O la Laguna de la Janda, en la costera Tarifa (Cádiz), sepultada en los años 60. Qué decir de las Tablas de Daimiel, cuyos manantiales básicos fueron desviados al regadío. De vez en cuando, en temporadas excepcionalmente lluviosas, todas ellas resurgen en parte y por un rato. Como los espectros que recorren sus antiguos palacios.

Nos cruzamos con un pescador activo
Nos cruzamos con un pescador activo

A la Albufera de Valencia, célebre laguna salobre pegada a la capital del Turia, no le fue tan mal como para extinguirse, pero sufrió de otra manera. Siguió viva, porque ahí sí había una rentabilidad de bolsillo: la pesca casi proverbial de especies como la anguila o la lubina. En realidad las mordidas que la desmembraron empezaron mucho antes, pues desde que los árabes trajeron el arroz había ido siendo enterrada a plazos, con vistas a generar campos de cultivo. Más aún a partir del siglo XIX. Si hace pocos milenios tuvo 30.000 hectáreas de extensión (un verdadero ‘pequeño mar’, que es lo que significa su nombre en árabe), hoy mide unas 2.400, rodeada de una inmensidad de arrozales. Pero seguía siendo fuente de peces, y salvó su versión reducida. Desde 1986 encabeza un variado Parque Natural de 21.120 hectáreas.

El gran golpe reciente llegó por otro flanco: el del espectacular desarrollo industrial y turístico del entorno, también durante el Franquismo. Las aguas de esta laguna comunicada con el vecino Mediterráneo se contaminaron. Se debió a los vertidos impunes de las empresas y las urbanizaciones turísticas vecinas, e incluso a los pesticidas y abonos más potentes e incontrolados que se usaron en ‘el marjal’, lo que hoy son los arrozales. En pocos años, la base de la vida –el agua- se envenenó. Los peces disminuyeron tanto que incluso la pesca ha perdido sentido, hoy día.

Jaume con el palo, que usa solo por si acaso o a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel
Jaume con la percha, que usa a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel

“Hasta los años 60, esto era un paraíso”, corrobora Jaume Bru, nuestro barquero. Es de El Palmar, pueblecito situado en la esquina sureste del lago y muy enfocado al turista que viene a conocer esta laguna singular: ‘espejo del sol’, dicen que la rebautizaron los árabes. Jaume, llamado como el rey aragonés que precisamente venció a los musulmanes, recuerda pasadas grandezas de la charca gigante. No solo nos guía, también rememora con varios puntos de nostalgia lo que fue la Albufera antes del caos. Pasó muchos años en Madrid, ya veterano retornó a sus raíces y ahora da paseos en barca a los visitantes. Ha comprobado en primera persona el gigantesco declive del lugar.

La mejor manera de conocer algo es meterse, claro, así que vayamos dentro. Algunos se aproximan al lago atraídos por el mito literario –y luego televisivo- Cañas y barro, novela del valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1902) que usa la pesca en El Palmar de telón argumental de fondo.  Otros, como yo, nos acercamos en busca de lo que queda de los últimos espacios naturales. En este caso, uno de los principales humedales del país, aun con todas sus miserias.

Excursión por la lámina de agua

Nuestro paseo por la Albufera de Valencia iba a durar en torno a una hora. Pero ir fuera de temporada, y también fuera de fin de semana, y también fuera del atardecer, tiene sus ventajas: solo somos cuatro visitantes, y el siempre sonriente Jaume es un hombre simpático. Total, prácticamente se duplica el tiempo del viajecito. En su barca caben, bien apretujados, unos 30 clientes, así que vamos holgados. En tiempos las embarcaciones de El Palmar las movía Eolo, que soplaba sus velas latinas, o si no la tracción humana. Se usaban largas perchas para impulsarlas pinchando en el fondo, pues normalmente no está a mucho más de medio metro de profundidad, dos como máximo. Hoy ya se desplazan a motor, pero las varas están a la vista: como parte del atrezzo y por si falla la ingeniería diesel.

