Blog | Por Sergio Tierno / Viajes, geografía, deportes y curiosidades

12-7-2022. La Cordillera Blanca, el paraíso peruano por descubrir

Nuevo relato sudamericano de Óscar Reyes (galería de fotos al final del texto):

"No hay mal que por bien no venga

Como era de esperar, mucho antes de jubilar la mascarilla hemos empezado a especular acerca de si la experiencia global del Covid 19 nos iba a cambiar como sociedad. Mira que somos cansinos! Los muy optimistas creen que nos ayudará avanzar como especie, que seremos más empáticos, resilientes y esas cosas… mientras que los escépticos aseguran que aquí no ha cambiado nada y que nuestra naturaleza egoísta ni ha disminuido, ni lo hará en el futuro. Quizá sea demasiado pronto para sacar conclusiones y, en cualquier caso, como esto no se para y ya estamos todos enfocados en pasar página, seguramente lo que pasará es que pronto nos meteremos en otra preocupación que nos hará casi olvidar al virus.

Lo que sí tengo claro es que durante este tiempo a mí, haciendo bueno el refrán “no hay mal que por bien no venga", durante este tiempo me han pasado cosas buenas. También en el trabajo. Como resultado de la reducción del número de frecuencias en todas las rutas por la poca demanda durante la pandemia, en agosto de 2021 tuve el mejor regalo posible con un vuelo a Lima de cuatro días. Un caramelito, puesto que la conexión de Madrid con la capital peruana es diaria y las tripulaciones solemos pasar únicamente un día en destino. En cuanto lo vi en la Programación tuve claro que iba a dedicar ese tiempo en Perú a la montaña y mi objetivo no era otro que el Parque Nacional Huascarán, en la Cordillera Blanca.

Por entonces, a los problemas sanitarios se sumaban los problemas con la movilidad y esa circunstancia me obligó a estar actualizado con la información acerca de las restricciones para viajar a esa zona además, por supuesto, de estar vacunado con la pauta completa (tres dosis) para entrar en el país andino.

Lo barato, a veces sale caro

Tras aterrizar en Lima a primera hora de la mañana del 19 de agosto, hacemos el check-in en el Casa Andina y me llevo una sorpresa al conectarme al wifi para comprar los pasajes de bus. Aunque ya había comprobado que no existía ninguna limitación para viajar a Huaraz, ciudad que da entrada al Parque, al buscar billete en la web de Movilbus, compañía reciente con precios ajustados, descubro un anuncio que exige test negativo en Covid para embarcar. No me he quitado todavía el uniforme y ya ha aparecido el primer contratiempo. No había leído nada al respecto en ningún otro lugar pero esa circunstancia me hace dudar y como nadie en esa empresa me coge el teléfono para confirmar la información, decido entonces hacerme una prueba de antígenos antes de irme, por si acaso. Con la ayuda del personal del hotel, después de varios intentos fallidos, reservo en una clínica que la hace a domicilio y te dan el resultado en menos de cuatro horas. Por fin, me retiro a descansar a la habitación respirando algo más aliviado.

A la hora convenida, un enfermero ataviado con bata blanca y maletín se presenta en la habitación, me pide unos datos, me hace el test y antes de salir me asegura que en unas horas tendré el resultado. Le pago en efectivo los 120 soles y nos despedimos cordialmente. En efecto, en menos de tres horas tengo en mi correo el resultado del test NEGATIVO. Problema resuelto.

El plan es el siguiente: Recorrer los 403 kilómetros que me llevarán a Huaraz en ocho horas de trayecto nocturno en asiento semi-cama y pasar dos noches en un hostel de senderistas para, desde allí, hacer trekkings o alguna ascensión por la Cordillera Blanca. De ahí, vuelta a Lima la tarde antes del vuelo de regreso. En la maleta, por supuesto, tengo todo el material necesario incluidas unas botas Mammut de caña alta que compré en Noruega y que tengo unas ganas locas de estrenar.

La aventura representa, desde luego, un desafío para los pulmones ya que sólo durante el trayecto en bus de Lima a Huaraz voy a salvar un desnivel de más de 3.000 metros. Y de ahí, para arriba… Como suelo hacer en estos casos, después de la corta siesta post-vuelo, compro abundante hoja de coca natural en un mercado cercano antes de partir.

