Blog | Por Sergio Tierno / Viajes, geografía, deportes y curiosidades

Cap. 321. 16/18-12-2023

Las montañas del Kurdistán

Kurdistán de Irak (37)
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Sábado 16 de diciembre

Hoy podría haber sido renombrado como el día de las invitaciones, el día en el que hemos podido comprobar de manera intensa y cercana esa hospitalidad del pueblo kurdo de la que tanto habíamos leído. Imagino que haber salido de las grandes ciudades habrá ayudado a ello.

Ayer era viernes y por esa razón no pudimos cambiar euros a dinares, así que eso ha sido lo segundo que hemos hecho esta mañana, después de desayunar debajo del hotel. Lo tercero, hablar con un taxista para alegrarle el día: “¿Nos podrías acercar a Rawanduz?”. Todo ello, entre nuestro móvil y los gestos, pues no hablaba inglés. En un minuto hemos llegado a un acuerdo económico.

Antes de ir a Rawanduz, le hemos pedido que nos lleve a Kani Zark. Ayer, en la pastelería del trilece (cayó otro), nos dijeron que era un sitio bien bonito para tomar unos baños termales. De hecho, la página oficial de turismo del Gobierno del Kurdistán asegura que miles de personas van cada año a Akhra a disfrutar de sus aguas medicinales. De camino hemos visto varios autobuses de turistas en esta parte de la ciudad, pero Kani Zark no estaba preparada esta mañana para recibir a ningún bañista. Parece que en verano sí llenan la piscina, de agua y de personas.

Pues nada, agua y a seguir para Rawanduz. El paisaje es espectacular. A la derecha, verdes y onduladas praderas. A la izquierda, altas y pardas montañas. Después de pasar la ciudad de Khalifan, empieza una de las imágenes más famosas del Kurdistán turístico: el cañón cercano a Rawanduz.

La carretera sube y baja varias veces con numerosas curvas muy cerradas. En una de ellas hemos parado para tomar fotos y comprar algo. Hemos ofrecido dinares para que nos dieran por ellos las nueces que cupieran en esa cantidad. Nos han dado alrededor de una docena de estos frutos secos que tanto abundan aquí, pero no han permitido coger los billetes a cambio.

Poco después, en el tercer o cuarto paso de control donde nos han pedido los pasaportes e incluso nos han hecho bajarnos del coche, el oficial de turno ha terminado haciendo uso de su inglés y de su kurdo para explicarle al taxista que por favor tomara un breve desvío para visitar la cascada de Geli Ali Bag. Cuesta 1.000 dinares entrar, pero nos los hemos ahorrado porque se ve desde fuera y, la verdad, parece que dentro lo único que hay son decenas de puestos de comidas y bebidas.

De ahí, y tras pasar por una cascada parecida (Bekhal) sin parar en ella, hemos ido con el taxista hasta el Resort Shingelbana. Se trata de un gran recinto donde hay 300 casas turísticas (villas), un gran parque acuático para cuando suban las temperaturas y un pequeño parque con seis o siete atracciones de las cuales hemos disfrutado dos.

La primera es la típica recreación del bobsleigh, para sentir la velocidad bajando por un tubo semicerrado. La segunda impresiona muchísimo más, y eso que va muchísimo más lenta. Es un pequeño trenecito que primero marcha por dentro del parque, con bonitas vistas de las montañas, las más lejanas ya con nieve. De pronto, gira a la derecha y los raíles dejan de estar sobre tierra firme y se separan unos cinco metros del borde del acantilado. Es decir, que todo este trayecto de vuelta se realiza sobre el vacío. El fondo del cañón está 300 metros por debajo. Da vértigo. Se ve de nuevo la cascada Bekhal con bastantes autobuses, aunque no tantos como los que hay en Shingelbana. La mayoría de los turistas son iraquíes, del Irak Federal o, como llaman aquí, del Irak del Sur (el Irak no kurdo).

Como ya nos habíamos despedido del taxista, hemos salido andando del resort para buscar el hotel por el que habíamos pasado antes. No es que haya habitaciones libres, es que creemos ser los únicos alojados. El restaurante del hotel sí estaba lleno. En cuatro conversaciones nos hemos hecho amigos del propietario Salam, que es además hermano del propietario del Resort Shingelbana. Salam es kurdo con pasaporte sueco, y en este país del norte de Europa tiene otros negocios.

