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La Ermita de San Blas de Rabanera, una joya oculta en una cueva y desamparada tras la guerra

Sebastián y Amelia, a sus 95 y 88 años, recuerdan la última celebración religiosa en lo alto del cerro y en el interior de la cueva, antes de que la Guerra Civil lo parara todo
Sebastián y Amelia recuerdan la ermita de San Blas
photo_camera Sebastián y Amelia recuerdan la ermita de San Blas

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En la SO-P-3001, entre Rabanera del Campo y Cubo de la Solana, pasarán al año cientos de coches sin percatarse que en uno de los cerros, a la izquierda de la carretera en dirección a Cubo, hay un tesoro escondido en el interior de una cueva. Es difícil hacerse a una idea de la joya que se alberga en su interior. Su acceso no está marcado, y poco se sabe de esta ermita rupestre dedicada a San Blas, con coloridas pinturas que mantienen su esencia y numerosos garabatos que dejan la huella de las personas que han pasado por su interior. Una construcción que, previsiblemente en unos inicios estaba encima del cerro, y que se creó de forma íntegra en el interior de una cueva natural.

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Ermita San Blas

Del presente quedan parte de las paredes y techos, las coloridas pinturas y la esperanza y la intención de su recuperación. De su origen poco se sabe, salvo los apuntes en el libro de cuentas de la Cofradía de San Blas. De su pasado no tan lejano queda la memoria de dos vecinos de Rabanera del Campo, Sebastián Andrés Martínez (95 años) y Amelia Carramiñana (88 años). Un matrimonio con todas sus raíces en esta localidad soriana, perteneciente a Cubo de la Solana. Poco conocen de su origen y de lo que allí se hiciera antes de que ellos “fueran chicos”, pero sí han sido testigos de las últimas celebraciones religiosas y del expolio y el desamparo de este templo en un cerro en el que se sabe que hubo un molino de viento y posiblemente un asentamiento anterior.

Fue el estallido de la Guerra Civil Española, en julio de 1936, el que originó el deterioro de este templo dedicado a San Blas y lo que “desbarató todo”. Sebastián recuerda la última romería a la que fue “de chiquillo”, con apenas siete años. Fue un 3 de febrero de 1936, cinco meses antes de aquella fatídica guerra, cuando el párroco dio la misa por última vez. Recuerda entonces cómo ascendían hasta el cerro en procesión desde Rabanera del Campo, con las insignias del pueblo, donde “cada uno subía por donde quería”, como también lo hacían desde otros pueblos de alrededor, “hasta del Campo de Gómara”. “Acudía hasta un confitero del Cubo”.

Cueva donde se ubica la ermita
Cueva donde se ubica la ermita

La Guerra Civil paró la celebración, aunque recuerdan que el suegro de alcalde, que era muy religioso, se atrevió a celebrar una pequeña procesión al lado de la Cruz del Campo, más cerca de la localidad, por el día de San Blas. La guerra cortó de raíz la celebración religiosa, que únicamente se hacía por San Blas, pero Sebastián recuerda que seguía subiendo, por orden de su madre, a ponerle velas al santo. Testigo de cómo las filtraciones de agua empezaban a deteriorar el templo con el paso de los años y la falta de cuidados.

A sus 95 años, recuerda que el conflicto seguía en España, y por aquel entonces se rumoreaba que unos jóvenes, del que se decía procedían del Cubo de la Solana, rompieron la puerta de la Ermita para sacar al santo encima de la cueva, al que “golpeaban mientras pedían que se terminara la Guerra”. “Cada uno tenía sus creencias”, apunta Amelia. Fue el inicio del deterioro del templo, ya que terminó por desaparecer la figura de San Blas, como también se expolió el altar, una lámpara que había en el centro de la cueva, así como los bancos y todo lo que quedaba en su interior.

Al deterioro del templo se sumó el descubrimiento de monedas antiguas en una tierra de labor del sacristán, probablemente de algún antiguo castro, lo que hizo que numerosos vecinos del pueblo y de la comarca se lanzaran al cerro a excavar en busca de posibles vestigios. El matrimonio recuerda que fueron días de muchísimas gente excavando todo, y llevándose también por delante parte del suelo de la ermita de San Blas, como se aprecia en la actualidad. Aunque no hay documentación de un posible castro, sí hay constancia de un molino anexo a la Ermita de San Blas, cuyas piedras salieron durante años cuando se labraban las tierras.

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Detalle de las pinturas

Rabanera del Campo contaba entonces con una especia de Cofradía de la que el padre de Sebastián fue el último mayordomo, que labraba la tierra y arreglaba con los ingresos la cueva. A pesar de los intentos por restaurar la cueva, en balde, finalmente entregó el dinero a un banco. “El abuelo quiso pagar el arreglo de la puerta, pero falleció, mi padre también quiso pero al final no se hizo”, lamenta.  Finalmente el templo se lo catastró la Diócesis.

En el libro de cuentas de San Blas, con anotaciones de esta familia de registros entre 1745 y 1810, figuran los ingresos y gastos relacionados con la Ermita con los mayordomos de cada época. Como una cuenta del mayordomo de 1770, de 26 reales de “componer la puerta, cerradura, labrar, escardar y segar la pieza”. O la cuenta que se recibe del que fue mayordomo desde el 1 de agosto de 1781 al 1 de enero de 1788, “cuarenta reales de la puerta que se ha puesto en la ermita de San Blas; de todo coste cuarenta y ocho reales que rebajado de limosna que dieron de un conejo en 1785, se quedan en cuarenta reales”.

Aunque la figura de San Blas jamás volvió a aparecer, la Iglesia de San Miguel Arcángel de Rabanera del Campo cuenta ahora con otra talla del santo, día que se sigue festejando en la localidad y donde todavía hay vecinos que suben el 3 de febrero a rememorar el día a la ermita. San Miguel es el patrón de la localidad. Sebastián y Amelia cuentan que el párroco vivió en Rabanera hasta la guerra, y recuerdan, especialmente él, cómo le vieron salir con las maletas para irse  vivir a Soria. Un pueblo que llegó a contar con más de cien familias.

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Amelia y Sebastián

Lo que en su día quiso recuperar el padre, abuelo y bisabuelo, también lo tiene en mente el hijo de Sebastián y Amelia, Alberto Andrés, aunque reconoce que, aunque a las puertas que ha llamado se han quedado sorprendidos con esta joya oculta, la falta de fondos en ocasiones se suma a la ausencia de voluntad.

Así, elaboró un anteproyecto para poner en marcha su recuperación, con la ayuda del fallecido presbítero Juan Carlos Atienza, vicario episcopal de Patrimonio y párroco de El Burgo de Osma. La idea llamó la atención de la Asociación para el Desarrollo Endógeno de Almazán y otros Municipios (ADEMA), aunque la falta de Fondos Europeos acabó con este primer intento.

La falta de una figura jurídica que impulse su reconstrucción dificulta unos planes que siguen vigentes. El santo tenía su tierra y concentración parcelaria le adjudicó una parcela a San Blas, pero por entonces no había personalidad jurídica ya que no existía la Cofradía. Ahora debe ser una figura jurídica, probablemente la Diócesis o el Ayuntamiento la que impulse esta restauración. Una restauración que tiene como primeros pasos la conservación de sus coloridas pinturas, el acceso, ya que en la actualidad no está señalizado, y, como más costoso y problemático, afianzar la roca de la entrada.
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