Blog

"Me preocupa el blanqueamiento de discursos que fagocitan la escuela, los mismos que dan premios a docentes con muchos seguidores en redes sociales"

La educación como motor de cambio es un mantra que nos ha acompañado a lo largo de décadas. Ya a finales del siglo XX, el pedagogo brasileño Paolo Freire hablaba de Pedagogía de la esperanza, que nos muestra de qué manera la escuela juega un rol trascendental en las luchas sociales. Esta idea, la del desarrollo del pensamiento crítico en las aulas, es también principal en el ideario de la docente Paula Bloom, @PaulaBlooom en Twitter. Hoy charlamos con ella para entender de primera mano de qué manera la transformación de la sociedad solo puede ser concebida a través de una educación divergente.

1.- ¿Compartes tú esta idea con la que hemos introducido la entrevista? ¿Es realmente la escuela el canal para lograr transformar las injusticias del mundo? ¿O, por el contrario, es una mera reproductora del orden social, como afirmaba Bourdieu?

Es una pregunta compleja, no solo porque contenga muchas preguntas (y todas ellas a su vez muy amplias) sino porque no comparto ninguna de las dos opciones que se plantean como alternativas de respuesta, son lo que llamo “falsa dicotomía”. En cuanto a si la escuela es el canal para transformar las injusticias del mundo creo que no lo es, pero no porque la escuela sea una institución insuficiente sino porque ninguna institución es en sí misma suficiente para transformar los males estructurales. Las injusticias son el buque insignia del sistema capitalista y la escuela, al estar inserta en él, no tiene capacidad de confrontarlo, aunque por suerte sí de pensar sobre él y de criticarlo. Hay un artículo de Alexandre Monnin que se titula “On negative commons. The shadow over Centreville (and may other territories)” que habla de los males comunes, aquellos rasgos que existen para que existan los bienes comunes. No existiría la solidaridad si no fuese para contrarrestar las desigualdades, no existiría la paz si no fuera para oponernos a la violencia, no existiría el apoyo si no tuviéramos que combatir el aislamiento. Todo lo bueno que la escuela proporciona, todos estos valores que nos enorgullecen están enfocados a equilibrar una forma de organización social que hemos dado por sentada. La escuela asume la existencia de violencia, por eso educa para la paz, asume las desigualdades, por eso educa en la solidaridad, pero no llama a preguntarse si existen formas de organizarse donde la violencia o las desigualdades tomen formas diferentes. En ese sentido la escuela reproduce el orden social como afirmaba Bordieu pero de nuevo insisto en que no porque como institución sea incapaz o insuficiente o porque haya una intención explícita en quienes trabajamos en ella sino porque no tiene otra opción, no creo en una forma de hacer escuela que pueda aislarse de su contexto.

Sé que puede sonar un poco desesperanzador pero yo vivo la escuela justo como lo contrario, como un lugar de esperanza: para empezar tiene la capacidad de reunir y poner en común a personas muy diferentes, para seguir tiene la capacidad de facilitar su organización en formas diversas y para terminar tiene la capacidad de que esa red organizada converse, departa, busque formas no de adaptarse ni de integrarse, no de equilibrar ni de asumir sino de oponerse frontalmente a todo aquello que les desiguala, les desequilibra y les desune. Creo que es un espacio donde se puede pensar en formas de confrontar los males individuales y también los males colectivos, y que permite que reflexionemos acerca de los espacios desde los que cada quien puede actuar. En definitiva, me parece un contexto muy potente y extremadamente valioso para cuestionar todos los límites e idear nuevas formas de organizarnos. 

2.- ¿Por qué no debe la escuela “prepararnos para la vida”?

Siempre que me preguntan esto devuelvo la misma pregunta: “¿para qué vida?”. Existen las vidas tuya y mía, existen las vidas de las personas que viven en La Cañada Real y que llevan dos años sin luz, existen las vidas de las migrantes sin papeles, existen las vidas de las personas con discapacidad, existen las vidas de las mujeres maltratadas. Poner todas las vidas en plano de igualdad es invisibilizar que hay vidas para las que nadie ni nada prepara y no solo eso, sino que ninguna escuela va a preparar. A menudo leo a personas de diferentes tendencias pedagógicas y políticas hablar de la educación para la vida en términos unitarios, como si solo hubiese una forma de educar y una forma de vivir, y me parece un tremendo error. También estoy muy distante de los discursos que dicen que en el futuro habrá un mundo que aún no sabemos cómo será, con trabajos que no sabemos cómo serán, con problemas que desconocemos. Yo no sé cómo será el futuro pero lo que sí sé es que si mantenemos la misma forma de organización social que ahora asumimos habrá injusticias y desigualdades, tomen las formas que tomen. Creo que la escuela no debe preparar para asumir una forma de vida sino para, precisamente, pensar en otras formas. No se trata de enseñar a los niños y niñas a abrazar valores en abstracto y a cantar consignas vacías sino de hacerles pensar sobre el concepto mismo de desigualdad, de violencia, sobre las desigualdades y violencias que les afectan, sobre las que afectan a otras personas, solo desde ahí surgirá la necesidad de confrontarlas.

