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Cuatro sorianos, cuatro días otoñales por Luxemburgo

Este lunes 18 de noviembre hemos regresado de un breve y tranquilo viaje de cuatro días que nos ha llevado a visitar un país nuevo, Luxemburgo, y a conocer algunas de las ciudades alemanas cercanas a este pequeño Gran Ducado centroeuropeo.

¿Por qué Luxemburgo? Como en todos los viajes, por más de una razón. Citemos tres. La primera, por conocer un país nuevo. La segunda, porque no es un país cualquiera, sino uno que merece la pena realmente por la belleza de su capital, de sus pueblos, de sus bosques y praderas…

Y la tercera, porque no hay en la actualidad muchos destinos tan accesibles económicamente por avión viajando desde Madrid para un viaje de esta duración de un fin de semana largo. Las compañías de bajo coste permiten comprar un billete de ida y vuelta por menos de 60 euros, al menos en esta época y adquiriendo el billete con cierta anticipación como hicimos nosotros.

Viernes 15

El vuelo de ida fue el viernes 15 de noviembre a las 14.00 horas. Yo ya estaba en Madrid, así que quedamos directamente en el aeropuerto de Barajas con Alfonso, Elisa y Sergio, que venían en autobús de Soria. Nos trasladamos de la T4 a la T1, comimos nuestros bocadillos y nos montamos en el avión.

El aeropuerto de Luxemburgo es pequeño, así que en poco rato cogimos el coche de alquiler y nos plantamos en Greiveldange, el pequeño pueblo donde nos hemos alojado. Habíamos pensado llegar alrededor de las 18.00 y ya estábamos allí poco después de las 17.00, pero por suerte nuestros caseros ya estaban en su casa para darnos las llaves.

Como ya era noche cerrada, decidimos no mover mucho más. Una vez establecidos, bajamos a comprar al supermercado Cactus situado en Remich. Hicimos la compra para desayunar y cenar los cuatro durante toda nuestra estancia en Luxemburgo. De hecho, uno de los lugares que mejor recordaremos de nuestra estancia allá será el apartamento, comodísimo y calentito, donde hemos pasado todos los días desde mediada la tarde.

La única excepción a la frase anterior era la visita que hacíamos cada tarde, antes de cenar, al Chaves, el único bar de Greiveldange. Lo regentan portugueses, algo que no es extraño si se considera que en Luxemburgo hay 600.000 habitantes, de los cuales 100.000 son de Portugal. 

Este viernes, el Chaves tenía todas sus mesas llenas para cenar: patatas, ensaladas y langostinos eran los platos que pedían todos los grupos, con algo de carne en algunos casos. Pero la mayoría de la gente va allí a comer patatas fritas y langostinos, buenísimos.

Nos acostamos bien pronto porque el sábado decidimos madrugar.

Sábado 16

El sábado fue el día que antes sonaron nuestros despertadores, a las siete de la mañana. Nos habíamos acostado pronto, así que no fue tan dramático. Además, en esta época del año y a estas latitudes anochece bien pronto, así que es preferible cazar las máximas horas posibles de luz.

Desayunamos y algo después de las 8.00 partimos hacia nuestro único destino del día, la ciudad alemana de Colonia. Desde que elegimos Luxemburgo como destino de viaje, sabíamos que un día estaría reservado para conocer alguna gran ciudad europea, dada la cercanía con Alemania, Francia, Bélgica e incluso algunas partes del sur de los Países Bajos (intentaré sin demasiado esfuerzo no volver a utilizar la palabra Holanda).

De Greiveldange a Colonia hay que transitar por varias autovías y carreteras de un solo carril por sentido. En algunos tramos de autovía, ya en Alemania, no hay límite de velocidad. O mejor dicho, no hay límite de velocidad establecido de manera fija, sino que ese límite lo imponen las condiciones del tiempo, de la carretera, del tráfico y de las características propias del coche. La mayoría de la gente va a velocidades ‘normales’, pero siempre hay alguno que aprovecha…

El comienzo del trayecto lo hicimos con bien de niebla, pero según pasaban los kilómetros se iba despejando el día y, aunque la temperatura externa de nuestro coche no subía en exceso, la presencia del sol alegraba nuestras expectativas.

En Colonia aparcamos justo al lado de la Basílica de San Gereón. Nos sorprendió ver que era más barato dejar el coche en un aparcamiento subterráneo que en la calle, donde además hay un límite de cuatro horas.

