Casi hasta Formentor y vuelta a casa

Hoy martes ha terminado nuestro periplo de tres días y dos noches en Mallorca. Ha sido fugaz, pero era tiempo de sobra para los dos objetivos que teníamos más allá del objetivo genérico que tiene cualquier viaje, suficiente para justificar toda escapada.

Al contrario de los dos días anteriores, hoy ha salido completamente nublado. Por lo menos, en El Arenal, mientras desayunábamos, no llovía. Sabíamos que sería complicado que nos apeteciera bañarnos en nuestro último día, pero no nos esperábamos lo que después nos hemos encontrado.

Hemos tomado rumbo norte, hacia otro de los lugares más conocidos de la isla: Pollensa, Alcudia, Formentor. Todo ello, a través de la autovía que sale de Palma de Mallorca y que atraviesa Inca.

Vistas desde el Mirador de la Creueta

Vistas desde el Mirador de la Creueta

Ya prácticamente desde que hemos cogido esa autovía, han empezado a caer las primeras gotas. Según avanzábamos, cada vez eran más fuertes. Aun así, decenas y decenas de coches circulaban por la autovía primero y por la carretera, desde Sa Pobla, después.

Nuestra primera parada ha sido en un lugar que se antoja obligatorio, el Mirador de la Creueta, ideado por el ingeniero Antonio Parietti Coll, igual que la sinuosa carretera, como recuerda una pequeña escultura. El mirador está dos centenares metros por encima del mar. Las vistas son espectaculares, con acantilados verticales y altísimos cayendo a bloque sobre el mar. Veíamos a varias personas andando al pie del mirador, ya cerca del mar.

Desde la Creueta hemos abandonado la carretera ‘principal’ para subir por otra todavía más estrecha y quebrada hasta la Atalaya de Albercutx. Está casi 400 metros por encima del mar, pero a apenas unos pocos en línea recta. Así es toda esta zona de la isla de Mallorca. Se puede subir al interior de la Atalaya, pero las vistas apenas varían respecto a su base.

De regreso no hemos continuado hasta el Cabo de Formentor en sí, sino que ya hemos vuelto hacia Pollensa, hacia su puerto, a ver si teníamos suerte y nos podíamos dar un paseo sin agua. No ha sido así, porque nada más aparcar ha empezado a llover de nuevo, así que el Paseo Marítimo lucía lejos del punto álgido de su esplendor. Por hacer algo turístico y diferente, nos hemos dejado morder por decenas de pececillos en los puestos estos que tanto se ven en poblaciones de mucha afluencia. Dicen que funciona, pero imagino que cinco minutos no harán mucho.

Nuestra siguiente parada no ha sido tal. Teníamos intención de comer en Inca, porque pilla de paso y por conocer un lugar nuevo. Cuando hemos entrado, llovía casi cuando más en toda la mañana, así que hemos optado por dejar esta población para más adelante. No es que tuviéramos prisa, pero ya había que ir mirando el reloj.

Abandonada Inca sin poner el pie en el suelo, hemos parado a comer ya de camino al aeropuerto, llenado el depósito de gasolina, devuelto el coche de alquiler, sacado la tarjeta de embarque y a esperar. Siguen llegando cientos de turistas a Mallorca, mientras otros la vamos dejando poco a poco. Teníamos el coche aparcado en Barajas, así que poco después de las diez y media de la noche ya estábamos en casa de nuevo, en Soria.

La montaña prohibida… de momento

Había leído en internet que ascender la cima más alta de la isla de Mallorca, que es también la más alta de las Islas Baleares, no era especialmente sencillo, y eso que se puede llegar a ella en coche. ¿Entonces pues? El Puig Major y todo su entorno pertenece al Ejército del Aire, y es necesario un permiso específico del mismo para hollar su cumbre y para ver de cerca la gran bola que preside toda la isla en una de sus más icónicas imágenes.

Subir al Puig Major era el objetivo número dos de este viaje a Mallorca y nos vamos a ir sin hacerlo. ¿Fracaso, por tanto? No. Hemos establecido los contactos necesarios para, en un futuro que espero cercano, poder ascenderlo. Cuando llegue ese día, lo contaré. ¿Y entonces por qué no lo habéis subido hoy o mañana? Porque no se daban las condiciones necesarias de disponibilidad de las personas, nada especial.

Al pie del Puig Major

Al pie del Puig Major

Hoy lunes, antepenúltimo día del mes de mayo, hemos visitado la parte más montañosa de la isla de Mallorca, lo que podría considerarse el noroeste dentro de la particular disposición que tiene ese trozo de tierra de agua rodeado.

Pensar en Mallorca puede ser pensar en playas, hoteles, fiesta, mar, turistas del norte de Europa… Sin embargo, hay una parte mallorquina que no es que sea secreta, pero no es la más explotada. Mallorca tiene una montaña salvaje, preciosa, pétrea y que recuerda a los Picos de Europa aunque sea 1.200 metros más baja.