La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción
La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción

Partimos del embarcadero municipal de la localidad, donde aún perviven algunas barracas, casas típicas valencianas de tejado vegetal exageradamente empinado. Es bueno para ayudar a desalojar el agua del cielo, pues las trombas también son típicas aquí. Nos alejamos del pueblo a través de una especie de avenida entre plantas adaptadas al agua como carrizos, masiegas y eneas. Hay días, como el que nos toca, de líquido y aire casi absolutamente dormidos. Nos cuenta Bru que, cuando se mete el viento a saco, se mueve un oleaje casi marino.

El tran-tran del motor nos acompaña unos minutos mientras salimos de la orilla este. De pronto la avenida se abre, como en una gigantesca plaza color marrón verdoso, que es el que actualmente exhibe la superficie acuática; hace solo medio siglo era perfectamente transparente. Nuestro sencillo viaje nos dirige a la isleta de La Manseguerota, bastante céntrica, que no levanta apenas del nivel del agua pero se distingue por la jungla palustre que la cubre.

Propietarios alados

Unas decenas de metros antes de la ínsula, una barrera de grandes estacas espaciadas marca la frontera donde no pueden entrar las embarcaciones. Casi todas lucen su correspondiente y oscuro cormorán, algunos con sus alas solemnemente abiertas para secar las plumas. Tienen el plumaje húmedo tras sus buceos, y así no pueden volar directamente. Por eso, informa el barquero, cuando se espantan han de tirarse al agua para corretear unos pasos sobre la superficie, como los basiliscos, aprovechando la carrerilla para tomar impulso desde abajo y despegar. Y, dentro del santuario, cientos y cientos de patos. Han aprendido que no podemos entrar, y hay muy pocos fuera. También deben de saber que en la laguna no se permite la caza, mientras en los arrozales del entorno (22.000 hectáreas) sí, por épocas.

Prohibido que entren barcas desde la línea de estacas hacia la isla de La Manseguerota; es dominio de patos y cormoranes
Isla de La Manseguerota: patos y cormoranes

Entre lo más evidente que se aprecia en el pelotón nadador están el ánade real –sobre todo-, el pato cuchara y el pato colorado. En invierno se pueden juntar aquí más de 25.000 anátidas, y varios miles más de garzas, limícolas y gaviotas de especies variadas. Según un completísimo estudio de varios ornitólogos, las especies de aves observadas en la Albufera son unas 350, entre las nidificantes, invernantes y las que la disfrutan en sus pasos. Algunas no las han visto ni ellos, porque han recopilado citas antiquísimas.

Tras rodear parcialmente La Manseguerota, vamos a una zona despejada de la ‘plaza’ y paramos allí, en mitad de la nada. Jaume apaga el motor y se sienta para contarnos la historia física y hasta política de la Albufera, en medio de la paz más absoluta. Nos habríamos quedado allí el día entero.

Gajo del Mediterráneo

Un vistazo a nuestro alrededor ya revela lo llano que es todo esto: algunos edificios, a lo lejos, son lo más alto que se ve, aparte de sierras más en tercer plano. Como relata el barquero, la Albufera por antonomasia, con mayúsculas, es un espectacular ejemplo de albufera en sentido amplio: dícese de laguna litoral que en su día era parte del propio mar. Esto era una bahía que se fue cerrando, gracias a los lodos que transportaron y descargaron durante milenios dos ríos. Son famosos, de los de retahíla escolar, y desembocan aquí cerca, separados por poco más de 30 kilómetros: el Turia, al norte, y el Júcar, al sur.

¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?
¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?

Su callada labor fluvial de siglos edificó una restinga o estrecho cordón de tierra que terminó separando al Mare Nostrum del nuevo lago, inicialmente salado como papá. La restinga es hoy un bosque de pinos y arbustos sobre sustrato arenoso, la Dehesa del Saler; después vienen el cinturón de dunas y la playa. Dicen que esa división Mediterráneo/Albufera no se hizo definitiva hasta tiempos de los romanos, aunque nunca fuera absoluta. Gran mar y ‘pequeño mar’ conservan comunicación por varios pasillos líquidos, las ‘golas’, un tanto canalizadas hoy día por necesidades del guión agrícola. Pero poco a poco, a base de arroyos y torrentes del entorno o manantiales (conocidos como ullals), el lago pasó a ser de agua salobre, más bien dulce.

