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26-5-2020. Un recuerdo ‘espetracular’

Colaboración de Óscar Reyes de su visita a Petra y a otros lugares de Jordania, uno de esos lugares inolvidables:

«En un símil cinematográfico, podríamos decir que las programaciones de un tripulante son como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar.  Estamos a finales de febrero de 2017 y descubro que en marzo tengo un vuelo a Tel Aviv con 2 días de permanencia en destino (del 22 al 24). Como he visitado Israel hace poco, tras unos minutos cavilando, me planteo hacer realidad un sueño. Corre Forrest, corre!!! 

Tras una búsqueda por internet descubro que hay una agencia que hace la excursión de 1 día a la antigua ciudad nabatea desde la capital israelí por 525 dólares. El precio incluye la gestión de los billetes de avión, traslados, la desorbitada tasa del visado de entrada a Jordania y la entrada al recinto con guía. 

El circuito de Israel Tours da comienzo con el vuelo a Eilat. Una vez allí hay que tomar un bus, atravesar la frontera, continuar hacia el norte por el desierto Wadi Rum,  parar en un mirador, llegada a Petra con 4 horas de visita libre o con guía, almuerzo y desandar el camino hacia Tel Aviv siguiendo el mismo itinerario pero al revés. Según el horario establecido, desde que salga del hotel hasta mi regreso cogeré dos aviones, haré casi 300 kilómetros por carretera, tomaré 2 taxis y cruzaré la frontera jordano-israelí en ambos sentidos en unas 19 horas. A todas luces, una agenda susceptible de sufrir imprevistos y muy poco margen de tiempo para corregirlos si se presentan.

A pesar de tener los riesgos identificados, compruebo que hay un vuelo extra de regreso a Tel Aviv al día siguiente que me permitiría llegar a tiempo a la hora de firma y decido entonces que no voy a poner freno a ese impulso que me arrastra con mayor fuerza que el miedo. Si las cosas van bien viviré una experiencia única, si salen mal pondré en peligro mi trabajo. Para inspirarme recuerdo una frase de Mark Twain: «Dentro de 20 años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las cosas que sí».

Empecé por averiguar si la agencia estaba registrada y, una vez confirmado y viendo que no pedían número de tarjeta, formalicé la reserva para el jueves 23.  A continuación localicé al comandante para informarle por wassap de mis intenciones y me respondió con un escueto «lo que hagas es responsabilidad y asunto tuyo». Justo lo que esperaba leer. Cualquier señal de disconformidad por su parte me habría hecho dudar y seguramente disuadido de embarcarme en la aventura. Siempre le estaré agradecido.

El día se acerca y el vuelo sigue programado así que, habiendo despejado los temores de un posible cambio o cancelación, intensifico mi labor de documentación, descubro que hay varios miradores frente a la fachada de la Tesorería y decido que voy a estudiar cómo subirme ahí. 

Petra es uno de esos lugares que, si te lo puedes permitir, debes visitar al menos una vez en la vida. Está considerada una de las grandes Maravillas del Mundo antiguo y es conocida también como la Ciudad Perdida porque, si bien su historia se remonta a la época de los nabateos (siglos IV a.C. hasta siglo I d.C.), en la Edad Media fue abandonada y no fue «descubierta» por los occidentales hasta principios del siglo XIX. La extensión del recinto abarca unos 10 kilómetros cuadrados y comprende numerosos edificios cuyas fachadas están directamente esculpidas en la roca, formando un conjunto monumental único, que desde 1985 está inscrito en la lista Patrimonio Mundial de la Unesco.

Entre ellos, destaca El Tesoro (Al Khazneh), el templo más fotografiado por su belleza y que recoge una variedad de estilos arquitectónicos como la fachada con clara influencia romana o sus columnas y frontones griegos. A pesar del paso del tiempo y los terremotos el edificio mantiene erguidas sus formas geométricas rompiendo las sinuosas líneas de la arenisca roja. 

EL DÍA SEÑALADO

El taxi me recoge muy temprano. Nos dirigimos al aeropuerto Sde Dov y he leído que, como en Ben Gurion, los protocolos de seguridad son bastante estrictos así que conviene madrugar. Al final, lo de casi siempre, llego tan pronto que ni siquiera han abierto las instalaciones del pequeño aeropuerto y me toca esperar. No ha amanecido todavía y mientras doy buena cuenta del sandwich que he preparado en el hotel, reparo en que la primera vez que pise Jordania (Jordan en inglés) va a ser un 23 en el calendario. Para un fan del mítico jugador de los Bulls supone una anécdota graciosa y me río con lo absurdo del asunto.

