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Los ocho del grupo y la Ciudad Perdida

Trekking de la Ciudad Perdida (Colombia)

Trekking Ciudad Perdida (1). 8-11-2018

16.30. Recién llegamos a Casa Adán, el primero de los tres campamentos en los que tenemos pensado dormir en nuestro trekking de la Ciudad Perdida (Colombia). El tramo final de esta primera jornada y nuestra estancia de apenas una hora aquí nos ayudan a comprender que son ciertas aquellas cosas que habíamos leído que íbamos a encontrarnos.

Ayer miércoles 7 de noviembre, Óscar y yo nos encontramos en el aeropuerto madrileño de Barajas. A las 15.15 cogimos el avión de Air Europa que diez horas y media después (19.50 aprox.) nos dejó en Bogotá. A las 21.46 salía nuestro vuelo de Viva con destino a Santa Marta. Creímos que era tiempo de sobra… y lo fue pero por unos pocos minutos y después de correr. Estuvimos una hora para entrar al país, que fue lo que nos demoró y lo que nos hizo llegar a la fila de nuestro vuelo cuando ya estaba embarcando.

Un taxi nos dejó en el Colors House de Santa Marta, muy recomendable, y a las 6.00 ya estábamos en pie esta mañana, sin despertador. Hasta las 9.00, cuando hemos quedado con la empresa Magic Tours, nos ha dado tiempo a desayunar, sacar pesos colombianos, comprar unas chanclas…

A las 9.00 nos han venido a buscar y en la sede de la agencia hemos hecho la segunda parte del pago y nos hemos juntado los diez del grupo: los colombianos Catalina, Daniela, Juan y Juanita, los neozelandeses Chris y Rachel, el guía Saúl, el traductor Jeremy, Óscar y yo.

La primera parte del trayecto en 4×4, por carretera principal, nos ha dejado en Aguacatera. Alli se hace una parada para las últimas compras y para recibir la pulsera que da acceso al gran recinto de la Ciudad Perdida.

Preparados para el barro

En Aguacatera empieza un viaje de una hora por mal camino que nos deja en Mamey o Machete Pelao. Aquí, ahora sí, empieza nuestra caminata, alrededor de las 13.00 horas, después de haber almorzado.

La primera parte del camino es muy agradable. Se va salvando desnivel poco a poco pero el camino es ancho y el firme consistente (apto aún para motos). Además, aún no nos ha caído ni una gota de agua. Cada media hora o menos hay un puesto para comprar zumos, refrescos o agua, aunque ya nos han advertido de que esto sucederá con tanta frecuencia solo hoy.

Uno de esos puestos se encuentra en el punto más alto de hoy, a 640 metros (Mamey está a 140). Allí más o menos ha empezado la diversión. La bajada, en muchos sitios, es un camino plenamente embarrado en el que cuesta mucho no resbalarse. Nos hemos puesto de barro hasta arriba. Una mula que nos ha adelantado ha perdido su carga y nos ha tocado ayudar a recolocarla.

Para entonces ya llovía bastante, pero nada que ver con lo que nos hemos encontrado en Casa Adán. De hecho, íbamos a bañarnos en una gran poza pero el río se ha puesto demasiado bravo.

Son las 19.00 horas. Nos hemos duchado, cenado… y estábamos pensando en acostarnos cuando Saúl y José (otro guía de la empresa) nos han dado dos pequeñas charlas.

Saúl nos ha explicado el proceso de fabricación de la cocaína y cómo los paramilitares controlaron todas las plantaciones de los campesinos que habían venido de otras partes del país a la Sierra Nevada de Santa Marta. También nos ha comentado cómo el turismo está ayudando a sustituir como motor de la economía local a ese antiguo negocio de la cocaína.

José, por su parte, nos ha explicado algunas tradiciones y creencias de las comunidades indígenas que vamos a ir encontrándonos durante todo el trekking. De las cuatro comunidades que residen en la Sierra, en esta zona de la Ciudad Perdida habitan los koguis y los wiwas (varias de esas cosas las hemos visto en los días posteriores).

Trekking Ciudad Perdida (2). 9-11-2018

15.30. Nuestra etapa de hoy ha terminado una hora antes que la de ayer, lo cual es una gran noticia. Ahora son las 16.30 y llueve como pocas veces vi en España. Aquí en la Sierra Nevada de Santa Marta es más habitual, diario en su época, pero hoy cae todavía con más fuerza que ayer. Increíble. En esta hora que llevamos en el Paraíso Teyuna nos ha dado tiempo a: -Tomar un café solo, largo y sin azúcar, bien caliente. -Bañarnos en un lugar espectacular junto al campamento en el río Buritaca. -Preparar el cambio de ropajes y ducharnos. -Ver llover.

