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Bogotá, desde uno de los miradores

Cap. 193. 2-12-2018. Colombia (y 11). Monserrate

La suerte de ir a Monserrate en domingo

Finalizo hoy mi estancia de 25 días en Colombia, un poco más larga de lo que inicialmente había planteado.  Según esos planes iniciales, existía la posibilidad de no visitar Bogotá, o de visitarla apenas unas horas. Al final, con estos cambios, he podido estar un par de días en la capital del país.

Ya me dijeron ayer que la subida a Monserrate en domingo era una romería. El primero que me lo dijo fue el taxista que me llevó de la terminal al hotel. Existe una tradición de subir siete domingos seguidos al gran cerro que domina Bogotá, en señal de agradecimiento por alguna petición.

De hecho, en el camino, he visto a varias personas subiendo o bajando incluso descalzas, y al menos un par de personas caminaban hacia atrás como parte de esa promesa.

El mismo taxista me dijo que existía la posibilidad de subir muy pronto. De hecho, el camino peatonal abre a las 5.00 de la mañana y cierra a las 13.00. La ventaja de subir al amanecer es que desde arriba, en un día claro, pueden verse los grandes nevados de los Andes como el Ruiz, el Tolima… algo que a partir de muy pronto ya es imposible por las brumas.

La entrada del santuario

A Monserrate se sube fundamentalmente de tres maneras: a pie, en funicular o en teleférico. La subida a pie es potente: unos 600 metros de desnivel para llegar a los 3.200 metros sobre el mar, en un recorrido lineal de apenas 2.350 metros.

Para salvar tanta diferencia de alturas hay cientos de escalones y, por supuesto, decenas de puestos para comer, beber o comprar recuerdos mientras se descansa en la subida. Quien quiera subir o bajar corriendo, también tiene la posibilidad, pero solo de 5.00 a 8.00 para no causar peligro a los miles de familias de todas las edades que suben después.

En esos 2.350 metros hay varios lugares aptos para parar como miradores, ‘gimnasios’ al aire libre, los puestos de comida o una pequeña gruta para poner velas al Señor de Monserrate, ya muy cerca de la cima, donde se encuentra el santuario.

Si el camino peatonal ya estaba bien completo, la iglesia estaba abarrotada cuando he llegado arriba, alrededor de las 10.45. A pesar de su gran tamaño, no había ni un hueco para esta misa de las 10.30. Cada domingo hay varias misas para dar servicio a los miles de colombianos que hacen esta romería semanal.

Y, como en toda romería que se precie, al lado del santuario no falta gran cantidad de restaurantes, todos ellos llenos gracias a ser domingo y a la gran mañana que hacía.

La entrada del santuario es una especie de Sagrado Corazón parisino, con mucha gente descansando en las escaleras o viendo el paisaje. Parte de ese paisaje son los otros cerros que rodean Bogotá, entre ellos otro santuario, el de Guadalupe, situado a poca distancia pero mucho menos masificado que este de Monserrate.

El teleférico

Para bajar no he podido evitar coger el teleférico (6.000 pesos por trayecto). He tenido que esperar media hora, y me han dicho que esos tiempos de espera aumentan según avanzan las horas, sobre todo ya por la tarde.

He bajado poco antes de mediodía. Mi última comida bogotana ha sido en el Chorro de Quevedo, la bonita plaza que tengo al lado del hostal y que hoy estaba mucho más animada que ayer.

Ya estoy en el aeropuerto, después de haber . Aquí escribo estas líneas y desde aquí despego con Air Europa en un rato. Despido por tanto ya las crónicas del viaje por este gran país, el séptimo de América que he tenido la suerte de conocer. He entendido por qué, desde hace unos años, miles de personas eligen Colombia para pasar algunos días o unos pocos meses.

Hasta el próximo viaje, que no tardará.

Museo del Oro

Cap. 192. 1-12-2018. Colombia (10). Llegada a Bogotá

Un paseo por el centro y visita al impresionante Museo del Oro

Anoche cogí un autobús en Salento a las 19.50 que me dejó una hora después en Armenia. Coincidí de casualidad en él con Damián, el argentino de Santa Fe con el que he compartido estos últimos días en el hostal la Churrita.

A las 20.50 llegamos a la terminal de Armenia y pregunté por los autobuses nocturnos a Bogotá. Hay varias compañías. Yo cogí el de las 21.30 de Expreso Bolivariano, un vehículo espectacular sobre todo para los que viajan abajo, en la zona VIP. Pero la de arriba también está muy bien.

