El bello osculatorio de la necrópolis visigótica de Suellacabras
Allá por los años veinte, en un pequeño pueblo soriano, la quietud de una necrópolis visigoda aún guardaba el secreto de unos raros objetos de bronce: el delicado arte de perfumarse en la Antigüedad.
Entre los pequeños tesoros que el paso del tiempo dejó enterrados bajo nuestros pies, algunos aún parecen susurrarnos secretos. Tal es el caso de los removedores de perfume. Recuperados por la arqueología de los periodos tardorromano y visigodo en la Península, son conocidos como ‘osculatorios’, nombre que les dio en 1879 Aureliano Fernández Guerra en Monumentos cristianos antiquísimos e inéditos.
A lo largo de los siglos, estos singulares instrumentos han despertado interpretaciones diversas y, en ocasiones, contradictorias: se han visto como utensilios litúrgicos para dar la paz durante la misa; como piezas bendecidas por sacerdotes cristianos y besadas por los fieles —de ahí su nombre, de osculum, "beso" en latín—; como fetiches de sectas heréticas; amuletos matrimoniales; ruecas o devanaderas o, más recientemente, como objetos de tocador: removedores o mezcladores de perfume.
Esta última hipótesis ha ganado fuerza gracias a los análisis químicos realizados por Pérez Arantegui y su equipo en osculatorios procedentes de Celsa (Zaragoza), que detectaron la presencia de sustancias oleicas en el remate figurado y en el anillo, confirmando su uso como agitadores de perfumes elaborados con base de aceites.
Sin embargo, la investigadora Mª. Ángeles Alonso sugiere que, al menos en Hispania, este pequeño instrumento evolucionó hasta adquirir una función litúrgica, algo que explicaría su desarrollo formal y la elección de ciertos remates: aves o palomas, de claro simbolismo cristiano. Es el caso del bello osculatorio de bronce que custodia hoy el Museo Numantino, datado entre los siglos VI y VII, que fue hallado en la necrópolis visigoda de Suellacabras, un pequeño pueblo de la comarca soriana de Tierras Altas por Blas Taracena en 1924. De los cuatro hallados en aquella excavación, dos se exhiben en el MAN y dos en el Museo Numantino.
Como es habitual en estas piezas, fue fundido en un solo molde, sin soldaduras, conservando aún en superficie las 'coqueras’, pequeñas burbujas de gas atrapadas durante la fundición, que le confieren un aire de fragilidad antigua.
El aro, u ‘ojo’, tiene una sección de media caña, plana por el interior, y de él emerge una delgada ‘tija’ -o tallo-, de apenas 0,4 centímetros de grosor que culmina en dos tiernas aves enfrentadas. Quizá palomas. Quizá otro símbolo cuyo significado aún se nos escapa.
En Europa y en la Península se han hallado decenas de osculatorios. La mayoría, de bronce, aunque también los hay de vidrio, hueso o marfil. Algunos se rematan con figuras de animales —gallos, caballos, delfines—, cabezas femeninas, divinidades paganas o formas geométricas. Todos ellos, distintos; todos ellos, cuidadosamente elaborados. Muchos aparecieron en tumbas femeninas, como delicadas pertenencias que acompañaban a sus dueñas en su último viaje.
El uso más probable de estos objetos era como removedores de perfume. En la antigüedad, los perfumes eran mezclas oleosas que requerían agitación. La anilla del osculatorio se hacía girar entre las manos como una pequeña batidora manual, removiendo el ungüento en un recipiente de boca ancha. Estos recipientes —los llamados ‘píxides’— eran vasos de lujo destinados a los ungüentos más finos de las élites. En este contexto, el remate decorativo no tenía una función práctica, pero sí un valor simbólico o estético: una joya que embellece un gesto íntimo.
Más allá de su función concreta, estos pequeños instrumentos de la Tardoantigüedad (E. Dohijo) nos hablan de una civilización —la visigoda— cuya huella sigue latiendo en el alma de estas tierras, más profundamente de lo que quizá imaginamos. Así lo recuerda el doctor Julio Martínez Flórez, quien afirma que el pueblo visigodo es «fundamental en la constitución de la idiosincrasia de las gentes sorianas», afirmación que los arqueólogos Eusebio Dohijo y Eduardo Alfaro parecen confirmar con sus últimas investigaciones en Tiermes y Los Casares, San Pedro Manrique.
¿Eran estos osculatorios meros utensilios de lujo, o guardaban un significado más profundo, ligado a rituales que el tiempo ha borrado? Pieza a pieza, una historia que resurge.
Fuentes: ALONSO SÁNCHEZ, M. Ángeles. "Los osculatorios: todavía algo más". Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (CuPAUAM) números 13-14, 1986-1987 págs. 106-120.
MARTINEZ FLOREZ, Julio. Una Soria que es preciso recordar. En sorianoticias.com 25 de diciembre de 2020.
ARLEGUI SÁNCHEZ, Marian(coord). Museo Numantino: guía. Publica: Asociación de Amigos del Museo Numantino, Soria, 2014. Págs. 252-253.
Fotografías: Jesús Lope