El día de hoy ha sido muy diferente porque ya hemos dormido en ruta. Ayer estábamos a las ocho de la tarde en la cama. El toque de campana estaba previsto a las cinco de la mañana. Cuando se han prendido las luces de Casa Adán ya estábamos todos preparados para el desayuno, muy completo como todas las comidas del trekking. Otro viaje que no adelgazamos.

Hemos empezado a andar a las seis, la hora prevista. Nos hemos aviado rápidos para ser el primer grupo en salir, lo cual ha sido un acierto según hemos ido viendo. A Ciudad Perdida puede entrar un máximo de 120 personas al día, veinte por cada una de las seis agencias que existen en Santa Marta. Ayer entramos 50.

La mayoría lo hacemos en cuatro días. Existe la posibilidad de hacerlo en cinco y en seis, aunque esta última la elige poca gente. Además, y aunque no aparece en las webs oficiales, se puede hacer en tres días con guía y conductor particulares, con lo que es más caro que en cuatro.

La ruta de este segundo día se divide en dos partes casi iguales, cada una de tres horas y media. La acabamos de terminar y me cuesta decir lo que subimos primero y lo que bajamos después, pero las sensaciones son mucho más completas que ayer. Hemos hecho buena parte del camino a una y otra orilla del Buritaca. Este gran río y otras decenas de arroyuelos han tenido que ser cruzados muchas veces, así que ha llegado un momento en el que varios de nosotros hemos decidido no descalzarnos más.

Al principio sí ha habido algún tramo como los de ayer, repletos de barro. La segunda parte ha sido distinta, y la dureza ha venido por el desnivel que hay que ir salvando, además de por el calor y la humedad. 

La parada para comer la hemos hecho a las 9.30. Antes del almuerzo nos hemos dado el primero de los dos baños del día. El segundo es el que he narrado en el preámbulo.

La comida en el Campamento Mumake, donde dormiremos mañana, ha sido a las 10.30. Nos la ha preparado María, que cocina solo para nuestro grupo y que va haciendo el trekking por su cuenta para ir adelantándose. Nos ha costado terminarnos la comida pero lo hemos conseguido. Apunte: me refiero a la cantidad.

Contemplación de la selva

A las 11.30 estábamos de nuevo en marcha. Esta segunda parte es preciosa. Seguimos disfrutando de la impresionante vegetación de la selva y de las grandes montañas de la Sierra Nevada. Las mayores alturas de Colombia están aquí, el Colón y el Bolívar, aunque no se pueden subir desde hace unos 20 años porque las comunidades indígenas a las que pertenecen retiraron su permiso.

En esta segunda parte, de hecho, hemos pasado por un poblado kogui que, salvando un millón de distancias, no he podido evitar que me recordara a Alberobello.

Igual que ayer, a las 14.00 ha empezado a llover. Todavía era una lluvia agradable. Ha sido una gran experiencia caminar bajo el agua suave en este tramo final.

Son las 17.15. Los diez del grupo estamos alrededor de un gran bol de palomitas de maíz y de unas cervezas.

Nos cuenta Saúl que las facilidades del trekking de la Ciudad Perdida son ahora mucho mayores que hace apenas unos pocos años, gracias al acondicionamiento de los caminos para el tránsito de las mulas. No seremos nosotros los que no disfrutemos de esas mejoras aquí, bajo la tormenta.

Trekking Ciudad Perdida (3). 10-11-2018

9.45. ¡¡¡¡¡Ohhhhhhh!!!!! es inevitable exclamar cuando se alcanzan los mejores visionados de la Ciudad Perdida de los Tayrona, construida en el año 700, abandonada en el 1600 y redescubierta por los huaqueros en busca de oro hace cuatro días, en 1975. Viendo el lugar donde se encuentra, no resulta tan sorprendente que permaneciera oculta durante casi 400 años. ¿Por qué la encontraron? Los expoliadores, actividad permitida en aquellos días, para buscar poblados indígenas en cuyos enterramientos se hallaban valiosos ajuares, iban siguiendo los viejos caminos empedrados…

Ahora estamos de nuevo en Paraíso Teyuna, el lugar en el que hemos pasado la noche. Los tres subgrupos que hemos coincidido en el trekking manejamos ondas similares, así que ayer acordamos junto a nuestros guías levantarnos un poco antes para ser de nuevo el primer grupo en arrancar. Poco después de las 19.30 de ayer ya estábamos durmiendo y a las 4.40 de hoy nos hemos levantado. Hemos empezado a andar a las 5.50 después de haber dejado nuestras mochilas en el campamento.