La Sierra de Tramontana, Patrimonio de la Humanidad, se despeña desde esa altitud hasta el mismo mar en unos pocos metros. Más de medio centenar de cimas superan el kilómetro de altitud. En toda esta zona mallorquina hay pendientes espectaculares, en ocasiones salpicadas por preciosos pueblos y quebradísimas carreteras que no se encuentran en muchos más lugares de España.

Nuestro recorrido de hoy, después de haber desayunado en el Arenal, ha empezado en la capital oficiosa de la comarca, en Sóller, uno de los pueblos más turísticos de Mallorca. Hoy estaba a tope, así que no nos lo queremos imaginar en verano. Sóller, como todas estas localidades, está rodeado de verticales montañas, lo que no le impide estar comunicado por vía férrea con dos lugares: el tranvía que va al Puerto de Sóller y el famoso y turístico tren que llega hasta Palma.

Desde Sóller hemos seguido al norte, para ver de cerca el Puig Major y hacernos al menos una foto con él de fondo. Esperemos hacérnosla junto a él dentro de unos meses. La carretera es espectacular, repleta de ciclistas y de curvas… pero nada que ver con lo que nos hemos encontrado luego.

La carretera que sube al Puig Major está cortada desde su mismo comienzo, con lo que al menos hemos ahorrado algo de tiempo. Ya se acercaba la hora de comer, algo que queríamos hacer en la misma costa. El recepcionista de nuestro hotel (gracias) nos ha recomendado un lugar que no conocíamos, el Puerto de Valldemossa, llamado también en algunos mapas Cala de Valldemossa.

Merece la pena solo por la carretera que llega hasta allí, después de pasar otro pueblo muy bonito como es Deiá. Son seis kilómetros estrechísimos, arrebatados a la montaña de un modo que parece imposible. Para subir hay que meter primera en casi todas las curvas, y cada vez que te encuentras con un coche de frente uno de los dos tiene que pararse. Todo ello, mientras se ve a la derecha o a la izquierda la inmensidad del mar.

En Puerto de Valldemossa no vive nadie de continuo, pero sí hay un pueblo de unas cuantas edificaciones, una pequeña cala, un precioso lugar para bañarse y un restaurante, donde hemos comido una paella espectacular.

Ya era hora de regresar, pero no podíamos dejar de parar en otro de los pueblos señeros de Mallorca: Valldemossa y su famosa Cartuja, famosa porque allí estuvieron un invierno Frederic Chopin y George Sand. Pocos pueblos tienen tanta identificación con unos artistas que residieron en él apenas unos meses.

Tocaba ya ir regresando a casa. Antes, hemos hecho una breve parada en Palma para ver de nuevo a Paula y al Turi. Desde allí hemos cubierto el breve trayecto hasta el Arenal, donde hemos cenado con mis padres en el Can Torrat, un lugar que merece la pena, especialmente en noches tan agradables como la de hoy.

Los mismos niveles de gente que en pleno verano

Nuestros viajes nos han llevado hoy hasta la mayor de las islas españolas, Mallorca, uno de los grandes paraísos turísticos del mundo por su privilegiado clima y por su mezcolanza casi perfecta de playas de todos los tipos y montañas no muy elevadas pero sí muy salvajes.

Correspondía madrugar. A las 5.30 han sonado nuestros despertadores en Madrid. En cinco minutos ya estábamos los dos Sergios montados en el coche para dirigirnos hacia el aeropuerto, hacia uno de esos aparcamientos cercanos que ahora tanto abundan. Todo ha ido bien, por qué había de ser al contrario, y a las 7.30 se producía ese milagro cotidiano del despegue de nuestro avión.

Después de otro sueño aéreo para recuperar, hemos vuelto a tocar tierra poco más de una hora después. Sin mayor pérdida de tiempo, hemos ido en el coche de alquiler hasta nuestro hotel, un todo incluido repleto de extranjeros en el Arenal. Es mi primera experiencia en un todo incluido, y esta en concreto merece la pena por precio-prestaciones.

Tras un baño en la piscina del hotel, nos hemos dado un paseo por la playa, atestada de gente, haciendo tiempo hasta que nos tuvieran preparada la habitación para dejar las cosas. Esta mañana, durante el rato de la piscina, he leído en la prensa local que ayer sábado llegaron a la isla 160.000 turistas en más de 800 aviones, y que hoy domingo lo harán casi 150.000. Son números esperables en julio y agosto, no a finales de mayo, así que en 2017 esperan repetir todos los récords de acogida de visitantes que ya batieron en 2016.

La ducha que necesitábamos después del viaje no nos ha ocupado mucho tiempo, y poco antes de la una del mediodía montábamos de nuevo en nuestro coche para dirigirnos hasta la capital de la isla, a Palma de Mallorca, a uno de los dos objetivos de este viaje: participar de los actos previos y del partido que enfrentaba esta tarde al Mallorca y al Numancia, el equipo de nuestra tierra. Los dos se juegan la salvación.