La de Valencia es uno de los grandes ejemplos ibéricos de este fenómeno de las albuferas, aunque hubo varias más –hoy desaparecidas- en la propia costa valenciana y otros puntos del Mediterráneo. Aún quedan algunas en Mallorca y Menorca, y el machacadísimo y murciano Mar Menor también lo es. Su restinga es la célebre y hormigonada Manga, base donde se asienta un ejército de apartamentos que regaló el Un, dos, tres.

Estas singulares condiciones hicieron de la Albufera de Valencia un enclave de lujo para la pesca. Hicieron. Aún pasamos junto a las barquichuelas casi monoplaza de los pescadores, o al lado de los pequeños cercos de mornells, nasas muy alargadas que sirven para atrapar la anguila. Pero la captura de esta y otras especies ya no es negocio.

En los 60, cuando Jaume era niño, trabajaban aquí unos 300 pescadores. Ahora, tras apenas unas décadas de polución galopante, quedan “57 en activo”, pocos con dedicación exclusiva. Y dos de ellos mujeres, hijas de Carmen Serrano, una Juana de Arco de El Palmar. Ella encabezó en los 90 una encomiable batalla por los derechos femeninos, ya que la tradición del pueblo otorgaba derecho de pesca solo a los hijos varones de los autóctonos (“a mí me parece troglodita”). El pueblo se dividió entre los conservadores, que no querían cambiar este ejemplo centenario de machismo, y los renovadores. Ganaron estos últimos, o sea ellas, pero las heridas no se han curado.

Valencia hispanica

No, no un eslogan nacionalista ni de la ‘Marca España’. Valencia hispanica es el nombre científico del samaruc, escasísimo pececillo de aguas dulces o un poco salobres de las costas mediterráneas, que a escala global prácticamente se circunscribe a la Comunidad Valenciana, como queda claro desde el latín. Es otra víctima de la contaminación. Por supuesto, existía en la Albufera, pero ya es casi relíctico. Habiendo desaparecido casi todo su hábitat, apenas quedan poblaciones fuera de los criaderos y ciertos regatos secretos.

Así lo analiza Bru: el paraíso que él conoció también era “un verdadero bosque” de vegetación subacuática, arrasado por la misma polución y la opacidad del líquido. Aunque haya mejorado algo la calidad de las aguas, todavía estamos muy lejos de unas décadas atrás. Simplemente el animal “no tiene dónde ocultarse. Los crían en viveros, pero si los sueltan no tienen refugio” y “se los comen los pájaros”. La misma contaminación hace languidecer a los invertebrados de los que se alimenta, y por los recursos compiten también especies exóticas. Mal panorama.

Peces que ya no están. Aguas que se volvieron opacas. Una laguna reducida a menos del 10% de lo que fue. Y todavía derrocha encanto, todo aquello. Lástima que hay que volver a puerto. Ha sido bonito, pero redescubro cuánto añoro la máquina del tiempo, y eso que no está inventada, que sepamos. Si alguna vez existe, supongo que no solo tendrá marcha atrás, sino también marcha adelante. Cuando caiga en mis manos una, ¿quién se apunta a otro viaje a la Albufera? Pero hacia el futuro, que siempre es arriesgado. Con la esperanza de que las aguas, como en el pasado, vuelvan a mostrar sus entrañas boscosas y animadas.

'Espejo del sol'
‘Espejo del sol’

La otra Cebollera y su reliquia botánica

A la izquierda, la meta
A la izquierda, la meta

Aunque no hubiera nada arriba, que no es el caso, siempre llamaría la atención subir a un pico llamado ‘Tres Provincias’. El nombre lo dice todo, tiene que ser un lugar especial. El último fin de semana, concretamente el domingo 11 de enero, un amigo y yo nos encaramamos a uno de los que hay repartidos por la geografía ibérica, exactamente el del vértice del mapa de la Comunidad de Madrid. En su cima confluyen también los territorios de Segovia y Guadalajara. Los mapas nos los hemos inventado los humanos, pero psicológicamente no es una subida cualquiera, es como si puntuara más de lo normal.