Después de una caminata de 20 minutos junto al río Buritaca, se llega a un punto en el que es necesario cruzarlo. Como la corriente es demasiado fuerte, hay una cuerda para ayudarse. Nada más cruzar el río comienza un gran camino empedrado cortando en perpendicular la empinada montaña. Los huaqueros deberían estar seguros de que ese camino no les llevaría a un poblado kogui cualquiera… y así fue.

Colocando los bananos

Ese camino lo forman 1.200 escalones entre el Buritaca y la Ciudad Perdida. El 80% de ellos son todavía los originales. Son necesarios otros 20 minutos antes de llegar a este gran complejo de 32 hectáreas de las que son dos son visitables por el turismo. Se estima que allí llegaron a vivir 2.500 personas.

A partir de 1525, cuando llegaron los españoles a Santa Marta, los indígenas empezaron a contagiarse de enfermedades para las que no tenían defensas. Algunos se refugiaron en la Ciudad Perdida, cuyos habitantes empezaron también a menguar por esas enfermedades, por lo que decidieron abandonarla y refugiarse todavía más arriba en las montañas. La vegetación hizo el resto para preservar este lugar durante cuatro siglos.

Nada más llegar a las primeras terrazas, hemos salido directos a la parte más alta de la Ciudad para disfrutar de las vistas antes de que llegaran los demás grupos. Desde ese lugar más elevado se disfruta de una vista espectacular de las principales edificaciones de la Ciudad Perdida. Allí hemos pasado un buen rato disfrutando no solo de las piedras tratadas por el hombre hace 1.300 años, sino también de las impresionantes montañas, los profundos valles, las salvajes cascadas y, sobre todo, la pobladísima vegetación. El enclave es sobrecogedor de por sí.

Un pequeño y huidizo lagarto

Saúl y Jeremy nos han explicado algunas pinceladas de toda esta historia de la Ciudad Perdida de los Tayrona, una historia que se continúa escribiendo con los miles de turistas que cada año la van visitando, el Ejército que la vigila a diario, los arqueólogos que la siguen descubriendo y los indígenas koguis que cada mes de septiembre realizan allí sus ceremoniales manteniéndola cerrada al turismo. Durante esos 400 años, se sabe que los indígenas sí hacían visitas a Teyuna.

La Ciudad Perdida y Colombia llevan unos cuantos años resultando cada vez más atractivas para el turismo. La primera parte de cero, pues acaba de ser descubierta, y la segunda se está recuperando de todos los procesos de violencia que la hacían desaconsejable hace algunos años.

Con el paso del tiempo, el potencial de esta Ciudad Perdida seguirá creciendo, tanto en número de turistas como en infraestructuras, aunque en Santa Marta tampoco buscan que se convierta en lo mismo que otros grandes complejos precolombinos. El hecho de que haya que andar cuatro días entre la selva para conocerla ya la hace muy especial. Sea como sea, merece la pena la visita.

*15.00: recién llegados al Campamento Mumake, donde comimos ayer y donde dormimos hoy. Como cada día, ha empezado a jarrear justo a nuestra llegada, pero ya estamos a cubierto. Uno de los líderes kogui, Fermín, ha bajado a darnos algunas ideas de su casi intacta cultura. Óscar y él han estado departiendo unos minutos tratando de acercar dos mundos tan lejanos y cercanos.

Trekking Ciudad Perdida (y 4). 11-11-2018

13.00-13.30. No recuerdo muy bien la hora porque escribo al día siguiente, el lunes 12. A esa hora llegamos de nuevo a Machete Pelado o Mamey, donde comemos en casa de Saúl lo que pedimos el día 8, cuando también estuvimos allí. Comemos los diez del grupo y Catherine, que a ratos se ha unido a nosotros pero que ha hecho una ruta algo diferente ya que obtuvo un permiso especial para dormir en la misma Ciudad Perdida.

No me extiendo en la crónica de hoy. Antiguamente, el trekking de la Ciudad Perdida podía hacerse circular. Los indígenas no lo permitieron hace algunos años, así que hoy lo único que hemos hecho ha sido desandar lo andado, cada uno a nuestro ritmo con una reunificación en Casa Adán. Allí hemos podido bañarnos en la gran poza con dos saltos de tres y seis metros, algo que no fue posible el primer día como comenté, por la impresionante lluvia.