Ver texto y fotos comida Peña Numantina de Mallorca

Los actos han sido en la glorieta Pau Casals, en el barrio de Santa Catalina. No ha sido un lugar elegido al azar, sino buscando una plaza al aire libre y en la que hubiera sombra. Y menos mal, porque hoy apretaba de verdad. Allí, unos cien sorianos y peñistas mallorquines nos hemos hinchado de paella, de ensalada y de varios productos sorianos: picadillo, torreznos, foie gras, embutido… A nosotros nos ha hecho ilusión, pero a los llamados sorianos de la diáspora, mucha más. Allí nos hemos juntado con mis padres y con varios amigos sorianos como José Luis, Bruno, Turi, Paula, Jorge, Sergio…

Desde allí, cada uno cuando le ha parecido conveniente (yo muy pronto) ha ido al antiguo Son Moix, actual Iberostar Estadi, para ver el partido de fútbol. Hemos empatado a cero en un partido que no se recordará muchos años. Al menos, el Numancia está casi salvado. El Mallorca sigue en descenso a falta de dos fechas.

No ha dado tiempo a mucho más. De hecho, por los horarios europeos que nos rigen estos días, casi hemos llegado justos a la cena del hotel, que dejan de servir radicalmente a las 21.30 (en honor a la verdad, unos minutos después es cuando empiezan a recoger todo). Una vuelta para conocer los alrededores de nuestro hotel (turismo, turismo, turismo…, uff) ha servido para coronar el largo día.

Día de Sant Jordi en Barcelona: libros, rosas y gente por todos los sitios

Reduzco este viaje a Barcelona a un único capítulo, pero comento someramente lo que he hecho en días anteriores. Vine desde Soria en autobús antes de ayer viernes, como casi siempre: Soria-Zaragoza y Zaragoza-Barcelona. Comí en casa de Jorge y Marta y, por la tarde, con Íñigo, presentamos en el Centro Riojano de Barcelona el libro que sacamos en verano sobre Urbión y Cebollera.

Y ayer sábado, por la mañana, tranquilidad en Badalona después de dormir en casa de Cristina y Pedro: una carrera por la playa y rumbo a Barcelona capital, para visitar el Salón del Turismo. Por la tarde, segunda de las tres presentaciones de este intenso fin de semana. De nuevo, igual que el viernes, muy buena tarde y muy buen recibimiento en la Casa de Soria con la excusa de las historias que contamos sobre nuestra tierra.

Hoy domingo ha sido el día de más ajetreo. Realmente, la razón por la que estoy en Barcelona ahora mismo no es casual. Elegimos venir a la capital de Cataluña para asistir en directo a la celebración de Sant Jordi, donde no había estado nunca a pesar de las decenas de veces que he visitado Barcelona.

Con Íñigo en Hospitalet, firmando libros

Con Íñigo en Hospitalet, firmando libros

Esta mañana ha tocado madrugar para comprar una rosa. Y, poco después de las nueve y media, ya estaba en el Metro rumbo a Hospitalet de Llobregat, la segunda población más grande de Cataluña y que ahora, por Sant Jordi, celebra sus Fiestas de la Primavera con multitud de actividades culturales.

Mi idea era ver los trabucaires catalanes, pero cuando he llegado a la Plaza del Ayuntamiento acababa de terminar su actuación. No sé muy bien en qué consiste. Eran todavía las once, así que me ha dado tiempo a almorzar tranquilo antes de que llegaran las doce. Justo entonces, a mediodía, empezaba la hora que nos había concedido la Biblioteca Tecla Sala para firmar libros en su expositor de la gran feria que se ubica a lo largo de la Rambla Just Oliveras. Disponíamos de esos 60 minutos por la condición de escritor local de Íñigo, soriano pero residente aquí. Se han pasado volando, ha estado muy bien la experiencia.

Desde ahí, nuestros pasos nos han dirigido de nuevo a la Plaza del Ayuntamiento. Esta vez sí nos ha dado tiempo a ver lo que queríamos, los castellers. Hemos estado unos minutos, viendo el trabajo de construcción y deconstrucción de una de las collas participantes. El Ayuntamiento de Hospitalet me ha permitido subir a uno de sus balcones para tomar fotografías y un breve vídeo. Siempre me han llamado mucho la atención estos castillos. De pequeño, a nuestro nivel, los hacíamos el 17 de agosto en el último día de las fiestas de Valdevellano, en el Prao.

Rosas en el Día de Sant Jordi

Rosas en el Día de Sant Jordi

De Hospitalet, tras despedirme de Íñigo y las Elisas, un tren de Cercanías (Rodalies Renfe) me ha trasladado hasta la Plaza de Catalunya, a la marabunta. He quedado para comer con Guillermo. Nos hemos encontrado en la puerta del Mercado de la Boquería, que hoy estaba cerrado, y desde ahí nos hemos plantado en dos minutos en mi bar favorito de Barcelona (quizás empatado con otro), el Travel Bar. Se podía estar, teniendo en cuenta cómo estaban las Ramblas a escasos metros.