Apenas me he enterado del viaje. A las 5.00 de la mañana, como estaba previsto, llegábamos a la Terminal de Salitre. Ya había en ella cientos de personas procedentes de todos los puntos del país. Una gran cola aguardaba los taxis, pero ha ido bastante rápida.

Como no había nada de tráfico, a las 6.00 estaba en mi hotel, en el barrio de La Candelaria, con tan buena suerte de que he podido utilizar tan pronto la habitación. Allí he dormido un rato antes de recorrer un poco el centro de Bogotá.

El barrio de La Candelaria es en el que se encuentra casi todo el meollo de la capital de Colombia, por lo que me habían dicho y por lo que he visto. 

En los alrededores de la plaza del Chorro de Quevedo

Lo que más ganas tenía de ver, por la insistencia con la que me lo habían recomendado, era el Museo del Oro. Lo tengo a cinco minutos del hostal, así que he ido allí después de haberme dado una vuelta por la plaza del Chorro de Quevedo. La entrada al Museo es baratísima (4.000 pesos, poco más de un euros), pero quien quiera ahorrárselos puede ir los domingos, ya que la entrada es gratuita.

En muchas ciudades de Colombia hay un Museo del Oro, pero el de Bogotá es el principal. En él, como se intuye desde su mismo nombre, pueden contemplarse algunas piezas de orfebrería del principal metal precioso del mundo durante toda su historia, el que tan bien conocían las comunidades indígenas americanas.

En el Museo hay una gran representación de piezas colombianas, pero también de otros países y no solo de oro, sino también de los otros metales y aleaciones que se utilizaban antes de la llegada de los españoles.

Junto a esta mera exposición de los finísimos trabajos, que ya sería suficiente para hacer recomendable la visita al Museo, hay mucha más información para conocer la distribución y expansión de aquellos pueblos, sus impresionantes sistemas de riego (algún día escribiré sobre lo que hizo el pueblo zenú), la historia de los metales en todo el planeta, las maneras de trabajarlo…

Se puede pasar tranquilamente una hora y media o dos en el Museo del Oro. Desde él, me he ido a pasear por la carrera 7, la gran arteria peatonal en la que hay decenas de tiendas, restaurantes, puestos en el suelo, artistas callejeros… 

Plaza de Simón Bolívar

Esa parte peatonal termina en la plaza Simón Bolívar, con miles de palomas y un par de llamas para dar paseos a los niños, y presidida por la Catedral y por el Capitolio.

Por el ángulo contrario baja la calle 10, otra vía de gran animación. Por toda esta zona está la iglesia de Santa Clara, el Museo de la Policía, el Museo Botero… pero yo he optado por comer. Cuando he terminado, como suele suceder en cada sitio de Colombia en el que he estado, se ha puesto a jarrear, así que me he tomado un café y un postre antes de regresar a descansar al hotel. 

Luego cenaremos en alguno de los muchísimos restaurantes de todos los estilos que hay por aquí.

Palmas de cera sobre las nubes del Valle

Cap. 191. 28-11-2018. Colombia (9). Valle del Cocora

La fotogenia del verde y de las palmas de cera

Después de dos días en los que ha sido imposible ver el sol en Salento, y en los que la amenaza de lluvia o la lluvia han sido constantes, hoy ha amanecido muy diferente.

Por ello, nada más desayunar, hemos aprovechado para decidir que, por fin, hoy subiríamos al Valle del Cocora, el gran atractivo turístico de esta zona de Colombia.

Lo hemos comentado Jordi y yo y, finalmente, nos hemos juntado ocho de las personas que estamos alojados en el Hostal la Churrita, nuestro hogar en Salento durante todo este tiempo.

El Valle del Cocora y otros de estos elevadísimos valles del Parque Nacional de los Nevados son el único lugar del mundo en el que crece naturalmente la palma de cera.

Con su altura de hasta 60 metros, su perfecta perpendicularidad con el suelo y su único penacho de hojas en la cúspide, la palma de cera es un árbol extraordinariamente atractivo y fotogénico. Quizás por ello, y por el hecho de no crecer en ningún otro país, es el árbol nacional de Colombia.

El grupo de La Churrita

Para acudir al Valle del Cocora desde Salento, si no se dispone de vehículo propio, hay que acudir a la gran plaza de Bolívar. Allí salen los famosos Jeeps Willys que son otra de las imágenes más reconocibles de esta zona del Eje Cafetero. En cada Jeep caben 13 personas además del conductor: dos delante, seis detrás y cinco de pie. Salen cada hora o bien cuando se llena uno de ellos.

De Salento a la entrada del Valle de Cocora hay un cuarto de hora. Una vez llegados al Valle, hay dos entradas separadas por 500 metros y, por tanto, dos maneras de afrontar el sentido de la marcha.

