Raúl Arias. Miguel Ángel bajó del andamio
Eran ya muchas las horas que llevaba allí arriba, tumbado, con la cara llena de pintura y con dolor de ojos de tanto darle vueltas a las arrugas de la extendida mano de Dios. No hacía más que pensar en cómo alguien, por muy Divino que fuese, pudo crear el mundo en seis días y él, tras más de dos años y medio, no terminaba de ver el final a ese fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina.
Enfurruñado, dolorido y con los ojos irritados, calculó mentalmente la hora del día y rápidamente intentó escabullirse de la fortaleza vaticana para pasar inadvertido a la inminente visita diaria del Papa y a sus más que seguros reproches. -Yo no soy Dios, y terminaré cuando termine- pensó, como todos los días, pero hoy no le apetecía repetírselo a su Santidad.
Aceleró el paso hacia el barrio del Trastevere, pues había quedado en ayudar a un viejo amigo. No quedaban muchas horas de luz. Al llegar a su destino ya le esperaba una copa de vino tinto y una buena brocha junto a un cubo de pintura. Allí, junto a su amigo y un par de ayudantes, se dedicó a pintar con esmero las paredes de aquella vieja casa. Tonos terrosos, ocres y lapislázuli iban cubriendo homogéneamente las estancias de la vivienda. Antes de marcharse, antes de unas pocas risas y antes de los grandes abrazos, tuvo tiempo de dar una última mano de pintura a la verja del patio. La hija de su amigo se casaría un par de días después y esa casona, recién pintada, sería el hogar de la nueva familia.
Ya camino de su casa recordó que un vecino le había pedido ayuda para uno de sus hijos, aprendiz de un viejo y mediocre escultor. A la luz de la lámpara de aceite modeló arcilla con forma de pierna, de brazo, de dedo. El trabajo de escultura del joven muchacho para el día siguiente ya estaba listo. Miguel Ángel le dio unos últimos consejos sobre cinceles y buriles e insistió en que palpase con atención sus propios músculos para intuir con certeza las equilibradas y bellas formas del cuerpo humano. -Lo que no se ve da forma a lo que se ve- le dijo antes del adiós.
La Luna estaba alta cuando llego a casa. Agotado, se tumbó en la cama y antes de cerrar los ojos pensó en que tenía que repasar el estuco del techo de su alcoba. Había empezado a agrietarse.
Evidentemente este es un pasaje ficticio. Pero si, modestamente, cambiamos el año 1510 por 2012, la ciudad de Roma por Madrid, el Trastevere por Lavapiés y los nombres de los personajes antes citados… podía ser una escena posible en cualquier día de la semana de un artista contemporáneo... Raúl Arias, por ejemplo.
Admiro tanto a Raúl como admiro la sublime obra de Miguel Ángel Buonarroti (y no, no estoy loco) y creo, porque lo he visto, que un artista no distingue obra pequeña de obra grande y que cualquier trabajo se merece el respeto, el cariño y el esfuerzo para hacerlo lo mejor posible.
La dimensión de un artista no la hace el número ni la calidad de los pelos de su pincel, (siquiera cuando pasado un grosor empieza a llamarse brocha), ni la ubicación o destino de su obra, ni el dinero o la gloria que va a obtener por hacerlo. Tan valiosa, eficaz, y emocionante es la obra que decora el techo de un palacio como la humilde y monótona pared de un pasillo de apartamento de ciudad. O… la portada de una gran revista internacional o una pequeña sección sobre arte de una recién nacida web local.
Siempre he definido el trabajo de Director de Arte como el de un director de orquesta. Raúl Arias es un Hombre Orquesta. Con él dirigir es fácil, pues es un artista que toca todos los instrumentos y todos ellos los interpreta con maestría, soltura y emoción. Se ciñe a la partitura como nadie pero, además, no hay nadie como él improvisando.
Y, para terminar, una objeción a toda esta historia. Pero no para Raúl, sino para Miguel Ángel: Raúl hubiera terminado la bóveda de la Capilla Sixtina en la mitad de tiempo.
Madrid, enero de 2013.
Rodrigo Sánchez es Director de Arte de Revistas de Unidad Editorial (España).
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