25-6-2016. El exnumantino Cedrick, baja por malaria. Lucas Caraba, que la tuvo en 2003, nos lo cuenta
Leí ayer que un exjugador del Numancia, el velocísimo y habilidosísimo congoleño Cedrick Mabwati, se perdía los próximos partidos con su actual equipo, el Columbus Crew de Estados Unidos, porque había contraído la malaria en Madagascar. He viajado por varios países donde la malaria está muy lejos de ser erradicada, pero por suerte nunca me ha atacado.
No pudo decir lo mismo, en julio de 2003, Lucas Caraba. En un viaje a Senegal fue picado por una anopheles. Ayer recordé aquello y le pedí que escribiera unas líneas sobre la experiencia. Quizás ayude a alguien que viaje por algunos de esos países tropicales:
"Estaba yo en Dakar embelesado escuchando un concierto de doce coras –esas calabazas con cuerdas que suenan a pura África- cuando, sin darme cuenta, me picó una mosquita anopheles preñada. Estoy seguro de que era una mosquita anopheles preñada porque sólo ellas trasmiten el protozoo que causa el paludismo, la malaria, esa enfermedad nefasta. Y justo una semana después empezaron los primeros síntomas de malaria en mi cuerpo blanco de europeo.
Primero, fiebre. Luego mareos. En un par de días la fiebre sube y sube y no sabes si vas o vienes: pasas de 40 a 35 grados en minutos, y viceversa. Sudas hasta llegar al borde de la deshidratación. Vomitas todo lo que comes. Mejor no hablar de las excreciones sanguinolientas. Bueno, ya he hablado. Perdón.
Recuerdas la película ‘Mogambo’, pero no recuerdas bien si lo que agarraba Clark Gable era paludismo o fiebres amarillas o un calentón tremendo de tener a Ava Gardner por allí provocando sus instintos.
Te sientes morir. En Senegal te ven entrar por la puerta del dispensario y ya saben cuál es tu problema. Lo tienen absolutamente controlado.
-Coma algo sólido para tener algo que vomitar cuando le pinche.
-Merci.
Sales a la calle –no importa qué hora sea, esto es África- te compras un plátano, te lo comes sin ganas, y si puedes pagarlo te meten un chute de un medicamento con base de quinina, te mandan a casa y a esperar.
Pasan los días. Si tardas en estabilizarte te recetan otro jeringazo de quinina. En unos diez días empiezas a recuperar la normalidad. Una normalidad que agradeces bastante porque tener paludismo es lo más parecido a extinguirte lenta y conscientemente. Los protozoos invasores recorren tu sangre y se asientan mayormente en el hígado, que es donde hay más sangre fresquita y abundante. Y cualquier enfermedad hepática te provoca una tristeza infinita, un no saber si vas a morir que no se puede controlar. Cualquiera que haya pasado hepatitis podrá corroborarlo.
Cuando sabes que vas a morir conscientemente, tu cabeza se fija en las cosas más absurdas que puedas imaginar. Es falso aquello de que las últimas voluntades de los moribundos son lógicas: yo no sabía si el aroma de la cocina del patio de mi casa era la esfera del reloj que cronometraba mis fiebres o si lo que pasaba era que estaba en un reality show con el sonido quitado. No sabía si era yo u otro individuo. Debían ser las altas temperaturas corporales acentuadas con una melancolía insoportable. Imposible recomendar una sensación tan bizarra y desagradable.
Por eso, si alguien de ustedes se contagia de paludismo gracias a alguna mosquita anopheles en estado de buena esperanza, no tenga miedo. Acuda a un médico especialista en enfermedades tropicales. Rodéese de seres queridos que puedan cuidarlo. Déjese pinchar las veces que hagan falta. Y mentalícese de que de la malaria se sale, como se sale de las separaciones cuando se es adolescente y de los números rojos después de las compras de Navidad. Con dolor, pero se sale.
Y no deja secuelas. Solamente una intensa adicción al repelente de mosquitos".