Nosotros hemos optado por el que nos han recomendado en el hostal, el de las agujas del reloj. Ello supone no entrar por donde nos ha dejado el Jeep, sino medio kilómetro más adelante.

De este modo, el camino de subida es ancho, apto incluso para vehículos, y bastante tranquilo. En esta parte primera es donde pueden verse las principales extensiones de palma de cera.

Pastando

A lo largo de esta subida hay tres miradores para disfrutar del paisaje y tomarse un respiro. Yo, de hecho, he aprovechado la llegada al primer mirador para regresar por un camino de bajada más corto. En total, una hora.

La ruta completa, la que han hecho mis compañeros, es de alrededor de cuatro horas, que se pueden ampliar a cinco si se visita la Casa de los Colibríes.

Pero la ruta de cuatro horas, la más habitual, ya es bastante completa. Aunque no la he hecho, me comentan que este recorrido baja a la par que el río Quindío, que es atravesado varias veces por bonitos puentes colgantes.

Este camino de bajada, además, se caracteriza por su gran cantidad de barro, especialmente si la hora de la lluvia se adelanta y alcanza a los caminantes, algo que por suerte hoy no ha sucedido.

Llegados al punto de llegada, que es el mismo que el de salida, solo queda esperar a que se llene un Jeep o a que sea la media de cualquier hora. Es ese el momento de regresar a disfrutar de la tarde en Salento, de sus decenas de tiendas, bares, restaurantes… o de la tranquilidad del hostal hasta que, ahora sí, deje de llover.

Mateo y algunos granos de café

Cap. 190. 22-11-2018. Colombia (8). Visita a una plantación de café

Donde crece el mejor café del mundo

Vine hace unos pocos días a Salento, donde permaneceré algunos más. Salento, en el Departamento de Quindío, es una de las localidades más turísticas de Colombia. Casi todo el mundo pasa por aquí, la mayoría procedentes de Medellín con destino a Bogotá o viceversa. Tampoco está lejos Cali.

Salento está en el Eje Cafetero, la zona de Colombia donde crece el mejor café del mundo. Hay tres grandes ciudades en este Eje: Manizales, Pereira y Armenia. Sin embargo, casi todos los turistas las utilizan únicamente como puerta de entrada o salida a algunos de los pueblos de las montañas. Entre ellos destaca Salento, repleto de hostales, bares, restaurantes, tiendas, gente… y me han dicho que el fin de semana viene más fuerte.

Una de las visitas obligadas aquí en Salento es a alguna de las decenas de plantaciones de café, caracterizadas casi todas ellas por ser totalmente ecológicas y orgánicas. De este modo se preserva una larguísima historia cultural desde que el café llegó a Colombia en el siglo XVI procedente de África. También se busca potenciar el producto para colocarlo en el mercado con unos altísimos estándares de calidad.

El café que hemos molido

Nosotros (el argentino Lucas, el francés Louis y yo) hemos visitado la finca de Don Elías, la que nos han recomendado en el hostal donde nos alojamos. Se tarda unos tres cuartos de hora en bajar y alrededor de una hora en volver subiendo. Como para casi cualquier cosa, la otra opción es ir a la plaza para bajar y subir en Jeep, aunque su frecuencia no es muy alta.

La visita a la plantación ha sido realmente interesante. En el fondo, ha sido muy similar a las visitas a bodegas de vino, tan habituales en España: se conocen las plantaciones con sus decenas de variedades, se conoce el proceso de producción también con sus diferentes variantes para darle al café mayor o menos calidad y, por último, se degusta el producto. A ser posible, sin azúcar, un ‘mal’ que los cafeteros colombianos querrían erradicar de la faz de la tierra.

El café de Don Elías procede de una de las dos principales especies de café, arábica (70%) y de dos variedades creadas en el laboratorio (Colombia, 5%; y Castilla, 25%). Cada planta tiene ciertas diferencias, pero el producto, los granos de café, no se separa. Por ello, entre otras razones, cada cosecha sale un café diferente.

Hay dos cosechas. La más estable es la que va de marzo a mayo, que produce alrededor del 60% del café anual. La otra es ahora, en octubre o noviembre, y los cafeteros tradicionales la bautizaron como Traviesa porque es muy impredecible tanto en cantidad como en el momento de aparecer.

El momento definitivo

La plantación de Don Elías (nos ha recibido él en la puerta, aunque el guía ha sido el joven Mateo) tiene dos hectáreas y unas 6.000 plantas. Cada planta, alrededor de los siete años, es cortada casi desde abajo para que vuelva a dar café de calidad. Ello se puede hacer hasta dos veces, pero lo normal es hacerlo solo una.

