Japón (4): El encanto bizarro de Osaka y un reencuentro soriano-japonés
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Gran jornada la que hemos pasado este jueves 11 de septiembre. Si no fuera por la escritura de este blog y por un par de referencias indirectas, me costaría ir sabiendo en qué día de la semana y en qué día del mes vivimos. Jueves 11.
Lo hemos pasado en Osaka, la inmensa ciudad muy cercana a Kioto, de manera que no es necesario mover equipajes para conocer ambas. De hecho, ni siquiera hemos salido especialmente pronto, porque queríamos estar de noche en Osaka y no era cuestión de ponernos en marcha a las 7.00 como ayer.
Después de hacer algunas cosas deportivas y no deportivas en Kioto, a las 11.00 hemos salido hacia Osaka en los diferentes medios de transporte que nos ha ido sugiriendo Google Maps. El tramo final, largo, a propósito, lo hemos hecho a pie, desde la zona de Umeda hasta el restaurante Kantekiya cercano a la estación de Nishi-Ohashi. Es un paseo de casi una hora para ver algo más aparte de las inmensas estaciones y los trenes de Osaka. Por suerte, hoy el calor era más amigable.
No era una visita casual, sino una preparada para ver a Naoko, con quien tantos ratos pasamos durante su estancia en Soria hace ya 15 años. Cuando hemos llegado, alrededor de las 14.00, el restaurante estaba cerrado… Sabíamos que podía suceder, pero la cara que se nos ha quedado ha tenido que ser un poema.
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De pronto, hemos acercado la nariz al cristal y allí la hemos visto dentro, terminando de recoger el pequeño restaurante para el servicio de la tarde. Es fácil imaginar la sorpresa y alegría que se ha llevado por esta visita inesperada desde Soria. Por suerte, tenía tiempo para comer con nosotros en uno de los miles de restaurantes de Osaka, ciudad famosa por la abundancia y la calidad de estos sitios de comida.
Hoy ha tocado comer en uno de sushi de los que no tienen camareros para servir porque no los necesitan: los platos se distribuyen por las mesas a través de cintas transportadoras, después de que se vayan mandando las comandas desde una tablet situada en la misma mesa. Todo estaba buenísimo. El postre ha sido muy especial: una versión de nuestra crema catalana, fría y más consistente, pero igual de buena. Nada más comer nos hemos despedido de Nao, tras el intercambio de teléfonos y de deseos de que transcurra menos tiempo hasta el próximo encuentro. Qué buenos aquellos días de Soria…
Mientras anochecía, hemos husmeado en algunos de los famosos mercados de Osaka, en concreto en los de la también inmensa galería de Shinsaibashisuji, con tanta historia, pues abrió en el periodo Edo, como tiendas, cientos y cientos de todo tipo. También hemos ido a solucionar algunos temas de papelería antes de nuestro último objetivo en Osaka: Dotonbori.
Acababa de anochecer cuando hemos llegado. Dotonbori es un barrio o calle situado a ambos lados del canal del mismo nombre, un afluente del río Yodo. Decenas de pequeñas barcas llenas de turistas lo atraviesan, con conciertos en algunas de ellas, lo mismo que en las orillas.
La imagen de Dotonbori es la de miles de luces cayendo reflejadas sobre el río, mientras turistas y quizás vecinos de Osaka toman algo en los locales costeros o compran en sus tiendas. Sí, nos hemos montado en la noria de 77 metros de altura del centro comercial Don Quijote, imbuidos por el bizarrismo que destila Dontonbori.
La ultimísima visita ha sido para ver el icono de Dotonbori y de Osaka, el Glico Man, un anuncio luminoso que brilla desde 1935, antes con luces de neón y, desde 2014, con luces LED. Es un atleta que lleva 90 años promocionando la marca de dulces Glico. No nos ha dado tiempo a más, tan solo a ver desde el ventanal del tren que nos devolvía a Kioto la silueta del célebre castillo de Osaka, uno de los muchos atractivos de esta ciudad tan llamativa y tan diferente a la que nos cobija.
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