Tras visitar la Basílica, hicimos lo que hace el cien por cien de los turistas que van a Colonia: visitar su impresionante Catedral. Dicen que es el monumento más visitado del país, y por lo que pudimos ver nos lo creemos. Con 157 metros, fue el edificio más alto del mundo durante cinco años, entre 1880 y 1885.

A la salida de la Catedral vivimos la experiencia habitual de encontrarnos con un conocido soriano o relacionado con Soria. Justo en la puerta para abandonar el edificio, nos encontramos con José María Cela, exjugador del Numancia en dos épocas diferentes de los años 90 y uno de los futbolistas que ha militado en los equipos filiales tanto del Real Madrid como del Barcelona.

La continuación del paseo fue la habitual en esta ciudad: a orillas del río Rin para ver los grandes barcos, la preparación del mercado navideño y la plaza del Fish Market con sus característicos edificios de colores.

Nuestro asistente personal nos recomendó un restaurante para comer y la verdad es que acertó. Nos envió a un inmenso establecimiento muy cerca de la Catedral donde había cientos de personas, turistas y no, comiendo platos típicos tanto de Renania del Norte como de otros estados alemanes. Efectivamente, comimos codillo.

Nos costó encontrar después un lugar para tomar el café, no porque no hubiera, sino porque estaban todos repletos de gente. Al final lo conseguimos alejándonos ligeramente del centro, antes de volver al coche y, con él, a nuestra casa de Greiveldange, donde pudimos ver y escuchar parte del final del partido entre el Numancia y el Rayo Vallecano (2-2).

Domingo 17

Pusimos los despertadores una hora más tarde, a las ocho, que sigue siendo madrugar pero que impresiona menos que las siete. Como nos habíamos acostado pronto, no hubo problemas para incorporarse. 

Mientras unos se duchaban otros bajábamos al Cactus de Remich a comprar pan y un par de cosas más. El plan de hoy era no salir del país de Luxemburgo y visitar algunos de sus pueblos más famosos.

El inicio de la ruta era el mismo que el del sábado, evitando unas carreteras cortadas por obras, como medio país. Sin embargo, esta ruta no pasaba por la orilla del río Mosela, el que separa Luxemburgo y Alemania. Por ello, y como ya empezábamos a conocer el terreno, engañamos al navegador de nuestro coche para ir directamente al Mosela.

Carretera y río marchan paralelos durante bastantes kilómetros. El Mosela es navegable y puede albergar barcos de gran tamaño, algunos de los cuales vimos fondeados en Remich, pero en esta época baja del año no hay paseos turísticos ni apenas cruceros.

Según íbamos por la carretera, vimos que Treveris estaba a solo 14 kilómetros. Aunque nuestra idea era quedarnos todo el día en Luxemburgo, la incumplimos para conocer esta ciudad alemana en la que destacan sus monumentos romanos, con una concentración de los mismos que no se da en ningún otro lugar del mundo fuera de Roma. Nosotros visitamos solo el más famoso, la Porta Nigra, inolvidable una vez que se conoce, antes de darnos un paseo hasta la Catedral y ver, por segunda vez en este viaje, el montaje de un Mercado de Navidad que tampoco disfrutaríamos en funcionamiento.

De Treveris regresamos a Luxemburgo, país que ya sí no abandonaríamos más. Nuestra ruta incluía los dos destinos más turísticos del país, sin contar con la capital, y una breve parada en el camino.

Esos dos pueblos son Echternach y Vianden, unidos por una de las múltiples ramificaciones del Camino de Santiago y los dos únicos lugares del país que han pertenecido a la Lista Indicativa del Patrimonio de la Humanidad, si bien no consiguieron formar parte de él. Sí lo son, del Inmaterial, las procesiones danzantes de Echternach.

La gran abadía fundada por el patrón de Luxemburgo, San Willibrod, es lo más destacado de este pueblo que puede verse en un breve paseo si no se dispone de mucho más tiempo, como era nuestro caso por la escapada imprevista a Treveris. Con otro tipo de tiempo (más calor y más horas de luz), se puede disfrutar de numerosas actividades al aire libre pensadas para la gran cantidad de turistas que lo visitan.