Como el bus parte a las 22:00 horas y la estación está en los alrededores de los Polvos Azules, en el distrito de la Victoria, que no es de las zonas más seguras para moverse de noche, resuelvo coger el taxi justo cuando cae el sol. “Es usted muy afortunado por viajar a Huaraz, señor. La naturaleza ahí es una maravilla”, me anima el conductor justo antes de apearme a pocos metros de la terminal.

Nada más llegar, me doy cuenta que los estándares poco tienen que ver con las modernas instalaciones de la estación de Cruz del Sur y durante la larga espera en la pequeña sala sin apenas asientos disponibles, me consuelo pensando que mi billete VIP ejecutivo me proporcionará la comodidad necesaria para descansar que, al fin y al cabo, es lo que importa.

Nada más lejos de la realidad. Después de comprobar atónito que nadie de Movilbus me reclama al embarcar la prueba negativa de Covid llega la segunda decepción al subirme al vehículo. Lo peor no es el espacio entre filas sino, sobre todo, el ancho del asiento que es prácticamente el mismo que el de un asiento corriente. A pesar del nombre de la empresa, tampoco tiene wifi disponible y para evitar posibles contagios o más bien, por justificar que se hace algo al respecto, han instalado unos raíles con unas incómodas cortinas de plástico a modo de separación a los largo del pasillo y entre los asientos. Como las desgracias nunca llegan solas, mientras busco acomodo en el reducido habitáculo se acerca por el pasillo un señor de muchos años y el doble de kilos quien acaba siendo mi compañero de asiento y me encajona contra la ventana. Menos mal que sólo son ocho horas de viaje!

Diría que los tripulantes somos aprendices de muchas cosas y expertos en nada pero hay algo que se nos da muy bien, por lo menos a mí, y es sacarle todo el partido a cualquier posibilidad de reposo. Será porque el avión está muy lejos de proporcionar el descanso óptimo y a él nos hemos acostumbrado. El caso es que al bajarme del autobús, aunque no he alcanzado la fase REM en ningún momento, sí he aprovechado para mitigar fatiga durante alguna cabezadita. Pese a todo, me prometo a mi mismo que jamás volveré a viajar con Movilbus,

Huaraz. Puerta de entrada al paraíso

Ubicada en el valle del Callejón de Huaylas, en el departamento de Ancash en el norte de Perú, Huaraz (3.052 m) tiene una geografía privilegiada entre la Cordillera Blanca con 20 picos que sobrepasan los 6.000 metros y asombrosos paisajes de montaña y la Cordillera negra, al oeste.

La Cordillera Blanca es una maravilla de la naturaleza en la que destaca el Huascarán, el techo de Perú con 6.768 metros que da nombre al Parque Nacional, además de 663 glaciares y más de 400 lagunas.

De camino a mi Hostel desde la terminal cruzo por el centro mientras el amanecer se abre paso dejándome contemplar con mayor claridad las estatuas incas que presiden la Avenida Luzuriaga, que conduce a la Plaza de Armas con su Catedral, rodeada de zonas ajardinadas. La mañana anuncia un buen día para caminar y el aire fresco me va desperezando mientras me dirijo animado al Krusty, un alojamiento típico de montañeros estratégicamente cercano al centro y a la estación.

Iván, el dueño, me acompaña a la que va a ser mi habitación situada en la segunda planta. Ni más ni menos que lo que esperaba. Limpia, con ventana al exterior, dos camas y baño con ducha con agua caliente, toalla, pastilla de jabón y champú en sobre, televisión e internet. He estado en sitios con menos lujos.

A las 7 empieza el desayuno y, ansioso por tomarme un café me dirijo a la última planta para reunirme con los huéspedes más madrugadores. Una pareja de americanos, otra de colombianos y un ecuatoriano son los primeros en llegar. Ninguno tiene más de 30-35 años. Como no podía ser de otra manera, saludo a todos y entablo conversación pasados unos pocos minutos para intercambiar pareceres y posibles rutas.

Al fin y al cabo todos llevan más tiempo que yo aquí. El único trekking que tengo claro que voy a hacer es el de Laguna 69 y el resto estoy dispuesto a improvisar puesto que hay mucho donde elegir y, según he leído, todos son de tal nivel que la decepción está descartada de antemano. El chico ecuatoriano, David, me dice que él va a subir a la Laguna Churup y sin dudarlo le pregunto si no le importa que le acompañe, “Claro, sin problema” responde. Con lo agotado que estoy, que me liberen de tomar decisiones y que sólo tenga que dejarme llevar me parece el mejor de los planes posibles.

