Soria desde el aire, amor a primera vista

Hasta hace unos meses era sencillo disfrutar de Soria en la que probablemente sea una de las formas más impresionantes para hacerlo, desde el aire. Para ello bastaba con contactar con el CD Millaerea que dirige Marcos Chuliá y ponerse en sus manos para surcar el cielo de Soria en autogiro, una de las aeronaves más seguras que existen y cuyo vuelo, a muy pocos metros de altura, permite sentir de una forma mucho más espectacular la ya de por sí increíble sensación de volar. Lamentablemente, Millaerea ha decidido suspender en Soria su actividad por discrepancias con los gestores del aeródromo de Garray. Esto es lo que nos vamos a perder.

La idea de sobrevolar la provincia seguramente le parezca sugerente a la mayoría de lectores. Otros, temblarán solo con pensarlo. Claro que cualquier tipo de duda puede quedar despejada cuando se conocen las estadísticas de accidentalidad de los autogiros y sobre todo, cuando el que lleva los mandos de la nave es un piloto campeón de España, de Europa y del Mundo, como es el caso de Chuliá.

Este piloto soriano es capaz de aterrizar en un punto concreto del suelo con apenas un par de palmos de margen de error, entre otras grandes habilidades que ha trabajado durante más de 30 años. Su carrera deportiva en compañía de su hija es digna de mención, pero sin duda no hay mejor forma de conocerle que compartiendo con él unos minutos en el aire. No volaremos solos, por fortuna, Rafael Álvarez, compañero de vuelos de Marcos, nos ofrece la posibilidad de volar en su flamante Magni Gyro rojo.

Siempre listo para volar, Chuliá supervisa las previsiones del tiempo y sobre todo, buen conocedor del terreno que pisa, y que con frecuencia sobrevuela, vigila también la temperatura y las rachas de viento con las que convive en el altiplano soriano. Experiencia a borbotones, si Marcos pronostica frío durante el vuelo en pleno mes de agosto, prepárate como si fueras a Los Pajaritos en enero. Así, antes de despegar, ropa de abrigo, revisión de combustible y otros parámetros, ajuste de casco, micrófono de radio, cinturón de seguridad, varias explicaciones de funcionamiento y... listos para comenzar la maniobra de despegue.

Todo huele a aventura, a la tensión del primer vuelo en autogiro. Pronto empezamos a escuchar por radio las instrucciones de ambos pilotos. En primer lugar, antes de movernos un solo palmo, comienzan los test del motor. Ambos continúan con sus comprobaciones y sus instrucciones de radio, ya que aunque no se ve un alma por la larga pista del aeródromo de Garray, los dos cumplen con celo cada uno de los protocolos de seguridad y comunican sus movimientos a cualquier aeronave que pueda estar en las inmediaciones.

Llega el momento de acercarnos a la pista de despegue, Rafa nos da algunos datos de la pista, se nota que la conoce bien. Los motores empiezan a ganar revoluciones y tras unos metros de aceleración la nave empieza a subir de una forma muy suave, casi apacible. En realidad, las sensaciones han sido similares a las de un despegue en avión, ruido de los motores en tierra y mucha más estabilidad al surcar el aire.

Una vez ganada la altura de vuelo, que en el caso del autogiro es un proceso muy rápido, comienza la experiencia de "pasar el tiempo volando" en los dos sentidos de la frase. Y es que no hay tregua, te encuentras con el Duero debajo, la nave de las rosas Aleia, las cúpulas del proyecto de la Ciudad del Medio Ambiente ý cómo no, Numancia y la propia ciudad de Soria a lo lejos. No tiene desperdicio.

Es entonces cuando llega uno de los platos fuertes, con el cuello sin parar de girarse a un lado y a otro, nuestros instructores de vuelo deciden elevarnos por la cresta del Pico Frentes. Espectacular. Sus paredes majestuosas dan paso a una meseta escondida en su parte superior. Y al fondo, Valonsadero, con todo lo que implica tanto para los sentidos como para las emociones. Por si fuera poco, debajo se quedan los buitres y otras aves, ya que nosotros, para no molestarlas y para evitar posibles colisiones, estamos volando bastante más alto.

