Cagarraches, los otros trashumantes sorianos
Textos e imágenes: David Ortega
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Los trashumantes sorianos son los grandes caminantes y emigrantes, los más universales y afamados, los que desde tiempo inmemorial llevaron Soria, Castilla y sus merinas por España y por medio mundo conocido. Pero junto a ellos, en paralelo, solapados y en solitario, siempre más humildes y en silencio, quizás por esa misma fuerza atávica e insondable que ha llevado siempre a todo lo alto a descender, otros trashumantes sorianos de las mismas sierras merineras bajaron y subieron de las cálidas tierras de invernada de Extremadura, Castilla La Mancha y Andalucía. Lo hicieron a pie, en cuadrillas y por las cañadas, cordeles y veredas que tan bien conocían, con sus albarcas y boinas desgastadas y sus trajes roídos de pana, pero sin los grandes ejércitos y rebaños de ovejas merinas. Son los cagarraches, esos otros trashumantes olvidados.
Con este simbólico, sonoro y bello nombre de cagarraches se conocían en Soria, en otras tierras trashumantes vecinas como la Tierra de Molina y aún en la hermana tierra de acogida de Andalucía, a los serranos que emigraban cíclicamente todos los años durante el invierno a los molinos y almazaras del sur para trabajar en la campaña de la aceituna. Sus lugares de acogida eran los mismos que los preferidos por los merineros sorianos (los pastizales de invernada de la Cañada Real Soriana Oriental) y por los grandes conquistadores de la vieja Castilla (el sur de España se reconquistó con caballeros, ganaderos y ovejas). Me refiero, muy especialmente, a las provincias de Jaén (donde los primeros obispos de su diócesis fueron durante siglos sorianos y donde el castellano aún tiene mucho de soriano), Córdoba y Sevilla (donde quedan nutridas comunidades de sorianos que prosperaron). Otros, menos numerosos, de la esquina noreste provincial, fueron más prácticos y emigraron más cerca a los trujales de Aragón, Navarra y La Rioja (el único trujal de toda la provincia de Soria está en ruinas en Villarijo). Estos últimos recibían también el nombre de trujaleros.
La mayoría de los cagarraches sorianos procedían de las viejas sierras trashumantes de la comarca del Valle (la que con creces ha aportado un mayor número de sorianos ilustres a Andalucía y las Américas), Montes Claros, Alba, Oncala, Almuerzo y hasta el Campillo de Buitrago por el Cerro de San Juan. En efecto, cuando la trashumancia y sus riquezas merineras comenzaron a declinar en estas sierras, además de huir los nobles, hidalgos y demás grandes propietarios de sus casonas blasonadas de piedra y reconvertirse los pobres pastores en aún más pobres labriegos labrando cerros en bancales como escalones, muchos mayorales, rabadanes, ayudadores, zagales y pastores siguieron haciendo lo único que sabían hacer: trashumar al sur, primero andando en jornadas de treinta o cuarenta días y, más tarde, como los otros trashumantes merineros, en tren y a pie. Otra gran gesta épica sin contar. ¿Qué atávicas, primitivas y potentísimas fuerzas llevaron a estos hombres a ir y volver tan lejos a pie para ganarse un mísero jornal?
Los cagarraches sorianos no eran temporeros, o al menos no lo eran en el sentido actual del término. Con cierto y recio orgullo, casi se vanagloriaban de no serlo y de no recoger las aceitunas de los olivos. Ellos eran verdaderos mozos y operarios que trabajaban en cuadrillas al mando de un maestro y organizaban y dirigían la molienda de la aceituna en los molinos y almazaras de los cortijos y pueblos del sur peninsular. Trabajaban duro durante el invierno y volvían a su tierra en primavera. Lo hacían sin abandonar nunca su guisa típica y su atuendo serrano, a cambio de un pequeño jornal que ahorraban y estiraban a conciencia, una cama, un trago de vino, un poco de pan duro y una lata de sardinas. Ahorraban todo lo que podían y, a fuerza de ahorrar y trabajar, lograron cosechar una gran fama y consideración que aún se recuerda en la actualidad. Muchos ennoviaron y aquí se quedaron. No tienen más que hablar y citar a los sorianos por ahí abajo para confirmarlo.
