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19-10-2021. Nadando entre tiburones en Holbox

Relato de Óscar Reyes de su experiencia entre los tiburones ballena en la isla mexicana de Holbox, en verano de 2018:

«La Riviera Maya no es sólo uno de los destinos de playa más visitados por los españoles en el Caribe, es también una de las zonas de México con más alternativas para el turismo al aunar historia, cultura, parajes increíbles, buena gastronomía y excelentes instalaciones hoteleras y de ocio. Chichen Itzá, Tulum, los cenotes o Xcaret son sólo algunos de los ejemplos más representativos.

Además de todo eso, la sorprendente fauna marina de la zona está formada, entre otras especies, por tortugas, erizos, rayas o los asombrosos tiburones ballena.

Para ver de cerca a estos últimos, es necesario visitar la isla de Holbox durante los meses de verano (de junio a septiembre) y sobre todo no sentirse intimidado por su enorme presencia. No en vano, el tiburón ballena es considerado el pez más grande del planeta y algunos llegan a medir más de 15 metros y pesar hasta 13 toneladas.

Este gigante del océano de color gris con unas manchas blanquecinas que le otorgan un aspecto inconfundible, se alimenta tan solo de plancton y para ello, lo filtra a través de su boca. Este animal misterioso llega a Holbox cada año en busca de alimento pero no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va después.

A pesar de su tamaño imponente, el tiburón ballena es totalmente inofensivo y desde la primera vez que los vi en internet, me propuse el reto de zambullirme en alta mar y nadar con ellos. Como siempre, las piezas empezaron a encajar a partir de un golpe de suerte.

Todo empieza a finales de julio de 2018 cuando recibo exaltado la programación de agosto. Tengo un servicio de dos días en Cancún y, tras confirmar disponibilidad y consultar precios, comunico con la tripulación para ver si alguno pica.

Para mi sorpresa, Hanny, Yurena y Julio se apuntan casi sin pensárselo. Hanny, de hecho, está tan entusiasmada con la idea que se suma en la búsqueda por conseguir las mejores condiciones y al final, gracias a un contacto suyo, cerramos un precio inmejorable. La excursión incluye la recogida en nuestro hotel Melody Maker, traslado a Holbox, viaje en lancha hasta el lugar donde se encuentran los animales, visita a Isla Mujeres, almuerzo ligero a base de ceviche y ensalada, equipo de snorkel y regreso al hotel. Total 115 dólares por persona. A toro pasado, un auténtico chollo.

El día D, a las 7:30 nos recogen puntuales y durante el trayecto a nuestro destino hacemos varias paradas en otros hoteles para recoger a más clientes. Tenemos casi una hora de bus hasta llegar, así que aprovechamos para desayunarnos el sandwich y un café que nos han dejado en recepción. Al llegar, nos dirigimos al muelle para abordar la embarcación, no sin antes recibir un briefing con una serie de directrices importantes para hacer de la visita una experiencia 100% segura. Las más importantes:

– Hay que llevar el chaleco salvavidas en todo momento.

– No tocar a los animales bajo ninguna circunstancia. Se recomienda guardar un mínimo de dos metros de distancia.

– No nadar por debajo de ellos.

– La inmersiones desde la lancha han de hacerse lentamente. No hay que lanzarse bruscamente al mar.

– No está permitido el uso de flash para las fotografías.

– Es obligatorio respetar las indicaciones del capitán y los guías.

Una vez instruidos y un tanto inquietos, partimos junto con cuatro hindúes miembros de la misma familia y dos tripulantes con rumbo al punto en donde se vieron ejemplares el día anterior. Los tiburones se mueven en un rango máximo de unas tres millas por día por lo que es relativamente sencillo encontrarlos por la zona, si no están en el mismo lugar.

Después de una hora y media surcando el mar a toda velocidad, nos reunimos, por fin, con el resto de embarcaciones que han llegado para lo mismo. De primeras se nos antoja que son demasiadas, pero al instante nuestra atención se ve eclipsada por lo que ocurre a nuestro alrededor. Sumergidos a muy poca profundidad y asomando por momentos la aleta dorsal, aparecen los primeros ejemplares. Uno, dos, tres…perdemos la cuenta. Estamos rodeados!

Apresurados, tenemos que decidir quién entra al mar antes. Los dos guías nos indican que hay que hacerlo por parejas y sin perder tiempo. A pesar de la excitación, quiero tirarme cuanto antes y sólo la cortesía me inhibe de hacerlo en primer turno. Después de unos diez minutos, nos toca a Yurena y a mí y, tras colocarnos las gafas y el tubo, nos arrojamos al mar los segundos con el corazón en un puño.

La sensación es maravillosa. Los animales, despreocupados, se mueven tranquilos y sin aparente rumbo fijo. Debido a su descomunal tamaño no son animales veloces y sólo alcanzan los 5 kilómetros por hora, lo cual facilita que podamos acercarnos a ellos aunque, ojo!, para respirar utilizan sus branquias para filtrar el oxígeno del agua y al abrir la gigantesca boca frente a nosotros es inevitable pensar que uno pueda acabar, cual Gepeto y Pinocho, dentro de ella.

Además, hay que ir con cuidado para no ser golpeado por sus enormes colas, que mueven lateralmente para propulsarse en el agua. Sin embargo, como hechizados ante la visión de una hoguera, la atracción por sentir el fuego de cerca vence al recelo e inevitablemente todos acabamos imantados al majestuoso animal, con el pulso acelerado, hasta casi tocarlo.

Finalmente, nadie quiere salir del agua. Máxime cuando una vez arriba, el bamboleo de la lancha varada en alta mar nos produce a todos un mareo ingobernable. Me río yo de las turbulencias del avión. Por si fuera poca la recompensa, la segunda vez que entramos al agua tenemos la fortuna de contemplar embelesados una manta raya de más de dos metros de envergadura que se pasea indiferente entre nosotros y los tiburones. Deambulaba por allí en el momento justo. No se puede pedir más.

De regreso, todavía recuperándonos de la impresión y del mareo, paramos en Isla Mujeres para relajarnos cerca de la orilla, disfrutar de un snorkel más liviano y comer. El ceviche y la playa superan las expectativas y complementan el plato fuerte del día.

Tras ocho horas intensas de excursión, llegamos felices al hotel, ansiosos por visionar las imágenes captadas por las cámaras acuáticas y conscientes de haber vivido una experiencia única. Años después, cada vez que coincidimos, seguimos recordándola emocionados».

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