Crónica de un viaje a Torrelapaja: El santo aragonés de Castilla, la casa de San Millán y la garra del último oso del Moncayo
En los confines de las provincias vecinas y hermanas de Soria y Zaragoza, en las costuras agrestes y serranas de los históricos reinos de Castilla y Aragón -algo descosidas y mal zurcidas por cierto-, en esa desconocida comarca fronteriza que trasciende lindes y fronteras y que se conoce simbólicamente con el nombre de “la Raya”, se guarda y custodia, a la intemperie y sin proteger, en silencio, como deben descansar siempre las cosas verdaderamente santas, dignas e importantes, la Casona que llaman de San Millán, sus reliquias y, sobre su puerta, clavada con viejos clavos y puntas de hierro, la garra casi entera del que seguramente sea uno de los últimos osos que pobló circunstancialmente el gran macizo montañoso del Moncayo. David Ortega, en esta nueva entrega de su inventario de lo no importante, nos lo cuenta
Por David Ortega (al final del texto aparecen más fotografías)
VER SERIE COMPLETA 'INVENTARIO DE LO NO IMPORTANTE'
(Fotografías de Torrelapaja, de la Casa de Beneficencia y del frontón, al final del texto)
Vivimos en tierras viejas cuya mayor riqueza quizás sea su historia. Nuestra ignorancia nos hace pobres, rematadamente pobres, casi miserables, pero no lo somos. En todo este impenitente viajar cercano que va nutriendo gota a gota y miga a miga este dichoso inventario (en realidad, mero alimento de un alma hambrienta que nada sacia), no he conocido ni un solo pueblo o lugar que no tenga nada de interés, nada digno de no ser contado y recordado. Creo que no lo hay en España entera. Para mi desgracia, la mía y la de una vida entera con otros quehaceres más rentables y necesarios, las historias sin contar se me van acumulando en el zurrón y la libreta y empiezan a ser lastre podrido, moribundo y desecho que arrastro como puedo. Contarlas me consuela. Nos consuela. Supongo que por eso estoy aquí. Si las dejo dentro, sin contar, se me atragantan, pudren y repiten como el ajo, el pepino, o el melón vespertino. Se me indigestan. Me repiten. Y eso es malo.
En una de las últimas incursiones a la gran comarca de Calatayud, bajando el Puerto de la Bigornia que tanto le costaba subir al viejo tractor Ebro de mi abuelo Adolfo Gallardo Molinos de 95 años, recaí en el pequeño pueblo de Torrelapaja, mitad aragonés y mitad castellano. Lo tenía pendiente por varias razones y desde hacía mucho tiempo. En los “Cánticos a San Millán” de Velilla de los Ajos (pueblo soriano que conserva en su término municipal las ruinas románicas de la Ermita de San Millán, antigua iglesia parroquial del despoblado de Borque que tantos célebres sorianos así apellidados ha dado), una sencilla seguidilla en honor al Santo que se me quedó grabada y danzando en la sien. Decía así:
Naciste en Torrelapaja
te veneran a porfía
en este pueblo y en muchos
y por toda Andalucía.
Y sin más interés que lo que precede, animado por el soniquete de estos versos viejos, dilucidando si el Santo era aragonés o castellano, y si podía interesar esto a alguien, aproveché un viaje en solitario a Illueca para comprar zapatos (tradición muy soriana y muy nuestra, casi diría que familiar y secular, la de comprar calzado en Illueca o Arnedo, y antes aún en Cervera), para entrar en Torrelapaja y comer luego en la Venta de Malanquilla (una de las últimas y más famosas ventas de frontera que quedan por aquí abiertas). La Raya de Castilla y Aragón, de Soria y Zaragoza, de pueblos con tanta historia como Ciria, Aranda, Ágreda, Tarazona, Borobia o Noviercas, es como un bruñido montañoso mal hecho y viejo, un remallado grueso y disforme que culmina en la gran mole redonda del Moncayo, que se recuesta sobre los campos y barrancos como un gran buey muy grande, muy manso y muy anciano. Más allá de él, hacia oriente, hacia la cara oculta del este, la más absoluta nada: el abismo descendente hacia las ricas y cálidas huertas, riberas y desiertos de Aragón. Territorio extraño. Vecino y cercano, pero extraño. Allí, en los pueblos, incluso sigue viviendo gente. ¡Algunos hasta tienen industria! ¡Hay chavales jóvenes! ¡Hay frutales! ¡Hay ovejas! Un cálido espejismo.