El Diccionario de la Real Academia Española no recoge esta acepción específica, sino que se limita a definirlos como “operarios de la almazara dependientes del maestro o contramaestre” y señalando como sinónimo de cagarrache el de “cagaaceite”. Buceando un poco más en el tiempo y en la rica historia de los diccionarios de nuestra lengua, el Diccionario de Autoridades de 1726 dice: “Páxaro del tamaño de un tordo, las zancas largas, el color pardo obscuro, y blanquecíno. Diósele el nombre de por la figura Onomatopeya, por el sonído de su canto” y acto seguido que “se llama también el mozo que assiste y trabaja en el molino de azéite, que en otras partes llaman Atizador”. El resto de definiciones y acepciones no son más que meras reiteraciones de estas dos.
Don José Antonio Pérez Rioja (1917-2011), el último de esa gloriosa y extinguida saga de los Pérez-Rioja en Soria, en su conocido libro “El alma de Soria en el lenguaje”, dice de los cagarraches lo siguiente: “Según el Diccionario académico –que da, además, la forma cagaceite–, operario de la almazara dependiente del maestro o contramaestre. Al decir de José Tudela, los administradores o maestros de los molinos de aceite en Andalucía; eran, en suma, los directores de todas las operaciones en que intervenían varias personas. Los pueblos de donde salían los cagarraches sorianos eran los de la Sierra (de la de Alba y de Suellecabras) o del Campillo de Buitrago. Ese nombre –añade Tudela– debe venirles de un pajarito, menudo, muy vivaz, del color de la tierra, que hay por allí. Pedro Iglesia afirma que hay referencias personales de que a ellos no les gusta tal nombre”.
Parece claro, por tanto, que el apodo de cagarraches dados a los sorianos serranos es posterior a su primer y más primitivo significado -el de obrero de almazara- y que éste a su vez podría derivar del mero nombre vulgar que se les dio a unos pajarillos que merodean el olivar (los zorzales), cuyo canto es una onomatopeya muy similar al nombre de cagarrache y cuyos excrementos oleaginosos recuerdan a la pasta con la que se trabajaba en la almazara. Más tarde, y casi despectivamente, asumieron este nombre los obreros que allí trabajaban y quizás por último, aunque ya en tiempos antiguos, se les dio por extensión y un tanto despectivamente a los numerosos y sufridos sorianos serranos que venían todos los años para trabajar en esta dura tarea. En efecto, parece claro y evidente que llamar a alguien “cagarrache” o “cagaaceite” no es verdaderamente un piropo muy deseable para nadie.
Eso mismo se desprende de los pocos artículos de prensa histórica que he podido leer y consultar y, en particular, de los dos reportajes que firma la periodista madrileña Carmen Deben para el famoso periódico 'Pueblo': una crónica de un viaje a los pueblos trashumantes de El Valle y un cuento posterior, en base a esa experiencia, con el nombre “el cagarrache”, que cuenta la triste historia de regreso de un tal “Juan el Negro” de Rollamienta y que incluso recibió el premio “Sésamo”. Ambos los recomiendo leer. La primera crónica de ese viaje, publicada el 12 de febrero de 1958, lleva el siguiente y revelador título y encabezamiento: “SORIA EN INVIERNO: LOS HOMBRES SE VAN. A orillas del río Tera se habla andaluz. Con sus abarcas de pastor y sus gorros de piel, los merineros y los cagarraches marchaban hacia el Sur”.