Laguna Churup con David. De 0 a 4.500 metros en 15 horas

El chaval es de Quito, tiene 27 años y está en la recta final de sus vacaciones. Lleva unos 10 días en Huaraz y conoce dónde se cogen las minivans que te llevan al punto de partida de las diferentes rutas. Es una opción más económica que contratar con una agencia toda la excursión aunque, en algún caso, tampoco hay gran diferencia.

Por 10 soles por cabeza nos llevan al inicio de la caminata a las afueras del pueblo de Pitec y una vez allí, tras pagar otros 20 soles de tasa, empezamos subiendo a muy buen ritmo por un camino de piedras con peldaños que facilitan la pisada pero que cada vez adquieren mayor inclinación. No habremos subido ni 200 metros cuando mis pulmones empiezan a dar los primeros avisos.

Lo cierto es que ayer a esta hora estaba en Lima, a nivel del mar, con jet-lag y ahora, apenas 15 horas después, sin apenas descansar, estoy por encima de los 4.000 metros. Y masticar la hoja de coca es efectiva pero no milagrosa. De todos modos, estoy bastante familiarizado con la sensación del mal de altura y sé que es fundamental relajarse para no entrar en pánico y hacer paradas para recuperar. Bebo agua y seguimos ascendiendo a menos velocidad. La sintonía con David sigue por los mismos derroteros de naturalidad y facilidad con que empezaron y su compañía resulta muy agradable. Convenimos en que quizá hemos subido muy deprisa al principio y que eso pueda haber empeorado mi crisis anterior.

La orografía nos concede un respiro y hacemos una parada para comer algo y recuperar fuerzas. Compartimos unos sandwiches, frutos secos y chocolate y al retomar el camino en un tramo de trepada descubro que mis pulmones se han equilibrado de manera definitiva y no me van a dar mayores problemas.

El camino a la Laguna Churup está lleno de paisajes de ensueño. En el recorrido se pueden apreciar las montañas de Shaqsha y Cashan, ambas por encima de los 5.000 metros y que presentan bellas caídas de agua adornadas por gigantes paredes de roca. Al llegar a la laguna, uno no puede evitar la manifestación de asombro. Ubicada a los pies del nevado que tiene el mismo nombre (5.450 metros), Churup es también conocida como “Laguna de siete colores”. Sus aguas son limpias, cristalinas y heladas.

Durante el día, los rayos del sol crean un espectáculo natural, presentándose así la gama de tonalidades verdes y turquesas, creando los sietes colores, característicos de esta laguna. La postal es impresionante y tanto a David como a mí se nos dibuja una sonrisa en la cara que permanecerá durante un buen rato.

Tras las fotos de rigor, todavía subiremos un poco más para regresar por una senda que sube por una loma que se sitúa frente al pico Churup y de ahí bajaremos para volver a conectar con el mismo camino para desandar hasta el inicio. Al final, unos 12 kilómetros de ruta con unos 750 metros de desnivel que nosotros hacemos en unas 4-5 horas. Me despido de David y nos damos los teléfonos con la intención de volver a vernos en Quito en el futuro.

Laguna 69

De vuelta al hotel, ducha, comida, cerrar la excursión del día siguiente y, por fin, merecido descanso. Semanas antes del vuelo a Lima había contactado con una agencia para tantear la posibilidad de hacer la ascensión al nevado Mateo, un 5.150 metros que se incluye en el catálogo de agencias peruanas como aclimatación de alta montaña para picos por encima de los 6.000, pero en un arrebato de prudencia de última hora cambio de opinión y reservo el trekking. Lo cierto es que el descanso ha sido tan reparador que me siento capaz de superar la cota de 5.000 a pesar de llevar tan sólo 24 horas en Huaraz y, por momentos, siento que estoy perdiendo una oportunidad.

El bus me recoge a las 5 de la mañana y junto con otros 20 senderistas y el guía partimos en dirección a Cebollapampa, a 56 kilómetros de Huaraz. Conviene madrugar porque la caminata a Laguna 69 está programada para un total de seis horas (tres ida y tres vuelta) y, además de los trayectos, el tour incluye una parada para ver las lagunas de Llanganuco.

Cuando salgo a la montaña trato de huir de las grandes multitudes y, en principio, la idea de un tour organizado no me seduce demasiado pero, Iván, el chico del Hostel, termina convenciéndome al contarme que el precio del taxi es prácticamente el mismo, unos 50 soles. Casi todos los ocupantes son sudamericanos, muchos de ellos limeños, y lo que no sabía es que el azar me tenía preparada una sorpresa.

