6-9-2017. La expedición soriana al Atlas de Marruecos de septiembre de 1977 (3)

Viene de aquí

¿Y dónde anduvieron mientras tanto los otros cuatro? José Luis, José Mari, Liborio y Pascual partieron en busca del pico más alto del Atlas, de Marruecos y de todo el norte de África: el Toubkal, del cual les separa una larguísima pedrera. Además, el frío, el viento y la llovizna hacen más complicada la ascensión y les despista. En lugar de subir al Toubkal (4.167) lo hacen al Immouzer (4.010).

Pero ello no les hace rendirse. Deciden continuar hacia arriba para hollar, ahora sí, la inconfundible cima del Toubkal, con su pirámide metálica que todavía continúa cuatro décadas después. Y, para hacer el triplete, ese día cayeron también los 4.030 metros del Toubkal Oeste, en una jornada de malísimas condiciones ambientales.

El día siguiente, el jueves 8, el tiempo no mejora. Sin embargo, por la inestabilidad climatológica habitual en la montaña y por la ilusión de la juventud, los siete sorianos piensan que no es mala idea hacer un intento de darse un nuevo garbeo por las grandes montañas que rodean al refugio.

En la cima del Toubkal

Pero ese ímpetu dura poco. La niebla que lo cubría todo cuando abandonaron el refugio se transforma de repente en una granizada impresionante. Andar bajo el granizo en montañas de 4.000 metros no es una gran idea. Arriba, además, parece que está nevando: “De nuevo las condiciones climatológicas vencen al hombre que, ya cautivo por ellas, se encuentra indefenso ante su grandeza”.

El grupo regresa, por tanto, al refugio, donde pasan el rato haciendo algunos juegos, comiendo y “cantando a pleno pulmón cuantas canciones podíamos recordar. Evidentemente, la desilusión producida por la mañana no puede derribar nuestra moral interior edificada con potentes vigas forjadas en el corazón. El montañero, loco, humano con los extraños, canta con vigor rodeado de sus compañeros que se compenetran con él en una mirada, con un movimiento”.

Goteras en el refugio

Al volver a la habitación, se encuentran algunas goteras que obligan a Ringo y a Liborio a dormir fuera.

Las aventuras en la montaña se están terminando, acelerado ese fin por las inclemencias imposibles de prever cuando se organiza un viaje de esta rotundidad con tanto tiempo de antelación.

Despertado el viernes 9 de septiembre, observan que el cielo está igual que el día anterior. Después de varios días en las montañas, por encima de los 3.000 metros, toca recoger con pena todos los materiales para hacerlos regresar a las sacas y reemprender el camino hacia Imlil. Miran hacia atrás y hacia arriba: las montañas, como era fácil de imaginas visto lo visto ayer, están completamente blancas.

“Por fin iniciamos el descenso. El paso es rápido, diríase que así ahuyentamos los presentimientos que nos subyugan. Se habla poco y se anda bien…”. Cuando están llegando abajo, el sol decide hacer compañía a los siete jóvenes sorianos. Ello les hace recordar que todavía es verano, en contra de lo que podía pensarse hace apenas algunas horas.

El deseado aseo

En el albergue de Imlil, se asean como hacía tiempo que no se aseaban, en otra de las pequeñas grandes satisfacciones del montañero después de algunas jornadas alejados de las comodidades cotidianas. Allí mismo, por primera vez desde su estancia en Marruecos, prueban el cous-cous, el plato típico, y se encuentran con que no les satisface tanto como habrían imaginado.

Después de comer, Ramiro debe ejercer de sanitario, curando las heridas de un niño en el rostro, mientras Ringo, Liborio, José Mari y Adolfo van a comprobar que la carretera que une Imlil con Asni está totalmente deshecha por el mal tiempo de los últimos días. No se puede circular a motor, por lo que mañana habrán de bajar con mulas. Son unos 15 kilómetros. Mientras mataban el tiempo, Adolfo sufrió una caída tonta y sin ninguna consecuencia. Bueno, solo una, las constantes carcajadas del experto en las mismas, Liborio, cada vez que se acordaba de ese golpetazo en las horas siguientes.

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