Comida en Los Arcos
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Cap. 288. 21/24-4-2022. Reencuentro trasatlántico cuatro años y un niño después

En noviembre del año 2018 hice un viaje a Colombia literalmente inolvidable. Primero, porque durante cuatro días hicimos una caminata hasta la Ciudad Perdida, donde hicimos buena amistad con un grupo de cuatro colombianos. Y segundo, porque unos días después, en Medellín, y después de quedar precisamente con esos amigos, sufrí un ataque que me causó un hemotórax y me obligó a permanecer dos semanas más en Colombia, los primeros días en casa de nuestros compañeros de viaje en Ciudad Perdida.

Leer relato a la Ciudad Perdida

Leer relato de la agresión en Medellín

Los vínculos creados por aquella situación fueron tan intensos que se prolongaron en el tiempo (hasta ahora) y en las personas (mi familia). 

Juan y Juanita, quienes me acogieron en su casa como se puede leer en los anteriores enlaces, tenían previsto venir a España en abril de 2020. Ya con todo planificado, apareció una pandemia mundial que abolió todos nuestros planes de reencuentro.

Ahora, sin embargo, sí ha sido posible algo de lo que tantas ganas teníamos. Ellos dos y su hijo Lorenzo, nacido en diciembre de 2020, han compartido unos días con nosotros en Madrid antes de viajar hacia tierras de la Comunidad Valenciana y Andalucía, donde van a seguir el viaje por España.

Después de llegar desde Soria el jueves por la noche a Madrid, mi madre y yo madrugamos el viernes 22 para esperarlos en el aeropuerto. Por fin aparecieron los tres por la puerta para celebrar ese reencuentro de viejos amigos y ese encuentro de amigos virtuales.

Después de dejar en casa a mi madre, Lorenzo y Juanita, Juancho y yo fuimos a Ifema sin demora para coger el dorsal del Medio Maratón del Zurich Rock´n´Roll Running de Madrid, del domingo. Regreso a casa y copiosa comida como no podía ser menos para recuperarse del largo viaje transoceánico.

A los postres llegaron mi hermana, cuñado y sobrina para conocer también a nuestros amigos colombianos y brindar en persona el agradecimiento por el trato de hace tres años y medio, así como para ver cómo se llevan las nuevas generaciones de ambos países.

Para conocer algo de Madrid, y a pesar de la lluvia, cogimos el Metro y nos marchamos al centro… donde llovía todavía más. Hicimos dos actividades obligadas o al menos muy recomendables: chocolate con churros en San Ginés y bocadillo de calamares en La Campana, en la Plaza Mayor, antes de volver a casa para dormir ya a gusto y sin despertadores para derrotar al jet lag.

El sábado 23, mientras Juancho iba a correr unos minutos y mi padre y yo desayunábamos y reservábamos para comer, el resto de la casa se desperezaba y preparaba. Y, ya todos preparados, nueva incursión al centro, para dar un paseo por el Retiro (Rosaleda, Palacio de Cristal, Lago, Casa de Vacas… tantas cosas) antes de que empezara a llover de nuevo. Salimos del precioso parque madrileño para tomar el vermú al lado, en El Perro y la Galleta. 

Desde ahí marchamos al momento central de su primera estancia en Madrid: la comida con mis padres y con Óscar en nuestro barrio, en Los Arcos. Óscar fue mi compañero de viaje en Colombia, en Ciudad Perdida, y por su trabajo ya había podido verse con ellos tres recientemente en Medellín. La comida se prolongó casi cuatro horas, hasta que volvimos de nuevo a casa para proseguir con el intercambio de regalos iniciado el día anterior.

Aunque no había mucho tiempo, todavía nos animamos con la tercera escapada al centro, esta vez a la zona de Goya, para hacer alguna compra y para encontrarnos con algunos de los sorianos que el domingo correrían también por las calles de Madrid.

El domingo 24, lo dicho, a correr. Yo madrugué el que más porque quería ver el 10K que empezaba a las 8.00 de la mañana, con el segundo puesto de Marta Pérez. Mientras tomaba algo para desayunar, esperé en Serrano a que fueran pasando los cientos y cientos de atletas, pero no vi a nadie de los que buscaba entre tanta marabunta.

Me fui a meta y allí, a pesar de ese impresionante aluvión de personas, sí pude encontrarme con Juancho, primero, y con Mari y Blasco, muy poco después. A la salida, y ya con la ayuda de los móviles, nos vimos con Juanita y Lorenzo para terminar de comentar la jugada de los 21.097 metros, que si el calor, que si el circuito, que si las piernas…

Nada más salir del gran pasillo final, Juancho se enfundó la sudadera del Numancia que le regalamos y, a los cinco segundos, se le acercó un joven para gritarle: «¡Aúpa Numancia!». Era un veraneante de Caracena que seguro que sabe la suerte que tiene de ser de un pueblo tan bonito.

Después de comer algo de nuevo en Serrano, el Metro nos devolvió por última vez a nuestro hogar de Los Arcos. Había el tiempo suficiente, sin florituras, para sentarnos de nuevo a la mesa y preparar todo su equipaje. 

A las puertas del vehículo que nos llevó hasta Atocha llegó la primera despedida, la de mis padres con los amigos colombianos, despedida con pronto reencuentro. En Atocha, donde partía a las 15.40 el AVE con destino a Valencia, llegó la segunda y última despedida. En 2018 amenazamos con volver a vernos y lo hemos cumplido, así que existen muchas opciones de que el océano nos junte de nuevo. Gracias.

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