En la frontera

Tras la apertura, me dirijo al filtro y me retienen por unos minutos el pasaporte, seguramente por ser el único extranjero. Tras la comprobación rutinaria, el embarque y en breve el ATR 72-200 de Israir airlines despega permitiéndome contemplar desde las alturas el imponente desierto del Negev. Nada hacía presagiar que íbamos a aterrizar en un segundo intento…

Un auxiliar de vuelo experimentado sabe que un aterrizaje frustrado, no siendo habitual, es una operación segura a pesar de que el aparato tenga que elevarse bruscamente a pocos metros del suelo. Pero no todo el mundo está familiarizado con las vicisitudes aeronáuticas. El piloto nos anuncia que la maniobra se ha realizado porque el avión anterior no había salido totalmente de pista y, una vez solucionado, tomamos tierra. El contratiempo se zanja con un buen susto y algún grito ahogado entre el pasaje.

El enlace de la agencia nos espera a la salida de la terminal, nos llama uno a uno y cuando todo el grupo está a bordo, el autobús sale rumbo a Wadi Araba junto al Mar Rojo, una de las pocas fronteras de Oriente Medio que pueden cruzarse por tierra. El paso fronterizo es conocido como Yitzhak Rabin y comunica las vecinas Eilat (Israel) y Aqaba (Jordania).

La paciencia y la tranquilidad son elementos clave que hay que interiorizar durante un control y más ante la fama de la zona. Lo cierto es que me imaginaba a un ejército de soldados armados hasta los dientes vigilando a hordas de turistas apelotonados en una fila y no fue para tanto. Un gran alivio que ayudó a sobrellevar las más de dos horas de espera.

Ya con mi nuevo sello en el pasaporte y de vuelta en el bus, el guía nos anuncia que antes de la llegada a Petra haremos una parada y nos da una serie de instrucciones que tendremos que tener en cuenta a la llegada a las ruinas. Mucho ojo con los guías falsos y con los supuestos vendedores ambulantes. Americanos, australianos, holandeses y franceses son mayoría entre los ocupantes del vehículo y para entonces ya le he echado el ojo al único pasajero que viaja solo. 

Wadi Rum

Me dirijo hacia la parte trasera donde un joven de unos 20-25 años trata de acomodarse en el hueco de dos asientos sin apartar los ojos del móvil. Le saludo y procedo con mi plan improvisado hace tan solo un momento. «¿Te gusta gusta la fotografía?, ¿Has visto las imágenes del Tesoro desde alguno de los miradores?, son impresionantes, ¿verdad?». El interrogado sacude la cabeza negativamente.

Su nombre es Garth y aparentemente no tiene ni idea de lo que le hablo aunque he conseguido captar su interés. El chico es de Dallas y trabaja de maletero en Delta Airlines, otra casualidad.  Me cuenta que está de vacaciones y que ha escogido Jordania a última hora con lo que no ha tenido apenas tiempo ni interés por documentarse. Eso sí, se muestra entusiasmado con la idea de tener una foto desde las alturas y alejado de la marabunta con lo que paso a explicarle mi plan mientras contemplamos dichosos el magnífico paisaje rocoso del desierto Wadi Rum a través de las ventanillas.

Situado a unos 100 km al sur de Petra, Wadi Rum es el hogar de los beduinos y escenario de las aventuras de Lawrence de Arabia. Sus paisajes de dunas, inhóspitas llanuras e imponentes riscos forman parte de esta zona natural protegida, Patrimonio de la Humanidad, que se considera como uno de los mejores sitios del mundo para disfrutar del cielo estrellado. Queda menos de una hora para llegar y paramos en un mirador desde el que se divisa una panorámica espectacular Valle de la Luna, un lugar sagrado para los jordanos. Aprovechamos para tomar unas fotos y estirar las piernas.

Al retomar la marcha le comento al guía que Garth y yo queremos ir a uno de los miradores por si nos puede dar algún tip y me responde que los que hemos contratado el tour de 1 día no podemos subir. Nos cuenta que la subida y bajada a cualquiera de los miradores altos nos va a llevar más tiempo del que disponemos y que, como a las 16:00 h tenemos que estar en el lugar acordado para comer, es mejor no ir. «No hay suficiente tiempo» concluye.

