Blog | Por Sergio Tierno / Viajes, geografía, deportes y curiosidades

Cap. 327. 2/5-5-2024

Conociendo volcanes y hermosos pueblos catalanes

Santa Pau
photo_camera Santa Pau

Nunca se debe desaprovechar una oportunidad de utilizar un pareado en un titular porque nunca se sabe cuándo se va a volver a presentar otra. Muchas personas, solo leyendo ese titular, ya saben que estos días estamos visitando la comarca de La Garrotxa, en la provincia de Gerona.

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Pero antes de entrar en ella, este jueves 2 de mayo me detuve en Rupit, el típico pueblo que sale en todos los listados como uno de los más bonitos de Barcelona y de Cataluña. A la entrada hay un gran aparcamiento para coches y autobuses. Es gratuito para estancias de menos de 45 minutos, así que, aprovechando que no estaba lejos la hora de la comida, he logrado no pagar.

Tampoco es necesario correr. A priori me dan un poco de reparo estos pueblos tan extraordinariamente turistizados, pero al final lo comprendes. Aun así, mejor visitarlo en días como hoy de poca afluencia que no un fin de semana o en verano. Y si hay que pagar se paga.

Solo llegar o salir de Rupit ya es una maravilla, por la carretera y por toda la frondosidad que la rodea. Después de haber salido prontísimo de Valdeavellano de Tera y de haber hecho dos breves paradas poco después de Zaragoza y poco antes de Manresa, he logrado llegar a comer a Olot, una de las capitales catalanas de la gastronomía.

Me he dado un breve paseo por el centro porque ya era tarde, pero he conseguido un buen menú cerca de la inmensa iglesia parroquial de Sant Esteve. En Olot no me he detenido nada más, hay varios museos e incluso un volcán, pues al fin y al cabo este es el punto más importante del vulcanismo en la península Ibérica. Me ha parecido un lugar agradable en general.

Llevaba un día largo así que me he dirigido hasta Santa Pau, otro pueblo realmente precioso que es donde me alojo. Me ha dado tiempo a dar un paseo de media hora hasta el Gorg de Caga Rates y a callejear por el casco antiguo. Se tarda poco y merece la pena. Casi todos los bares estaban cerrados, pero no todos, así que también me ha dado tiempo a tomar algo disfrutando de las vistas del pueblo antes de retirarme a mis aposentos.

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El viernes 3 de mayo lo he pasado completo por la comarca, tachando algunos de sus imprescindibles. Después de desayunar donde cené y dormí, en el Albergue Bellavista, mi primer destino ha sido el volcán de Santa Margarida, el más paradigmático de la zona porque en su interior, es decir en su cráter, se encuentra una ermita. Casi me ha llamado más la atención que al borde mismo del cráter hay una gran masía, Can Santa, que en algún lugar he visto que es o ha sido casa rural. La ruta para conocer este volcán es de tres kilómetros y unos 200 metros de desnivel positivo. Había bastante gente, no hordas, pero sí varios grupos, un par de ellos con autobús y todo.

Aunque se puede hacer en una misma caminata más larga, para mi siguiente visita me he desplazado en coche. He aparcado para ver la Fageda d'en Jordà, un hayedo levantado sobre material volcánico que sobre todo atrae a miles de personas en el otoño. Me dicen en el albergue que la temporada alta en la zona es precisamente el tardío ('tardor' es otoño en catalán), para ver los espectaculares ocres de estos bosques.

No entraba en mis planes, pero, al haber madrugado, me he dado cuenta de que tenía tiempo y ganas de conocer otro de los volcanes más famosos de la zona, El Croscat, con una apariencia diferente porque fue explotado con fines mineros (gredas y lapillis), así que se aprecia perfectamente el aterrazado. Además, fue el último volcán en erupcionar en la España peninsular, hace unos 13.000 años.

Las dos caminatas han hecho avanzar el reloj y el hambre. Directamente, he ido a Castellfollit de la Roca. He comido abajo, en el Mont-Rock, justo al lado del río Fluviá, desde donde se tiene la vista más conocida e impresionante de este pueblo gerundense.

Haciendo alguna breve parada me he dirigido al lugar que es realmente el motivo de este viaje (del alargue de este viaje, mejor dicho), el Santuario del Far. Por favor, buscad en internet las espectaculares fotos aéreas de este lugar, una iglesia, hospedería y restaurante ubicados en el borde mismo de una cinglera de increíbles proporciones. Las cingleras son acantilados de interior que se han creado por la confluencia de varias coincidencias geológicas, gracias a las cuales podemos disfrutar hoy, miles de años después e inventado ya el turismo, de un paisaje único. Aquí me alojo. Se respira paz en este lugar no tan antiguo como sus cimientos, pero sí casi milenario.

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Improvisando de nuevo el rumbo y poniendo incluso en peligro el plan previsto para el sábado 4 de mayo, decido ir a la parte baja de la cinglera. Sé que habría tardado menos andando que en coche, pero necesito el vehículo para después y no voy a bajar y subir. Del Santuario de Santa María del Far al pie del acantilado, al pueblo de Sant Martí Sacalm, hay como un par de kilómetros en línea recta, o menos. La ruta a pie es de unos tres kilómetros.

En coche hay que dar una vuelta inmensa de una hora, pero merece la pena por subir a este pueblo perteneciente también al municipio de Susqueda. La carretera sale desde Amer, y es el clásico reducto para ciclistas. Hay que tener cuidado en la subida porque bajan rapidísimo y a veces pueden abrirse. Son 600 metros de desnivel en ocho kilómetros, con más del 7% de pendiente media. No he contado las curvas, pero hay unas cuantas, lo mismo que fuentes.

Y con el café en el Centro Social de Sant Martí Sacalm, donde justo se iba a presentar un libro sobre pantanos a las 11.00, se acabó el turismo como tal. Desde ahí, coche hasta Badalona para ver a la familia y coche de nuevo, esta vez con traje y corbata, hasta Can Verboom, en Premiá de Dalt, para asistir a la boda de Guillermo y Mili.

El domingo 5 de mayo, regreso a Soria para ver el 5-0 del Numancia en Cáceres (el Numancia dependía de sí mismo para subir a Primera RFEF) y para el Catapán, la primera gran fiesta del ciclo sanjuanero soriano.

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