Nuestra jornada ha continuado subiendo precisamente esas Ramblas para adentrarnos de pleno en el epicentro del Día del Libro en Barcelona: el Paseo de Gracia (la Casa Batlló estaba adornada con cientos de rosas artificiales de gran tamaño) y la Rambla de Catalunya. En Gracia era relativamente posible andar sin rozarse con nadie, aunque difícil. En la Rambla, era imposible, sobre todo a la altura de los escritores más conocidos. Terminaba siendo agobiante. He huido a coger el Metro hacia la plaza Universitat, donde faltaban minutos para celebrarse una ‘petonada’. Como no sabía qué era eso, he esperado la cuenta atrás para verlo. Después el 5, 4, 3, 2, 1, ¡¡0!!, los allí presentes se han dado largos besos en los labios. No sé si era un concurso o qué, por la pasión que algunos demostraban.

Me apetecía acabar el día como lo he acabado, regresando a Badalona para darme otro paseo por la playa, que nunca se sabe cuándo se volverá a ver el mar viviendo a tantos kilómetros de él. Hacía fresco y casi se agradecía. Mañana pronto por la mañana, de nuevo a Soria.

Una inesperada misa gospel de Domingo de Ramos para despedirnos

La religión mayoritaria en Uganda es el cristianismo. Hay católicos y protestantes. No solo eso, en gran cantidad de matatus, en numerosas tiendas (sobre todo en los salones de belleza) y en bastantes lugares públicos hay expresiones de loa, siempre en inglés: Dios es grande, Dios es Todopoderoso…

Y tampoco solo eso. En muchísimos carteles anunciadores, debajo del edificio o del lugar que se anuncia, aparecen breves citas bíblicas, frecuentemente del libro de los Proverbios.

Niños preparados para la celebración

Niños preparados para la celebración

Por todo ello, y como coincide que hoy es mi último día en Uganda, pregunté ayer si podía asistir a alguna celebración de Domingo de Ramos. Me acordé porque, según venía de Entebbe a Kampala, vi a bastantes personas con las palmas, que también estaban adornando algunos coches, boda-bodas y matatus.

En mi hotel me dijeron de ir a una gran iglesia, a Watoto, en el centro de la ciudad, un trayecto de poco más de diez minutos en boda-boda. Había servicios cada dos horas (8.00, 10.00, 12.00…). Después de ir a correr y de pegarme mi primera ducha caliente desde mi anterior estadía en Kampala, me ha parecido que las 10.00 era buena hora.

Según he entrado, como a todos los extranjeros, me han tomado los datos. He entrado justo después de las 10.00. Me he quedado mucho más que sorprendido. En el escenario, un grupo de seis personas cantaban una canción, y a su lado dos grupos de unas 20 mujeres hacían los coros al más puro estilo gospel neoyorquino.

Frente a ese medio centenar de personas, llenaban la iglesia quizás 2.000 o 3.000 feligreses en dos niveles, jóvenes en su mayoría, levantando las manos y cantando también con devoción. No he podido evitar sacar el móvil para grabar, sobre todo porque he visto que había tres cámaras de televisión haciendo lo mismo.

Al de seguridad no le ha gustado y me ha pedido que lo borre en su presencia, algo parecido a lo que nos pasó el año pasado por estas fechas en Egipto con la bandera de Soria. La historia ha sido un poco más larga, pero ese es un resumen válido. Me ha contado que esas cámaras eran de la propia iglesia, que es cierto que está muy avanzada tecnológicamente: el servicio religioso se podía ver desde justo fuera del templo con otras pantallas gigantes.

La celebración ha estado dirigida por un pastor con ropa de calle, tras el cual había una pantalla gigante en la que iban apareciendo resúmenes de los mensajes que lanzaba a los presentes. El mensaje principal era ‘Overcoming bitterness’, algo así como ‘Superar la amargura’ para ser más felices. Buena parte del sermón ha hecho referencia también a la violencia doméstica. Risas y aplausos jalonaban de vez en cuando su larga intervención.

Intercaladas entre sus palabras, en esa misma pantalla aparecían igualmente citas de la Biblia (Génesis, Proverbios, Evangelio de San Juan, carta de San Pablo a los Efesios…). Además, el grupo musical de seis personas (dos hombres, cuatro mujeres, un hombre y una mujer como artistas principales) ha cantado otras cuatro o cinco canciones. Detrás, en la inmensa pantalla, podían leerse las letras para que todo el mundo cantase, lo que sin duda hacían. Me ha dado la sensación de que, sobre todo la voz principal femenina, para nada desmerecería en Harlem.