Como cada día, hemos salido a las 6.00 y hemos caminado durante alrededor de siete horas, contando esta vez las paradas. Hoy es más suave porque hay más bajada, pero el cansancio y el deseo de llegar al asfalto se van dejando notar.

En Mamey hemos disfrutado enormemente del último almuerzo y de la última cerveza compartida, y hemos abierto las puertas a posibles reencuentros, algunos de los cuales quizás no estén tan lejanos.

La orilla del Atlántico de Lisboa a Oporto sobre dos ruedas (julio 2018)

(Como ha sucedido y sucederá bastantes veces en este blog, esta es una colaboración especial. Ángel Álvarez nos cuenta cómo ha sido el viaje en bicicleta de unos amigos de Lisboa a Oporto. Muchas gracias)

Durante siglos las costas del Atlántico han marcado los límites del mundo conocido para los europeos. El litoral occidental de Portugal ha sido parte de esa frontera natural esculpida por el océano y es también el punto más meridional de una de las grandes rutas europeas de cicloturismo, la Eurovelo 1: un recorrido desde el Cabo Norte en Noruega que a través de la costa escandinava, británica y francesa. En el caso luso atraviesa del sur al norte todo el litoral para concluir a orillas del Miño. Una ruta que curiosamente en España no surca al lado del Cantábrico, sino que recorre Castilla y la antigua Vía de la Plata antes de cruzar la frontera por Huelva. Y en la que, como aviso a navegantes, las señalizaciones no es que sean pocas, simplemente son inexistentes, a diferencia de la mayoría de recorridos Wurovelo que precisamente para ser reconocidos exigen una clara señalética.

En nuestro caso, tres ciclistas -Fran, César y Ángel- hemos recorrido la costa que une las dos grandes ciudades portuguesas, Lisboa y Oporto, de cerca de 450 kilómetros. Dos urbes marcadas por el mar y por los ríos Teixo (Tajo) y Douro (Duero). Precisamente la orilla del Tajo es el punto de salida, en la Praça do Comercio en que Lisboa se abre a esa ría desde la que los descubridores lusos abrieron las vías marítimas con África y Asia. Esos primeros kilómetros recuerdan el siglo de oro de nuestro vecino: el monumento a los descubridores, el monasterio de los Jéronimos y la Torre de Belém.

Cabo da Roca

Por la costa seguimos camino de Estoril y Cascais, aunque haciendo caso a las recomendaciones de la guía optamos por tomar el tren unos kilómetros para evitar el intenso tráfico de la Avenida Maginal un domingo. De hecho, los paseos marítimos de Estoril y Cascais están atiborrados de turistas que acuden a sus playas o pasean entre sus señoriales casas. El bullicio de Cascais contrasta con los inmensos espacios de acantilados poco pronunciados con que se inicia el parque de natural de Sintra-Cascais. Un peculiar tramo de costa donde las rocas conviven con inmensas dunas de arena blanca que desde la playa de Guincho se elevan tierra adentro.

Poco después se inicia el ascenso al Cabo da Roca, la mayor dificultad orográfica de toda la ruta y el punto más al oeste de Europa según reza un monumento que corona los acantilados sobre el océano. Aunque tras su subida puede parecer que lo peor de la primera jornada ya se ha superado, la costa dibuja continuos sube y baja que hacen especialmente dura la jornada inicial entre pintorescas localidades como Azenhas do Mar y espectaculares playas al fondo de acantilados, como la de Magoito. No menos empinada es la playa de Ericeira, nuestra primera meta, que como muchas de las poblaciones costeras es todo un santuario para los aficionados al surf.

Las olas también marcan la siguiente jornada, en que a las dificultades orográficas se suman los efectos del mar que ha provocado que tengamos que cambiar la ruta original tras varios desprendimientos y optamos por lo seguro: la carretera. Nuestra siguiente parada es Santa Cruz, un pueblo con sus miradores en lo alto del Atlántico y otra empinada playa forjada por las mareas.

A medida que avanzamos hacia el norte los acantilados se van sustituyendo por las dunas que hacen de frontera con el mar. Protegidas por ellas llegamos a Peniche, una localidad de pescadores en una península de rocas que según cuentan los lugareños en su día fue una isla que precisamente las dunas unieron a la costa. Unas características que convirtieron esta pequeña península en un fortín junto al mar, como recuerdan las murallas con las que saludan al visitante. En sus fiestas estivales, que se prolongan más de un mes aprovechamos para degustar varios quesos locales.

