Cultura

Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque (II)

Memorias de un pastor de Alpanseque

En esta entrega de su inventario de lo no importante, David Ortega comparte con nosotros la segunda parte de las memorias que le legó hace ya un tiempo un viejo pastor de ovejas de Alpanseque

Por David Ortega

VER SERIE COMPLETA 'INVENTARIO DE LO NO IMPORTANTE'

En casa de pastores y labradores, porque pastores y labradores hemos sido siempre todos en este pueblo como en la inmensa mayoría de pueblos de Soria, Castilla y España (¿algún día algún oficio nos unirá tanto a tantos como el campo y el ganado? ¿quizás el de pensionistas, funcionarios o demás profesiones dependientes del Estado?), el verano era la época de más trabajo del año. En invierno, poco más o menos que hibernábamos. Yo recuerdo a mis dos santos padres, que Dios les guarde y que en paz descansen, trabajando siempre como hormiguitas en casa, en el campo, en la era y en la taina y a nosotros, los niños de casa, ayudándoles. No quedaba otra. No teníamos clase y no íbamos a escuela y en casa siempre faltaban manos. Si ellos y los abuelos trabajaban… ¿cómo no ayudarles?

En mi pueblo, a casi 1200 metros de altitud, casi nunca teníamos problemas de agua o sequía. Las cosechas solían ser regulares y tardías. Regulares, tardías y desiguales, pero cumplían. En mis años de pastor, sólo recuerdo una sequía mala: la del año 1942. Y un pedrizo malo que nos arruinó la cosecha: el del verano de 1951. El resto de años, mal que bien, era raro que faltase el pasto y el alimento para las ovejas, pues al páramo, el monte, la encina y los yermos de la sierra, se sumaban los campos y barbechos después de la siega (ahora más numerosos que nunca). Nuestras ovejas, ojaladas que les llamábamos por tener dos ojales negros en los ojos, muchas blancas, pero también negras y manchadas, como jaspeadas, eran ovejas muy pequeñitas y rústicas, muy de campo, muy hechas a estos terrenos duros y parcos en alimentos. Prosperaban y medraban con muy poco. Como nosotros. Parecían cabras. ¡Comían de las piedras! De esas ovejas ya no quedan. Y hombres me temo que tampoco.

Antiguamente, en lo más caluroso del verano, las ovejas se tenían sueltas toda la noche. Se soltaban por la tarde cuando bajaba el sol por la sierra y las ovejas, ya sin calor, empezaban a comer hasta el día siguiente. En este tiempo, las ovejas eran un poco nocturnas, se adaptaban bien a la noche y hasta la agradecían, como si recordasen los tiempos en los que eran un animal silvestre más. Un corzo, un tejón, un zorro… o qué se yo. Como no tenía escuela y mi padre tenía la siega, muchas veces iba yo con ellas. A veces, también mi hermana. Careaban toda la noche y a las dos o las tres de la mañana, casi siempre a la misma hora, puntuales como un reloj, descansaban un rato. Después, de buenas a primeras, se tumbaban, y de la misma forma que se habían tumbado, se levantaban y seguían andando para pastar el resto de la noche. A la amanecida, con los primeros rayos de sol, se llevaban a la taina, pero había que tener cuidado porque con el sol se amorraban enseguida y ya no se movían (aquí se llama “amorrar” a cuando las ovejas se juntan y meten la cabeza una debajo de otras para quitarse del sol y de las moscas). Si eso pasaba, conducíamos a los mansos con una lata de cebada y un poco pienso y así íbamos moviendo a las demás. Es muy cierto eso de que donde va una oveja va el resto. 

Memorias de un pastor de Alpanseque

Por esta zona, las tainas eran de paja. ¿Te lo he contado alguna vez ya? Hace ya unos cuantos años, cuando la Junta de Castilla y León empezó a invertir y reconstruir Numancia (lo de invertir es un decir), vinieron por aquí varios técnicos con el excelentísimo Juan José Lucas a la cabeza (lo de cabeza y excelentísimo es también un decir) para encontrar a gente que supiera construir la techumbre de paja en las antiguas chozas celtíberas que estaban reconstruyendo. Casi todos sabíamos hacerlo. ¡Nosotros mismos también hacíamos las gavillas y las cambiábamos y parcheábamos cada tres o cuatro años! La mejor paja era la de centeno. Era más fuerte y larga.

Luego, más adelante, llegaron las tejas, la uralita y las chapas metálicas de color verde y rojo, pero la verdad es que ningún otro material abrigaba y protegía más. Las ovejas lo sabían y siempre la preferían en verano y en invierno. Las viejas tainas de paja eran las más abrigas. ¡Vaya si lo sabían!
Te cuento todo esto para decirte que la manta de pastor a cuadros se llevaba todo el año. Muy especialmente en el verano. Las ovejas se guarecían en los árboles y en las tainas de paja y los pastores en la manta. Se llevaba menos ropa (aunque yo casi siempre llevaba la misma ropa en verano y en invierno), pero siempre se llevaba la manta. Todos los días refrescaba y no recuerdo ni un solo amanecer sin ella puesta viendo las estrellas. Cuando las ovejas sesteaban, se echaba en el suelo para sentarse un rato y descansar o comer. Yo era muy miedoso y, por si acaso, siempre miraba bien donde me sentaba y la echaba. El Tío Satur contaba que alguien echó la manta al suelo y al sentarse notó algo debajo. ¡Era una víbora! Gracias a la manta, no le picó. A mí, gracias a Dios, nunca me picó ninguna, pero sí a las ovejas y a los perros. ¡Son el diablo! ¡Hasta de las ubres he tenido que quitarlas! La manta, para esto y para otras muchas cosas, daba siempre mucha seguridad. Con la manta y los perros, iba seguro a cualquier sitio. Aún hoy todavía, muchos años después, sigo sintiendo lo mismo cuando me tapo con una vieja manta de pastor a cuadros. Gracias de corazón por tu intento honesto y sincero de recuperarlas.