Quiso el destino que hace unos meses, quizás ya un año, un seguidor de estos extraños mundos virtuales de las redes sociales, me contactara para mandarme un libro que había escrito un tío suyo con las memorias de infancia en “La Hacienda de el Villar”, un cortijo familiar en la provincia de Córdoba. Y ahí estaban, como no podía ser de otro modo, el recuerdo bello e imborrable de aquellos sufridos cagarraches sorianos. Por su indudable interés literario e histórico, lo reproduzco íntegramente aquí:
La Hacienda de el Villar aparece vinculada a mi niñez como algo íntimo y entrañable. Allí transcurrió buena parte de la mía, bajo la férula bondadosa aunque no exenta de energía de mi abuela Carmen, madre de mi padre. Y allí, entre tantas cosas que evocar -¡entre tantas, Dios mío...!- yo recuerdo a los molineros… a los sorianos... ¿Quién no los recuerda en nuestros molinos aceiteros andaluces, llevando las grandes cubas de agua hirviendo necesarias para armar las prensas, regulando llaves de los depósitos de aceite o alperchín, cebando de aceituna bien distribuida las tolvas trituradoras, transportando capachos o vigilando la marcha ciega y eternamente circular del mulo del malacate con sus ojos vendados? Constituían, sí, un injerto extraordinario en nuestro mundo campesino que se producía todos los inviernos y que, a veces, muy pocas veces, agarraba en forma de matrimonio o de noviazgo con alguna mocita de la hacienda. Desde sus pardas tierras de Soria bajaban a Andalucía todos los inviernos y se marchaban en los comienzos de la primavera, terminada la molienda de la aceituna. No pueden concebirse hombres más frugales, sacrificados y ahorrativos que estos sorianos. La tierra pobre, casi miserable, de donde procedían les haría considerar la nuestra andaluza como tierra de bendición, como un El dorado, al que acudían dispuestos sobre todas las cosas a ahorrar. Hasta el viaje -el de ida y el de vuelta- lo hacían a pie. No comían durante toda la campaña más que pan, duro porque así les salía mas barato y aceite que en razón de su ocupación específica se les daba sin tasa. Eran en general -y justicia es decirlo porque es la verdad- buenos, educados, formales. Pero eran, entre nosotros... otra cosa. Procedían de otro mundo. Tenían otras costumbres. Y con sus alpargatas en los pies desnudos en los días más crudos del invierno, sus boinas mugrientas perpetuamente encasquetadas en sus cabezas, sus fajas negras y anchas y sus trajes de pana estratégicamente manchados por todas partes, contrastaban con todo lo andaluz. Empezando por los nombres propios, algunos crudelísimos y adjudicados por su padres con absoluta desconsideración: Crescencio... Fidel... Segismundo.... ¡Tesifonte!
Había muerto un cochino gordo de enfermedad desconocida. Por sí pudiera ser maligna, tío Juan había dado orden de que lo enterraran enseguida. Pero el jefe de ellos, “el maestro de molino”, solicitó de mi tío encarecidamente y de parte de sus hombres que se les entregara el cochino muerto, que ellos reputarían como donativo principesco... ¿Que su carne pudiera estar en malas condiciones? El agua hirviendo lo destruye todo y no hay bacteria mala que no sucumba en el hervor... Esperaba este favor... Y tanto insistió y tantos argumentos adujo que mi tío les entregó lo que pedían, aunque advirtiéndoles que de todo serían ellos los únicos responsables. Llenose entonces la cocinilla que tenían en un rincón del molino de grasos y apetitosos aromas, ante la algazara de todos ellos que se relamían por anticipado con el banquete sin tasa que esperaban darse…
El capítulo sigue, pero las referencias a los cagarraches sorianos -como este artículo que otra vez se ha convertido en un tostón demasiado largo- acaban aquí. Los sorianos de hoy, hijos y nietos de aquellos trashumantes y cagarraches de ida y vuelta, siguen partiendo y descendiendo de lo alto como lo hicieron sus padres y abuelos, pero el partir y descender de hoy es algo distinto: la mayoría nos hemos olvidado del camino de vuelta.