Blog | Por Sergio Tierno / Viajes, geografía, deportes y curiosidades

6-2-2022. Madagascar al límite

Relato de Óscar Reyes de su doble viaje a Madagascar. Fotografías al final del texto.

“Un hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que merezca la pena”. (Viktor Emil Frankl)

“Límite: 48 horas” (1982) es una de las películas de mi infancia cuyo nombre recuerdo con claridad. Será porque en el videoclub de mi barrio ocupaba un lugar visible en la estantería de cine de acción aunque con Eddie Murphy y Nick Nolte como protas, podrían haberla ubicado igualmente en la sección de comedia. En cualquier caso, sería divertido revisitar hoy la cinta y ver su carátula de estética ochentera, en plena era digital.

Sólo el mecanismo sutil y arbitrario de la memoria puede explicar por qué el título de esa peli resonó de repente en mi cabeza al empezar este relato. Eso, y que la historia que viene a continuación narra el obstinado empeño por perseguir un objetivo en un tiempo muy limitado. Una aventura con-trarreloj en un universo desconocido, a miles de kilómetros, no exenta de suspense, acción y emo-ciones.

Sorpresa!

A cualquier tripulante le gusta incorporar destinos nuevos. Cambiar la rutina, ir a sitios diferentes, probar nuevos sabores, abrirse a nuevas experiencias…¿quién dice que no?. A finales de agosto del 2021 me llevo una tremenda sorpresa al ver el código TNR en uno de mis vuelos de septiembre y mi súbita reacción tras confirmar en google que voy a viajar por primera vez a la capital de Madagascar (Antananarivo) casi acaba en accidente doméstico.

Air Madagascar, en grave crisis financiera, delega temporalmente su ruta desde París Charles de Gaulle y, de rebote, yo resulto ser uno de los agraciados. Cómo no, la suerte siempre tiene la culpa y yo en eso, lo reconozco, debo estar sembrado. La operativa, sin embargo, dista mucho de ser un camino de rosas ya que los dos trayectos (CDG-TNR-CDG) superan las 10 horas cada uno y a eso hay que sumarle, además de un servicio a bordo exigente, el vuelo de regreso en situación a Madrid. Entre medias, unas 16 horas escasas en destino para descansar…o lo que sea. Sin demora, empiezo mis labores de documentación.

De niño recuerdo que me entusiasmaban los mapamundis. Todavía no sabía que viajar era la mejor de las aventuras y, sin embargo, disfrutaba ya contemplando absorto la disposición de los continentes en la superficie terrestre con los países pintados de diferentes colores mientras trataba de memorizar sus nombres. En esa fase primigenia donde habitaban los primeros anhelos, en la que había nombres que evocaban mundos lejanos, distintos al mío, Madagascar ocupaba una categoría especial. Sería por su sonoridad imponente, por ser una isla de tamaño descomunal, por su cercanía con África… lo ignoro, pero lo cierto es que ese lugar en el mundo me atrapó desde el principio.

Marius y Tana

El día D se presenta y también el primer contratiempo. El vuelo sufre un retraso y la consiguiente rebaja en el tiempo de estancia en destino me obliga a renunciar a la excursión que tenía en mente, la visita a una reserva natural. Aun así, la decepción es relativa porque dispongo de una alternativa factible. A pesar de que ninguno de mis compañeros se suma al plan, contrato un taxi que me lleva a conocer Antananarivo, la capital malgache (gentilicio e idioma oficial del país), ubicada a sólo 12 kilómetros de mi hotel, el Relais des Plateaux. En la recepción me ponen en contacto con quien será mi conductor, Marius, de porte serio y educado. Es oriundo de Tana (forma abreviada de Antananarivo) y conduce con pericia el Renault Logan que nos transporta al centro, previa parada pactada en el camino para comprar artesanía.

Nada más bajar del vehículo, me doy cuenta de que soy el único comprador del mercado e instantáneamente me rodean no menos de 10 vendedores exaltados que, con aspavientos, me ofrecen su mercancía. Me dirijo al puesto más cercano, selecciono atropelladamente qué quiero comprar y resuelvo poner fin al asedio con una transacción rápida que se concreta en preguntar precio, bajarlo a la mitad y acabar pagando un 40% menos. Al final, una máscara indígena y dos esculturas de madera por 12 euros. Al volver al coche, Marius me pregunta cuánto he pagado por las tres piezas y al responder me concede una sonora risotada.