No es el único, ya lo hemos dicho. Sin ir más lejos, está el propio Tres Provincias de Urbión, donde se juntan Soria, La Rioja y Burgos. O el Mojón de las Tres Provincias de la Cordillera Cantábrica, selecto apretón de manos entre Palencia, León y Cantabria. O la pirenaica Mesa de los Tres Reyes, donde según la leyenda podían sentarse a negociar los monarcas medievales de Francia, Aragón y Navarra sin abandonar ninguno de ellos su respectivo territorio. Pero de todos estos, el Tres Provincias de Somosierra (2.129 metros) es el único donde no solo se juntan provincias o reinos, sino también autonomías: Madrid y las dos que empiezan por Castilla.

Enfrente, el chorro de Somosierra
Enfrente, el chorro de Somosierra

Es curioso asimismo que tanto en Soria como en Somosierra haya dos picos llamados igual, y que esto se repita con el segundo nombre del madrileño: Cebollera, más concretamente Cebollera Vieja. Más allá de divisorias políticas sobre el papel, físicamente está ubicado en el extremo oeste de la Sierra de Ayllón, que hacia el lado opuesto toca también con Soria y la Sierra de Pela. Todo me produce indirectas reminiscencias sorianas, potenciadas por el hecho de que me acompaña un nativo de la capital del Alto Duero.

Evidentemente, al Cebollera Vieja se puede ascender por varias de sus vertientes, pero nosotros usamos la vía más habitual, desde el mínimo pueblo también llamado Somosierra, el más alto de la región madrileña (1.433 metros). A pesar de la ruidosa cantinela de la autovía A-1 que pasa al lado, este rincón en torno al puerto homónimo –que comunica las dos mesetas- es magnífico. Sobre todo a la orilla este de la carretera, donde se encuentra la cumbre. En poquísimos kilómetros cuadrados coincide un puñado de maravillas. Por ejemplo, el nacimiento del tan segoviano río Duratón (ladera oeste del Tres Provincias), en sensacional cascada; el afloramiento del río Jarama (ladera sureste), tan madrileño; dos de los hayedos más al sur de Europa, el de Montejo y el de Tejera Negra; y unas vistas generales de escándalo. Vale la pena acercarse, mucho más allá de la anécdota geográfica.

Primer desvío: a la izquierda
Primer desvío: a la izquierda

En dos horas y media, hecho

Eso, unos 150 minutos tranquilos pero sin paradas, es lo que nosotros tardamos en alcanzar el vértice geodésico tripartito. Es una marcha apta para todos los públicos, que tiene la meta 700 metros más arriba que la salida. Con descansos, especialmente válidos en el único kilómetro verdaderamente empinado, saldría algo más de tiempo, pero no muchísimo más. Para el descenso, si es por el mismo camino, haría falta poco más de hora y media extra, para un total de 4. Íbamos con cierta expectación, sin poder calcular la cantidad de nieve que nos podíamos encontrar. Es que semanas antes tuve una buena dosis en la Cebollera sorianoriojana. Sorprendentemente o no, apenas había nada, salvo en zonas muy sombreadas y los últimos minutos hasta la cúspide. Para ser invierno, me pareció hasta preocupante.

Las instrucciones son sencillas, porque la Sierra de Ayllón está llena de tajazos en forma de caminos forestales, algunos muy altos. La subida empieza tras dejar el coche en la gasolinera de Somosierra, y tomar la hormigonada pista con una verja de hierro que empieza ahí, ascendiendo con cierta fuerza en ese primer tramo. Pronto pasaremos junto a un depósito de aguas, y el firme se convertirá en tierra ‘para siempre’.

