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Lilith

Todo empezó con el descubrimiento de aquel lienzo. Cubierto de siglos y polvo, dormía en un rincón olvidado de la sacristía entre todo tipo de trastos viejos
LILITH
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Todo empezó con el descubrimiento de aquel lienzo. Cubierto de siglos y polvo, dormía en un rincón olvidado de la sacristía entre todo tipo de trastos viejos. Pero aún bajo la pátina del tiempo, aquella hermosa mujer de cabellos encendidos provocaba en el párroco una atracción irrefrenable. Deshojaba los días y las noches contemplándola embelesado. Los asuntos de la parroquia los despachaba con enorme celeridad para volver a su lado. La misa dominical apenas alcanzaba los diez minutos y dejando a un lado las cartas de San Pablo, la lectura se centraba en el amoroso Cantar de los Cantares. Fue doña Asun la que propuso mostrar el hallazgo a su nieta, estudiante de último año de Bellas Artes. Después todo se precipitó, el traslado de la pintura, su estudio, la restauración. En su ausencia, el párroco languidecía consumido por la pena. Apenas se dejaba ver. Al poco, desapareció. El día en que expusieron la obra en la capital, un nuevo vigilante comenzaba su trabajo en el museo.