En la fila justo delante de la mía, del lado derecho, se sientan dos chicas venezolanas con las que en un momento determinado inicio una conversación. Una de ellas es de Upata y tirando del hilo resulta que conoce a Virgilio, el hijo de Pedro a quien conocí hace un año y medio en Ciudad Guayana y cuya historia cuento en este relato. Por supuesto, nos sacamos una foto que envío a Virgilio y alucina con la anécdota. Siempre he dicho que si el mundo es un pañuelo, para los que tenemos la fortuna de viajar a menudo, ese pañuelo se convierte en un diminuto Kleenex donde se dan numerosas coincidencias como esta.

Uno de los alicientes del tour Laguna 69 es que puedes contemplar muy de cerca el colosal Huascarán, techo del país con 6.768 metros y otro es que el recorrido cruza por la quebrada de Llanganuco en cuyo desfiladero de origen glaciar se sitúan las espectaculares lagunas del mismo nombre. El nombre de Llanganuco viene de las palabras quechuas Llanka (color jaspe) y uku (interior) y el significado tiene que ver con el espectacular color verde turquesa de las mismas. Además, la mejor hora para admirar las increíbles tonalidades es durante la mañana, entre las 8 y las 10, debido a que el sol se refleja de forma directa. Un plus más del tour.

Cuando llegamos a la la zona de parqueadero en Cebollapampa, donde da comienzo el trekking, me doy cuenta de que no hay tanta gente como esperaba. Además de los 20-25 que vamos en el nuestro, hay otro bus que ha llegado 10-15 minutos antes que nosotros, según nos cuenta su conductor. Como estoy bien de fuerzas y tengo ganas de salir y echar a andar cuanto antes, empiezo a un ritmo fuerte y pronto llego a la primera zona de pendiente en forma de zig-zag.

Ahí me doy cuenta de que estoy con senderistas del bus anterior y como mis piernas responden y ya estoy perfectamente aclimatado empiezo a adelantar a uno, a otro y así sucesivamente. El paisaje es espectacular, con el Huascarán a nuestras espaldas y cascadas a uno y otro lado. En la camino se cuela alguna que otra vaca de vez en cuando para darle a la foto un tinte bucólico.

Después de cruzar un valle, ideal para recobrar fuerzas y continuar por una quebrada, se llega a la pequeña laguna Consuelo a 4.297 metros y en los últimos 300 metros hasta el objetivo hay que atravesar una extensa meseta y posteriormente zigzaguear de nuevo por una pendiente pronunciada donde adelanto al último montañero del grupo anterior.

El último tramo hasta llegar a la Laguna 69 lo hago en solitario y exultante tras cubrir los 7´5 kilómetros y 750 metros de desnivel en una hora y 47 minutos.

Aunque es considerada por muchos uno de los paisajes más hermosos de la Cordillera Blanca, Laguna 69 recibe su nombre simplemente por el inventario del Parque Nacional Huascarán al ser la número 69 de un total de más de 400 lagunas glaciares registradas. Se sitúa a 4.694 metros y destaca por su color azul turquesa que le otorgan los minerales del fondo.

El lugar es una maravilla y yo tengo casi dos horas para explayarme hasta el regreso así que me voy del lado izquierdo y trepo de roca en roca hasta alcanzar una altura considerable buscando un momento de quietud y conexión. Mientras me relajo y como algo, me viene de nuevo a la cabeza el nevado Mateo pero ya no como una oportunidad perdida sino como una alternativa más de entre otras muchas que contemplaré en una nueva visita en el futuro.

De regreso a Huaraz, busco un lugar céntrico donde comerme un buen ceviche y el guía me aconseja la Cevichería Mary´s. Allí repongo fuerzas a base de pescado, marisco y una cuzqueña bien fría y regreso complacido al Hostel para preparar el viaje de regreso a Lima. Al día siguiente, domingo, es día de mercado y de camino a la estación, ubicada esta vez a las afueras de la ciudad, me doy un paseo y aprovecho para comprar fruta y hacer algo de turismo.

Durante las ocho horas de trayecto en bus termino el magnífico libro de baloncesto “Eleven rings”, de Phil Jackson, poniendo punto final a un destacamento inolvidable.

Vuelvo a España con la sensación de que algo grande se me ha revelado. Menos conocida que otros lugares de los Andes como la Patagonia, la Cordillera Blanca es un paraíso excepcional para andinistas y caminantes del mundo entero. Un mundo de picos, nieves eternas, glaciares y lagunas todavía por descubrir".