Para esto es importante entender, y así lo hago yo, que los niños y niñas no son las personas del futuro, no son criaturas divinas, no contienen un potencial que algún día se desplegará, no están construyéndose como seres humanos. Los niños y niñas son personas completas, como tú y como yo aunque con menos tiempo de experiencia vital, y por eso las personas adultas debemos poner nuestras posibilidades al servicio de las suyas, pero igual que debemos ponerlas al servicio de todas las personas mayores y pequeñas que nos necesiten. Los niños y niñas no son seres mágicos ni seres de luz: son nuestros vecinos. Su vida está siendo vivida desde el mismo minuto en que nacen y todo el peso del mundo cae sobre sus hombros en el lugar que ocupen y en las formas en que se socialicen. Es absurdo querer prepararles para algo que ya está pasando, lo que podemos hacer es pensar a su lado y apoyarnos mutuamente, hace poco escribí un artículo ampliando un poco mi visión sobre este tema en El Diario de la Educación, si a alguien le interesa ampliar puede leerlo aquí https://eldiariodelaeducacion.com/2022/11/29/la-escuela-no-debe-preparar-para-la-vida/

3.- ¿Qué significa para ti la idea de “educación de calidad”?

Aquí voy a concretar un poco más como maestra de la escuela pública que soy. Para mí la calidad educativa se mide en términos de eficacia y eficiencia. La eficacia implica que la educación logre los objetivos para los que la diseñamos. Hoy por hoy los objetivos están muy difuminados, hay varias formas de entender la educación y brechas cada vez más profundas. Está la corriente individualista de “si yo puedo tener lo mejor, si mis hijos e hijas, alumnado y familias de mi alrededor pueden aspirar a algo mejor, por qué no ponerlo en marcha”,  y aquí te vas a encontrar desde escuelas privadas y concertadas con proyectos absolutamente espectaculares al alcance de muy pocos hasta escuelas respetuosas y autogestionadas humildes de barrio con proyectos muy coherentes con sus principios y parámetros pero encogidas de hombros cuando les preguntas qué pasa con el grueso de la población que tiene que asumir lo que le toca en su barrio y que no quiere o no puede emprender iniciativas como las suyas. Ni qué decir tiene que las condiciones de las trabajadoras en muchos de estos centros son aberrantes y que la participación de las familias es súper sesgada, y aunque para mí hay muchas diferencias entre unos y otros proyectos y no los metería a todos en el mismo saco al final se resumen en una coherencia interna que es limitante con respecto a esa idea de pensar más allá que proporciona la escuela pública por ser un espacio más accesible, aunque necesite una revisión tan profunda o más que las anteriores.

Luego te vas a encontrar la corriente colectivista de “si no es bueno para una, no es bueno para ninguna” que aboga más por propuestas públicas o estatales pero que se apoya en discursos muy diversos, desde los que defienden que la escuela pública es un ascensor social hasta los que, como yo, creen que la escuela pública, incluso con buenas intenciones, jamás podrá superar por sí misma las injusticias de su contexto pero podrá ponerse al servicio de otras formas de organizarse y pensar. Mientras no haya objetivos muy claros y comunes, la eficacia será muy difícil de medir y de lograr. La eficiencia, por su lado, implica el mayor rendimiento posible (los mejores resultados con respecto a los objetivos propuestos) a través del uso óptimo de los recursos disponibles; teniendo en cuenta que los recursos hoy por hoy están extremadamente limitados en la escuela pública y muy desigualmente repartidos, algo común también en la privada y la concertada, tampoco creo que podamos hablar de una educación eficiente.

Para mí una educación de calidad sería aquella que, partiendo de objetivos comunes muy claros y muy sencillos pudiera hacer uso de los recursos disponibles de la forma más optimizada posible, es decir, sin derrochar ni escatimar y dándoles el uso para el que están diseñados en condiciones justas para todas las partes. Que la calidad de la educación actualmente se mida según los resultados en los exámenes internacionales (que no son útiles porque están repletos de sesgos como admiten sus propios diseñadores) o según la empleabilidad, que está más que demostrado que depende de muchos factores que no son la educación (como el capital cultural de la familia, las identidades de clase y de género o el propio lugar en el que se nace y se vive) es más que un error, un engaño. Autoengaño, si queremos, pero engaño al fin y al  cabo. Por eso creo que la educación de calidad es difícil de lograr según mi punto de vista pero se puede tender hacia ella de forma constante debatiendo y reflexionando sobre los objetivos y reclamando una dotación de recursos acorde a los objetivos que vayamos definiendo.

4.- ¿Qué mejoras nos trae la LOMLOE en lo que a habilidades blandas se refiere? ¿Podemos apreciar un cambio significativo?