Inicio medio escondido del sendero empinado que comunica con la cuerda
Inicio medio escondido del sendero empinado que comunica con la cuerda

En la ladera de enfrente, rocosa y que queda a nuestra izquierda, vemos la parte superior de las citadas cascadas de Litueros o de Somosierra. Esta chorrera, considerada la más alta de Madrid, la forma el arroyo del Caño, que instantáneamente va a morir en el de arroyo de las Pedrizas, formando el nacimiento del Duratón. Desde Somosierra pueblo también se llega a su base enseguida, siguiendo simplemente por la vieja carretera nacional, en menos de un kilómetro de descenso; hay un caminito a la derecha que nos deja en el agua.

Volvamos a la subida. Tras otra verja nos internamos en un pinar de pino silvestre, de repoblación. Ya habremos advertido que todo el monte está aterrazado, hasta muy, muy arriba; en algunos puntos hay coníferas plantadas. En otros nada, y las terrazas están tomadas por los arbustos. Tras unos metros, damos con la primera de las pocas bifurcaciones: desembocamos en otra pista que tomamos hacia la izquierda, y que un rato después se vuelve a dividir. Esta vez seguiremos la opción de la derecha, más empinada. Por ahí saldremos del pinar y encontraremos algunas curvas de herradura que nos van haciendo ganar metros.

Buscando la 'pista de arriba'; abajo, puerto de Somosierra y planicie segoviana
Buscando la ‘pista de arriba’; abajo, puerto de Somosierra y planicie segoviana

Un rato de exigencia

Tras otro pequeño bosquete, la pista se convierte en llana y recta, y avanza hacia nuestra izquierda, dirigiéndose directamente hacia el Cebollera Vieja. En algo más de un kilómetro, atentos a nuestra derecha: un sendero no muy claro y muy radical, marcado en el suelo por mínimos hitos, sale en busca de más altas cotas (véase foto). Por si nos pasáramos de largo, solo unos pasos después del desvío encontraríamos el arroyo de las Pedrizas y una curva bastante clara hacia la izquierda. Así que, si nos topamos con esto, media vuelta y a buscar mejor.

El sendero empinado, que nosotros probamos con nieve helada, sube en perpendicular a las terrazas de la ladera durante unos cientos de metros, y tiene una especie de menhir o ‘colmillo gigante’ a la mitad. Por fin, da a otra pista ancha, que seguiremos hacia la izquierda. Cuando ésta se extinga, en una zona de afloramientos rocosos, tranquilamente iremos monte a través en busca del lomo del cordal, arriba a nuestra derecha, y allí hay otra pista amplia que conduce hacia la suave cima en otra media hora.

Veleidades del agua gaseosa
Veleidades del agua gaseosa

Si no abandonamos ese camino, rodearemos la cumbre y, cuando la pista baja unos metros, otro desvío a mano derecha nos lleva arriba del todo en un par de minutos. Primero encontraremos una roca con una placa en homenaje a los agentes forestales, con los escudos de las tres provincias que allí se unen, y unos pasos más arriba el vértice geodésico, que el domingo 11 de enero aún cobijaba en un hueco un pequeño belén.

Justo ahí arriba nos tocó niebla espesa, a pesar de que durante toda la jornada disfrutamos casi siempre de sol. Por eso, las mejores vistas las obtuvimos un rato antes, por el cordal. Guadarrama entera al oeste, la meseta castellana al norte, y hacia el este la espectacular cuerda que enlaza con el alcarreño Pico del Lobo, muy salvaje y que es reserva natural. Lástima que el día sea aún tan corto, porque nos queda pendiente una excursión hacia allí. El Lobo es el techo de Guadalajara (2.274 metros), y por cierto que el Cebollera Vieja es otro de los punteros de la provincia castellanomanchega.

Sorpresa boscosa

Ahí está el cilindro
Ahí está el cilindro

Para volver, lo previsto por nosotros era desandar lo andado. Preparándolo mejor, podríamos haber bajado hacia las cascadas, que es una clásica ruta circular. Pero improvisamos, sin mapas, ni GPS, ni nada. Inventarte la vuelta sobre la marcha suele ser agradecido, si la visibilidad es máxima como nos tocó a nosotros. Simplemente, empezamos a retornar sobre nuestros pasos, pero cuando llegó el desvío lo ignoramos. Seguimos unos kilómetros esa misma y ancha pista que va por todo el descendente cordal, hacia el sur. Es alucinante, pero las cuatro torres de Madrid capital se ven también desde allí, a 90 kilómetros, convertidas por el efecto óptico en único y enorme monolito. También se apreciaba la famosa ‘boina’ de mierda flotante de la urbe, especialmente nutrida últimamente.