En la ciudad más colorida y atractiva del país, situada sobre una colina y rodeada de campos de arroz, destacan:

- El Palacio Ruva, que es parte de un complejo real a gran escala, que fue construido específicamente para la Reina Ranavalona hasta el siglo XVII,

- El museo Palacio de Andafiavaratra, bonito edificio barroco reconvertido en museo,

- La Iglesia de Amboninampamarinana,

- La Gare de Soarano, la antigua estación de trenes que sólo funciona para transporte de carga,

- El Anasoy, lago artificial con forma de corazón que alberga una pequeña isla con un Monumento a los caídos en la Guerra de la Independencia

- Y la Avenida de la Independencia, bulliciosa arteria principal donde se encuentran la mayoría de hoteles, restaurantes y tiendas.

Mi primera excursión en Madagascar pone fin tras algo más de dos horas, tiempo en el que Marius ha estado pendiente de mí en todo momento. Hemos evitado las aglomeraciones y me ha prevenido de no explayarme en los paseos y las fotos. Contento con la visita y satisfecho con sus servicios, de regreso al hotel, me da el teléfono y nos despedimos cordialmente, ignorando por completo que tan sólo unos días después íbamos a volver a vernos.

La vida puede ser maravillosa

Una semana más tarde recibo una llamada de Programación para ofrecerme el mismo vuelo por una baja in extremis, sumando así dos visitas consecutivas al exótico país en el mismo mes. Como diría el gran Andrés Montes: “La vida puede ser maravillosa”. A mí me está brindando una segunda oportunidad y no la voy a desaprovechar.

Madagascar no es un destino cualquiera. Espectacular y complejo a partes iguales, es un lugar que no deja indiferente a nadie. La naturaleza de la cuarta isla más grande (587.000 kilómetros cuadrados) es tan única como frágil. El país estuvo tanto tiempo aislada del resto del mundo (se separó de África primero hace 165 millones de años y de la península de India hace 88 millones) que su ecosistema ha evolucionado de manera única y el 90% de su flora y su fauna son endémicas. En la actualidad hay un total de 25 Parques Nacionales o Reservas nacionales en el país africano y algunos albergan las dos especies más célebres del lugar. Ambos son sus señas de identidad y, sin duda, los dos símbolos más reconocidos fuera de sus fronteras: Los baobabs y los lémures. Desde el mismo momento en que supe que iba a visitar Madagascar enfoqué mi meta en ver, por lo menos, uno de ellos.

Cuando empecé con la documentación me di cuenta de que no iba a ser fácil. El principal inconveniente es el poco tiempo disponible. Las 16 horas de estancia están calculadas en base al intervalo desde el aterrizaje (7:00h) hasta el despegue (23:00h), eso es, sin descontar las esperas del desembarque, la obligatoria prueba PCR, los desplazamientos aeropuerto-hotel-aeropuerto y el embarque final. Objetivamente, el tiempo real sin uniforme está en torno a las 10-12 horas escasas.

Por si fuera poco, las distancias en Madagascar son enormes y las infraestructuras tercermundistas con lo que, al principio, no hice otra cosa que ir descartando opciones.

El famoso callejón de los baobabs en Morondava, a más de 650 kilómetros, con la mayor cantidad de ejemplares del mundo, fue la primera en caer. La única compañía de avionetas que cubre el trayecto desde Antananarivo respondió con una negativa a mi correo alegando que no tenía aparatos disponibles para la fecha. Como tengo claro que no he ido a Madagascar a ver animales en cautividad, el siguiente paso fue explorar todos los Parques Nacionales, chequear la posibilidad de ver lémures y calcular las distancias desde el hotel. Por último, revisé el estado de las carreteras y comparé en varias webs y blogs el tiempo estimado en los desplazamientos. Tras filtrar toda esa información, identifiqué mi objetivo: El Parque Nacional Andasive-Mantadia, una reserva que alberga varios tipos de lémures, entre ellos el de mayor tamaño, el Indri-indri y que se encuentra a 172 kilómetros del hotel. Según wikipedia y otras webs que consulté éste es uno de los parques en Madagascar más cercanos y fáciles para visitar desde la capital, con un viaje de 3-4 horas en coche hacia el este por una carretera asfaltada, la Ruta Nacional 2 (RN 2).

