Un ‘flechazo’ por la pintura castellana y Mazaterón como escenario para orientar la vida al arte
En un acogedor y cálido estudio en una de las muchas naves con puertas verdes que hay en Mazaterón, cada una de ellas dedicada a actividades muy distintas, Ana Morales y Amador Pérez desarrollan desde hace más de tres décadas su creatividad. Junto al calor de los pellets, la ayuda de la luz natural del sol soriano de invierno que entra por las ventanas y uno amplio espacio, pasan horas entre cuadros y herramientas de pintura. GALERÍA DE FOTOS
Un flechazo, que se inició en la carrera de Bellas Artes en Barcelona, siguió con la pintura de los paisajes castellanos y continuó en el pequeño pueblo de Mazaterón.
Amador Pérez y Ana Morales estudiaron Bellas Artes en Barcelona. Al finalizar la carrera se decantaron por la opción de Hernández Pijuán al que estudiaban, dirigida a la abstracción geométrica o abstracción lírica. Sin embargo, la visita al Museo de Arte Contemporáneo de Madrid (ahora Reina Sofía) y la exposición de la obra de pintores castellanos como Ortega Muñoz o Díaz Caneja motivaron a Amador a profundizar en la pintura castellana. “Cuando veo el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid me olvido de la abstracción geométrica y me decanto por los paisajes, por mi personalidad y arrastrado por Ana”, señala el pintor, que tantas veces habrá contado y expresado el giro que dio sobre las pinceles de sus caballetes.
Ana y el pueblo de su mujer, Mazaterón, fueron claves en el enfoque de su carrera. Desde Barcelona donde daba clases de dibujo a los alumnos de entonces BUP y donde la pintura que quería empezar a reflejar, la castellana, apenas se veía, pidió el traslado a la provincia de Soria para poder compaginar su carrera como profesor con su pasión por la pintura.
Desde 1993 se ha encargado de la educación plástica de alumnos de ESO y bachillerato de varios centros sorianos, comenzando por Arcos de Jalón, donde vivió un tiempo junto a su familia, pasando luego a impartir IES Castilla de la capital cuando el hijo de ambos ya comenzó a estudiar la ESO.
Ana cuenta que en Barcelona no podían dedicar tiempo a lo que más les gustaba, por lo que buscaron una vida y un lugar que les permitirá pintar. El precio de la vivienda y el pequeño tamaño de los pisos no les permitía contar con un lugar para pintar. Por lo que en Soria y en Mazaterón encontraron ese espacio y esos paisajes inspiradores.
"Él no tenía pueblo y cuando nos conocimos me preguntaba mucho por él, pensaba que era el prado con la vaca y tenía miedo que se desencantara, pero cuando lo conoció me dijo que nos vendríamos a venir aquí", recuerda Ana sobre las primeras veces que su marido conoció su pueblo soriano. Amador apunta que incluso antes de saber que iba a dedicarse a la pintura ya se sentía atraído por las imágenes bucólicas del paisaje rural. Allí dieron con unos paisajes que Ana conocía bien, en el pueblo del que marchó siendo una niña, con apenas cinco años, y que Amador empezó a estimar en esos primeros años de 'veraneante'.
Desde sus primeros años viviendo en Arcos de Jalón tomaron mucho contacto con galerías de Madrid y allí estuvieron trabajando en la galería Biosca. También con Juan Elúa, que tenía una galería en Bilbao. O en la galería Arco Romana de Medinaceli, entonces a la altura de muchas galerías de Madrid, desde donde acudía mucha gente a exponer y críticos de arte, y donde hicieron "se hacían muchas relaciones interesantes", entre ellas con Pepe Arense. También allí tomaron contacto con Dis Berlín (de Ciria), Damián Flores o Juan Giralt, Modest Cuixart, que llegó a presentar una de las exposiciones de Alfonso. Ese trasiego de las galerías con gente y percepciones dispares que Amador también refleja en sus cuadros.
NATURALEZA COMO PUNTO DE PARTIDA
Para Ana también es importante el entorno, ese que tuvo la suerte de disfrutar de niña y al que luego volver, de esa naturaleza de la que parte pero de la que también busca alejarse para no quedarse en ella. Un medio rural que le sirve para encajar lo que le ha emocionado y, una vez en el estudio, manos a la obra, va dejándose guiar por lo que las forman mandan, olvidándose en parte de la idea inicial. Ana desliza el pincel preocupada por el color, la forma y la composición, y es el propio cuadro el que le va conduciendo, con la elección de las tintas o acrílicas, dependiendo de un punto de partida que brota de los 'apuntes' de su libreta.
Sus obra se han podido ver fuera de la provincia de Soria, como en la en Iglesia de San Salvador de Palat del Rey en León, ahora sala de exposiciones, en la ciudad de Soria, en el Palacio de la Audiencia de Soria, o en la antigua Caja Salamanca y Soria de El Collado. También en Gómara, de la mano de la Mancomunidad de los 150 pueblos.
En la actualidad es una de las artistas que forman parte de la exposición colectiva ‘Los Colores de Machado’, organizado por La Casa de la Juana. Su obra se basa en un poema de Machado, uno de los paseos más apreciados para ella, ‘Entre San Polo y San Saturio’. Para la autora, Machado le ha hecho cambiar su mirada en ese paseo de “álamos dorados” por que no puede pasar sin mirarlo de otra manera que no sea a través de las letras del poeta. Los tonos verdes y azulados de ese paseo que tanto hace ahora Ana a través de su mirada son los protagonistas de su obra que puede verse hasta el 31 de enero en la sala Gaya Nuño.
Ahora, ambos ya jubilados, siguen expresando su mirada a través de un Mazaterón que hace tres décadas les permitió cumplir un sueño. Un sueño compaginado con la docencia, las exposiciones y otras disciplinas como la cerámica, con obras de Alfonso Almazán de Tajueco pintadas por Ana y Amador.
"Es difícil vivir solo de pintar cuadros", señal Alfonso sobre este mundo tan oscilante donde solo el dos por ciento lo consigue, más aún en una época en la que cada vez frecuentan menos las galerías. Ahora el arte contemporáneo manda. Pero sus obras sí han salido con dueño de muchas de sus exposiciones. Como curiosidad, tres de ellas las adquirió Emilio Aragón. Ahora, a caballo entre Soria y Mazaterón, con su hijo viviendo en Barcelona y ya “abuelos”, viajan para conocer lo que sintieron los artistas en aquellos lugares a los que pintaban. Mientras, siguen expresando y exponiendo sus sentimientos en la pintura, y su pasión sigue tan intacta como la de aquella pareja que aterrizó en este pequeño pueblo soriano en 1993.