Cabo da Roca

A la mañana siguiente recorremos los cerca de siete kilómetros que bordean la península de afilados acantilados, y vislumbramos las islas Berlengas, una gran reserva natural de de aves que se visita desde Peniche. De nuevo al lado de las dunas llegamos a otra pequeña península, Praia da Baleal. A medida que el día avanza la bruma marina se convierte en niebla y la humedad en llovizna. Las inclemencias meteorológicas y físicas hicieron que optásemos por la ruta más directa a Óbidos, una impresionante villa medieval amurallada digna de visitar. Tras recorrer sus calles empedradas y descansar para comer de nuevo emprendimos la marcha para llegar a la costa, aunque esta vez en Caldas da Ranha optamos por hacer frente al fuerte viente de cara con un aliado, el tren, con el que recorrimos 20 kilómetros hasta Valado, una localidad a 5 kilómetros de Nazaré, nuestro punto de llegada. Una jornada atípica que terminamos disfrutando de las grandes olas de esta localidad, uno de los templos del surf en Portugal.

Si el día anterior el tren nos había servido de aliado, la dura cuesta de Nazaré se hizo mucho más ligera gracias al ascensor que permite subir desde su centro histórico al acantilado que corona esta turística población con una espectacular visión de los tejados sobre el mar. Pasada la Praia Norte de Nazaré se extienden largos kilómetros de pinares sobre dunas. Por desgracia en seguida también empiezan a ser visibles las huellas de los devastadores incendios que convirtieron Portugal en un infierno el verano pasado. Esta jornada con largas rectas por carril bici y carreteras locales sin apenas coches están marcadas por los inmensos parajes de tierra quemada. Un desolado paisaje en que el negro de los pinos negros aún en pie contrasta con el blanco del suelo de la arena de la dunas que se prolonga durante kilómetros. Al menos en las localidades costeras aún se logró salvar parte de la vegetación y en una de ellas, Praia da Vieira, reponemos fuerzas con unas sardinhas y bacalhau, necesarios para cruzar la ría del Mondego y sus salinas, por la que se entra en Figueira da Foz, con su inmensa playa, tan ancha que incluso tiene un carril bici por el medio de la arena.

Así está la zona tras los incendios del año pasado en Nazaré

La siguiente jornada nos llevó de esta población a Aveiro. Tras volver a tener que afrontar un comienzo escabroso por los acantilados y el faro de Mondego, de nuevo los efectos de las llamaradas marcan parte de la ruta, hasta Mira, donde se inicia la ría de Aveiro, que nos acompañará desde entonces separada del mar por largas playas de fina arena y dunas que protegen fértiles cultivos. Allí será donde con premeditación y alevosía se nos una un cuarto componente, César, que desde el pueblo orensano de Lobera ha trazado una peculiar diagonal para sumarse por sorpresa a última hora a nuestro camino ciclista.

Aveiro, calificada como la Venecia portuguesa en muchas guías, no deja indiferente para bien o para mal, probablemente en función de las expectativas creadas. Lo cierto es que pese a sus gondoleiros intentar compararlo con la Serenissíma República resulta tan injusto como imposible. Si se rebajan las expectativas sus calles adoquinadas tienen su peculiar encanto para un paseo vespertino y una alegre cena, acompañada además por un concierto de cantautores en la plaza del mercado.

A la mañana siguiente a nuestro viaje se le sumó un nuevo medio de transporte: el barco. Para cruzar la ría de Aveiro el ferry entre Forte de Barra y Sao Jacinto es la mejor opción, ya que evita tener que dar una vuelta por el interior la ría. Reprender la marcha llaneando junto a la ría que nos acompañará tras los sube y baja de los primeros días es todo un deleite. Tras dejarla nos internamos entre pinares por un carril bici en que empiezan a ser habituales los peregrinos Camino de Santiago. Antes de llegar a Oporto aún nos quedarán varios kilómetros junto a las playas, algunos incluso por pasarelas de dunas. Y por fin la desembocadura del Duero, cuya orilla aún nos tendremos que recorrer durante unos kilómetros por Gaia, la localidad en la orilla gemela donde se encuentran buena parte de las bodegas del vino por el que esta ciudad  es conocida en todo el mundo. Qué mejor sitio para brindar con una copa de oporto por el final de la ruta antes de cruzar el puente de hierro de Don Luis I construido por uno de los discípulos de Gustave Eiffel y disfrutar de las calles de la segunda mayor ciudad portuguesa.