Cuando nos pareció, en una parte de la cuerda ya mucho más baja y flanqueada por un pequeño muro de piedra, nos metimos hacia la derecha (oeste), monte a través. El pueblo se veía lejos, pero parecía accesible. El objetivo: cruzar aquel universo de piorno, retama y pinar y dirigirnos a explorar un bosque caducifolio claramente distinguible del resto, en una ladera que muere en la vieja N-I, ya cerca de las casas. Lo más parecido a la vegetación autóctona que se intuye en muchos kilómetros a la redonda.

Al llegar a él, estaba alambrado, pero con ‘puntos débiles’. No nos imaginábamos la maravilla que nos topamos. Sobre todo está formado por robles, pero también hay muchos abedules, quizá mi árbol favorito, con ese tronco blanco, habitualmente fino y salpicado de una especie de llagas negras. El suelo sonaba, tapizado de todas las hojas secas posibles; y el toque verde lo aportaban grandes y tupidas matas de acebo, como delegaciones de Garagüeta.

Abedul de siglo y medio, en la Dehesa Boyal de Somosierra
Abedul de siglo y medio, en la Dehesa Boyal de Somosierra

Y de pronto, una especie de mojón de carretera nos sorprendió en mitad de la floresta. Está colocado al lado de un grueso tronco, y lleva un cartelito, donde dice ‘Betula alba. Árbol singular de la Comunidad de Madrid. Nº 17’. Es el nombre científico del abedul, y fijándonos mejor descubrimos que el arbolaco es de esta especie. Es que parecía un roble, porque su tronco está grisáceo, por la vejez y los líquenes. Tiene unos 150 años, según el catálogo que consultaré luego en casa.

Sin darnos cuenta, nos habíamos metido en la Dehesa de Somosierra, Dehesa Boyal o ‘Dehesa Bonita’, uno de los más preciosos bosques de Madrid, poco conocido y donde durante siglos han pastado vacas y caballos, como sigue sucediendo. Relíctico, las condiciones climáticas parecen haber trasplantado un cachito de bosque atlántico aquí, tan al sur. Internet dice que hay otros cuatro árboles singulares en este entorno: dos mostajos, otro abedul y un acebo inmenso.

Finamente tuvimos que superar una cancela, cerrada a conciencia con cuerdas bien atadas, para dar con la antigua N-I y comprobar que efectivamente el núcleo urbano estaba ahí al lado. La casualidad nos había puesto delante solo a uno de los cinco árboles singulares, aunque los de alrededor, más modestos, forman un conjunto sin desperdicio. Otro plan que queda para explorar en el futuro, con más conocimiento.

Usuarios del bosque mágico
Usuarios del bosque mágico

Cotorras en la urbe: ¿y ahora qué?

Parque del Paraíso, Madrid este; al fondo, las cuatro torres y Guadarrama
Parque del Paraíso, Madrid este; al fondo, las cuatro torres y Guadarrama

Últimamente me ha dado por mirar a esos animales que saltan a la vista y el oído, pero no deberían. A las llamadas ‘especies exóticas invasoras’, como si se hubiesen organizado ellas solas y lanzado a conquistarnos, al estilo de los hunos. Una de ellas me la encuentro todos los días: es la cotorra argentina o monje (Myiopsitta monachus), que hace tiempo que en Madrid es parte indisoluble del paisaje urbano, dándole un toque cromático y sonoro a las zonas verdes. En grandes parques como la Casa de Campo forma auténticas hordas. Se va extendiendo, y no se sabe hasta dónde puede llegar.