Las habilidades blandas, como las competencias básicas, son términos empresariales. Surgen por primera vez en el informe de la UNESCO encargado a Jacques Delors en 1996 publicado ocn el nombre “Los cuatro pilares de la educación” en “La  educación encierra un tesoro”. Delors era un señor que estableció, después de hacer un estudio profundo, los tres pilares en que se apoya la educación hoy: la primera es que si las medidas sociales cuestan dinero, no son sociales, son económicas, y deben ser tratadas como tales. A partir de aquí, bienestar social es sinónimo de bienestar económico y habiendo una cosa para qué sostener la otra cuando una es mucho más manejable si se controlan los flujos de consumo. La segunda es que la gente no colabora porque sí: hay que estudiarla y entender cómo se comporta para que vaya hacia donde tú quieres. La tercera es que se requiere eliminar las tensiones entre lo individual y lo colectivo, es decir, homogeneizar. ¿Cómo? Fácil: promoviendo que cada persona atienda a sus necesidades, talentos y capacidades individuales y haciéndole creer que esto mejorará directamente lo colectivo. De aquí viene ese discurso que está tan de moda y que dice  “si tú estás bien, los demás están bien”, algo que es una falsedad tremenda, que se escucha mucho en las aulas y que solo contribuye de nuevo al individualismo.

Delors apelaba a este desarrollo individual y a la necesidad de inculcar esta formación permanente a la infancia. Acuñó así el término "competencia para el futuro" e, inicialmente, planteó solo cuatro competencias y dejó que la inercia hiciera el resto. Tres años después la OCDE publicó el primer informe DeSeCo en el que marcó las competencias obligatorias y anticipó el diseño de PISA para evaluar su adquisición de forma que se pudiese contribuir a la mercantilización del saber y a crear una base para la mejora en la productividad, es decir, a ver al alumnado en términos de rentabilidad.

Incido en esto porque la tendencia a ver al alumnado infantil como futuros trabajadores, cuanto más precarizados mejor (menor coste para la empresa que evidentemente abarata los costes de producción) es común a las normativas que hemos ido viendo estos cursos. Creo que la LOMLOE  es un exponente más de toda la tendencia curricular, una tendencia que llevamos observando desde la LOE. Las maestras que estudiamos profundamente la normativa desde hace veinte años sabemos que, aunque a pie de aula los cambios son mínimos (aquí influyen muchos aspectos de la cultura escolar y la cultura de las escuelas que se suman a los currículos) la tendencia en cuanto a los objetivos y a la disposición de los recursos de los que hablaba antes es muy significativa, y es a convertir la escuela en un espacio de entrenamiento no para la vida futura, que aunque errado al menos sería un objetivo loable, sino para el trabajo futuro. Esto me parece terrorífico porque la infancia es una etapa de la vida misma, no una preparación para otras etapas, y mucho menos para una vida de trabajo remunerado en condiciones terribles como las que vivimos las personas adultas, que, incluso cuando tenemos trabajos medianamente dignos, sufrimos estrés, aislamiento, ansiedad y otros males por culpa de las condiciones, por más que sean en sectores que nos interesen o con gente agradable.

Quizás las intenciones de la LOMLOE sean más universalizadoras, más sociales y más abiertas y consonantes con los valores de Europa que otras normativas. Ahora, si esa universalización, esa socialización, esa apertura y esa europeización son una alfombra roja para que más alumnado se beneficie de una escuela que forma trabajadores casi preferiría normas más conservadoras que blindasen los muros de los centros educativos a las empresas, a los bancos y a cualquier injerencia o colaboración público-privada que sirva a otros intereses que no sean el desarrollo del pensamiento crítico y la reflexión profunda de toda la comunidad educativa. Me preocupa mucho la forma en que se blanquean discursos que están fagocitando la escuela y que son los mismos que dan premios a docentes que tengan muchos seguidores en redes sociales, que premian la competitividad en el alumnado y que meten los logos de entidades privadas en materiales y programas que nada tienen que ver con la educación pero que utilizan las aulas como trampolines para su promoción.

5.- Acabemos con un deseo educativo para el nuevo año que está a punto de comenzar.

Uy, uno solo es difícil… la educación necesita que deseemos y soñemos mucho y que nos pongamos manos a la obra para que se haga efectivo. Yo creo que mi mayor deseo es que las escuelas públicas abran sus puertas de verdad a toda la ciudadanía. Que sean lugar para el debate, el apoyo y la solidaridad en los barrios y en las ciudades y pueblos. Que nos permitan encontrarnos y nos ayuden a superar la tendencia individualista que asola todo. Que sean un espacio común para familias, docentes y alumnado y que seamos capaces de tejer una red contra los discursos de odio y confrontación que nos imbuyen cada día en los medios de comunicación y en las redes sociales. Puf, al final hay muchos deseos, ya te decía yo que uno solo era difícil.