Cuando llegaría el momento de hacer la segunda, la planta se arranca y se van sustituyendo por otras (semillas germinadas en arena). Estas nuevas plantas tardan 18 meses en volver a dar café, y 18 más en alcanzar su pleno rendimiento.

Las plantas medirían varios metros de altura si no fueran cortadas de vez en cuando. Todo el producto se recoge a mano. A pesar de su color tan apetecible, primero verde y luego rojo (algunas variedades también amarillo), los pájaros no atacan el fruto. Sí hay que luchar contra hongos e insectos, algo que se hace a través de pesticidas no químicos, elaborados a partir de plantas para no dañar el suelo.

Después de ver las plantaciones, hemos conocido el proceso de separación de la pulpa del grano. Después de secado, todavía hay que desprenderle de otra capa, la cutícula. Hay varias maneras de lavarlo y secarlo, según la calidad que se busque. 

El secado tarda de dos a cinco semanas dependiendo de las condiciones. Después llega el tostado, única parte del proceso que no se hace en la finca porque hay que hacerlo a una temperatura muy concreta, lo que no puede afinarse dentro de un proceso artesanal.

Y, tras ese tostado, a moler y a beber. Así hemos terminado la ruta de más de una hora, probando el café como se hace tradicionalmente en Colombia, a través de un filtro, con el café muy prensado pero sin impedir el paso del agua.

Como he comentado, la cultura del café en Colombia es casi infinita, aunque existen estudios, concursos, especialistas… que tratan de acotarla para comprenderla y mejorarla… tanto el producto en sí, como la manera de hacerlo más rentable para sus agricultores y el país.

Cap. 189. 17-11-2018. Colombia (7). Prolongo mi estancia

Un par de semanas mas por aquí

Escribo estas líneas el 18 de noviembre.

Antes de ayer 16, como dije, quedamos para cenar en Provenza con los amigos de Medellín que conocimos en la Ciudad Perdida y algunas personas más.

Estábamos al lado de mi hostal. Ellos cogieron un taxi y yo iba también a dormir. Cuando estaba a un par de minutos del hostal, un tipo con una moto me dio un golpe con la mano.

Más allá de la impresión, no me dolió nada hasta llegar al hostal, donde sí que empecé a notar alguna molestia. Bajé a recepción y tenía atrás una pequeña herida y un minichorro de sangre. No sé que llevaría el tipo en la mano porque sucedió todo en medio segundo.

Me lo limpió el recepcionista, pero no me gustaba nada la historia así que llamé de inmediato a Juan y Juanita, de quien acababa de separarme. Vinieron en coche rápido y, mientras dilucidábamos, llamé al seguro, el que me hice en 2011 y renuevo anualmente con el deseo de no utilizarlo. 

Me llevaron en su coche a la Clínica Las Américas, que es donde me mandó el seguro y uno de los mejores sitios de Medellín, según me tranquilizaron mis amigos.

Mientras solucionaba el tema del seguro ya en el hospital, llegó la Policía para ver qué había sucedido, pero yo no pude aportar ningún dato más del que estoy aportando aquí, más allá del lugar más exacto.

En la clínica, en bien poco rato, me limpiaron la herida, me la cerraron con un par de puntos y me hicieron una radiografía en la zona torácica.

La médica me tranquilizó desde el principio diciéndome que no era nada feo ni grave, pero quería hacer una segunda placa en cuatro o cinco horas para ver la evolución. Fue entonces cuando Juan y Juanita marcharon también a casa para descansar ese rato. Era algo después de la una de la mañana.

Dormí algo más de cuatro horas en el box de Urgencias que me asignaron.

Cuando desperté para la segunda placa, ya estaba llegando Juanita con mis cosas. Esa segunda placa evidenciaba que todo estaba muy parecido, pero tanto la doctora como su recambio de turno quisieron consultar con el cirujano. Todas las constantes (tensión, oxígeno en la sangre, pulso, auscultación) eran correctas.

El cirujano acudió y me dijo que la herida, aparte de necesitar esos dos puntos para ser cerrada, había dejado un poco de sangre en la pleura por la fuerza del golpe, demasiado poco como para hacer ningún drenaje. 

Resultado 1: dado de alta, una pastilla antiinflamatoria al día durante una semana y vida normal terrestre (comida, viajes en autobús, caminar…).

Resultado 2: ese pequeño hemotórax me impide volar durante 15 días, según me firmó el cirujano en un papel, arrancando de mi cabeza cualquier idea de acortar el plazo. Tampoco le insistí mucho porque cualquier persona entiende lo que es la salud.

