10 días en la enciclopedia (II): el núcleo de África salvaje

Observador observado
Observador observado

Los parques nacionales de Tarangire y el lago Manyara fueron para mí una inmejorable bienvenida a la Tanzania salvaje, en la visita que hice en junio. Pero solo se trataba de los entrantes a la espera de los platos fuertes de la sabana, que me esperaban en el Serengeti y el Ngorongoro, previo desvío al singular lago Natron.

Natron: del lago del infierno al edén vertical

Desolado es poco, para definir el entorno del lago Natron, que mezcla llanura de hierbajos agostados con escarpaduras rocosas del Gran Rift. Mi chófer-guía Mudy, el cocinero Peter y yo nos asentamos en un camping muy cerca, en la Comunidad de Engaresero. Muchos de sus habitantes son masai que viven en sus poblados o ‘boma’, rodeados por una empalizada espinosa y compuestos de chozas de barro, palo y excrementos secos. Allí te ofrecen de todo, desde bailes tribales a excursiones. Prescindo de lo primero, que seguro que es divertido pero no tengo claro que muy auténtico, o muy espontáneo.

No termina de cuadrarme el ‘rollo’ que llevan la mayoría de los masai con los que me topo. Por un lado, presumen de independientes, de conservar sus tradiciones ancestrales, de ser autosuficientes gracias a una vida basada en el pastoreo de cabras y vacas. Pero por otro, en cuanto ven un blanco aparecen al instante a venderte lo que sea, desde pulseras a su propia imagen para las fotos. Y yo me pregunto, ¿por qué tanto ahínco en conseguir dinero, si alardeas de que no lo necesitas…?

El lago Natron, de aguas poco profundas y situado en la frontera con Kenia, parece el negativo del lago Manyara. Casi no hay vida, salvo los flamencos, que aguantan líquido elemento que para otros seres está totalmente envenenado. Es cáustico, contiene disueltos varios tipos de sales y toma a veces extraños colores rojizos, por explosiones de algas que sufre. Caminar por su orilla es un crepitar a cada paso, debido a la costra de materiales químicos secos que allí se acumula. Tiene mucho de sobrecogedor, pero no me parece digno del largo viaje de 150 kilómetros por pista de tierra que nos ha llevado hasta él, pese a la gran y lejana mancha rosa de los flamencos. A los que, como es lógico, no podemos acercarnos.engaresero2

El segundo día por ese entorno es opuesto. Nuestro guía masai, Emuly, es fantástico. Va envuelto en una túnica azul, lleva la característica vara en la mano, la espada corta al cinto (“si me encuentro con algún enemigo, la uso”) y calza unas sandalias artesanales muy de moda entre su tribu: la suela es de rueda de moto, que agarra muy bien y de paso deja huellas graciosísimas. Él nos conduce a las fuentes del río Engaresero, una caminata de mañana entera que para mí constituye la mayor sorpresa positiva de mis tres semanas en África, porque no me esperaba un lugar tan espectacular.

El río es aparentemente el único proveedor de agua fresca y corriente a la zona, aunque su vida es breve: nace, traza un cañón de no más de 5 kilómetros y poco después va a parar al lago Natron. Se trata de remontar el barranco, y el contraste es sublime: altas laderas desérticas a los lados, frescor y saltos de agua en el fondo. Con palmerales de tono esmeralda que se aventuran un poco cuesta arriba, como un oasis vertical que destaca mucho más entre el gris imperante. Dicho cañón termina (o empieza) en un anfiteatro cerrado, un paredón del que mana el agua en varias cascadas. Nunca me habría imaginado todo esto en un rincón del secarral. El baño lo disfruto como nunca.

Y, por la tarde, además de cervezas de marcas bien significativas (‘Kilimanjaro’, ‘Safari’ y ‘Serengeti’), me doy el gustazo de correr un rato por África, mientras los pastores nativos saludan al blanco loco con una sonrisa y un “How are you?”, y los niños salen de sus chozas a decir adiós con la manita. No he visto a nadie correr, solo a mí, y parece que les extraña. Cuando me topo con una pacífica horda de babuinos, disfruto del momento y me vuelvo: estoy cansado, y quizá he ido demasiado lejos.

