Atyla: el histórico barco lleno de historias amarrado en Portugalete que nace de un sueño y de una madera de Soria
Rodrigo de la Serna pasaba horas de su infancia a bordo de esta goleta recreada en el siglo XVII, a veces como castigo cuando suspendía. Allí aprendió unas habilidades que enseñaría años después, siguiendo con parte de la idea que su tío Esteban soñó y empezó de cero desde la provincia de Soria a finales de los años 70
En el Paseo La Canilla son decenas de personas las que día a día se paran a ver el puente colgante de la Noble Villa de Portugalete, y también el barco Atyla. Entre ellas, por estadística ya que de todos es sabido que hay más nacidos en Soria en la diáspora que en la provincia, habrán sido muchos los sorianos que lo hayan fotografiado sin saber su estrecha unión. Un barco soñado, diseñado y fabricado por un soriano, cuyo contacto con el mar cercano estaba a 250 kilómetros y que nunca había navegado. Una ilusión de recorrer el mundo con él y convertirlo después en un barco escuela. Una historia de madera soriana, de horas de faena en Piqueras, de los pinos Mayo de Vinuesa como pilares, de estrecha y continua vinculación con Soria. De ideas que se convierten en realidades con horas de empeño y una vida dedicada a un Atyla lleno de historias personales, de encuentros, desencuentros, saqueos y de hacer frente a alguna batalla, la de la burocracia, que hace que hoy en día se encuentre a la venta. GALERÍA DE FOTOS
Rodrigo de la Serna lleva años a su lado y, en una apacible mañana de febrero en una terraza de Portugalete con vistas a su barco y a la ría, cuenta cómo se construyó para recorrer el mundo antes de convertirse en un barco educativo, pero el primer paso se truncó y pasó por otro menos románticos pero más rentables.
LA ILUSIÓN DE ESTEBAN
El actual Atyla es la historia de un sueño. Del sueño de Esteban Vicente Jiménez (Soria, 1953) del que su sobrino Rodrigo tomó el timón años después. El sueño de construir un gran barco de madera lo suficientemente robusto para navegar alrededor del mundo siguiendo la ruta Magallanes-Elcano y después utilizarlo como buque escuela. Una bombilla que se encendió en la cabeza del soriano cuando en uno de sus viajes a Alemania vio el ambiente a bordo del puerto y un barco escuela que en aquel caso ayudaba a jóvenes a reinsertarse. Pensó entonces en hacer algo bonito de por vida.
A finales de los 70 y principios de los 80 su proyecto comenzó a tomar forma cuando un grupo de amigos se aventuraron a tallar las piezas interiores con madera soriana. Una construcción que empezó en zona de montaña, a kilómetros del mar, en Piqueras, con madera soriana, como los pinos Mayos de Vinuesa donados para los mástiles, hasta llevar las piezas a la localidad costera de Lekeitio (Bizkaia), donde se construiría el casco y se ensamblaría. Así se creó este barco de madera de dos mástiles, 31 metros, siete metros de manga, tres de calado, 25 de altura y cien toneladas, con capacidad para 80 personas en viaje de una jornada y 24 para viajes largos.
La goleta soriana finalmente se botó el 15 de mayo de 1984 en un día histórico en el que participó todo el pueblo de Lekeitio y la prensa de todo el país habló de ello. En el tramo final de las obras comenzó a tejerse el primero de los objetivos del barco. Se firmó un contrato con Petronor para dar la vuelta al mundo, pero finalmente se rompió con todos los contratos de los tripulantes firmados. El plan inicial no salió adelante y, con alguna deuda pendiente, tocaba sacar rentabilidad a tantas horas de trabajo, por lo que comenzó su actividad turística en el Caribe. Sin embargo llegó la segunda desilusión de golpe ya que tampoco fue lo esperado y el barco fue saqueado antes de cruzar el Atlántico, cuando hizo parada en Tánger.
LOS AÑOS TURÍSTICOS
Mientras estaban amarrados en Lanzarote (Islas Canarias) recuperándose del robo, la tripulación vio el potencial del turismo en esa zona. El entonces Marea Errota fue un reclamo que buscaba el turista y que durante años fue el ‘barco pirata’ para muchos de ellos, pasando por allí decenas de turistas durante casi dos décadas de actividad. Pero el turismo cambio y las empresas comenzaron a monopolizarlo, haciendo que su actividad no fuera ya rentable.