Así que me quedo otras dos semanas por Colombia. Ya no será turismo sino trabajo, pero sí escribiré alguna entrada más porque tengo idea de visitar otro lugar, el mismo al que debería haber viajado la mañana siguiente a lo sucedido. El resto del tiempo lo emplearé como si fuera una jornada laboral… con el condicionante del cambio de hora (seis horas menos aquí).

A raíz de este suceso, quiero mostrar mi agradecimiento a:

-El recepcionista. Por cómo me trató y por cómo trató de quitar hierro al asunto… aunque sus consejos médicos por suerte fueron desoídos.

-El seguro. Sí, ya sé que lo pago y que es su trabajo, pero da tranquilidad que con una llamada de ida y otra de vuelta solucionen un tema tan importante aunque la cabeza esté más por el otro lado. Es Seguros Ocaso a través de su relación con Europ Assistance.

-Clínica Las Américas. Desde los que me recibieron al principio hasta los que me despidieron al final. Tuve suerte de que sucediera en Medellín y de que el seguro me mandara allí.

-Juanita y Juan, con extensión a familiares y otros amigos. Por los dos días antes del golpe y por los dos días transcurridos desde entonces, cuando hace apenas una semana que nos conocimos… Sin palabras. Escribo desde su hogar estas líneas. Estas son cosas que tiene el mundo de los viajes.

Medellín, desde el Metrocable que sube a Santo Domingo

Cap. 188. 16-11-2018. Colombia (6). Medellín desde dos alturas

El Parque Arví y el Pueblito Paisa

Hoy ya he pasado el día completo en Medellín, algo que no volverá a suceder, al menos durante mi estancia actual en tierras de Colombia. 

Fundamentalmente, hasta ahora, he hecho tres cosas: visitar el Parque Arví, darme un paseo por el centro sin rumbo definido y acercarme al Pueblito Paisa ya de regreso al hostal.

Antes de todo ello, que no lo he contado, he desayunado tranquilamente en la zona donde me alojo a las ocho de la mañana. Ya dije ayer que hay decenas de bares y restaurantes atractivos en esta zona de Provenza en El Poblado.

El Parque Arví es un inmenso espacio de naturaleza que merece la pena no solo por el lugar en sí, sino por una de las dos maneras de alcanzarlo: en Metrocable.

Hay que ir en Metro normal hasta Acevedo. Allí, con el mismo billete, sale un Metrocable (un telecabina de transporte de viajeros) con tres estaciones, que termina en Santo Domingo. En esta primera parte ya se tienen vistas espectaculares del fondo del Valle de Aburrá ocupado por la mole de Medellín.

Salón Málaga, en San Antonio

En Santo Domingo es necesario bajarse y cambiar de Metrocable, esta vez a uno denominado turístico que cuesta 5.550 pesos. El precio normal del Metro es de 2.400 por trayecto.

He pedido ida y vuelta, pero por suerte solo me han dado ida.

De hecho, he preguntado para bajar andando de la estación superior a la inferior y me ha respondido la señora de los biiletes: No hay cómo.

Instantáneamente me he dado cuenta. El Metrocable salva ahora un desnivel mucho más pronunciado, sin una sola vía de asfalto (hasta Santo Domingo sí las había) pero con un terreno repleto de casas a las que se entra por estrechas veredas y escalones ganados a la tierra. Parece mentira que estemos al lado de la ciudad.

Cuando termina este desnivel, el Metrocable cubre un largo recorrido sin ganar altitud, por encima de las copas de los árboles, hasta que llega a esa estación superior. Hemos pasado de 1.500 a 2.500 metros.

En el Parque Arví hay decenas de cosas que hacer si se dispone de todo el día e, incluso, de un fin de semana. Hay sitios para dormir y muchísimos puestos de cualquier cosa.

Hay sobre todo varios paseos guiados a pie y en bicicleta para ver cultura indígena, mariposas, avifauna, orquídeas, árboles, saltos de agua… Son paseos de alrededor de un par de horas, con coste.

Si no se tiene ese tiempo o no se desea gastar, se puede hacer lo que me han recomendado: un paseo de una media hora hasta El Tampo y hasta el curso de agua con pequeños saltos del Chorro Clarín.

Para regresar en Metrocable me tocada desandar lo andado. Por suerte, desde ahí mismo sale un autobús que pasa por el pueblo de Santa Elena y que deja en el puro centro de Medellín.

Eso es lo que he hecho y, como he comentado, me he dado un paseo de un par de horas por la zona de San Antonio, contando una parada para comer y otra para tomar un café en un lugar que me ha gustado mucho, el Salón Málaga.