Al ver que íbamos a buscar un taxi, se ha ofrecido a llevarnos en su coche a donde quisiéramos dentro de que no disponía de mucho tiempo. Nos ha llevado a la cercana ciudad de Soran y a la parte baja de Rawanduz, por donde pasa el cañón. Salam nos ha explicado cosas que ya habíamos leído y otras que no. Entre las primeras, nos ha vuelto a recordar que el Kurdistán iraquí goza de altos niveles de seguridad tanto de día como de noche.

Nos ha dejado donde le hemos pedido, en esa parte baja de Rawanduz. Allí hemos hecho una caminata de diez minutos por el interior del cañón para disfrutar de las bonitas vistas de la parte alta de la localidad y de las montañas que la enmarcan.

Hemos subido en taxi hasta esa parte alta, un viaje de unos cinco minutos. Paseando, hemos visto lo que deseábamos: una gran pastelería que nos ha permitido mantener nuestra ración de un trilece diario. Nos hemos tomado uno cada uno, y un café. Cuando hemos ido a pagar, de nuevo no han permitido coger nuestros dinares.

Pues nada, billetes de nuevo a la riñonera y otro taxi hasta nuestro hotel, que está a casi un par de kilómetros. Estamos hablando de que son todavía las seis de la tarde pero ya es noche cerrada y hoy no estamos en un gran núcleo, así que nos tocará leer, hablar y escribir. Y cenar. El hotel no tiene internet, al menos hoy. Me han dado señal en recepción con su móvil particular y me han invitado a un nuevo café en el restaurante.

A priori, mañana, después de desayunar, hemos quedado otra vez con el dueño del hotel, que nos va a dar una vuelta en su coche antes de seguir nuestro rumbo.

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Domingo 17 de diciembre

Bien empleado ese “a priori” porque al final no ha venido el propietario. No habrá podido, agradecidísimos con la ruta de ayer. En el hotel que hemos dormido hoy quitan la luz desde la medianoche hasta alguna hora indeterminada de la mañana, posterior a nuestra marcha, así que hemos decidido levantarnos y vestirnos rápido antes de desayunar con productos lácteos espectaculares de esta zona de Rawanduz, sobre todo la mantequilla.

Desde el mismo hotel nos han llamado un taxi hasta nuestro siguiente destino Shaqlawa. Se tarda poco más de una hora, pasando de nuevo por los increíbles cañones que ya visitamos ayer.

Tenemos el hotel en pleno centro de la ciudad, bastante turística. Hay gran cantidad de hoteles. Este centro es muy agradable de pasear. Es completamente adoquinado, lo que nos ha ayudado a sentirnos como en casa. Hemos visto una gran bandera colgada de un edificio, suponemos que para conmemorar que hoy 17 de diciembre es el día nacional de la Bandera del Kurdistán.

Ya nos tocaba cambiar dinero, así que es una de las dos cosas que hemos hecho junto a algunas compras. Hemos visto otro parque de atracciones y una especie de feria con los mismos puestos que podría haber en cualquier verbena de Soria: globos para ser pinchados con dardos, pequeñas pirámides de seis ortoedros apilados en tres-dos-uno que hay que destrozar con un bolazo…

Por primera vez en todos estos días, hemos comido pizza. En general, nos ha parecido que en estas tres o cuatro calles del centro hay un nivel alto de restaurantes y, lo que es más importante, de pastelerías. En un rato saldremos a tomar algo y cenar y lo comprobaremos.

Nada más comer hemos vuelto al hotel a coger la cámara y el abrigo. Un nuevo taxi nos ha llevado a nuestro próximo objetivo, la montaña Safeen, situada justo enfrente de Shaqlawa, a mucha más altura. Para llegar hasta ella hay que coger una carretera que en diez o doce curvas sube como 300 metros. Algunos camiones apenas pueden pasar de veinte kilómetros por hora.

El taxi nos ha dejado justo en lo alto del puerto. Desde ahí hemos hecho la única ruta montañera del viaje, de apenas tres cuartos de hora, muy disfrutona. El atardecer (aquí y ahora atardece a las 16.45) ha acentuado la belleza de la breve caminata, por la plena cresta. Al sur se ve la inmensa planicie del Kurdistán que limita con el Irak del Sur. Al norte, montañas mucho más altas, por encima de los 3.600 metros, bien nevadas.

De regreso al taxi, nos ha parecido ver a lo lejos una especie de burro (por el tamaño) o de ‘corzo’ (por el color). Nos ha oído, se ha girado a mirarnos, y ha resultado ser un mastín enorme… acompañado por otro. Los temas universales siempre aparecen. Hemos alterado un poco la ruta y hemos llegado sin problemas al taxi para hacer las últimas fotos del precioso atardecer. Mientras, uno de los mastines ha venido despacio a acompañarnos en pleno son de paz.