Y nada más voy a hacer hoy, apenas despedirme de vosotros y daros las gracias por haber seguido estas aventuras en Uganda. Esta noche vuelo. Estas últimas horas las voy a pasar en el hostal y en el Acacia Mall, haciendo tiempo hasta que me decida a ir al aeropuerto. Tengo mala hora de despegue y el aeropuerto está en Entebbe, a unos 30 kilómetros. Ya me apañaré.

Llego mañana a mediodía a Madrid, desde donde cogeré el primer vehículo que me convenga y que pueda trasladarme a Soria. Una vez allí llegado diré, como siempre: “Esto es lo mejor del viaje”.

Regreso a la capital Kampala

Ya está casi todo hecho, pero no todo. Mañana todavía me queda el día completo por aquí. Tenía un plan, pero lo he sustituido por otro.

Pero ello será mañana. Hoy he dormido como un bebé en mi hotel casi de lujo (exagerando) de Kalangala Bay. A las 7.00 han tocado a diana. No mucho después, he salido a pie y bajo una fina lluvia hacia el lugar de donde parte el ferry, a apenas cinco minutos. Era lo que buscaba.

El ferry de hoy

El ferry de hoy

He hecho bien en ir pronto, porque a las 7.30 ya había bastante gente. Los que han apurado casi hasta el final no han encontrado sitio tan alegremente, al menos bajo techo. El trayecto entre Kalangala Bay y Nakiwogo se cubre en tres horas y cuarto. Al principio hacía fresco pero, según ha ido levantando el día, bastantes pasajeros se han ido a la parte de arriba a tomar el sol y a notar más claramente el avance del barco, dejando atrás la isla de Bugala y acercándose a la tierra firme.

Desde Nakiwogo, un boda-boda me ha dejado en pocos minutos en el Park (así se llaman los lugares de cada ciudad donde reposan decenas de matatus) de Entebbe. En escasos minutos se ha llenado y hemos emprendido el camino a Kampala, con demasiado tráfico para mi gusto salvo un tramo a la entrada en el que hay dos carriles por sentido.

Nada más entrar a Kampala, estábamos parados en mitad de la vía durante cinco minutos, así que me he bajado para andar hacia algún lugar un poco alejado y coger allí un nuevo boda-boda hasta mi hotel de la otra vez, el Fat Cat. Hoy no me he movido de sus inmediaciones ni me voy a mover.

Creo que conté que está al lado del Acacia Mall, el típico sitio de las capitales africanas repleto de europeos y estadounidenses, aunque en número muy por debajo de los locales. Se está bien en esta zona, por si alguna vez queréis venir a Kampala.

Relax en Kalangala Bay

Qué diferente ha sido el día de hoy al de ayer. Anoche, sin descanso, estuvieron sonando la música altísima y varias voces de las mismas personas, junto al lugar donde yo dormía. Cuando me he levantado esta mañana a las 6.30, el jaleo continuaba en el mismo cuchitril donde había acudido yo a pedir una cerveza. Uno de los que más voces daban, no sé por qué, dormía en mi mismo lugar.

He madrugado porque a las 7.00 salía el primer ferry de Bukakata a la isla de Bugala, a su parte occidental. Es un ferry gratuito. El primer pasaje del día lo conformábamos unas 20 personas, tres o cuatro bicicletas, otros tantos boda-bodas (a veces le pongo guion y a veces no, igual que ellos), una camioneta repleta de plátanos (he hecho un esfuerzo por calcularlos a base de multiplicaciones pero el resultado no podía ser muy aproximado) y un todoterreno.

El resort al lado del mío

El resort al lado del mío

El dueño de este último me ha ofrecido para llevarme a Kalangala Bay por 5.000 chelines. Este ferry de Bukakata llega, como he dicho, al Oeste de la principal isla del archipiélago Ssese, a un lugar llamado Luku. Allí no debe de haber mucho, por lo que he leído.

Mi idea era dormir en Kalangala, y aquí estoy. El ferry tarda poco más de media hora y el trayecto en coche no es mucho más largo. Poco después de las 8.00 estaba en la ciudad de Kalangala, desde donde un boda-boda me ha llevado a uno de los numerosos resorts de la bahía. Tiene piscina frente al Lago Victoria, sauna, gimnasio, animación… pero he conseguido que me salga bastante barato. Ojalá hubiera podido pasar aquí dos noches, pero con el jaleo de ayer fue imposible.

Y poca cosa he hecho en Kalangala Bay. Me he acercado un rato a la ciudad, a dos kilómetros, a tomar un poquito de internet, que ayer no lo caté, y a comer, bastante pronto. Por la tarde, relax total en el bar del resort en el que me hallo y en la habitación, tranquilidad solo interrumpida por el rato en el que me he ido a correr alrededor de las 18.00.

He seguido la orilla del lago. He visto una especie de bateas, algunas construcciones de madera curiosas y un grupo de jóvenes ugandeses bañándose mientras el sol empezaba a ocultarse. Todo muy fotogénico, pero no llevaba la cámara.