Desde la estación de Metro de San Antonio he ido a la de Industriales, ya más cerca del hostal. El objetivo era visitar otra de las recomendaciones de ayer, el Pueblito Paisa, en el Cerro Nutibara, una montaña de 80 metros en pleno centro de la ciudad. Hay buenas vistas y un parque muy frondoso de 33 hectáreas.

El Pueblito Paisa es una reproducción de algunas casas y una iglesia de los pueblos de esta zona, la zona ‘paisa’. Me han comentado que hay pueblos de verdad de este estilo no tan lejos de Medellín. Habrá de ser para otra vez.

El Cerro Nutibara recibe más de un millón de visitas anuales. También hay muchos puestos de comida, bebida, artesanía… para pasar un rato más largo, ya que el Museo de la Ciudad se encuentra en la cima de este cerro.

Yo ya he decidido regresar, así que un taxi me ha dejado en mi hostal. Llueve y la temperatura es fantástica.

Mi despedida de Medellín ya será por aquí, de nuevo por Provenza y de nuevo con los medellinenses de la Ciudad Perdida.

Plaza de Botero

Cap. 187. 15-11-2018. Colombia (5). Medellín

Fernando Botero, la eterna primavera y una cena local

Esta mañana he volado de Cartagena de Indias a Medellín en un avión rosa. Cambio el Caribe por la capital de Antioquia, la segunda ciudad más grande de Colombia tras la megápolis de Bogotá.

El aeropuerto está a unos 30 kilómetros de la ciudad. Nada más salir de la terminal, se te acercan varios taxistas ofreciéndote un taxi colectivo hasta la ciudad. Como el precio es fijo (70.000 pesos), se espera a que se llene el vehículo para dividir el total entre cuatro. El proceso son cinco minutos.

Nada más llegar a Medellín ya se nota algo bien diferente a Cartagena: el aire que corre es fresco. Medellín es conocida como la Ciudad de la Eterna Primavera. El tiempo apenas varía de unos meses a otros y los extremos son muy suaves, sobre todo por abajo: apenas se superan los 30 grados y rara vez se baja de los diez.

Palacio de la Cultura

Sin embargo, la estructura del municipio hace que dentro del mismo haya diferencias, como he podido apreciar por la noche. Ubicada al fondo del Valle de Aburrá, el que forma el río Medellín, la ciudad va subiendo desde los 1.500 metros hacia altitudes superiores en algunos barrios, más frescos que el fondo del valle.

Según venía del aeropuerto, ya veía construcciones que escalan las laderas junto con todas aquellas levantadas en la parte baja. Las montañas que rodean Medellín se acercan a los 3.000 metros.

Haciendo caso a los amigos medellinenses que hicimos en la Ciudad Perdida, he cogido el hostal en el barrio de Provenza. He tenido doble suerte, porque el taxi colectivo, que va siempre hasta San Diego, me he dejado a apenas diez minutos de caminata del alojamiento sin necesidad de desviarse.

Nada más llegar, mientras esperaba a poder entrar en la habitación, me he dado un paseo por el barrio. Está repleto de locales hosteleros muy cuidados en los que parece seguro que los fines de semana, según cae el anochecer, tienen que estar a tope. Quizás mañana lo compruebe, pero ya se nota que el ambiente es buenísimo.

Tras regresar al hotel y asearme, he bajado hasta el Metro de Poblado para dirigirme a uno de los lugares más fotogénicos y famosos de Medellín: la plaza de Botero.

Mi barrio estos días

Allí pueden verse 23 esculturas del más famoso escultor colombiano y de uno de los más famosos del mundo. Muchas personas del mundo probablemente solo conocerán su nombre entre los escultores contemporáneos.

La plaza de Botero se encuentra junto al Museo de Antioquia, en la parada de Metro de Parque Berrío. Allí mismo he comido y me he dado un breve paseo antes de regresar al hostal.

Aquí he hecho algo de tiempo hasta las siete, hora a la que había quedado con Juan y Juanita, a los que no veía desde hace cuatro días en Machete Pelao o Mamey, para ir a cenar a casa de los padres de ella. Pocas cosas agradece más un viajero que ser beneficiario de la hospitalidad local.

Hemos degustado una cena de barbacoa en la terraza, algo que aquí en Medellín se puede hacer casi cada día del año, lo que no se paga con dinero.

Si para ir hemos tardado casi media hora, para volver apenas nos hemos demorado diez minutos.

Después de este primer breve acercamiento a Medellín, de la que tan bien me habían hablado antes de venir (por eso me compré hace tiempo el billete), mañana haré algo más completo pero dejándome todavía bastantes cosas para una próxima vez.