Tras el cúmulo de estímulos, que hasta el momento llegan a borbotones, ponemos velocidad crucero, algo más de 120 kilómetros hora sobrevolando campos de cereales y el monte de la sierra de Cabrejas en los alrededores de Villaciervos. Si uno conoce bien el mapa de Soria, sabe donde mirar para ver los perfiles de Cebollera, los pinares de la zona de Quintana, el agua del embalse de la Cuerda del Pozo y los diferentes pueblos. Rafa, por si acaso el conocimiento geográfico no es muy preciso, hace de guía: "Las obras de la autovía del Duero a las nueve", dice. Y ahí están, dejando una marca en el terreno cuyas dimensiones se entienden mucho mejor desde arriba, al igual que el polvo en suspensión que propician las obras.

Subimos altura por cuestiones de seguridad, para evitar polvo en el motor, y aunque el terreno está tocado por la sequía, reconforta el verde de los pinares de la lejanía y de los sabinares que sobrevolamos. Sí, surcar el cielo de Soria es reconfortante y eso que nos quedan muchas sorpresas por el camino.

Parece que acabamos de despegar y ya estamos sobre la Fuentona. A estas horas la sombra de la montaña oscurece sus aguas y no es sencillo vislumbrar la laguna desde tan alto, no obstante, como en todos los espacios protegidos o con fauna, nuestros pilotos ganan la altura reglamentaria. No levantamos la mirada, pues bien sabemos que a pocos metros está el sabinar de Calatañazor y a continuación, la villa medieval, a la que no nos podemos resistir a dar varias pasadas. Esto se pone cada vez más interesante.

Seguimos el camino en línea recta hacia el castillo de Gormaz. Desde muchos kilómetros de distancia su imponente perfil nos marca el rumbo. Desde las alturas incluso se llega a distinguir la fortaleza de Berlanga, pero el objetivo en esta ocasión es el baluarte de origen musulmán, que desde el cielo ofrece un auténtico espectáculo. Abajo, en las almenas, varios turistas nos saludan. A continuación, al fondo, algo llama nuestra atención, son los manzanos de La Rasa.

Ahora el objetivo es El Burgo de Osma, y la llegada por el cañón del Ucero no puede ser más deliciosa, con Uxama y su atalaya a la izquierda, el río debajo y el castillo de Osma a la derecha. Al frente, a las 12, como dice Rafa, el perfil de la torre de la catedral impide cualquier tipo de duda, estamos en la villa Episcopal.

Nuestro periplo continúa hacia el cañón del Río Lobos, en este caso por motivos de protección medioambiental y seguridad no lo sobrevolamos, pero al ganar altura percibimos el corte que ha generado el río en la tierra, como si la partiera en dos. Es, sin lugar a dudas, una percepción muy diferente a la que se tiene desde tierra.

La grieta sirve de guía a nuestros pilotos para conducirnos a Pinar Grande, y nosotros que lo agradecemos. La Soria verde nos deleita con una versión sobrecogedora. Desde el primer ascenso al cielo, Soria nos había enamorado, podríamos decir, con un flechazo a primera vista, pero ahora, con la inmensidad forestal a nuestros pies y el olor a bosque y madera que llega desde el suelo, los adjetivos empiezan a quedarse cortos.

Es en ese momento, ya mucho más adaptados a las sensaciones del vuelo, cuando afloran nuevos sentimientos. Por un lado, paz, libertad, relax, la dulce sensación de volar. Pero hay más, gratitud, la que aflora hacia Rafa y Marcos, por permitirnos vivir una experiencia inolvidable. Y claro, en cierto modo, empatía, comprensión y envidia sana, al entender por qué vuelan nuestros pilotos, y la incomprensión de por qué no somos más los que lo disfrutamos. Este viaje es, sin duda, un regalo perfecto y original para cualquier conmemoración, con la de veces que nos hemos quedado en blanco a la hora de sorprender a nuestra familia...

Y llegamos al mar de Soria, el embalse de la Cuerda del Pozo, que pese a estar peleando con la sequía, incluso desde el aire parece grande. Lo es. Volamos por encima del agua, ahora más bajo, impresiona.

La sierra de Cabrejas aparece ahora desde el otro perfil, apenas hay tiempo para recrearse, porque nos adentramos en el campo de golf y en Valonsadero, incluso sorprendemos a una pareja de corzos en una vega. Escuchamos de nuevo instrucciones por radio, nos vamos mentalizando, esto se acaba, comienzan los protocolos de seguridad, toca aterrizar.

Aunque hay algo de aire, el aterrizaje no puede ser más suave, realmente estos aparatos son extraordinarios. No es difícil entender por qué esta forma de volar es la preferida de Chuliá.

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