Lo poco que he estado en la isla me ha encantado. Es salvajemente verde, con numerosas plantas de palma y empresas que se dedican a la extracción de su aceite, el que tan mala fama tiene. Los caminos, arcillosos como los que he visto en tantas partes de Uganda, están mucho mejor cuidados. Por supuesto, me han salido unos monos, y los niños ante los cuales iba pasando me acompañaban corriendo hasta que podían.

Como ya me habían advertido, Kalangala Bay es el lugar al que vienen los habitantes de Kampala a pasar el fin de semana. Mi hotel está casi lleno, y cuando he pasado por el ferry he visto a numerosas personas que habían salido de él y que se dirigían a sus alojamientos.

Parece que hay bastantes actividades aquí como golf, paseos, bicicleta, pesca, ir a ver pájaros… pero yo hoy tenía suficiente con lecturas tranquilas a unos cuantos metros del lago mientras apuro mi estancia en Uganda.

De Kasese a Bukakata por el País del Té. El día más auténtico

Hoy iba a ser un día de transición, de viaje medio largo, y se ha convertido en una pequeña odisea, en un viaje muy largo, el día más auténtico sobre todo por el lugar desde el que estoy escribiendo estas líneas.

El viaje iba a tener seis partes, pero finalmente solo ha tenido cuatro porque no me ha dado tiempo a las dos últimas.

Pasillo de mi 'hotel' de hoy

Pasillo de mi ‘hotel’ de hoy

Parte 1. Después de la trotada matutina, a las 8.30 estaba en el matatu que de Kasese me habría de trasladar a Mbarara, unos 150 kilómetros. Nada más montarnos, ha arrancado, pero se ha puesto a dar vueltas por la ciudad buscando gente y no la hemos abandonado hasta las 9.30.

El primer tramo de carretera lo conocía de ayer, muy bueno, coincidiendo con el Queen Elizabeth National Park. Se avanzaba a buen ritmo. Apenas hemos parado cinco minutos a levantarles el coche a unos con nuestro gato, ya que habían pinchado.

Sin embargo, pasado el canal de Kazinga, dirigiéndonos al sur del Parque Nacional, la carretera estaba completamente deshecha durante 20 kilómetros calculo, no sé, hasta pasada Bunyaruguru, la entrada sur del Parque, una ciudad bastante más pequeña que Kasese.

Al menos, gracias a la velocidad reducidísima a la que íbamos ascendiendo, se disfrutaban de unas vistas impresionantes de toda la llanura del Parque, del Valle del Rift. En una de las paradas, como una casualidad inmensa, me he encontrado una vez más con Ignacio, quien viaja hoy mucho más al sur, hacia Bwindi. Yo me dirijo al Este.

Mejorada ya más o menos la carretera, hemos pasado por quizás los paisajes más bonitos desde que estoy en Uganda. Se llama directamente Tea State, el País del Té, con unas plantaciones espectaculares de esta bebida, la más consumida del mundo según escuché alguna vez.

En este trayecto me he encontrado al segundo ciclista de turismo del viaje, después del de antes de ayer. Hoy, al menos, tenía el día fresco y esos paisajes preciosos para disfrutar de vez en cuando.

Parte 2. Alrededor de las 13.30, o algo pasadas, hemos llegado a Mbarara, una ciudad ya grande, mucho caos (Kampala es oto nivel). A las 14.00 exactas ha arrancado mi segundo matatu del día, rumbo a Masaka, a 130 kilómetros.

Esta vez, la carretera estaba perfecta, pues al fin y al cabo es la que une tres de las principales ciudades del país: Kampala. Masaka y Mbarara. El vehículo podía avanzar a buena velocidad, pero aun así no hemos llegado a Masaka hasta las 17.00.

¿Por qué? Por lo de siempre, porque se pasan muchas poblaciones, porque el matatu para cada vez que ve a alguien de pie junto a la carretera y porque el conductor suele enrollarse a hablar con cualquiera. Ha habido varios cambios de conductor, por cierto, con matatus que van haciendo este mismo trayecto en sentidos contrarios.

Creo que ha sido en esta parte del viaje cuando hemos visto una vaca muerta, recién atropellada. Espero que a los del vehículo no les haya pasado nada.

Parte 3. Esta parte no ha tenido ningún misterio. El matatu deja en Masaka, y desde ahí hay que coger un boda boda hasta Nyendo, a dos o tres kilómetros, apenas 2.000 chelines. Para entonces, el último ferry estaba perdido desde hace tiempo.

El boda boda me ha dejado en una fila de tres vehículos que habrían de cubrir el trayecto hasta Bukakata. El primero, el que lógicamente me correspondía, es de largo el más destartalado de todos los que he visto en Uganda, no solo de los que me he montado. El conductor del boda boda hasta se reía.

Parte 4. A las 17.40 ha arrancado el coche. Delante íbamos cuatro y atrás, seis. La pista es muy lamentable al principio y algo mejor el resto del viaje. Son más de 30 kilómetros los que nos quedan.

