Cultura

5 de mayo

Texto de Carlos Álvarez González.
Autor del libro (inédito) El Quijote de Valdeavellano

Texto de Carlos Álvarez González.
Autor del libro (inédito) El Quijote de Valdeavellano

Seguramente sea muy cuestionable decir que Cerbantes era feminista o que el Quijote sea un libro feminista.

No obstante, la presencia de la mujer en el Quijote es constante y los personajes femeninos abundantes y variados. Aparecen por sus páginas mujeres ricas y pobres, cultas e ignorantes, jóvenes y mayores, conservadoras y liberales, pusilánimes y dominantes, tiernas y crueles, toscas y empingorotadas… Es tal la plantilla de mujeres, con personalidades tan acusadas algunas de ellas, y algunas de las escenas rezuman una sensibilidad tan femenina, que no es exagerado afirmar que Cerbantes en el Quijote crea un auténtico universo almodovariano.

En el Quijote no hay ni una idealización ñoña de la mujer ni un desprecio de corte machista que, de forma más o menos solapada más o menos expresa, viene siendo habitual en la historia de la literatura. A los personajes femeninos se les trata con cariño, con crueldad, con sorna…, igual, igual que a los personajes masculinos.

En el libro, además, aún tratándose de una historia de aventuras y peleas, la gente cuida de la gente, las personas se preocupan unas de otras, incluso Rocinante y el rucio cuidan uno de otro, trasluciéndose una sensibilidad muy femenina. El texto está  impregnado de una “cultura de los cuidados”, expresión tan en boga actualmente.

Don Quijote repite en infinidad de ocasiones, como si se tratara de un gesto ritual, que, además de socorrer menesterosos y necesitados, su obligación es también amparar doncellas, viudas y casadas. Hay una preocupación permanente por la situación de la mujer y, en especial, por cuestiones concretas como su libertad, sus derechos, el matrimonio o la violencia sexual. Y esa preocupación por la “situación” de la mujer es transversal y troncal en todo el Quijote.

Se cuestiona el derecho de los padres a elegir el marido de sus hijas o aparecen niñas que, enclaustradas por sus padres para preservar su “honestidad”, salen de casa disfrazadas de varón para conocer el mundo. Personajes como la Asturiana, la Molinera o Maritornes, “mujeres del partido”, son tratadas con una asombrosa y encomiable dignidad.

Muy pronto aparece en la novela un asunto “espinoso” como es el de la sexualidad de la mujer y, de manera más concreta, el “derecho” de la mujer a la sexualidad. Es en el capítulo 11, cuando don Quijote se está lamentando de los tiempos que le ha tocado vivir y lanza el archifamoso discurso que comienza: “–Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados…”, un momento feliz en la historia del ser humano en el que se “ignoraban las palabras de tuyo y mío”, en el que “…todo era paz, todo amistad, todo concordia…”, y nos ofrece una frase sencillamente impresionante: “Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad”. Absolutamente revolucionario. Retumban por ahí los ecos de la ley del “sólo sí es sí”.

Como tan solo tres capítulos más adelante, donde nos encontramos con un personaje convertido en icono por muchas voces feministas: Marcela. Requerida de amores reiteradamente y tachada de fiera, basilisco, ingrata, cruel…, por no acceder, ella nos explica: “Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama”. Y, para dejar clara su postura, la reivindicación de sus derechos, nos ofrece ese lapidario, contundente, inequívoco “–Yo nací libre”.

Al final de la primera parte (I.52), deja Cerbantes caer una idea como sin darle importancia alguna, pero el caso es que la deja ahí para que conste: “…respondió Teresa Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos…”. Y el asunto parece que le rondaba la cabeza diez años más tarde, porque al principio de la segunda parte (II.5), en una conversación de Sancho con su mujer, pone en boca de esta: “Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamento. «Teresa» me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas ni arrequives de dones ni donas; «Cascajo» se llamó mi padre; y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman «Teresa Panza» (que a buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo, pero allá van reyes do quieren leyes),…”. Pérdida del apellido de la mujer que aún se produce en más de medio mundo.

Y es que Teresa Panza sí que es un pedazo de icono feminista. Mientras su maridote marcha por ahí con ínfulas en busca de ínsulas, ella queda en casa cuidando del hijo y de la hija, y llevando la huerta sin dárselas de nada y pegando un buen trago de vino cada cuando pide el cuerpo. Y, en una discusión con su marido sobre el futuro de Sanchica (en ese mismo capítulo II.5), acaba enfadándose y soltándole aquello de “…pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos porros”. ¡Brutal! Un cuestionamiento en toda regla de la obediencia debida de la mujer al marido.

Estaría bien haberle podido contar a la buena Teresa que trescientos sesenta años más tarde en España dejó legalmente de ser así y que el 5 de mayo de 1975 se publica en el BOE la modificación del artículo 57 del Código Civil que decía textualmente: “El marido debe proteger a la mujer, y esta obedecer al marido”.

Lo más difícil de defender ideas nobles no suele ser el propio hecho de hacerlo, sino hacerlo cuando nadie lo hace. De modo que no es que el Quijote sea un libro un poco feminista, sino que habría que situarlo más bien en la vanguardia misma del feminismo.

 

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