A falta de tres días para mi segundo viaje a Madagascar me animo pensando que, aunque complicado, es igualmente cierto que existen ventajas importantes con respecto al primero. Ahora dispongo del contacto de Marius, con quien ya en nuestro primer encuentro cerré el precio del transporte en 60 euros ida y vuelta (un chollo) y a través del correo del hotel, consigo también hilo directo vía wassap con Cristiano, un resolutivo empleado con quien coordinaré mi llegada y cualquier petición de última hora. Él me informa de que nuestra reserva incluye la limpieza y planchado de una prenda del uniforme además de un lunch box para la excursión, que tendrán preparado a la llegada para no perder ni un segundo. También cuento con los horarios y el precio de la entrada al Parque (10 euros) y estos avances con la logística y la documentación me hacen sentir más confiado. Una vez más, empiezo a sentir las mariposas ante lo que se avecina.

Amaya, Raúl y París

La operativa de Air Madagascar da comienzo en París, donde nos sitúan la tarde anterior del vuelo a Antananarivo y donde pasamos casi 24 horas, toda una vida. Tras el encuentro con la tripulación en el aeropuerto de Barajas comparto mis intenciones con los compañeros por si alguno se quiere sumar y dos de ellos, Amaya y Raúl, se muestran atraídos con la idea de hacer alguna excursión. Es la primera vez que visitan la mayor isla africana y como no han preparado nada en concreto, al decirles que yo he estado allí hace tan sólo unos días y comprobar que mi plan está muy avanzado deciden dejarse arrastrar por mi entusiasmo.

Llegamos a París y a la mañana siguiente, tras el desayuno en el hotel del aeropuerto, la mitad de la tripulación cogemos un Uber que nos deja en la Torre Eiffel para, desde allí, iniciar un estupendo paseo por el centro. Hacía mucho que no visitaba la ciudad y me impresiona redescubrir su esplendor y belleza.

A la hora de la firma, ya con uniforme, nos reunimos con los dos tripulantes malgaches de Air Madagascar en el amplio hall del Hilton. Son los mismos con los que coincidí hace unos días en mi primer vuelo y es con ellos con quienes coordinaremos el servicio a bordo. La verdad es que son muy agradables y es un placer trabajar juntos. Nos cuentan que, aunque los vuelos son regulares, la operación en esas fechas está siendo una especie de repatriación encubierta, ya que la mayoría de los pasajeros que transportamos son nativos que regresan, tras muchos meses de restricciones de entrada al país por el Covid19. Por ese motivo, la ocupación en la ida es casi completa mientras que en el regreso a París el avión va casi vacío. Una circunstancia que favorece nuestro plan.

Error

Cuando despegamos, me doy cuenta de que ha pasado más de un día desde el sí de Amaya y Raúl a unirse casi a ciegas a mi aventura y en ese impás han aparecido las lógicas dudas. Ambos empiezan a revelar señales de dar marcha atrás ante la machada que se acerca, ya que la escapada no sólo supone estar más de 30 horas sin dormir, sino que la mayor parte de ese tiempo vamos a estar trabajando. Ante el titubeo, intervengo para animarles y evitar que tiren la toalla. A toro pasado me reprocharé ese gesto.

Aunque la responsabilidad de cómo, en qué o con quién invertimos nuestro tiempo recae únicamente en uno mismo, a título individual, se debe considerar intromisión tanto el intento de convencer a alguien de que haga algo en contra de su voluntad como el persuadirle de que persevere en su primera decisión, coartando su derecho a rectificarla.

Ready, steady, go!

Tras 10:45h de vuelo sin contratiempos durante el cual hemos podido disfrutar unas increíbles vistas del Kilimanjaro, aterrizamos en hora y a continuación el desembarque, la prueba PCR y la recogida de equipajes fluyen sin retrasos, así que subimos al bus del hotel convencidos de seguir con el plan. Nada más llegar, según lo acordado, Marius nos espera con el tanque lleno y en la recepción nos tienen preparado el generoso lunch box. Lo convenido es una ducha rápida y reunirnos en media hora abajo para salir cuanto antes rumbo a la reserva.