Cuando ha hecho la primera parada, ha sucedido lo esperable: no arrancaba. Se han tenido que bajar dos o tres de los de atrás a empujar y pronto ha vuelto a rugir el motor. Menos mal, porque estamos en mitad de la nada. En la segunda parada, lo mismo, pero había un poco de cuesta y el señor que se ha bajado ha empujado un poco hacia atrás: de nuevo en marcha.

Me gustaba ver tanta gente dentro del coche porque parecía señal de que nos dirigíamos a un lugar bastante poblado. En esos pensamientos estaba cuando, en un cruce, nos hemos detenido. El conductor me ha hecho bajar y le ha dado algo de dinero a un motociclista para que me acercara al lugar del ferry.
Allí hemos llegado casi a las 19.00, a escasos minutos del anochecer.

Ahora mismo me encuentro en uno de los lugares más estrambóticos donde nunca he dormido.
A unos 200 metros de donde habrá de salir mi ferry de mañana hay un pequeño pueblo conformado por estructuras de chapa. Desde que he puesto el pie en él, un grupo de media docena de niños no se han separado de mí.

Al parecer, hay un lugar para dormir. Ayudado por el conductor del boda boda, hablamos en un casutaño con una señora que no se expresa en inglés. Me ha hecho mucha ilusión cuando la he visto sacar unas cuantas llaves aferradas a maderas en las que se pueden leer números.

A dos minutos de allí se encuentra, quizás, la ‘edificación’ de chapa más grande de esta parte de Bukakata: un pasillo separa tres habitáculos a cada lado de unos ocho metros cuadrados cada uno. En una de esas seis habitaciones, con un barreño y media garrafa de agua, me hallo ahora.

Puede que ellos se admiren de nuestro nivel de desarrollo, pero yo no puedo dejar de admirarme de que en un poblado así alejado de todo haya no sé cuántos niños, gente joven, una barbería, una mesa de billar, alguna tienda, puestos de comida… También hay un lugar público que se utiliza como aseo.

He salido a pedir algo a uno de esos puestos de comida. Después, he preguntado por un lugar para tomar una cerveza y me han llevado a otro oscuro y estrecho receptáculo de donde han salido un hombre y una mujer que ya llevaban unas cuantas. Me han dado una y me la he traído a la habitación. Se oye una gran animación fuera. Un altavoz reproduce el sonido de una serial radiofónico (eso parece) para todo el pueblo.

Mañana espero no quedarme dormido para coger el ferry, que sale a las siete de la mañana. Me consuela pensar que, aunque no hubiera ido a correr en Kasese, tampoco habría llegado a las 17.00 horas que sale el último. Y me consuela pensar que esta estancia jamás voy a olvidarla.

Obligado a regresar a África por fuerza mayor

Hoy era otro día de los grandes de este viaje por Uganda: visita al Queen Elizabeth National Park, llamado así desde que la actual reina de Inglaterra estuvo allí a mediados del pasado siglo, en 1952. Es, además, el parque más visitado de Uganda, con dos de los Grandes Lagos de África (el George y el Edward, separados o unidos por el canal de Kazinga, de 40 kilómetros), y el que más leones acoge en sus casi 2.000 kilómetros cuadrados, con 140 según se estima.

Ninguno de ellos ha tenido a bien posarse ante nuestros ojos, así que queda pendiente otra visita a África solo para confirmar que todavía hay leones en libertad.

El gran elefante solitario

El gran elefante solitario

El día ha empezado poco después de las 6.00, cuando hemos salido de mi hotel con el guía y el encargado de la empresa. Al poco de comenzar se cambia de hemisferio: del Norte al Sur. Hay una marca señalando el paso del Ecuador.

Un problema con internet, que no validó mi pase, nos ha hecho regresar a la puerta principal y hemos perdido una media hora. Todavía era muy pronto. Justo cuando hemos arrancado de nuevo, una gran tormenta ecuatorial nos ha impedido asomarnos al mundo exterior de nuestro 4×4 durante media hora más.

La lluvia

El paisaje estaba precioso con la lluvia y, sobre todo, después de ella, con un olor muy especial, pero ya han advertido de que en días así los animales tienden a esconderse. Por supuesto, ello no nos ha impedido ver una gran cantidad de herbívosos como antílopes, numerosísimos búfalos y, lo más impactante, un gran elefante solitario que imponía respeto. También hemos visto mangostas, que en el Murchison se nos escaparon.

Junto a la fauna silvestre, en este paseo se ven dos intervenciones interesantes del ser humano. Por un lado, se visita Kasenyi, un pueblo pescador a orillas del lago George. Y, por otro, tanto en este primer paseo como después, se visitan algunos grandes lagos salados, de los que la sal que se extrae se consume directamente sin tratamiento alguno. El sistema es parecido al que he visto en varios sitios de España.

