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Gracia

Gracia
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De allí nadie volvía, solía decir mi abuela. Y si lo hacía, malo, añadía persignándose. Por eso cuando veía aparecer al abuelo por el camino que conduce al camposanto se apresuraba a cerrar puertas y ventanas. El abuelo que trabajaba como sepulturero, aceptaba la broma de buen grado pese a repetirse cada tarde. Y lo sigue haciendo aún hoy cuando hará más de un año que lo enterramos.