Mi recorrido cotidiano hacia el trabajo incluye el tranquilo y longilíneo parque del Paraíso, a la derecha en el mapa de la capital de España. Está en mitad de una zona residencial, fuera de la circunvalación M-30, a medio camino entre la Puerta del Sol y el Aeropuerto de Barajas. Lo que vendría a ser un lugar silencioso, si no estuvieran ellas. Emerjo de las profundidades en la parada de metro ‘Simancas’, en la frontera misma de esa zona ajardinada, y lo primero que escucho según piso los últimos peldaños son los chillidos de los pequeños loros verdes, que siempre se mueven en grupos.

A primera vista, la verdad es que gustan. Lucen tono general verde brillante, cara y pecho grises, plumas azules en las alas, faz simpática y vivaracha, típica habilidad loruna para coger objetos con las patas o colgarse de las ramas… Pero dicen que en las distancias cortas empeoran, sobre todo por sus chirriantes voces, repetidas muy a menudo y en coro. Un soniquete que no apetece, si es junto a tu ventana. En cambio, no han venido volando desde el otro lado del Atlántico: alguien le facilitó las cosas a esta ave propia de la mitad sur de Sudamérica, y ya sabemos cómo se llama. En la vida natural, cada vez que llega un extraño a un ecosistema, como bajado de un platillo volante… malo.

Toque exótico en España
Toque exótico en España

¡Cotorras en Madrid! Suena de otro mundo, de un cuento de piratas y viajes magníficos, desde luego de regiones más cálidas. Pero el caso no es nuevo, y hace décadas que las primeras empezaron a vivir por sus propios medios en España. Según la Sociedad Española de Ornitología (SEO), la primera cita de esta especie en el territorio nacional se produjo en Barcelona, en 1975. En 1985 se la cita en Madrid, y en 1993 se comprueba que ya se reproduce en ese parque inmenso llamado Casa de Campo. Hoy día cría también en parques y jardines de varias urbes del Mediterráneo, y algunos puntos de Castilla y León, Castilla-La Mancha, Navarra, Galicia, Zaragoza, Canarias o Baleares. Es difícil saber cuántas son exactamente, pero sí está claro que son cada vez más.

¿Qué hay de Soria?

Revisando datos relativamente antiguos, de principios del siglo XXI, los mapas muestran un punto en Soria capital, como lugar de presencia de la ‘invasora’ cotorra argentina. Desde la sección soriana de la SEO, efectivamente Juan Luis Hernández afirma que entre 1999 y 2001 se vio una pareja de estos alados seres por la pequeña ciudad, sobre todo en torno a la Dehesa pero también por otros rincones como las orillas del Duero. “La cuestión es que no comprobamos que nidificara y, a partir de 2002, esa pareja desapareció. Y hasta aquí. No ha habido más citas”.

El frío puede limitar la expansión del lorito, que quizá no pueda superar demasiados de los gélidos inviernos sorianos de forma consecutiva. A la orilla del Manzanares los meses invernales no son tan crudos, y prolifera. Sin embargo, tampoco es precisamente el Mediterráneo. ¿Qué se puede esperar? Hernández no cree que llegue a asentarse en Soria. “Viendo el empuje que tienen las cotorras argentinas en Madrid y en Zaragoza”, que están cerca de la primera capital del Duero, “podría pensarse en una pronta colonización. Pero yo no lo contemplo. Por cuestiones climáticas pero, también, porque la cotorra es muy de grandes espacios humanizados y ajardinados y eso, Soria, pues no lo tiene”.

Así se crea un problema

En cualquier caso, la expectación es grande entre los interesados en la biología, y en los departamentos medioambientales de los municipios y autonomías donde se está multiplicando la cotorra, o puede hacerlo en los próximos años. ¿Hasta dónde llegará? ¿Podemos frenarla? ¿Qué hacer con los ejemplares de un animal que no tiene culpa de existir, y que nosotros mismos hemos convertido en problema?