La siguiente parada de nuestro itinerario fue Beaufort que, como tantos lugares de Luxemburgo, se escribe de varias maneras: Befort en alemán y Beefort en luxemburgués; yo he elegido la palabra francesa por cercanía. Allí, después de pasar por unos bosques impresionantes y por unos paisajes rocosos tan idóneos para la escalada que parecían artificiales (hace no mucho había soñado con unos parajes así), llegamos al gran castillo de Beaufort, también en obras y, por tanto, cerrado.

El castillo que sí estaba abierto era el de Vianden, pero ya se nos había escapado demasiado el tiempo así que decidimos no entrar. Vianden me pareció mucho más preparado para el turismo de masas (masas nivel Luxemburgo) que Echternach. El pueblo es precioso, lo mismo que los alrededores y que ese gran castillo que lo corona. Subimos caminando hasta la entrada del recinto, antes de regresar al coche para dirigirnos hacia la capital del país.

Llegamos a Luxemburgo ciudad alrededor de las tres y media de la tarde. Conseguimos comer en el restaurante que nos recomendó Cristina (soriana residente en Luxemburgo que no estaba esos días por allí) a pesar de que la hora prevista del cierre de la cocina eran las tres. 

Salimos ya de noche y nos acercamos hasta uno de los rincones del gran balcón de Luxemburgo, el más cercano al lugar donde comimos y donde pudimos ver el tercer y último mercado navideño, todavía en montaje, de nuestro fin de semana largo. Es fácil leer que este balcón es el más hermoso de Europa. Tampoco es cuestión de comparar, pero es cierto que la fisonomía de la ciudad de Luxemburgo es muy característica, con una parte alta y otra baja, el Grund, separadas por unos grandes cortados salvo en uno de sus extremos, donde hay una carretera que las une.

De hecho, fuimos caminando hasta el Palacio Ducal para montarnos después en el ascensor que baja al Grund. Nos tomamos una rápida (había empezado a llover por primera vez en nuestro viaje) y regresamos andando hasta el coche en un paseo de unos 20 minutos para recogernos de nuevo en Greiveldange. Aunque parecen muchas cosas, yo creo que poco después de las siete ya estábamos en nuestro pueblo.

Lunes 18

El lunes terminaba nuestra estancia en Luxemburgo. El comienzo del día fue clavado al del domingo: despertadores a las ocho, unos a la ducha, otros a comprar el pan, y todos en la mesa poco antes de las nueve de la mañana.

Volábamos a las cinco de la tarde, así que todavía nos daba tiempo a dar una vuelta diurna por la ciudad de Luxemburgo, algo que no pudimos hacer el domingo. Luxemburgo es pequeña. Un poco a las afueras se encuentran los grandes edificios de oficinas y de las importantes instituciones europeas instaladas en este país. Pero el centro es más que abarcable con unos pequeños paseos a pie.

Esta vez aparcamos directamente en la parte alta, cerca del ascensor que baja al Grund. Queríamos visitar la Abadía de Neumunster, a la que merece la pena acercarse sobre todo por la tranquilidad que se respira en este rincón bañado por el río Alzette. También entramos en la iglesia contigua, la de San Juan Bautista. No había nadie en ninguno de los dos lugares, y en los parques y jardines de alrededor apenas nos encontramos con media docena de corredores aficionados.

Para subir, ya que teníamos tiempo, decidimos no coger el ascensor sino dar la vuelta andando para intentar entrar a las Casamatas del Bock, una de las dos visitables de Luxemburgo junto a las de Petrusse… pero solo en verano. Las casamatas son larguísimos entramados de cuevas y pasadizos excavados en la roca para utilizar en tiempos de guerra y conflicto, algo de lo que la historia de Luxemburgo conoce de sobra. Estas casamatas del Bock tienen 23 kilómetros.

Ya pasaba la hora del mediodía. Tarde para seguir visitando, pronto para ir al aeropuerto, el momento idóneo para tomar las dos últimas cervezas del viaje en uno de los bares que habíamos conocido el domingo, cerca del Palacio Ducal.

De ahí, ya sí, fuimos al aeropuerto a devolver el coche de alquiler y comernos los bocadillos y la fruta que nos habíamos preparado. Muchos de nuestros compañeros de vuelo también lo habían sido el viernes. Esos tres días son más que válidos para hacerse una idea de la belleza otoñal de este pequeño país centrouropeo.

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