Raperos callejeros cantan a turistas a caballo

Cap. 186. 14-11-2018. Colombia (4). Cartagena: La ciudad amurallada

Una ciudad única

La mañana de hoy en Cartagena de Indias la he dedicado a lo mismo que ayer, a poca cosa más allá de algunas compras cerca del hostal, lectura, planificación y compras de lo que va quedando del viaje por Colombia…

Había reservado la tarde para conocer el centro histórico, el interior de la ciudad amurallada, aunque el barrio en el que me alojo, Getsemaní, también se encuentra dentro de este gran recinto histórico. Pero como he podido comprobar hoy, nada que ver.

Realmente, estoy muy cerca del puro centro, ni diez minutos a pie. El recinto amurallado de Cartagena lo forman otros tres barrios además de Getsemaní: San Diego, La Matuna y Santa Catalina. En un día tranquilo de mañana y tarde da tiempo a visitar los cuatro y haciendo varias paradas para compras, tomar algo y ver algún museo.

Al fondo, la Catedral

De los tres que no había visitado, el que da merecida fama universal a Cartagena es el de Santa Catalina, llamado con el mismo nombre que la catedral de la ciudad caribeña.

He salido del hostal a las 16.30. Llovía, pero no tenía más opciones y, además, pronto ha parado.

Este centro histórico está abarrotado de turistas y de muchas de las cosas que rodean a un lugar con tanto turismo: cientos de puestos callejeros de cualquier cosa, tiendas de recuerdos, bares y restaurantes, coches de caballos, artistas que te improvisan un rap a cambio de algunas monedas, mucha policía, preciosos edificios coloniales, plazoletas con encanto, iglesias y conventos…

La muralla, la mejor que se conserva en toda América, da sentido al hecho de que Cartagena sea el destino turístico más importante de Colombia, para lo cual también han sido muy importantes el esfuerzo por mantener la seguridad, las playas y la fiesta, la rumba que dicen en Colombia.

Mi paseo vespertino ha durado algo más de dos horas. Me lo he organizado para que la hora del atardecer me alcanzara en el Café del Mar, ubicado en plena muralla. He llegado alrededor de las 17.30.

La Catedral, con la noche caída

Ya sabía que hoy no era el día idóneo para visitarlo. Su fama se debe a que los atardeceres desde allí son espectaculares en días despejados, lo que hoy no era el caso. Al menos, no llovía.

Antes del Café del Mar he intentado entrar a los Museos de la Esmeralda y del Oro, pero solo he podido al primero porque el segundo está cerrado durante algunas semanas.

Y, después del Café del Mar, me he acercado hasta la Catedral, el Convento de San Agustín y me he dirigido hacia el barrio de San Diego. 

Entre que ya había dado demasiadas vueltas y que el plano que me han dado en el hostal era más alegórico que a escala, ha llegado un momento en el que no podía garantizarme el camino de regreso a casa.

Como en los viejos tiempos, me ha tocado preguntar a los viandantes por la calle de la Media Luna. De nuevo, no estaba ni a diez minutos, pero justo hacia el otro lado del que había iniciado el paseo.

Pronto he llegado al hostal, en el que pasaré la última de mis tres noches aquí. 

Hoy más que ayer me he dado cuenta de por qué Cartagena de Indias tiene la fama universal que tiene.

Relax retratado

Cap. 185. 13-11-2018. Colombia (3). Cartagena: Getsemaní

Alojado en uno de los 12 mejores barrios del mundo

El día de hoy lo he dedicado a lo mismo que ayer y el de mañana en principio no diferirá mucho de ambos. La idea de mi estancia en Cartagena de Indias era pasar dos o tres días de relajación después del trekking de la Ciudad Perdida. 

Lo bien que se está en el hostal y el calor que hace fuera durante la luz diurna me han hecho terminar de decidirme.

Hoy he vuelto a levantarme extraordinariamente pronto para lo que habitúo, poco después de las seis. Ello se ha debido a la rutina de las jornadas anteriores, pero creo que la corregiré en breve de un modo ligero al menos.

Estoy alojado dentro del recinto amurallado de Cartagena, la perla caribeña de Colombia, una de las ciudades clave en la historia del mundo, no solo en la de España.

Dentro de ese recinto amurallado hay cuatro barrios. De un modo casual, y siguiendo la recomendación de Nacho B., me hallo alojado en el hostal Media Luna, en la calle Media Luna (sí, se llaman igual), la única vía por la que se podía entrar a Cartagena desde el continente durante algunos siglos.