'Nido de nidos'
‘Nido de nidos’

Entre fascinante y lamentable, resulta indagar un poco en los porqués de esta conquista. Ya en su tierra de origen, donde la cotorra monje puede ocupar zonas ajardinadas pero también campos, está considerada una plaga que puede arrasar con los cultivos. Precisamente por eso, cuando en las últimas décadas del siglo XX llegó aquí el ‘boom’ de importación de mascotas de otros continentes, la cotorrita argentina triunfó, si podemos llamar así a su particular esclavitud de jaula. Reúne algunos requisitos intermedios importantes: es pequeña, aproximadamente del tamaño de un mirlo; se le puede enseñar a imitar la voz humana; y, debido a su abundancia, resultaba muchísimo más barata de conseguir y exportar que otros parientes más cotizados.

Pero claro, el marketing solo te pinta los lados positivos. En primer lugar, a veces resulta más arisca de lo que su afable aspecto suele hacer pensar. Y fundamentalmente, no todos los oídos y paciencias están preparados para aguantar las emisiones gárrulas (chirriantes) de un ave que no destaca por su discreción. Meter un no calculado incordio en casa resultó insoportable para unos cuantos. Cometieron el segundo error, después de la compra en sí: soltar a su suerte a sus de pronto indeseados animales de compañía, que a diferencia de otras aves enjauladas reaprenden a volar al instante. Además la operación se repitió bastante y simultáneamente, en aquella época de moda. Se dice incluso que la inteligencia de este polifacético emplumado le ha llevado a escaparse a menudo, abriendo la puerta de su prisión en un descuido del vigilante…

En definitiva, las cotorras se juntaron con sus congéneres y, como se ve, se adaptaron a su nuevo hábitat, miles de kilómetros al este de su continente de origen, y a una vida en libertad en las ciudades de algunos países europeos. Tras un período de asentamiento, ha empezado a realizar sus primeras expansiones ‘voluntarias’, sus pequeñas migraciones cuando el parque de turno se satura. Estoy prácticamente seguro de que ‘mi’ núcleo del parque del Paraíso no tiene el embrión en ninguna jaula, sino de misiones de exploración y expansión a partir de la Casa de Campo u otro jardín mayor de la ciudad.

Pandilla recaudando ramitas para el nido
Pandilla recaudando ramitas para el nido

El dilema

Pueden ser molestas también al aire libre, porque esta especie es gregaria, se junta en pequeños clanes -de un puñado a unas decenas de ejemplares- y se hace notar. De hecho, tiende a apiñar tanto sus nidos, construidos a base de ramitas y palitroques, que el resultado es un súper nido, en realidad un conjunto de otros más pequeños entrelazados. La estructura es bien visible para cualquier peatón que les siga el rastro durante unos segundos, y puede pesar en torno a 50 kilos. En el Paraíso, están fundamentalmente situados en los cedros. Sobre todo, precisan de un aporte constante de material. Evidentemente, éste procede de las especies vegetales más próximas, y pueden dañarlas mucho, porque esta cotorra usa el hogar todo el año, no solo cuando cría. Dentro, se supone, el frío no es tan evidente, como pasa en los iglúes.

Y sí, el pequeño lorito chillón es un problema ambiental, no solo para los árboles y arbustos. Porque además, una vez que se establece se convierte automáticamente en más bocas que alimentar: es competencia directa para las aves autóctonas como gorriones, palomas, urracas y demás. Carente prácticamente de enemigos naturales en las urbes, se supone que no puede hacer otra cosa que subir. Como se cita en esta noticia de 2013, publicada en ‘El País’, un censo de un grupo de biólogas de la Universidad Complutense eleva el número de ejemplares salvajes de Myiopsitta monachus a 1.768 solo en Madrid capital, distribuidos por 15 parques. Y ojo, que de momento no se ha ‘atrevido’ a moverse a zonas un poco más rurales, a los cultivos que supuestamente ataca en sus países de origen.

Se verá. La Comunidad de Madrid, por su parte, autoriza desde ese mismo año a su eliminación, siempre por parte de las autoridades competentes. Y no es la única región que ha tomado medidas similares, para echar a las cotorras o para que no lleguen nunca. ¿Demasiado tarde? ¿Vale la pena? ¿Es lícito, es éticamente sostenible, a estas alturas? ¿No debería ser Dios el único competente para esas decisiones? ¿Existe? Y si existe, ¿seguro que somos nosotros?