Un esgrafiado popular en Paones o el maravilloso, mágico y fantástico mundo imaginario de un campesino castellano
Nuevo capítulo del 'Inventario de lo no importante', de David Ortega, con el esgrafiado presente en una de las casas de Paones, en una tierra llena de belleza literaria, poética y plástica
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Desde Berlanga de Duero, pasada la Puerta de Aguilera, el convento de Nuestra Señora de las Torres, el primer desvío hacia Morales y una larga hilera de bloques rojos del antiguo Ministerio de la Vivienda, parte a la derecha una carretera sinuosa de asfalto viejo y grisáceo. Tres rótulos superpuestos, de tamaño y longitud creciente, de colores rosas, negros y blancos, y un cuarto rótulo contiguo, algo más alejado y solitario, indican que nos adentramos por los caminos del Cid hacia Retortillo, Tiermes y Brías. Es una lengua áspera, bronca y sedienta, muy estrecha, que se adentra tímida y mimetizada en las parameras más adustas, grises y cárdenas de este despoblado brazo castellano (más que brazo, yo diría colgajo). Tierras esencialmente literarias, poéticas y plásticas, aunque casi nadie nunca las cante (por no haber, no hay ni conatos). Tierras de pastores, de tainas de techumbre de paja, de alondras ricotí que cantan al alba y al ocaso eso del “tío joaquín”, de palomares redondos y cuadrados y de ganados ojalados. Tierras queridas, queridísimas, por quien esto escribe.
Los pueblos, los muchos pueblos desparramados como majanos en lo más alto de los páramos o en lo más profundo de los cañones y barrancos, tienen todos -sin excepción- nombres viejos. Nombres esenciales, literarios y sonoros, muy depurados y musicales, como si la musicalidad poética de todos ellos escondiera una verdad dulce que la historia oculta y el campo calla y amarga. Yo los canto, los recito para mis adentros recorriendo esta sinuosa carretera de asfalto viejo y grisáceo, como un mantra que calma el alma: Paones, Alaló, Brías, Abanco, Lumías, Arenillas, Cabreriza, Mosarejos, Madruédano, Galapagares, Rello…. Más lejos, hacia oriente, Caracena, Cañicera, Tarancueña, Termancia, Tiermes… ¿Qué decir de Tiermes y Termancia? Son nombres que darían para un verso. Para una estrofa. Para un poema entero. Sólo ellos. Todos los tengo apuntados en la libreta de “palabras para un poema”. Allí brillan, florecen, como lo hacen los narcisos amarillos en las umbrías de Lumías o los lirios morados en los llanos calizos de Torrevicente.
Por esta meridional esquina provincial que se adentra en las vecinas y hermanas provincias de Segovia y Guadalajara, hermanas de vírgenes, cultos, ovejas, casas y hasta mantas, se filtra por capilaridad debilitada una de las técnicas más bonitas, simbólicas, distintivas y especiales de nuestra querida y maltratada arquitectura popular castellana: los esgrafiados. Aquí, a esta alta y parda meseta castellana, donde todo siempre llega ascendiendo, todo llega también debilitado, sin aire, sediento, como mugiendo y sin fuerza a resultas de un largo viaje de ascenso. En efecto, en nuestro ámbito castellano, es en Segovia -la más perfecta y genial ciudad castellana le pese a quien le pese- donde los esgrafiados adquieren las más altas cotas de refinamiento y perfección; donde las casas lucen las más elevadas filigranas y figuras hechas y grabadas por el hombre castellano. Si de verdad quieren ver buenos y bonitos esgrafiados, vayan allí (o aún más lejos, hacia el levante o Italia). No cojan esta sinuosa carretera de asfalto viejo y grisáceo que te lleva a Paones, Brías, Abanco y Lumías. Lo que aquí vemos son simples y burdos remedos.