El Serengeti: metidos en el documental

Viramos hacia el este en el mapa del norte de Tanzania, hacia esa inmensidad llamada Parque Nacional del Serengeti, quizá el espacio natural más famoso de África. La capital mundial de los mamíferos salvajes tiene la forma de una especie de ‘7’ invertido, y el tamaño de la provincia de Burgos… Está plenamente consagrado a la vida silvestre y sus turistas: no viven dentro ni los masai. Sus números son astronómicos: un millón y pico de ñus, casi la misma cantidad de gacelas, 200.000 cebras, miles de leones, antílopes variados, jirafas y elefantes… La quintaesencia de la sabana.

Lobo camp, en el Serengeti: un par de tiendas y el vecino
Lobo camp: un par de tiendas y el vecino

280 impagables kilómetros por pistas descarnadas nos conducen de Natron al Serengeti, donde entramos por la puerta Klein, al noreste. Después, con los pelos como escarpias, nuestro cascado 4×4 se introduce en el paraíso faunístico, unos 15 kilómetros hasta el Lobo camp, donde haremos noche. El paisaje en este sector concreto está salpicado de grandes ‘kopjes’ o rocas graníticas, ecosistemas propios en torno a los que crecen pequeños bosques más cerrados. Algunos se han reído de mí cuando les he dicho que me recordaba muchísimo a Cañada Honda de Valonsadero, pero así es. Lo único es que, en vez de vacas…

Lobo camp es un mínimo cuadrado de pasto segado para montar allí las tiendas, medirá 25 metros cuadrados. Cuenta con una tripleta de edificios: almacén, cocina y, un poco apartado, baño. Las hierbas del entorno superan el metro de altura. Al lado, un ‘kopje’ enorme y frondoso. Las historias de leones que ha vivido Mudy en este mismo lugar me invitan a no moverme esta noche de la tienda, diga lo que diga la vejiga. Y unas extrañas rocas negras asoman por encima de las plantas amarillentas: no me lo puedo creer, ¡son lomos de búfalo! Montañas de carne con cuernos en forma de peluca dieciochesca. Tienen fama de muy malas pulgas, pero se limitan a mirarme mientras rumian, ‘como las vacas al tren’.

Preludios de la gran migración, en el Serengeti
Preludios de la gran migración, en el Serengeti

Por todas partes, cada vez se cruzan más ñus, los amos y líderes de todo esto. Nos cuentan los drivers que llevan más días aquí que parece que se están agrupando y dando vueltas concéntricas cada vez mayores, antes de decidirse a la Gran Migración. Es el mayor movimiento colectivo de mamíferos salvajes que queda en un nuestro mundo, crucificado en los cinco continentes por las infraestructuras humanas. Por unos días no la vamos a pillar. Se supone que entonces el inabarcable ejército de ‘vaquillas’ grises se lanzará a cruzar el río Mara, el de las famosas comilonas de los cocodrilos, para entrar en Kenia en busca de los pastos frescos del Parque Nacional de Masai Mara, prolongación norte del Serengeti. Pero esta temporada seca ha empezado un par de semanas más tarde. Lo justo para que, en vez de la migración, contemplemos solo el calentamiento.

En fin, es imposible contar aquí lo que dan de sí tres días en el Serengeti, arriba y abajo con el coche por caminos polvorientos. Los conductores se avisan entre sí por radio cuando aparece ‘algo gordo’, que suelen ser los félidos: leones, leopardos y guepardos. La nuestra no funciona, pero no hace falta: más de dos vehículos parados en el mismo rincón, sinónimo de que conviene ir allá rápidamente. Como grupo tenemos bastante de patético: en torno al leopardo, lo más precioso que he visto nunca, hay una veintena de todoterrenos cargados de cazadores fotográficos. Y me cuentan que julio y agosto serán peores…

El leopardo y sus 'groupies', en el Serengeti
El leopardo y sus ‘groupies’, en el Serengeti