El Marea Errota cambió entonces sus aguas, su destino y su nombre, girando hacia el sueño que aquella vez imaginó Esteban mientras estaba en Alemania. Eran los años 2000 y comenzó a enfocarse a una de sus ideas iniciales, la formación. El Gobierno de Cantabria quería empezar este plan de cero, pero el proyecto ya estaba en la cabeza de Esteban y el barco en marcha, por lo que todo fue rodado, poniéndose a navegar bajo el nombre de Cantabria Infinita. Un bonito proyecto con el que se promocionó turísticamente la región y también de concienciación ambiental por el que pasaron centenares de escolares. Pero el proyecto se rompió ocho años después, con el cambio de Gobierno, que rescindió el contrato, comenzando así un proceso legal. Para entonces Esteban tenía casi 60 años y su sobrino Rodrigo de la Serna Vicente (Madrid, 1989) decidió hacerse cargo del barco para que siguiese navegando.
El que en los últimos años había llevado el nombre de Cantabria Infinita cambió entonces de costa, de mandos y también de nombre. Tocaba pensar uno nuevo y fue fácil, Atila, el nombre de las tres perritas que había tenido Esteban, Pero como no es posible llevar dos barcos con el mismo nombre, se cambio por Atyla. Un homenaje a su promotor y a su perrita, en un espacio que ahora tiene otro can como anfitrión: la simpática, desconfiada y algo miedosa Olivia.
EL DESTINTO DE ATYLA, LA FORMACIÓN
A finales de ese verano de 2013, Esteban y Rodrigo Atyla participó en la Mediterranean Tall Ships Regatta 2013 organizada por Sail Training International (STI). Ese evento le recordó a Rodrigo a la meta de su tío 30 años antes y decidió dedicar el barco a actividades de formación.
Rodrigo había pasado muchas horas desde niño en el barco de su tío, en muchas ocasiones como castigo de sus padres por suspender en el colegio, ayudando a hacer allí las tareas cotidianas. Un castigo que años después se convirtió en el sueño compartido de su tío, en lo que él quería mostrar sobre su barco, y en su forma de vida. Tras sacarse el título de capitán de barco en República Checa, arranca esta ventura donde, de nuevo, entra en acción otro vínculo soriano, la ayuda de Alfonso Garzón, director de operaciones del barco, con el que Rodrigo estudió en Soria. Ambos se embarcan en la Fundación Atyla.
Ya con Rodrigo a los mandos y un cuarto de siglo después, el Atya comenzó con sus viajes de aventura con los que ayuda a los navegantes a salir de su zona de confort, conocerse mejor y enseñar las habilidades blandas del día a día a bordo. Desde 2015 en el Museo Marítimo de Bilbao y en los últimos en su ubicación actual, en Portugalete.
Viajes con capacidad para 24 personas, de los que ocho son tripulación, de una semana o más largos, con distintos perfiles y nacionalidades, por los que han pasado centenares de personas para navegar unos 15.000 kilómetros por temporada por lugares como el Mar Negro, Canadá, Bermudas, EEUU, Francia, Irlanda, Dinamarca, Noruega, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Letonia, Estonia, Polonia...
A LA VENTA
Una historia de sueños, esfuerzo y horas, muchas satisfacciones, decepciones, saqueos y alguna desilusión, como la que actualmente vive Rodrigo en Portugalete, donde el histórico barco en el que fijan sus ojos decenas de personas cada día también desvía la atención al indigno amarre que lo sujeta. Una lucha constante a la que se suma el chasco con las administraciones. En el otro lado, el apoyo de voluntarios, particulares y la ayuda de la Cofradía de Mareantes y Navegantes de San Nicolás y San Telmo de la Noble Villa y Puerto de Portugalete
Es por ello que Rodrigo busca un futuro más digno para un Atyla que sigue teniendo la misma fortaleza y ambición con la que se construía a finales de los 70 en Piqueras. El apoyo o la venta, probablemente a alguna institución, sería una de las opciones para que este histórico barco siguiera surcando en su historia.
Por Teresa Arroyo