En sentido técnico o estricto, los esgrafiados son una técnica decorativa antiquísima que consiste en superponer dos o más capas de un material (como mortero o pintura) y luego raspar con un elemento cortante la capa superior para dejar al descubierto el color o la textura de las capas inferiores, creando así un dibujo o patrón. Esta técnica se utiliza en arquitectura culta o popular para decorar muros, en cerámica para crear diseños incisos y en artes pictóricas para añadir contraste, profundidad y textura a una obra. El término proviene del italiano sgraffiare, ‘hacer incisiones o rascar con una herramienta especial llamada grafio’. En la península ibérica, este oficio, de algún modo heredero del más antiguo arte decorativo parietal (del que tantos y tan maravillosos ejemplos tenemos en nuestra provincia), tuvo su origen en el trabajo del estuco y los revestimientos interiores utilizados por los romanos e hispanorromanos en Hispania. Esta tradición pasó más tarde al arte paleocristiano y prerrománico y, con la conquista islámica, al arte andalusí y a los alarifes mudéjares, como tantísimos otros elementos. En resumidas cuentas, el esgrafiado es una de las técnicas artísticas más antiguas del ser humano. Desde los albores de la humanidad, hasta nuestros días y el humilde y popular esgrafiado de Paones que nos ocupa hoy.
Diez minutos después de tomar el desvío desde Berlanga de Duero hacia Retortillo, Tiermes y Brías, por la sinuosa carretera de asfalto viejo y grisáceo que sigue los caminos del Cid, pasado el camino de tierra hacia el despoblado de Cabreriza y la granja de cerdos con vivienda justo al inicio de la cuesta, llegamos a Paones. Paones, Alaló, Brías, Abanco, Lumías... Pronunciadlos y saboreadlos un rato y una vez más. ¿Notáis cómo florecen? ¿Cómo brillan entre tanta piedra cenicienta? A la entrada, como avisando de lo que vendrá, nos recibe la ruina rehabilitada de la iglesia románica de San Pedro y una veintena escasa de casas. Eso es todo el pueblo. Unos metros más adelante, como a mitad, muy cerca de la carretera y de la salida (verdaderamente la entrada y la salida distan muy poco entre ellas), en el muro lateral que mira al sur de una de las mejores casas del pueblo, junto a la misma carretera y en una calleja, nos encontramos de golpe con uno de los mejores y más representativos esgrafiados populares que conozco. También paro a verlo y contemplarlo siempre que vengo, como si fuera un lienzo: el gran lienzo o mural de entrada del Museo Provincial que merecemos y que nunca jamás tendremos.
Contempladlo. De izquierda a derecha, de arriba abajo, el mural está compuesto por varios conjuntos de figuras, todas ellas de factura muy burda, popular e infantil. En la parte inferior izquierda, destacando sobre todas las demás, un hombrecito vestido a la antigua, con sombrero, faja y chaleco que apenas se adivinan, dispara con su escopeta en alto a un zorro o lobo que huye por los sembrados tras una paloma (ya dije que estamos en tierras de palomares). Más arriba, en la parte central y como presidiendo el conjunto, está representada la inicial del pueblo (“P”) con exquisita caligrafía manuscrita y rodeada de una aureola de ramajes, una paleta (el instrumento con el que lo hizo el artista, albañil o alarife), una vaca, una especie de mariposa, una paloma en vuelo portando ramitas en su pico para adornar el nido (para la “P” de Paones), un sol sonriente, una luna creciente de perfil, varias flores, la leyenda “viva mi amo” y su firma. Sin más nombres ni apellidos (quizás este artículo me ayude a ponérselos, de hecho al día siguiente ya informó la nieta del autor de la obra) y todo ello rodeado por un universo de figuras geométricas curvas y redondeadas que asemejan hojas cayendo, nubes, panelas, corazones, tréboles y burbujas que dan al conjunto un aire etéreo, como sumergido en un mar de realismo mágico.
No es el más bonito, ni el más elaborado (está hecho simple y llanamente raspando con una paleta de obra una burda y grisácea capa de mortero de cemento), ni mucho menos el más viejo (yo le echo menos de 100 años). Pero él solo representa, sin alardes, con el único, personal y esencial carácter que caracteriza toda manifestación popular, sea cual sea, el maravilloso, mágico y fantástico mundo imaginario de un humilde campesino castellano que quiso dejar su huella, su arte y su mundo que se extinguía en lo más preciado que tenía: su casa. ¿No es maravilloso? ¿Puede haber mejor bienvenida para esta sinuosa carretera de asfalto viejo y grisáceo que nos lleva a Retortillo, Tiermes y Brías?