Crónica de un viaje lanero a Altea o el último rebaño de ovejas guirras o royas levantinas
Soy de los románticos que piensan que una tierra se conoce hablando con las gentes que viven en ella. Y que cuanto más han vivido en ella, ellos y los que vinieron delante, más profundo, verdadero y honesto es el conocer. Para mal y para bien. Al fin y al cabo, ese es el verdadero sentido y pretexto de la vida: llenarnos de sabiduría. Y.. ¿quiénes conocen más y mejor una tierra que los pastores y labradores?
Por David Ortega
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(Fotografías al final del texto)
Hace unos días, la lana y mestas me llevaron a Alicante. No venía por aquí desde pequeño, cuando por esa costumbre tan soriana de verter al Ebro y mirar hacia levante, veraneaba con la familia por Dénia, Altea y Jávea. Estaba cerca, las playas eran largas y calmas y el pueblo -la ciudad- cómoda, fácil y medianamente barata para dormir, comer, criar y jugar, según el buen criterio de mis buenos padres (grandes recuerdos de las cerezas en el desvío a Teruel, la habitación compartida con mi hermana, los coches de choque por la noche, el Montgó, los juegos en el paseo marítimo, las olas, las esculturas de arena, las cocacolas en las terrazas, las gamas del antiguo restaurante Aitana y los arroces del aún vigente Casa Federico). Por aquel entonces me faltaba una cosa: conocer sus gentes y sus rebaños. Si es que los había.
Unas alcachofas con foie, un arroz con conejo a la serrana y un helado de turrón de almendras, rodeado de ricachones e industriales del textil y la tierra, me llevaron a Altea. Y allí, unas fotografías fortuitas de dos ancianas de cháchara al sol en una calleja, a Joel Castell, seguidor de instagram, vecino del pueblo por casamiento, padre de dos niños, marido, antiguo panadero (paradójicamente dejó de serlo por la ausencia de gente en su pueblo), pastor, labrador, horticultor y músico polivalente. Él me puso tras la pista y me acompañó a conocer a Don Juan Ripoll Lloret y su hijo, los dos últimos ganaderos de Altea y los custodios de una de las pocas ganaderías de España con ovejas autóctonas guirras, royas o rojas valencianas o levantinas. La raza está en peligro de extinción y sólo ellos conservan unas trescientas ovejas de las cuatro mil escasas que componen la totalidad del censo y de nuestro patrimonio genético.
Alicante es un país extraño. En Elche, Crevillente, Gata de Gorgos y Alcoy quedan fábricas y resquicios de una floreciente industria textil: cestería, cuero, zapatos, alfombras, punto y hasta confección. Hay también frutales, bancales, huertas, invernaderos y palmeras monumentales por doquier. Aquí recogen muchos dátiles, higos, almendras, alcachofas, nísperos (los mejores los tiene Joel Castells), naranjas y limones. También hay rascacielos. Y sierras peladas con bancales. Entre bloques y apartamentos horrendos y urbanizaciones que escalan la sierra, quedan villas y casitas blancas encaladas de piedra. Alicante -y todo el levante español- ha pagado alto el coste de su belleza y de los sucesivos gobiernos que se enriquecieron malvendiendo y destruyendo todo esto. Lo que no hay, o no quedan, son ovejas. Y, como el nuestro, éste era precisamente un país de eso: de cabras y ovejas.
La oveja guirra, también conocida como roja levantina o valenciana, es la única raza ovina autóctona de la Comunidad Valenciana. Como sus gentes, usos, cultivos y costumbres, es el fruto del cruce práctico y recurrente de ovejas autóctonas del tipo manchego con razas ovinas norteafricanas que se introdujeron en la península ibérica. Lo que hoy llamamos puro no es más que mezcla vieja.
Don Juan Ripoll Lloret es un hombretón grande, fuerte y hasta diría que elegante, con envidiable pelo blanco muy denso y ojillos vivos y claros. Nos espera a las once del domingo sentado en el sillón del salón de la caseta familiar donde tiene el corral, junto a naranjos, nísperos y más chalets. En un extremo, la chimenea aún humea. Tiene la tez oscura, algo terrosa y rojiza, con algunas manchas más oscuras. Viste jersey con cremallera y camisa. Sobre la mesa, debajo de unas aguaderas de mimbre y esparto que sigue cargando sobre una burra vieja, quedan restos de su frugal desayuno: pan, jamón y queso. A su edad, sigue pastoreando por el pueblo y la sierra acompañado de un buggy moderno y de sus inseparables perros. Su hijo Juan le ayuda. En verano, sigue subiendo con su hijo el rebaño a los más frescos y ricos pastos de la escarpada Sierra de la Bérnia. Me dice que aquello es un espectáculo.
Se levanta con dificultad y nos acompaña al corral. No tenemos mucho tiempo. Está junto a la casa. Aquí cierra ahora todo el rebaño hasta que lo cambie de pastos. Al sol, el vellón dorado de la oveja guirra brilla con fuerza entre los corderos y borregos del año. Un corderín oscuro criado a biberón sigue a Don Juan a todos lados. Habla con gusto y autoridad, y yo le acribillo a fotografías y preguntas. Ha conocido los tiempos en los que Altea no era más que un pueblo blanco de pastores, pescadores, labradores y horticultores, con las cabras y ovejas por el pueblo. Su propia familia vendía cántaras de leche puerta a puerta. Sin embargo, y aún reconociendo que el campo está “fatal, como un demonio”, no culpa al turismo, la masificación, los veraneantes y los extranjeros de todo esto. No lo hace. No simplifica. Sabe que todo esto hubiera desaparecido también, que los tiempos cambian y que los hombres de hoy ya no quieren trabajar en esto. Él sólo espera aguantar bien y feliz con sus ovejas y su familia hasta que le pongan “el pijama de madera”. Con un viento endiablado, una caja de nísperos y un buen apretón de manos, nos despedimos con la promesa de volver a vernos. Quizás con más tiempo, para verano y en la preciosa Sierra de la Bérnia.