Yo le respondo que he leído en varios blogs que el ascenso y descenso en ningún caso supera las 2 horas y media y le comunico que no vamos a cambiar de idea. Le añado que he practicado escalada, que estoy acostumbrado a caminar por la montaña y le aseguro que llegaremos al restaurante en la hora prevista. Al verme tan convencido, coordinamos que a la llegada seremos los primeros en recibir los tickets y nos aconseja que a partir de ese momento nos apresuremos para evitar las aglomeraciones de la entrada principal. 

Dos imágenes de El Siq

Estamos ya muy cerca y puedo ver la excitación en el rostro de Garth. Él no sabe que también he leído que el sendero que sube a los miradores está bien señalizado al principio pero que luego se pierde y es entonces cuando hay que buscar a algún beduino en los alrededores quien, tras regatear un precio, te acompaña al lugar exacto. 

Los últimos kilómetros del recorrido por la ancestral y exótica King´s Highway los paso pensativo y un tanto inquieto por lo que se avecina. «Todo va a salir bien», me digo.

EL DELIRIO

Son casi las 12 de la mañana cuando nos apeamos del bus y siguiendo las instrucciones del guía salimos trotando con la entrada en la mano. El recinto es amplio pero está atestado de turistas y es fácil desorientarse momentáneamente si no sabes adonde te diriges. Una vez entregamos el ticket aligeramos el paso y dejándonos llevar por la pendiente resolvemos que estamos más cómodos corriendo. Adelantando a todos los turistas que se interponen en nuestro camino dejamos las primeras tumbas al lado derecho hasta llegar, por fin, al Siq. En ese momento aminoramos la marcha y nos dejamos maravillar mientras recuperamos el aliento.

El Siq te deja sin palabras por su belleza. Recorrer durante más de un kilómetro a través del pasillo natural entre onduladas y rosáceas paredes verticales que llegan a medir 200 metros de alto, es algo mágico. El pasadizo se va ensanchando y estrechando en un serpenteo hipnótico que te envuelve mientras avanzas. Sabes lo que te espera al final del camino pero no sabes cuándo va a llegar y mientras las cortinas de piedra se van abriendo a tu paso, las expectativas por que aparezca en la siguiente curva aceleran el desasosiego.  De repente, en uno de los tramos más estrechos, el pasillo se torna rendija y mecido todavía por el hechizo vislumbro en la distancia la luz cegadora. Ahí está, la fantasía de todo viajero, la perla más valiosa de Jordania, el Tesoro de Petra. 

La pared vertical de piedra se aparece majestuosa y en ella, incrustada, la fachada que se eleva hasta los casi 40 metros de alto por 30 de ancho sorprende por su riqueza arquitectónica y su estado de conservación. Es inevitable quedarse embobado durante unos segundos. Se cree que fue construida en el siglo I a.C. por el rey nabateo Aretas III y su diseño no tiene precedentes. Está decorada en varios niveles con figuras, frisos y capiteles corintios y coronada por una urna funeraria en la que se pensó que se escondía el tesoro del faraón, de ahí su nombre.

No exagero si digo que la agitación y la adrenalina que produce el Siq, coronada por el impacto de la visión repentina del Tesoro, completan la experiencia más potente que he vivido ante una obra arquitectónica hasta el momento.  

No hay tiempo que perder y tras recuperarnos de la sacudida, nos dirigimos a la espalda de la fachada buscando el inicio del sendero a toda prisa. Subimos sin problemas los primeros metros a través de un camino estrecho y avanzamos dejando atrás los primeros puestos beduinos improvisados en los balcones naturales. Sobre las alfombras y con aire indiferente te ofrecen agua, dulces y artesanías varias. Pronto me doy cuenta que Garth, lejos de tomar la iniciativa, asume casi el rol de gregario y se somete a cualquiera de mis decisiones.

Cuanto más altos estamos, menos gente y más difícil acertar con la senda. El camino empieza a desfigurarse por momentos y la única opción se convierte, inesperadamente, en varias alternativas.  No habremos andado ni media hora y ya estamos perdidos. Hay que mantener la calma, al fin y al cabo, es algo que sabía que iba a pasar. Le digo a Garth que me espere sobre una piedra mientras yo me asomo un poco más arriba y tras unos segundos de incertidumbre, a lo lejos, veo a un hombre saliendo de una jaima. Le pego un grito y le hago una señal agitando el brazo reclamando su ayuda.