A los 15 minutos, ya listo, dejo la camisa del uniforme en recepción y antes de partir Marius me pasa desde su teléfono con un guía del parque, conocido suyo. En un inglés muy precario me dice que nos esperan y me confirma tanto el precio de la entrada (10 euros) como que podemos pagar con cualquier moneda. Pasadas las 10:30h de la mañana, emocionados a pesar del cansancio, montamos en el coche acomodándonos con la ayuda de almohadas de la habitación. Si todo va según lo previsto, hay tiempo para hacer la excursión y descansar una o dos horas antes del traslado al aeropuerto (21:00h). A posteriori, serán los siguientes huéspedes los que hagan uso de nuestras camas.

Iniciamos la ruta hacia el este dejando Antanamarivo a la derecha y contemplando los campos de arroz que la rodean. Aunque estoy agotado, me resisto a cerrar los ojos por retener todas las imágenes posibles y desde el asiento del copiloto veo alejarse la pintoresca ciudad, situada en la cima de una colina. A través de mi ventana soy testigo del trasiego. Mujeres trabajando en el campo, hombres y niños transportando fruta en rudimentarios carromatos y alguna vaca suelta en el camino, forman parte del paisaje que se abre ante nosotros.

Por su ubicación en el océano Índico, a lo largo de la historia llegaron a Madagascar piratas y comerciantes exploradores de muchos lugares, entre ellos árabes, franceses, malayos, indonesios, chinos, africanos y hasta portugueses. Esto hace que tenga un población de lo más diversa con tribus tradicionales originarias de África y Asia. Esta mezcla se traduce en una diversidad de rasgos físicos en sus gentes. En general, en la zona occidental predominan las tribus con fisonomías africanas mientras que en las tierras altas centrales y en la costa este se imponen los rasgos asiáticos, concretamente de Malasia. Lo cierto es que la mezcla con toques orientales nos parece muy atractiva.

Casi sin darnos cuenta, mientras picamos algunos snacks dulces y salados, nos adentramos en un paisaje espectacular de montañas bajas y preciosos valles. Un entorno mucho más abrupto y verde aunque observamos que algunas zonas están peladas de vegetación. Súbitamente nos damos de bruces con la realidad de la deforestación y las consecuencias del cambio climático que están provocando una situación límite en Madagascar. Las lluvias torrenciales y la tala indiscriminada de árboles por el mercado negro de madera están resquebrajando el paisaje. La tierra se desprende y la erosión destroza los caminos y también se deja notar en las principales carreteras. Nuestro conductor es bueno sorteando los baches, pero el tráfico se vuelve más intenso. Más camiones y menos opciones para adelantar hacen que nuestra velocidad de crucero se ralentice. Malas noticias.

Algunas veces la ruta se despeja y Marius acelera para recuperar. Quizá demasiado. Aunque los tres estamos un tanto inquietos es Amaya quien muestra su preocupación por la velocidad. Aun así, como vemos que su conducción es solvente y todavía no alcanza el grado de temeridad optamos por no decirle nada, por el momento.

En el camino cruzamos pequeñas poblaciones rurales como Ambohimangakely, Sambaina, o Ambanitsena donde ocasionalmente, mujeres y niños se agolpan en los vehículos para vender sus productos en bandejas que llevan sobre la cabeza. Plátanos, naranjas, maíz asado y dátiles, entre otros. Casi no hay aceras y el trasiego de gente en el escaso hueco entre el asfalto y las modestas construcciones es mucho más que considerable. Niños que salen de la escuela, infinidad de bicicletas tuk tuk típicas del sudeste asiático, vendedores ambulantes, gente que viene y va… todos contribuyen a colapsar las estrechas cunetas. Como en cualquier rincón del continente africano, aquí todo se ordena en un caos incomprensible y pintoresco a ojos del europeo.

Por supuesto, también somos testigos de la miseria que nos rodea. No en vano, estamos en uno de los países más pobres del mundo con más de un 70% de su población viviendo por debajo del límite de la pobreza y con una esperanza de vida muy baja.

