26-1-2015. Everett Ruess se fue a la naturaleza y ¿murió? con 20 años
"En lo que respecta a mi regreso a la civilización, no creo que se produzca pronto. Todavía no me he cansado de los espacios salvajes; al contrario, cada vez estoy más entusiasmado con su belleza y la vida de vagabundo que llevo. Prefiero una silla de montar antes que un tranvía, el cielo estrellado antes que un techo, la senda oscura y difícil que conduce a lo desconocido antes que una carretera de asfalto, y la profunda paz de la naturaleza antes que el descontento de las ciudades".
Leí ese párrafo, y lo que continúa, en el refugio de Engorgs o Joaquim Folch. Sucedió en la excursión de la que hablaba ayer domingo 25 de enero, en la que ascendimos al Puigpedrós, la cima más alta de la provincia de Gerona.
Me habría encantado saber que aquellas palabras no eran una cita famosa, sino que realmente las había escrito alguien que había decidido refugiarse en la solitariedad de los Pirineos. Pero me imaginaba que no.
Lo que no me esperaba es lo que me encontré cuando llegué a Soria y me puse a investigar. Ese testamento pertenece a la última carta que escribió Everett Ruess a su hermano Waldo, cuando Everett apenas tenía 20 años.
Por lo poco que he leído de él, Everett era un joven y polifacético artista cansado de las rutinas de las ciudades y enamorado hasta el arrobamiento de la naturaleza en soledad. Cuando tenía 20 años, aparejó dos burros, se internó en los desiertos de Utah y no se supo más de su vida. Sí de la de sus burros, que aparecieron no mucho después.
Leer su historia en el blog Bonito Cadáver
Se supone, por lo tanto, que Everett Ruess murió con apenas 20 años dejando un buen legado de escritos y de pinturas. No se sabe ni cómo fue esa muerte ni si murió entonces o siguió viviendo durante largo tiempo.
Lo atractivo de su filosofía, de su vida y de su muerte no podía pasar inadvertido en un país como Estados Unidos, tan amigo del cultivo de los mitos.
Dave Alvin escribió en 1954 una canción titulada 'Everett Ruess'. La letra es plenamente descriptiva. No contiene una sola metáfora. Es impresionante. El estribillo que repite al final de cada estrofa puede ser traducido como "y nunca encontraron mi cuerpo, chicos, ni entendieron mi mente".
Me gustaría saber quién se molestó en escribir ese testamento en tan buena letra, con un rotulador de calidad, sobre una estructura blanca y duradera, para dejarla en la puerta de un refugio del Pirineo gerundense. No pude evitar fotografiarla.