Con unos básicos gestos nos indica la senda que nos lleva a su encuentro y al poco nos hallamos negociando con él. Su actitud es despreocupada y se nota que quiere acabar pronto con la transacción. Yo recordé que el precio standard que se mencionaba en el blog eran 10 dólares así que, sin más preámbulos, le ofrezco esa cantidad. Acepta y llama a su hijo quien será el encargado de acompañarnos. Con el billete ya en la mano me desconcierta al revelarme que no está esperando el pago por adelantado y eso me hace pensar. ¿En qué momento perdimos las buenas costumbres?

El chaval se llama Salim, no tendrá más de 12 años y se mueve por la montaña con la misma soltura que un lince. Con las manos cogidas a la espalda aligera el ritmo y con gran destreza va saltando piedra a piedra esquivando el relieve escarpado. A partir de ahora el reto es seguir sus pasos sin quedarse atrás y a Garth no le está resultando nada fácil, ya que se está quedando rezagado a cierta distancia detrás de mí. Pensé que estaría en mejor forma física. La cosa se pone fea cuando hay que sortear un paso más complicado.

Lo cierto es que llevo un tiempo sospechando que nuestro guía está escogiendo una ruta más compleja con la mera intención de pavonearse y ahora, ante la tesitura de tener que enfrentar un arriesgado paso estirando mucho la pierna para salvar una caída al vacío, Garth para y se niega a continuar. Aviso a Salim para que frene e intento convencer a mi acompañante ofreciéndole la mano derecha desde el otro lado, que no acepta. Insiste en que quiere regresar y confiesa que no sabía que tenía vértigo.

Su rostro nervioso muestra que no exagera aunque también presiento que quizá no está convencido del todo y que lo que pueda necesitar sea un empujoncito para convencerse. Actúo decidido y empiezo a jalearle con un efusivo «C´mon man, we´re almost there. Don´t give up!” a la par que estiro mi mano de nuevo y, tras un instante de duda, se lanza valiente a por ella librándose del apuro. Fiuuuu!!!

Le dirijo una mirada seria a nuestro joven guía enviándole un mensaje claro y, desde ese momento, reduce la velocidad y está más pendiente de nosotros. 

Al llegar comprendo al instante que el esfuerzo ha merecido la pena. El lugar es espectacular y las vistas desde arriba sobrecogedoras pero, sobre todo, el hecho de estar prácticamente solos hacen de la experiencia un privilegio único. De todos modos, el momento más especial para mí fue ver la reacción de Garth cuando llegó al mirador unos segundos después. Su cara era un poema de asombro y felicidad y al levantar mi mano con la intención de chocar los cinco y transmitirle así mi alegría, se me tiró a los brazos dándome las gracias sinceras por haber puesto toda la pasión y arrastrarle a él conmigo. 

Justo un año después, el 23 de marzo de 2018, le envié un wassap en el que le decía que, aunque no fuésemos a vernos nunca más, ese recuerdo imborrable en Petra me unirá a él para siempre.  

Durante el camino de regreso pagamos a Salim los 10 dólares que acordamos con su padre más otros 10 en un billete aparte para él, en agradecimiento. El momentazo vivido en el mirador ha borrado de un plumazo el episodio de la subida. Al llegar abajo, nos damos cuenta de que nos quedan todavía 2 horas y cuarto de visita hasta la hora acordada en el restaurante así que visitamos el teatro y otras tumbas nabateas menores. Todo será menor en lo que queda de día, realmente, aunque aprovechamos para revisitar el Tesoro desde abajo y hacer unas fotos ya más relajados. 

A las 16:00 nos reunimos con el resto del grupo en el restaurante y nos tomamos un par de rondas de cerveza bien fría. La comida, tipo buffet, no incluye bebidas alcohólicas y aunque éstas son muy caras (7 dólares cada botellín!), Garth se empeña en no dejarme compartir los gastos. Todavía seguimos liberando endorfinas en un estado de relajación y gozo total mientras hablamos con unos americanos del grupo acerca de lo vivido, en una charla emocionada. Nadie más ha subido hasta el mirador y nos sentimos muy afortunados.  

Tras la despedida, no volveré a ver a Garth y con el tiempo me arrepentiré de no habernos tirado una foto juntos. 

En el regreso a mi hotel en Tel Aviv no se producen imprevistos salvo un momento de tensión en el aeropuerto de Eilat al retrasarse más de la cuenta mi vuelo. Por fin, entro en mi habitación pasada la media noche y agotado me tiro boca arriba en la cama unos segundos antes de entrar en la ducha. No se puede ser más feliz».

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