Biografía de Domingo (III)

Bueno, yo una vez tuve una novia... y el caso es que fue un desastre. He intentado repetirlo unas cuantas veces, todas sin éxito, pero bueno, sigo intentándolo. El caso es que aquella fue bastante especial. Será que las primeras veces se quedan contigo para siempre, o que el tiempo y la intensidad de la relación es inversamente proporcional al de la postruptura, pero el caso es que la perra esta lleva rondándome desde entonces y no me termino de librar de ella. También es verdad que desde que la escuché cantar no me ha dado la gana de soltarla, pero eso no es más que un detallito sin importancia, ¿verdad?, ¿verdad? Vale no.

Recuerdo que estaba en el colegio, después de comer a eso de la 1 y poco. Era horario de invierno, el sol cascaba de lo lindo y los pajaritos no cantaban porque estaban todos fritos (los primeros soles de marzo, ya se sabe). Iba yo con mi compañero de pechos y conciertos, con una modorra de esas que te deja las neuronas en modo de ahorro de energía cuando algo, una frase, puso a todos los sistemas alerta:

-Ya ves tío, he quedado luego solo (solo de "en soledad". Esto te pasa por quitar tildes, RAE) con un montón de chicas y no sé a quién llevar...

¡Toma toma toma toma toma!

Sí, seguíamos siendo muy adolescentes y seguíamos muy necesitados de mujeres, así que, ni cortos ni perezosos, nos inmiscuímos en la conversación de buenas a primeras (porque el chaval era amigo nuestro, ¿vale? Tampoco teníamos tanta tanta cara).

-¡Ey, oye! Que... a ver, de lo de esta tarde... ¿cómo va la cosa?

Best. Idea. Ever.

Cinco horitas después estábamos ambos ataviados con nuestras mejores (¿mejores? ¡Llevaba los pantalones blancos más horteras que he tenido nunca! Vale sí, mejores) galas y dando vueltas por las inmediaciones de Príncipe de Vergara (Príncipe de la Verga Rara) cerca del cine en el que se suponía que habíamos quedado. Nuestro amigo llegaba tarde, y aunque había un sospechoso grupo de féminas adolescentes rondando la zona que bien podrían ser nuestras contertulias, nos quedamos los dos callaos como putas. Siendo realistas, sentíamos un miedo atroz provocado principalmente por el hecho de que... bueno... eran chicas, ¿sabes? Y nosotros no. Y como ya se ha podido ver bien grande y bien iluminado en el capítulo anterior, el colega y yo éramos muy pardos en aquella época (y ahora).

Pero qué coj...

Pues nada, a pasearse y a lucir andares, y ya de paso hacemos tiempo y esperamos a nuestro nexo con el mundo de los estrógenos, el rosa y los grititos a coro; porque eso es lo que hacen las chicas, todo el mundo lo sabe. Por fin aparece nuestro amigo. El plan ha cambiado y nos encamina hacia el nuevo punto de encuentro en los hippies de Goya. Tras recorrerlo un par de veces en ambos sentidos sin éxito, al fin, al salir de la zona abovedada de puestos de avituallamiento para perroflautas de nueva factura, entre un poncho y una palestina rosa (por Dios, una palestina rosa, ¿en serio?), lo vemos: ¡oh sorpresa, oh serendipia! Nos hemos topado de bruces con el mismo mismito grupo de chicas. Por lo menos así tenemos tema de conversación...

Hola, qué tal, muy buenas, sí sí, qué pijas sois todas, uy sí uy qué mona, uy... uuuuuy... ¿Y tú quién eres, chica guapa de la sudadera negra de Gap dos tallas más grande, raya neeeegra de ojos y uñas pinatadas a juego?

-¿Qué tal? soy Celia.

Aquel día fue una risa adolescente continua. Luego nos vimos otras tantas veces y después de unos bolos, tres cenas en el Vips y 200 conversaciones por Messenger empezamos a "salir" (¿salir? Naaaaah te creas...). Estuvimos "juntos" como un mes, pretendimos que hacíamos todo eso que hacen los novios primerizos (como quedar con otra pareja primeriza, pasear por Velázquez de la mano, sentarnos en un banco así en plan romántico, comprar helado...), me ocupé personalmente de cagarla a lo más grande y le puse muchísimo tiempo y esfuerzo en ser el peor primer novio que se puede tener; ya sabéis, para que los demás lo tuviesen fácil y eso. Sí, sí, os lo juro y repito: fue un fiasco, un desastre, y una maravilla póstuma como material para contar historias. En serio, es que lo pienso y me pongo malo. Yo creo que si lo documento y lo escribo tengo un Best Seller: "La Guía Definitiva del Pagafantas Ilustrado".

Shhhh sh sh sh sh sh...

Total, que lo bueno de ser jóvenes es que se está cambiando todo el tiempo, y seis meses después nos reencontramos en unas circunstancias totalmente distintas y otros objetivos en mente, como por ejemplo, hacer música; o por lo menos decirlo. Así que pasamos como unos campeones sobre las tentativas lógicas y evidentes de tonteo adolescente (porque donde hubo, retuvo; y donde no, también), y enterró la líbido con uno de los gestos más bonitos que una expareja ha tenido conmigo: regalarme unos calzoncillos colganderos de buhítos. Calzoncillos que, por cierto, se convirtieron en mi talismán para los subsiguientes conciertos hasta unos meses después de que se agujerearan. Afortunadamente, en lo de la música no nos comimos un colín y nunca tuvimos que tocar dos días consecutivos, porque imaginaos el olor.

Desde entonces hemos hecho de todo: grunge apocalíptico, rumbas, electropop, ska, stoner, reaggeton... Y por mucho que pasan los años y los géneros parece que no se nos va la conexión. En la próxima entrega discutiré sobre por qué nunca, NUNCA hay que permitir las relaciones intragrupales y veremos cómo una individua pare peces. Mientras tanto os dejo con lo último de esta chica. ¡Ya me decís qué os parece!