Óscar Reyes sigue haciendo un repaso por aquellos lugares del mundo que visita, entre otras cosas, gracias a su curiosidad y a su trabajo como auxiliar de vuelo. Hoy, Sucre:
"Tengo una teoría que se está afianzando desde que soy padre y que tiene que ver con que los viajeros y los niños tienen muchos puntos en común. Nos aferramos, como ellos, a una existencia lúdica, a la impulsiva necesidad de estímulos, a ocupar el tiempo cultivando caprichos sin fin… a vivir jugando, en definitiva. Una manifestación clara de todo esto se me ha revelado al preparar el relato. Al revisar la documentación y las fotos he recordado que tenía una cierta inclinación por Bolivia hace tres años de la misma manera que ahora estoy fascinado con Ecuador. Así, como un niño que cambia de color, de número o de superhéroe favorito. Los motivos pueden ser más o menos racionales o disparatados pero el caso es que coincidimos con esos locos bajitos al fin y al cabo.
Cuando recibo la progra de febrero de 2018 y veo que el trabajo me lleva a Bolivia, casi grito de alegría. Yupiiii!!!
Ya he visitado anteriormente el país tres veces, la última hace justo un año, y tengo muy claro cual va a ser mi próximo destino.
Sucre, Patrimonio Universal Unesco desde 1991, estaba en mi órbita desde que empezamos a volar a Santa Cruz de la Sierra y me convenzo del todo cuando descubro que la aerolínea regional Amaszonas une ambas ciudades en vuelo directo.
Al llegar a la oficina de firmas, tras el visto bueno del comandante, se da otra circunstancia que facilita aún más mi plan. La ciudad está bloqueada por una serie de movilizaciones a favor y en contra del presidente del país, Evo Morales, con motivo del segundo aniversario del referéndum que rechazó la posibilidad de que el mandatario fuera reelegido. Por ese motivo, de manera excepcional, nos cambian el hotel a uno ubicado a sólo un paseo del aeropuerto así que no tendré que madrugar tanto para coger el vuelo que sale a primera hora. No puedo sino sonreírme por verme recompensado con semejante eficacia gracias a la política. Inaudito.
Caminando a la terminal
He dormido bien y tras un copioso desayuno me voy andando al aeropuerto y, una vez en el mostrador, compro el billete de ida y vuelta en el mismo día. Previamente había confirmado que no había problemas de asientos libres y que tenía un descuento del 30% con plaza confirmada por ser tripulante. Total, unos 60 euros por los dos trayectos.
Al llegar al aeropuerto internacional de Alcantarí después de una apacible hora de vuelo, me doy cuenta de un descuido en mi labor de documentación cuando descubro que tengo que recorrer todavía 30 kilómetros para llegar a la ciudad. La buena noticia es que a la salida de la terminal, además de taxis, hay minivan compartidas que parten dirección a Sucre por menos de 5 dólares.
Nada más llegar, corroboro al instante lo que ya había leído. Sucre es, con diferencia, la ciudad más bonita de Bolivia. El tamaño y la tranquilidad le confieren una aire acogedor y llama la atención la gran presencia de arquitectura religiosa con innumerables iglesias antiguas. Las fachadas blancas de las edificaciones están decoradas con balcones llenos de macetas con flores, y los techos de las casas son de barro cocido que me recuerdan a los pueblos blancos de Andalucía. Sin duda, el mayor deleite consiste en recorrer a pie sus tranquilas calles empedradas y maravillarse ante uno de los máximos exponentes de la arquitectura colonial hispánica de América.
Una historia apasionante
La primera visita obligada me lleva a la Casa de la Libertad, donde se firmó el acta de independencia, el 6 de agosto de 1825. Los guías son tan entusiastas como cualificados y uno asiste con verdadero interés a las explicaciones, que resultan muy amenas.
La ciudad recibe el nombre de Antonio José de Sucre, prócer de la independencia hispanoamericana a las órdenes de Simón Bolívar, quien lo nombró presidente del país por su brillante trayectoria militar en distintos puntos del continente en la lucha común por conquistar el sueño de una América unida. Bajo su mandato, Sucre impulsó la escuela pública, organizó el aparato administrativo y puso en marcha ambiciosos programas para la recuperación económica.
El nuevo estado llevaría el nombre de "Bolívar", en homenaje al libertador, quien fue nombrado también "Padre de la República y Jefe Supremo del Estado”. Un tiempo después se volvió a plantear el nombre de la joven nación siendo un diputado, Manuel Martín Cruz, quien proclamó el famoso “si de Rómulo viene Roma, de Bolívar vendrá Bolivia”.
A la salida, instruido y complacido a partes iguales, recorro la apacible plaza 25 de Mayo y contemplo los principales atractivos de la ciudad: la Catedral renacentista con su pintoresco campanario, el imponente Palacio del Gobierno Autónomo Departamental de Chuquisaca y continúo maravillado hasta el cercano templo de Nuestra Señora de la Merced. A cada paso, me sorprenden tanto la riqueza arquitectónica como el magnífico estado de conservación y me felicito por el hecho de que esté todo tan concentrado en muy poca distancia. Por ello, antes de comer decido regresar a la plaza 25 de Mayo para tomar un bus que me lleva a un lugar muy curioso, situado a las afueras de la ciudad.
Antepasados muy fieros
Sucre se extiende en un valle exuberante, rodeado de montañas y una orografía fértil que resultó ser el reclamo perfecto para unos habitantes que ocuparon estas tierras hace mucho tiempo. Tanto como 65 millones de años aproximadamente, en el Cretácico. El sorprendente hallazgo que lo corrobora se produjo en el año 1994, durante la explotación de una cementera, al descubrir de manera fortuita el rastro de más de 10.000 huellas de dinosaurios. Desde entonces, el lugar, se ha convertido en el mayor yacimiento del mundo. Lo llamativo es que el recorrido de las pisadas está perfectamente marcado sobre una pared casi vertical, con una altura hasta de 80 metros y más de un kilómetro de largo.
Los visitantes entramos al yacimiento ataviados con casco de protección y podemos contemplar las huellas muy de cerca, hasta casi tocarlas. Entretanto, a menos de 100 metros de distancia los obreros siguen indiferentes con sus trabajos de extracción.
De vuelta a la ciudad, con un hambre animal, me zampo un sabroso pique macho en uno de los restaurantes recomendados por la guía y de ahí me subo al mirador que se encuentra frente al monasterio de la Recoleta, desde donde se tiene una vista maravillosa sobre toda la ciudad.
La tarde avanza y reparo en que se acerca el momento de regresar. La excursión ha sido inmejorable y no puedo estar más satisfecho aunque, de cualquier modo, siempre suena la sirena que anuncia que se acaba el recreo".