En Cardejón, a los pies de la Sierra de Aleza (a la que le da nombre un olvidado despoblado medieval y que está coronada por una vieja fortaleza bereber que después fue Ermita y que bajo la advocación de Santa Bárbara protegía los campos de las tormentas), me detengo. Casi siempre lo hago. A las tormentas y a mí nos gusta dar vueltas por estas cerros. Es una sierra pelada preciosa, prominente y casi rítmica, muy musical, como una ola dorada a punto de romper y esparcir sus notas doradas sobre los campos. Desde lo alto, se contempla una de las vistas más bonitas que puede haber del Moncayo y de los históricos campos de batalla del Araviana, hoy cubiertos por mosaicos de trigos y centenos. Aquí aparecen también los primeros y más occidentales peirones de la provincia (símbolo inequívoco de la llegada a un mundo extraño) y las piedras y restos reutilizados de alguna villa romana antigua, seguramente enterrada a los pies de la Ermita de Nuestra Señora de Laynes en Pinilla del Campo. Junto a un navajo, a la entrada del pueblo, solía estar siempre una mujer pastora cuyo nombre bien recuerdo y que siempre iba con su burro y sus ovejas. Ya no está en este mundo. Su huida fue trágica. Tristísima. Y casi nadie la recuerda. Una señora sigue dando comidas a los camioneros que se acercan a su casa junto a la carretera. Yo avanzo rápido hacia Torrubia y Tordesalas. En Sauquillo de Alcázar, totalmente despoblado a excepción de por un rebaño de ovejas, me acerco a saludar al pastor marroquí de siempre y cargo dos viejas y polvorientas mantas de pastor a cuadros que tenía fichadas desde hace mucho tiempo (pero esa de las mantas es otra historia y da para otro artículo del inventario).
Torrelapaja es -o podría ser- ese lugar extraño y mítico donde la vieja Castilla se acaba. Desde lo más alto de la Bigornia, antes de descender (y digo descender con toda la honda trascendencia que este término encierra), ya se divisan los campos dorados y agostados de Aragón. En Soria, hacia occidente, todavía están verdes y en leche, pero aquí ya brillan con inusitada fuerza. ¡Me ofenden! Hasta aquí remontan los dulces y suaves aromas de las nueces verdes, las peras, los melocotones y las cerezas de las ricas huertas del río Manubles, viejo vergel que hoy baja envenenado hacia Berdejo y Bijuesca. Es -o era- un buen lugar para nacer, un pueblo de paso y de frontera a la orilla de un importante camino entre dos reinos (el que tomó el aragonés repoblador Alfonso I “El Batallador”), una cañada, un paso, un puerto y una carretera que se va quedando desierta. En sus orígenes, no era más que un conjunto de casas y casetas para almacenar la paja y el grano de los campos que cultivaban en este alto los vecinos berdejanos, lejos de las huertas. Luego, en algún tiempo, se le ocurrió nacer al santo pastor, se levantó una torre, un templo para custodiar sus reliquias, se marcharon los moros (o al menos se quedaron camuflados cuidando sus casas en cuesta, sus huertas y sus minaretes de barro), hicieron las paces los dos reinos y el pueblo creció hasta bastante más de lo que es hoy, llegando a rivalizar con el histórico Berdejo y ganando su propia autonomía y concejo. Hoy, por si acaso, no le digas a uno de Torrelapaja que es de Berdejo.
