Por Susana Gómez Redondo

José Antonio Díaz. Yo sólo sé mirar

Yo sólo se mirar. Dijo un día con esa mezcla de timidez e ironía con la que suele brindar las cosas. No sé de sílabas. Volvió a insistir años más tarde, mientras ofrecía una hermosa imagen con mar al fondo. Entonces ella recordó que, hacía ya más de una década, el fotógrafo le contó que, una vez, quiso escribir palabras.

Hoy, ella recupera para un texto en clave de biografía las imágenes de un tiempo en el que pensó que el fotógrafo tenía en los ojos y las manos la escritura de la luz. Ella, que había vislumbrado las bombillas rojas de los laboratorios sin lograr desentrañar sus enigmas, recuerda que pensó que algunas imágenes tienen en el espinazo la red eléctrica donde parecen darse a la luz todos los sentidos. Para qué la palabra, se preguntó, si en este silencio de blancos, negros y policromías contenidas (el fotógrafo suele preferir las cartografías sin excesos) habitan olores y texturas, un sabor de voces múltiples e impronunciables… Sinestesia, se dijo, y sonrió, mientras recordaba que era la misma palabra que le había asaltado al olfatear la tierra y la memoria de unas imágenes (otras) del fotógrafo. Esa y el cencerro…

No hay nada más perdido que un voyeur sin objetivo, se repitió.

Aquel verano, el fotógrafo escribió (significantes y significados, sintaxis y fonética en tinta azul sobre folio cuadriculado) la historia de una búsqueda, una suerte de viaje hacia la obsesión creativa (en el mejor sentido de la palabra) en el que ella entendió un poco más sobre la mirada y sus cosas. El fotógrafo (él nunca diría artista y eso lo define), hizo su relato manuscrito como quien cuenta un amor. Eran los hilvanes de un tiempo en el que, eso dijo en una de las imágenes más gráficas que ella había leído nunca, el fotógrafo andaba “como vaca sin cencerro” por una ciudad en estiaje. Al leerlo, trató de imaginar una mirada bovina en los ojos del fotógrafo, pero tan solo pudo escuchar el sonido sordo de un cencerro con escasez de profundidad de campo. Espía sin caso, explorador sin tierra, científico sin tesis… el fotógrafo halló su musa (hermosísima galga callejera donde vindicar libertades y otras irreverencias), y de paso reveló entre las líneas el secreto de una necesidad antigua como el hombre: lo perentorio de quienes, sin huida posible, se ven obligados a contar por siempre (sísifos condenados a la bendición de subir repetidamente la eterna piedra del ‘érase una vez’). Cuentan que ella, que nunca había podido desentrañar los secretos de la luz, sintió ante el rebozo adolescente en el rostro del fotógrafo la punzada que invade a ciertos condenados. Eres como el viejo y el mar pero sin muerte, le dijo. Y quiso para sí la suerte de aquel hombre, a quien una musa delgada y hermosa le daba, tras décadas de profesión, la ilusión prístina de los amores primeros.

No le dijo nada de escribir y sus cosas. Sólo le envidió la luz.

Susana Gómez Redondo.

Es compañera de viaje de Josean en ‘Historias mínimas’ (y otras aventuras de palabra y obra).

IMÁGENES

Me pagaban para fotografiar coches y motos saltando por las dunas del desierto del Sahara. Así lo hice, con más o menos acierto durante dos ediciones de la mítica carrera. Mi darle vueltas a las cosas, mi juventud y mi sentimentalismo me pedían hacer otras cosas. El París- Dakar tenía una cara más amarga. La cara de aquellas personas que en una ráfaga de segundos veían como atravesaban sus desiertos máquinas con las que podría un pueblo entero vivir un año. En aquellos momentos, eso me indignaba.Con el paso de los años, sólo me queda la nostalgia de la que posiblemente fuera la aventura de mi vida. Mi opinión ha cambiado. El terrorismo islamista tuvo la brillante idea impidiendo que la carrera pasara por sus territorios. Muchos de esos pueblos vivían del rally.Afortunadamente para mí, la caravana del Dakar ya no pasa en estas fechas por España. Ya no quería ver imágenes de esa carrera a la que yo ese año no asistiría. No quería ver ese juguete que a mí no me iban a traer los Reyes. Volver del París- Dakar es lo mejor que te puede pasar en esta vida. El París- Dakar no es una carrera; es una cura de humildad.

EL AUTOR

A lo largo de más de 30 años de carrera, he hecho muchas cosas (demasiadas) y no todas bien. Cada día me levanto temprano para trabajar mucho y así poder hacer sólo las cosas que me gustan. Hay una lista infinita de sitios donde no he publicado y museos donde nunca serán vistas mis fotografías, pero eso no lo voy a recitar.

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