Los elefantes campan a sus anchas, impresionan siempre. Las jirafas también, como atalayas ambulantes. Los primeros rugidos de león son de un macho y una hembra bien avenidos. Y en parte, lo mejor son los sonidos, por ejemplo los nocturnos en el Nyani camp, en la zona de Seronera, en el mismo corazón del Serengeti. En Lobo camp éramos 3 tiendas, aquí más de 50. Pierde encanto, pero los sentidos siguen a tope. No solo por el mejor firmamento que jamás he contemplado (estamos en mitad de una provincia de Burgos sin luz, algo se tiene que notar), sino porque se escucha una monótona cantinela de fondo. El “gnu, gnu, gnu…”, de los onomatopéyicamente llamados ñus, que no descansan. Y sobre todo impresiona el corto y creciente aullido de las hienas que merodean al lado de las tiendas, “uúÚ, uúÚ…”. Que te hace sentir muy, muy, muy vulnerable.

Encuentros en la sabana
Encuentros en la sabana

Ngorongoro, el corral de los dioses

Otra interminable pista de tierra nos saca del Serengeti por el sureste, por la puerta de Naabi Hill, después de atravesar la parte más plana y desarbolada del parque. Ahora comprendo en su integridad la traducción al español del nombre en suajili: ‘Llanura sin Fin’. En junio, a lo largo de kilómetros y kilómetros apenas hay unas pocas gacelas de Grant y avestruces; en torno a febrero, los ñus paren por aquí, y es también el mayor alumbramiento colectivo del planeta…

Nada más dejas el Serengeti entras en la Zona de Conservación del Ngorongoro, que incluye el famoso cráter. Antes de llegar a éste, surcas planicies y colinas de nuevo muy pobladas por los masai y sus rebaños. Por cierto que a mitad de camino está el publicitado desvío hacia la Garganta de Olduvai, conocida como ‘La Cuna de la Humanidad’, donde se han hallado restos de homínidos de más de un millón de años. No vamos para no castigar más a Mudy, que ha sufrido un bajón repentino: ¡tiene malaria!, al parecer contraída en otro viaje. Pero ahí sigue, al pie del cañón. “No es un caso grave”, asegura que le han dicho los médicos…

Cráter del Ngorongoro, con el lago Makat
Cráter del Ngorongoro, con el lago Makat

El increíble Cráter del Ngorongoro nos espera. Es uno de los mayores del mundo (19 kilómetros de diámetro), y el menos alterado: en su fondo, delimitado por laderas de 600 metros de desnivel, solo hay más sabana, un lago, turistas –medio centenar de vehículos, en mi caso- y animales propios de esos lares. Que además están mucho más aislados que en otras zonas, porque no cualquiera supera semejante escalón. Bajar allí con el Land Rover, desde la maravillosa balconada superior, pone a prueba los frenos.

Es el último día de safari, y aún me falta el ‘quinto grande’, el rinoceronte negro, que a efectos prácticos solo es observable aquí, en todo el famoso norte de Tanzania: el furtivismo lo ha masacrado. Es el máximo objetivo, pero antes se ponen a tiro visual otras joyas, como 30 grullas coronadas juntas, un grupo de enormes antílopes eland, leones más cerca que nunca e incluso 20 minutos de tensa mirada entre un melenudo macho del gran gato y un búfalo, separados entre sí por 10 metros, ante una fila de coches repletos de ‘guiris’ expectantes. Al final, impera el conservadurismo: empate a cero.

Y a última hora, cerca de la despedida, Mudy para el coche y señala un punto despejado, entre la maraña de ñus, cebras y gacelas. “Congratulations”, se limita a decir. En plena siesta, con su aspecto digno del Jurásico, descansa un rinoceronte; como tantas otras veces, lejos para mi cámara, cerca para los prismáticos. Está tumbado en el suelo, a ratos cambia de postura. Es tan miope, tan llamativo, tan anacrónico, que no me explico cómo es que ha logrado esquivar a nuestra especie y seguir existiendo. África no podía darme más en menos tiempo.

La dueña del terreno, a juego con los pastos
La dueña del terreno, a juego con los pastos

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