Entre los hemiferios Norte y Sur

Entre los hemiferios Norte y Sur

Después de más de cuatro horas dando vueltas, hemos acudido a la segunda actividad del día, un crucero por el canal de Kazinga. Tenía algo más de una hora para comer. Junto al embarcadero hay un impresionante hotel de lujo en el que hemos sacado los billetes. La habitación individual estaba a 200 euros y comer valía 20. No parece caro, pero por un cuarto de eso hemos comido en el hotel-restaurante de al lado.

Reencuentro con Ignacio

Digo ‘hemos’ porque allí me he encontrado de nuevo con Ignacio, con quien finalmente no estuve antes de ayer porque se vino directo a Kasese. He comido un poco de jamón serrano y queso de Idiazábal que le acompaña desde España. Lo que más echo de menos en los supermercados es algo así como embutido para hacerme mis picnic. Tampoco Ignacio ha visto leones y, por lo que me dicen mis guías, ninguno de los otros grupos.

Después de despedirnos, me he subido al barco y me he sentado a la izquierda como me ha aconsejado Jackson. Buen consejo, ya que el crucero ‘baja’ el canal a escasos metros de esa orilla izquierda, donde de nuevo nos hemos sentido pequeños ante la abundancia de la fauna africana. Esa bajada dura alrededor de hora y media, a escasa velocidad, donde no han faltado de nuevo búfalos, cocodrilos, elefantes, hipopótamos, ‘waterbucks’ (antílopes de agua), facóceros, además de una inmensa cantidad de aves.

El regreso se hace por la otra orilla, pero ya a alta velocidad, sin detenciones ni maniobras. He aprovechado para echar una cabezada.

Pasadas las seis de la tarde, después de unas paradas en los mercados locales para que Joram y Jackson llenaran la fresquera, estábamos de nuevo en Kasese. Hasta mañana.

Kasese: Aguas termales bajo las Montañas de la Luna

Hoy 4 de abril ha tocado nuevo cambio de ciudad. Después de tres noches de pernocta en Fort Portal, ahora estoy en Kasese, 60 kilómetros más al sur. Poco a poco, se va cerrando el círculo. Como las ciudades están cerca, he podido hacer algo esta mañana en Fort Portal. Fundamentalmente, ir a correr, a desayunar con internet y a la oficina de correos (pista para saber cuánto tardan las postales entre una ciudad del Oeste ugandés y otra de la meseta oriental española).

El boda boda me ha dejado en el matatu alrededor de las 10.30. En media hora más o menos se ha llenado, pero con límites aceptables, sin nadie encima de nadie. Conviene tener fuerzas para permanecer despierto durante este viaje entre Fort Portal y Kasese, especialmente los aficionados a la montaña. Durante todo el camino se van dejando a la derecha las Montañas de la Luna, el Rwenzori, con sus nieves eternas ecuatoriales por encima de los 5.100 metros sobre el nivel del mar que tiene el Pico Margarita.

Relax a 40 grados

Relax a 40 grados

Como suele sucederme, me he quedado en el primer hotel que he preguntado. Este, además, tiene buena pinta, justo a la entrada de la ciudad. Pero hoy no tenía tiempo que perder o no quería perderlo. He dejado la mochila grande en la habitación y, con la pequeña, bajo un fuerte calor, me he puesto a investigar y a comparar precios para lo que me espera mañana.

Cuando he terminado estas primeras gestiones, he entrado a comer a un restaurante local y un señor me ha pedido permiso para sentarse a comer conmigo. Es ingeniero de Minas y estos días está por esta zona de Uganda dedicado a la construcción de carreteras.

Él es quien me ha advertido de lo más interesante que tiene Kasese cerca de la ciudad: sus aguas termales, a escasos minutos en boda boda. Me había hecho a la idea de que era un lugar 100% natural (que lo es) y de acceso libre para quien pase por ahí (no es así, pero la entrada es muy barata). Y ha sido una pena, porque de haberlo sabido me habría quedado un rato más largo tomando algo tranquilamente, junto a un alemán de Mannheim que estaba haciendo eso.

Mi primer baño

Al menos, me he pegado mi primer baño del viaje, en unas aguas a 40 grados centígrados, así que no conviene estar más de unos minutos dentro.

Yo le había dicho a mi conductor que estaríamos poco rato y, sobre todo, ya había terminado de decidirme por la empresa que he contratado para mañana, pero tenía que verme con ellos para hacer más ‘concreta’ la decisión.

Kasese es, como llevo diciendo en todo este viaje de Uganda, una ciudad igual que todas las demás. Pero sus paisajes de los alrededores son impresionantes. Justo al lado, accesibles a pie, se ven unas montañas verdísimas de quizás 2.000 metros de altitud. Y un poco más lejos, pero también casi sobre la ciudad misma, se yerguen cumbres que superan los 4.700 metros, justo antes del Pico Margarita.

Este viaje no me lo había planteado en plan montañero. El siguiente, sea donde sea, voy a intentar que sí lo sea.

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