Tití de cabeza blanca

Esta calle Media Luna se encuentra en el barrio de Getsemaní. Esta mañana me he dado un paseo muy tranquilo por el mismo, tanto antes como después del desayuno.

Antes de todo, he caminado hasta el Castillo de San Felipe, cerrado hasta las ocho de la mañana así que me he conformado con hacerle un par de fotos desde fuera. 

Después de ahí, y tras una compra de agua en un madrugador supermercado, me he dedicado cien por cien al barrio de Getsemaní. Ya me advirtió ayer un camarero que no es difícil perderse (desubicarse) en estas callejuelas del recinto histórico de Cartagena, tan iguales unas a otras. Algunas de ellas están adornadas ya que la ciudad vive cuatro días de fiesta por el aniversario de su fiesta de independencia (11 de noviembre de 1811).

Hay numerosos locales para turistas mezcladas con viviendas habituales. Muchos de esos edificios recuerdan necesariamente su influencia española de tantos años, unos tres siglos repletos de historias, aventuras, asedios, ataques, defensas… desde que Rodrigo de Bastidas pensó que aquel no era un mal emplazamiento para fundar una ciudad en el Caribe Sur. Aquello sucedió en 1502, si bien la ciudad fue fundada por Pedro de Heredia en 1533.

Durante mi paseo, al lado de un bar el recorte de un periódico pegado en la pared. Me he acercado a leerlo: “Getsemaní está entre los mejores barrios del mundo”.

El recorte

Se trataba de una publicación local que recogía un listado de la revista Forbes. Ese listado se puede encontrar en numerosos sitios de internet, pero el original de Forbes es este.

Se refiere, fundamentalmente, a los 12 mejores barrios de ciudades muy turísticas, pero que no se encuentran en el top turístico de dichas ciudades. Por ejemplo, encabezando la lista aparece un barrio español, el barcelonés de Sants, que habitualmente escapa a numerosos visitadores de la Ciudad Condal.

Me temo que Getsemaní es más turístico que Sants, que casualmente es uno de los barrios que mejor conozco de Barcelona y sí, está muy bien.

El paseo de la mañana lo he finalizado en el parque del Centenario, donde me he encontrado a dos policías afanados haciendo fotografías a un árbol. Les he imitado y su amabilidad me ha informado de que aquello eran un par de titis de cabeza blanca, especie única en el mundo.

Taganga, en el camino a Playa Grande

Cap. 184. 8/11-11-2018. Colombia (2). Amanecer en Taganga (Santa Marta)

Uno a Bogotá y otro a Cartagena

Después de los cuatro días por la Ciudad Perdida, ayer decidimos acostarnos tan pronto como en el trekking porque hoy queríamos madrugar para ver algo de playa antes de separarnos: Óscar a Bogotá (de escala a Madrid) y yo a Cartagena (seguimos unos días por Colombia).

Ayer hicimos unas gestiones y a las 5.00 de esta mañana habíamos quedado con un taxista, Jorge, para que nos llevara a una playa muy cercana a Santa Marta, la de Taganga, en realidad un pequeño pueblo de pescadores en el que, cuando hemos llegado, se juntaban algunas personas que terminaban su fiesta con las que acudían a faenar el mar Caribe. Hoy es festivo en Colombia ya que ayer domingo se celebraba la independencia de Cartagena de los españoles, el 11 de noviembre de 1811.

Desde Taganga nos hemos dado un paseo de menos de una hora, ida y vuelta, para visitar algunas playas cercanas como Playa Grande, el Ancón o Sisikuaka. 

Inmortalizador inmortalizado

Nuestra llegada ha sido nocturna pero pronto hemos visto las primeras luces del día en un lugar paradisiaco como este, con los pescadores en las diferentes playas montando las redes para mantener la centenaria técnica de la pesca con chinchorro.

Tras el regreso, y antes de llegar al hotel, Jorge nos ha llevado a desayunar potente a un lugar donde los tres hemos tomado cayeye, banano verde mezclado con mantequilla y algunos otros ingredientes. Lo hemos tomado, además, acompañado de carne, así que hemos tomado bien de fuerzas para lo que quedaba de día.

En el hotel, después de terminar de preparar cada uno nuestras cosas, nos hemos separado Yo había quedado a las 7.30 con una agencia que me ha transportado hasta Cartagena, y Óscar ha cogido una buseta hasta el aeropuerto para volar a Bogotá. Un abrazo… y hasta la próxima.

En poco más de cuatro horas he llegado a Cartagena. Quería escribir las andanzas de estos días, así que apenas me he dado una vuelta por los alrededores del hotel, suficiente para intuir que la pasaré bien estos días.