En poco más de veinte minutos estábamos otra vez en nuestro punto de partida, regateando con el taxista como antes habíamos regateado con el hotel. Es lo que toca.

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Lunes 18 de diciembre

Les gusta decir a los kurdos que el origen de su pueblo es tan antiguo como el origen de las montañas, que durante mucho tiempo y por esa razón, entre otras, ellas fueron sus únicas amigas. En estos últimos días hemos podido comprobar la riqueza montañosa de toda esta zona del Kurdistán iraquí.

Hoy, por ejemplo, hemos subido a Rabanboya, todavía en Shaqlawa, un lugar sagrado para cristianos y musulmanes. Como en la mayoría de los sitios, no había nadie en nuestra subida, una caminata a pie de unos quince minutos. Al bajar, esa sensación total de desangelamiento la han amortiguado seis amigos iraquíes. Mi cámara de fotos ha vuelto a ejercer de imán sobre ellos, que nos han pedido inmortalizarnos juntos bajo ese sagrado sitio.

Así nos hemos despedido de Shaqlawa. En nuestro mismo hotel, que por cierto estaba lleno de turistas locales, hemos contratado un taxi para nuestro siguiente destino, la segunda ciudad más grande del Kurdistán de Irak. Se escribe de al menos veinte formas, pero voy a intentar en este texto llamarla siempre Solimania.

El camino entre Shaqlawa y Solimania está siempre acompañado de montañas, sobre todo a su izquierda, al norte, algunas de ellas realmente altas y bonitas como la que preside la ciudad de Ranya. En esta ciudad también hay un gran embalse, el Dukan, donde hemos podido ver algunas barquitas y numerosos puestos de té y café mirando al agua. Muy agradable. No hemos parado, lo que al final ha sido un acierto porque las dos cosas que hemos hecho en Solimania que se pueden considerar turísticas han sido apretadas por el reloj.

En Solimania (Soli o Suli la llaman aquí) nos alojamos en el Dolphin, un hotel regentado por un kurdo que ha visitado 90 países. Tiene recuerdos de todos ellos, sobre todo imanes y platos, colgados por las paredes. Este hotel aparece en las plataformas de reserva globales, y quizás por ello hay algo de turismo no local, muy poco. En la calle nos hemos encontrado a los dos primeros españoles del viaje (se nos conoce hasta por detrás), que justo venían de aquí.

Después de dejar el equipaje, hemos ido a pie al Museo Nacional Amna Suraka, la Prisión Roja. Este lugar fue una de las cárceles donde el régimen de Saddam Hussein encerró a numerosos kurdos, con todo tipo de torturas y violaciones. Además de numerosas fotos de los ‘peshmerga’ (soldados kurdos, aproximadamente el diez por ciento de la población), en esta cárcel reconvertida en Museo se puede ver el original de una de las numerosas estatuas de Saddam Hussein derribadas a la par que su régimen, armamento de guerra y el Museo de los Espejos. Este último lugar es lo más fotogénico y diferente. Es un pasillo-cueva de 57 metros cuyas paredes están cubiertas por 182.000 espejos (el número de kurdos que murieron en el genocidio de la parte final del régimen de Saddam Hussein) y cuyo techo iluminan 5.000 pequeñas lámparas (tantas como pueblos fueron destruidos). Tan sobrecogedor como bello.

Nos han avisado de que cerraban ya el museo, así que hemos agarrado el enésimo taxi de este viaje para ir al hotel Grand Millenium, cuya silueta nos había llamado la atención nada más llegar a Solimania. Es un hotel de 150 metros de altura y situado además en una pequeña colina de unos 50 metros. En su última planta hay un gran restaurante que va girando para tener una vista de 360 grados (así se llama el restaurante, 360). Nos ha venido bien comer a esta hora, tarde, para poder disfrutar desde allá arriba del día, del ocaso y de la noche.

Y regreso al hotel. Aquí estamos de descanso en pleno centro, antes de salir a buscar algo para cenar. Lo que hemos visto de Solimania en nuestros dos primeros paseos nos ha gustado mucho. Hay muchísima vida, mucha gente en el animadísimo bazar, cafeterías y tiendas de categoría, altísimos edificios, gran cantidad de hoteles, montañas, una noria como casi en cada ciudad que hemos visitado… Empequeñece pensar en los miles de ciudades que existen en el mundo que siempre ignoraremos, y por las que pululan a diario millones y millones de personas.

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