Peripecias a contrarreloj…y lémures!

Llegamos por fin al Parque Andasive-Mantadia tras algo más de 4 horas de trayecto, frustrando de esa manera los cálculos optimistas tanto de Marius como el de la mayoría de fuentes que había consultado. Como no hay tiempo que perder nos apresuramos a la entrada, sin imaginar qué pasaría a continuación. El guía del parque, conocido de Marius con quien horas antes había hablado por teléfono, sale a saludarnos con una sonrisa y nos acompaña a la taquilla. Una vez allí, la señora que atiende nos dice que no podemos pagar las entradas con euros y atónitos nuestras miradas se dirigen de nuevo al guía, que se limita a corroborar lo que dice su compañera. Le recuerdo la conversación telefónica y aun así se hace el sueco y donde dijo digo ahora dice Diego. No doy crédito. Yo tengo ariarys (moneda local) para pagar mi entrada pero Amaya y Raúl no y tras la negativa a cobrarles con tarjeta por no tener dispositivo TPV, la cosa se complica todavía más. Del cálido recibimiento hemos pasado a la tirantez y al cruce de miradas frías en un tris y es entonces cuando comprendemos que, o encontramos el modo de cambiar los euros o no vamos a entrar. El poco tiempo del que disponemos se convierte en un problema muy serio y desde entonces la tensión se apodera de nosotros.

Marius toma la iniciativa y propone que vayamos a cambiar él y yo a un hotel a situado a sólo un par de kilómetros atrás mientras Amaya y Raúl esperan a poca distancia de la entrada. En ese instante, justo antes de subirnos al coche y asimilando todavía el disgusto, divisamos en la rama de un árbol, a unos diez metros por encima de nuestras cabezas, tres lémures marrones de la misma familia que descansan tranquilos, completamente ajenos a la angustia de sus observadores. Ver lémures era el principal objetivo de nuestra escapada y ahí están! A todas luces, una pareja y una cría en una estampa adorable. Nunca antes habíamos visto al singular animal en su hábitat natural y pese a todo, el inoportuno estrés por el asunto de la entrada al Parque y las prisas nos impiden disfrutar, como corresponde, de la magia del momento.

Acto seguido, llegamos al hotel a toda velocidad y allí dos chicos nos dicen que sólo pueden cambiar moneda extranjera cuando está el dueño pero que, al no regresar éste hasta el día siguiente, no están autorizados. What??? A pesar de nuestras súplicas, su decisión es irrevocable y se niegan incluso a llamar por teléfono para preguntarle.

De allí nos dirigimos a una especie de centro cívico donde dos simpáticas mujeres nos reciben. Tienen muy buena voluntad pero no disponen de efectivo suficiente para cambiar semejante cantidad (20 euros es poco menos que el sueldo medio de una semana). No obstante, la más joven parece decirle a Marius que conoce un sitio y además se ofrece a llevarnos. Subidos los tres en el coche reparo y me siento conmovido por la nobleza del gesto. Hace poco leyendo el fantástico “Ébano” de Ryszard Kapuchinsky comprendí que en África, las relaciones interpersonales adoptan su grado más elevado. En esa cultura, todo cobra la forma de un regalo que exige ser recompensado. El regalo no devuelto pesa sobre aquel que no ha correspondido al mismo, le quema en la conciencia e incluso, puede causarle una desgracia, la enfermedad o incluso la muerte. Por eso para ellos, recibir un regalo es una señal, un estímulo para una acción inmediata en el sentido inverso, que vuelva a poner las cosas en equilibrio.

Lo cierto es que, a pesar de la generosidad de la mujer y la metáfora del regalo de Kapuchinsky, el lugar donde se supone que nos pueden cambiar los euros está cerrado. Tras la nueva decepción, habiendo agotado todas las esperanzas y al borde de la desesperación de repente la situación da un giro inesperado. Marius recibe una llamada al móvil y regresamos al Parque.