Aparco junto al frontón. Todos los coches pasan de largo. Muy rápido. El frontón es un frontón curiosísimo, gran exponente de la mejor arquitectura lúdica: pintado de un verde muy chillón y muy reciente, aprovecha como pared un rincón entre la iglesia y una casita baja pintada de rosa, que en hilera con otra docena de casas iguales y parejas forman y cierran la plazoleta del pueblo. Hay que tener práctica y habilidad para jugar aquí. Sólo la vista del frontón, la Iglesia y la Casa de San Millán son merecedoras de una visita al pueblo con detenimiento. La Iglesia es grande y vieja, monumental como es costumbre inmemorial. El campanario es de piedra y aprovecha una vieja torre defensiva. La llaman de Nuestra Señora de Malanca (ya os he hablado antes del pueblo y la venta de Malanquilla) o de San Millán, por custodiar en una capillita las veneradas reliquias del Santo, rodeadas de pinturas de su vida. San Braulio de Zaragoza, su cronista, cuya vida escribió en el año 638, escribe que nació en el año 459 dentro del obispado de Tarazona, no lejos de la villa de Vergegio (Berdejo) «non procul a Villa Vergegio» y que a los 20 años de edad, inspirado por un divino sueño, dejó el oficio de pastor y, conocedor de un santo ermitaño llamado Félix que moraba en el castillo de Bilibio (Haro), fue hasta él y lo eligió como maestro. Se retiró a las montañas y, tras algunas idas y venidas en vida a su villa natal, y ya con fama de santo, murió finalmente en el año 560 en el mismo oratorio castellano donde había pasado más de 60 años de vida santa y contemplativa, y donde a día de hoy sigue enterrado.
Justo enfrente de la Iglesia y el frontón, destaca sobre todas las demás casas bajas y humildes, la enorme, monumental y colosal Casa de San Millán. Un viejo azulejo blanco y azul nos recuerda todavía que fue “Casa de Beneficencia”. En efecto, parece ser que cuando murió San Millán, parte de las reliquias volvieron a su pueblo natal (algunos dan hasta su año de llegada, el año 631 para ser exactos) y ante la afluencia de peregrinos para venerarlo y pedir curas y milagros, se acabó construyendo una gran casa/hospital. A día de hoy está cerrada y no se puede visitar. Amenaza ruina. Es una casona preciosa, símbolo y exponente de la mejor arquitectura gótica y renacentista de la Comarca de Calatayud: con un precioso patio central con columnas y dos pisos de galerías; buena piedra de sillería en su portada con arco de medio punto; grandes dinteles y florituras en vanos y ventanas; una imagen de piedra del santo cobijado en una hornacina y hasta un gran portón de madera que tiene clavada en la parte superior la garra todavía con restos de pelo y piel de un oso (al parecer de unos zíngaros nómadas y ambulantes que iban por los pueblos pidiendo dinero bailando con un oso y que se alojaron aquí cuando el oso murió). Tan grande era la casa, que antaño hasta los vecinos esquilaban las ovejas en el patio y dejaban siempre un vellón de lana al Santo.
Unos obreros de carretera vestidos de fosforito van y vienen, en coche y a pie, buscando un lugar para comer. No me encuentro a nadie más para preguntar por la garra del oso clavada en la puerta (¿y si fue uno de los últimos osos que pobló el Moncayo?), por las llaves de la Iglesia o por el ritual de curación con las reliquias de San Millán que aún a día de hoy se sigue haciendo de vez en cuando (se pesa a los niños en la romana de San Millán, que antes se custodiaba en la Casa de Beneficencia y hoy custodia una vecina en una casa particular para, después, rezar tres padresnuestros con el niño envuelto en un cuadro del santo y con el ombligo untado en aceite de la lámpara de la Iglesia). ¡Cosas más raras hacemos ahora y ungüentos y potingues más exóticos nos damos ahora y no nos extrañamos tanto! Tampoco me extraña lo del oso y la garra, pues lo de colocar patas de animales en las puertas de las viviendas con pretendidos efectos protectores o apotropaicos es una práctica habitual en las montañas pirenaicas del mismo Aragón y, además, hay constancia documental de existencia de osos en estas montañas hasta al menos la primera mitad del Siglo XVIII. ¿Y lo del nacimiento aragonés de nuestro santo castellano? ¡Si casi todo nos vino de allí! ¡Hasta nuestro propio Santo patrón, San Saturio o San Turio, coetáneo de San Millán, era un Turio de la antigua Turiaso (actual Tarazona), donde hasta fue obispo su discípulo San Prudencio! Se me hace tarde y el artículo, nuevamente, demasiado largo. Arranco el coche y marcho raudo a la Venta de Malanquilla, que las chuletillas de cordero se me quedan frías y los zapatos de Illueca me esperan. Hasta otra entrega.