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En el Puente Nuevo, bajo la torre UFO. Al fondo, el Castillo de Bratislava

En el Europeo de Cross de Samorin y visita nocturna al Castillo

Despido con esta entrada este pequeño viaje de tres días que hemos hecho a Eslovaquia, con una escapada de unas horas, ayer, a Austria. Terminé el diario de ayer explicando que quedamos para cenar en Bratislava con una familia de Almazán, Mercedes, José y Sergio, que estaban en tierras eslovacas por la misma razón que nosotros. Esa razón es el Campeonato de Europa de Cross que se ha celebrado en Samorin, a unos 20 kilómetros de Bratislava.

Allí ha corrido el otro hijo de la familia, Daniel Mateo, además de la también soriana Marta Pérez y de un chaval de Pedro Muñoz (Ciudad Real) que entrena en Soria, David Bascuñana. A los tres se les ha animado convenientemente con banderas de España, de Soria y del Torrezno de Soria. Una de las anécdotas ha ocurrido en la carrera absoluta masculina. Adel Mechaal, que ha sido segundo, ha aprovechado que no podía ni alcanzar al primero ni ser alcanzado por el tercero para desviarse al grupo de los sorianos, pedirles una pequeña bandera española y entrar con ella a meta. Solo la hemos vuelto a ver en la tele.

Ver fotos de esta mañana en Samorin

Los tres atletas han terminado contentos y nosotros también, sobre todo desde que hemos podido acceder a la zona VIP casi sin querer. La temperatura allí era bastantes grados más alta que en el exterior, y eso que hoy por lo menos hemos visto lucir el sol.

De todo lo sucedido en el césped de Samorin, ubicado en un espectacular e inmenso complejo deportivo, he hecho una larga crónica: Leerla.

Nada más terminar de cansarnos de la zona VIP hemos regresado a Bratislava. Hemos comido al lado del hostal (muy contentos con él, por cierto) y mis compañeros se han echado la siesta mientras yo tecleaba. Era de noche y hacía frío, así que la parte final del viaje, lo que teníamos reservado para la tarde de hoy, la hemos hecho en coche: visitar el castillo.

El castillo es el símbolo más reconocible de Bratislava. Está casi enteramente reconstruido el siglo pasado, de ahí su apariencia de nuevo, aunque se intentó mantener su aspecto original que data de hace 11 siglos. A las horas a las que hemos ido ya estaba totalmente solitario, pero tiene pinta de que en los momentos centrales del día está repleto de personas. Hemos llegado dos horas después de que cerrara. Apenas estaban las estructuras cerradas del Mercado de Navidad (con un puesto abierto a pesar de que no había nadie) y un burro y algunas ovejas que forman parte de un gran belén.

La siguiente parada ha sido la gran torre UFO que se encuentra en el Puente Nuevo, y que es otro de los lugares más conocidos de la ciudad. Mide 85 metros y entrar cuesta más de siete euros, pero con las vistas de ayer de Viena (la torre del Prater a la que nos subimos, de 90 metros) y las de hoy del castillo, nos ha parecido suficiente, aparte de que ya iba siendo tarde. Arriba hay un bar y un restaurante. Luego escribo una curiosa entrada en el Bazar sobre el puente que hemos tenido que cruzar para llegar a la torre.

De regreso al coche, hemos tomado algo en el bar del primer día, Le Senk, y hemos vuelto al hotel después de hablar un rato con un señor uniformado. Hemos tenido que comprar unas pizzas debajo de nuestro hogar para llevárnoslas a él y degustar así nuestra última cena del viaje, muy tranquila.

Como siempre, breves pero intensas jornadas: comiendo, bebiendo, durmiendo, paseando, visitando, conociendo, descansando… Mañana volamos a las 10.00. Unos iremos para Soria y otros para Burdeos. En 2018, más.

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En la Catedral de San Esteban, esta tarde

Una visita de un día a Viena

Como se podía adivinar por el título genérico de este bloque de entradas, entre nuestros planes se encontraba una visita a Austria. Para la mayoría de los mortales, y nosotros no hemos sido una excepción, Austria significa Viena, y en esta impresionante capital centroeuropea hemos pasado la mayor parte de las horas del día de hoy. Ayer nos acostamos muy pronto con la idea de levantarnos hoy bien temprano, y lo hemos conseguido, hasta el punto de que nos ha sido imposible encontrar nada abierto cerca de nuestro hotel en Bratislava.

Sin problemas.

Hemos cogido el coche y hemos puesto rumbo a Viena por carretera, no por autopista. Ha sido algo decidido, para no volver por el mismo sitio de la ida y para hacer esta por la orilla del Danubio. Casi ni nos hemos dado cuenta de cuando hemos cambiado de país. Lo que nos ha recordado que estábamos en Austria era el precio del café que, por fin, nos hemos podido tomar en Hainburg an der Donau, bonita localidad amurallada que también empezaba a despertarse.