Nunca sabremos a ciencia cierta los motivos por los que cambiaron de idea. Quizá hubo un malentendido en la llamada telefónica y efectivamente no se acepta moneda extranjera en el Parque. Sin embargo creo que, como sabían que teníamos mucha prisa, suponían que estaríamos dispuestos a pagar una cantidad más elevada por las entradas y rectificaron al ver que no les iba a funcionar la treta. Entiendo que existe una convicción, que comparten muchos africanos, de que el blanco lo tiene todo. Si en su camino aparece un blanco, es como si la gallina le pusiera un huevo de oro. Tiene que aprovechar la oportunidad, no puede dejar pasar la ocasión. La raíz, pese a todo, es más compleja. Además de ese principio, existe también una gran diferencia de costumbres y de expectativas. La africana es una cultura del intercambio. No es sólo una obligación, lo exige su dignidad, su honor y por lo tanto el fundamento va mucho más allá de lo que cualquier europeo juzgamos como un burdo intento de estafa. Más allá de las especulaciones el caso es que, ahora sí, nos aceptan los euros y tan confusos como aliviados, iniciamos el recorrido dejando atrás las fricciones con una naturalidad desconcertante.

A la caza del Indri-indri

La reserva Andasive-Mantadia es un área protegida de 155 kilómetros cuadrados de bosque de tipo primario con clima húmedo que se divide en dos, Mantadia y Analamazaotra, y para visitarlo existen diferentes circuitos organizados según su duración, que va desde las 2 a las 8 horas. Nuestro principal objetivo es el Indri-indri, de color blanco y negro y la especie de lémur más grande del mundo (90 centímetros de tamaño) y aunque es más fácil verlo durante el amanececer, el guía se muestra tan confiado que cuando nos adentrarnos en la espesura de la vegetación, las perspectivas son buenas.

Como son aproximadamente las 15:00h y el tiempo se nos echa encima, decidimos reducir el paseo por debajo de las 2 horas del circuito corto, para evitar problemas. Somos los únicos visitantes del Parque y tan pronto empieza la caminata seguimos cautelosos a nuestro guía que, por momentos, nos indica que paremos mientras él se sale del recorrido para penetrar la maleza en busca del animal. A la media hora caminando por las sendas del bosque, mirando siempre a las alturas, nos damos cuenta de que no va a ser fácil. De vez en cuando escuchamos movimientos en los árboles y algún chillido de primate en la distancia que nos hacen albergar esperanzas, pero éstas siempre se desvanecen pasados unos minutos. Con el tiempo la ilusión por ver al Indri-indri se va transformando en preocupación y decidimos volver cuanto antes para evitar riesgos. Esta vez no ha habido suerte. Decepcionados nos despedimos cordialmente de nuestro guía, nos subimos al coche y sin más dilación partimos de regreso el hotel.

Regreso y reflexión

En el viaje de vuelta se presentan de nuevo imprevistos. La circulación se vuelve pesada al caer la noche y la gran cantidad de vehículos, sumado a la lluvia más o menos intensa en algunos tramos, hacen que nuestro conductor tenga que aplicarse seriamente. El tráfico se ralentiza y pronto pasamos de la charla relajada al silencio tenso. El creciente nerviosismo nos tiene a los tres pegados a los teléfonos, calculando el tiempo que queda para la firma. Según la estimación que pronostica la aplicación maps.me en mi móvil, nos sigue sobrando una hora para llegar. Al final esa previsión se cumple y después de casi 4 horas y media de emociones en la carretera respiramos tranquilos al entrar en el parking del hotel. Tras el apresurado adiós a Marius nos queda el tiempo justo para una ducha y comer algo antes de bajar en uniforme, exhaustos pero listos para volver al aeropuerto.

El agotamiento emocional y físico por la intensidad de la experiencia vivida es tan potente que tardo varios días en encajarla. Reconozco que ha sido un viaje atropellado, una montaña rusa de emociones e incluso asumo errores en la planificación pero tengo claro que intentarlo no ha sido un error, si acaso un aprendizaje. Para mí, de hecho, trazarme un objetivo y luchar por hacerlo realidad es ya un éxito y la dureza en la consecución o no del mismo, así como afrontar los imprevistos que se presentan, son también parte del crecimiento.

No sé si volveré a Madagascar en el futuro pero siempre conservaré la satisfacción de haber vivido mi poco tiempo allí como si fuera el último de mi vida.