El Depósito de Covaleda, una ofrenda al dios Dercetius
EL MUSEO NUMANTINO DE SORIA,
PIEZA A PIEZA 22
Por Jesús Lope
EL MUSEO NUMANTINO DE SORIA, PIEZA A PIEZA
El conjunto arqueológico que conocemos como «Depósito de Covaleda» apareció en el paraje llamado La Boca del Prado, junto a la carretera de la Laguna Negra.
Fechado en el tránsito entre el II y el I milenio a. C., sigue siendo un misterio cómo llegaron a estas tierras de la Altimeseta soriana ciertos comportamientos característicos del Bronce Final Atlántico —el llamado «Círculo Cultural Atlántico»—, como la ocultación de objetos metálicos, denominados depósitos, en lugares de la naturaleza alejados de hábitats o necrópolis. El hecho de que se trate de objetos de incalculable valor para aquellas gentes nos obliga a preguntarnos qué les llevó a depositarlos en escenarios tan singulares —frecuentes en la Cordillera Ibérica— como montañas, lechos de ríos, lagos o inaccesibles simas. En Soria destacan dos ejemplos notables: los depósitos de Beratón y de Covaleda.
El Depósito de Covaleda, formado por tres hachas llamadas «de talón y anillas» (una de ellas desaparecida), otra de apéndices y un regatón o cincel, fue hallado dentro de una grieta superficial tras la explosión de un barreno durante la construcción de una pista forestal.
Se trata de bronces ternarios —cobre, estaño y plomo— hechos a molde, cuyo significado permanece enigmático: ¿ocultaciones deliberadas en caso de peligro?, ¿meros extravíos? o, más bien, ¿ofrendas a divinidades tutelares de la naturaleza? Los lugares en los que aparecen —montañas, ríos, lagos, cuevas— nos inclinan a pensar en su carácter votivo, en dádivas de culto a los dioses de la naturaleza.
Estas ofrendas a la divinidad, en religiones de tradición céltica de Gallaecia y Lusitania, se vinculan a cumbres como Urbión, con frecuencia coronadas por nieblas que les otorgan un aura de misterio sagrado. Tal vez aquel hallazgo fuera una dádiva al numen tutelar de Urbión, Dercetius, «el Visible», dios de la montaña, que dio nombre a la Sierra de la Demanda. En los Dercetii montis secreta, según relata Braulio de Zaragoza (590-651) en la Vita Emiliani, se retiró San Millán en el siglo IV, buscando la soledad y el silencio de las alturas.
Una hipótesis no exenta de debate
La interpretación religiosa, tan sugerente y cargada de simbolismo, no es unánime. Otros investigadores sostienen que estos depósitos pudieron ser simples ocultamientos con fines más prácticos: acumulaciones de metal destinadas a la refundición, reservas estratégicas en tiempos de inestabilidad o incluso «tesoros» escondidos que nunca llegaron a recuperarse.
La diversidad de contextos en que aparecen —algunos próximos a rutas de comunicación, otros cerca de antiguos talleres metalúrgicos— apunta a que quizá no todos respondan a un mismo patrón ni tengan un carácter exclusivamente votivo.
Hoy, el Depósito de Covaleda se conserva en el Museo Numantino, donde sigue invitando al visitante a preguntarse si fue ofrenda o tesoro, plegaria o precaución
Entre lo sagrado y lo humano, su enigma perdura.
Pieza a pieza, una historia que resurge.