Educando a niños autónomos

A lo largo de mi experiencia como docente, una de las cosas que más voy aprendiendo a interpretar es la ‘huella’ educativa que cada uno de los alumnos que llegan hasta mí ya trae consigo. Una huella que la van conformando todas esas personas con las que el niño interactúa en cada uno de los entornos socializadores por los que pasa. Y que está definida por un gran número de rasgos, entre los que se encuentra la capacidad para valerse por sí mismo, la independencia. Esta cualidad va a marcar desde los primeros años de vida la personalidad del niño, y le llevará a convertirse en un tipo u otro de adulto.

Mi primera experiencia en un colegio como parte del claustro fue en un centro educativo en Zaragoza en la etapa de educación infantil. Fue un año de intenso aprendizaje, rodeada de grandes profesionales, que me ayudaron a ubicarme en el aula y a hacer frente a todos y cada uno de los desafíos que los docentes encontramos a diario en nuestra tarea como educadores. Estos profesores daban una especial relevancia al tema de la autonomía de los niños, y la verdad es que los resultados eran dignos de mención. A los pocos meses de haber comenzado el colegio, los alumnos ya eran capaces de ocuparse de sí mismos en las tareas más cotidianas, desde ponerse y quitarse el abrigo hasta cuidar de todas sus pertenencias y su espacio. Pero además, eran capaces de enfrentarse ellos solos a los diferentes retos que se les presentaban a diario en clase, sin necesitar de la intervención de ningún adulto.

Últimamente han llegado hasta mí varios artículos sobre la ‘rebelión’ de algunas madres ante la comodidad de sus hijos, acostumbrados a que se lo hagan todo. Conceptos como el de ‘padres helicópteros’ parece que van quedándose obsoletos, y la educación hiperprotectora está dejando de ser la opción más popular. Es habitual que, queriendo ejercer de la mejor manera la labor de progenitor, tendamos a ayudar a los niños todo lo que podamos. Pero la barrera entre la atención paternal y el convertirse en esclavos de los propios hijos es más fina de lo que parece. Y, como señala la coach Noelia López- Cheda, podemos llegar a convertirnos en sus “agendas”.

A lo largo de toda su vida, una persona tiene que enfrentarse a un sinfín de situaciones distintas. Durante nuestros primeros años, un ala protectora nos envuelve y nos indica los pasos a dar en cada momento. Sin embargo, antes o después, siempre hay un día en el que es necesario emprender el vuelo solo. Si queremos que los niños estén preparados para ese día, es importante empezar desde bien pequeños. Tratando de no irnos al otro extremo, y siendo conscientes en cada momento de su edad y su grado de desarrollo, es interesante que los niños vayan adquiriendo pequeñas responsabilidades diarias, de las que se encargarán ellos y solo ellos. Tareas del hogar sencillas, responsabilizarse de sus deberes (aunque les revisemos los resultados, es necesario que ellos mismos sepan qué tienen que hacer en casa cada día, qué libros necesitan y que sean capaces de dedicar el tiempo necesario para realizarlas correctamente), prepararse la mochila para el día siguiente, etc. nos servirán para que los más pequeños empiecen a adquirir cierto grado de autonomía. También es interesante que se acostumbren a que sus actos tengan consecuencias: si un día nuestro hijo no trae el libro que necesita para prepararse un examen y corremos a solucionarle la papeleta, es posible que tengamos que vivir esta situación en alguna otra ocasión. Sin embargo, si dejamos que acarree con las consecuencias de su olvido, y no obtenga una buena calificación, es más probable que olvidos de este tipo no se vuelvan a repetir.

Como todo en la vida, dar con el equilibrio entre cuidado y sobreprotección no es tarea fácil. Sin embargo, con un poco de sentido común y siguiendo el ejemplo de nuestros propios padres, que tan bien nos educaron, seguro que encontramos el camino a seguir.