El Palacio de Schönbrunn

Antes de las diez o alrededor de las mismas ya estábamos en Viena. Para seguir nuestros planes, nuestra primera parada ha sido uno de los lugares imprescindibles de la ciudad, el Palacio de Schönbrunn, el que inevitablemente invita a pensar en Versalles cuando se da un paseo por sus jardines y se contempla desde ellos su imponente muro posterior. Antes de ello, hemos hecho cola para comprar las entradas y visitar 20 de las 1.441 habitaciones del recinto. Cuando hemos llegado a la taquilla, nos han comentado que había que esperar unas cuatro horas para entrar, así que ni hemos hecho el planteamiento. Es cierto que había cientos-miles de personas.

Desde allí, segundo trayecto en coche, también muy obvio: Palacio de Schönbrunn al Ayuntamiento. No creo que haya muchos más Ayuntamientos en el mundo como el de Viena. Allí hemos visitado nuestro segundo mercado navideño del día (el primero ha sido en el propio Schönbrunn) y hemos desayunado de pie unas exquisitas galletas.

Schönbrunn, desde sus jardines

Schönbrunn, desde sus jardines

El siguiente objetivo del día era otro de los edificios que han hecho de Viena una ciudad visitada por más de siete millones de turistas en los primeros seis meses de este año: su Catedral de San Esteban. De camino a la misma, para ir ayudando a combatir el intenso frío y la incipiente nevada, hemos entrado en la moderna (aunque no lo aparente) Iglesia Votiva y en un restaurante para tomar algo y comer.

Desde allí ya estábamos bien cerca de la Catedral, a la que hemos entrado después de hacer otra cola no muy larga pero sí muy apretada. Es el edificio religioso más importante de Austria y uno de los más importantes de Europa. No hemos rendido visita ni a la torre ni al museo por la escasez de nuestro tiempo en Viena.

Nos quedaban unos 15 minutos de caminata hasta el coche, pero cualquier excusa era buena para entrar a algún lugar con calefacción. La excusa de esta vez se llamaba Tesla: dos coches eléctricos a la venta (no al alcance de todos los bolsillos) y una estructura mecánica de ellos ha atraído nuestra atención y la de numerosos turistas que pasan por allí. En breve, Tesla planea fabricar coches cada vez más asequibles, a la espera de que la revolución eléctrica llegue para quedarse.

Era de noche pero todavía pronto cuando hemos llegado al coche, así que nos ha parecido oportuno visitar el mítico Parque de Atracciones Prater, mítico fundamentalmente por su noria y por la conversación que en ella mantienen Orson Welles y Joseph Cotten en ‘El tercer hombre’.

El Prater es un parque de acceso gratuito. Se paga por atracción, precios más bien baratos. Nosotros no nos hemos montado en esa noria (sus cabinas ya están cerradas), pero sí en otra de la atracción de las que nos gustan (no todos, alguien tenía que grabarlo): una torre de 90 metros a la que nos han subido despacio, despacio, y en cuyo tope nos han dado tres o cuatro vueltas, también muy despacio, antes de soltarnos para abajo a una velocidad mortal. No hemos tenido ni frío.

Hemos culminado el paseo por el Prater con una visita curiosa a una casa de apuestas deportivas que nos han dicho que es la más grande de Europa, y realmente era inmensa.

A las siete estábamos en el coche, y alrededor de las ocho en Bratislava de nuevo, ahora sí volviendo por la autopista. En Bratislava hemos quedado para cenar con José, Mercedes y su hijo Sergio, en el mismo lugar que cenamos ayer. Sorianos como nosotros, están en Bratislava también por la misma razón. Mañana la desvelaremos.

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Tomando vino caliente en uno de los mercados navideños de Bratislava

Un día consagrado a la gastronomía eslovaca

Las mismas personas que viajamos el año pasado a Egipto (Alfonso, Rebeca, Sergio, Vanessa y yo) nos hemos venido a pasar el puente de diciembre a Eslovaquia, con la intención de hacer algún día una escapada a la vecina Austria. De hecho, estamos en la capital eslovaca, en Bratislava, al lado de la frontera. Eso será en el futuro.

El día de hoy, como aparece en el título, lo hemos consagrado fundamentalmente a la gastronomía eslovaca en toda su amplitud. El viaje ha estado condicionado por dos factores: casi no dormimos anoche (lo que pudimos en el aeropuerto de Madrid Barajas y en el avión) y cuando hemos llegado en el coche de alquiler a nuestro hostal de Bratislava la habitación aún no estaba preparada.

Pronto a comer

Por ello, le hemos hecho caso a la chica de recepción y hemos ido al Slovak Pub, donde nos ha dicho que se servía comida típica de aquí. Estaba muy cerca, y hemos entrado casi a las 12.00 del mediodía. Aunque es pronto para los parámetros españoles, ya teníamos hambre después de tantas andanzas desde ayer, así que el proceso de adaptación ha sido rápido y a esa hora hemos comido, ya en abundancia.

Por lo poco que hemos visto hoy, el centro de Bratislava es abarcable en no muchas horas. Desde donde hemos comido nos hemos ido dando un paseo a esas calles más céntricas.

El panorama no podía ser más centroeuropeo: mercados de Navidad, niebla que nos ha recibido desde el aterrizaje, humedad, nieve acumulada en las esquinas, vino caliente, puestos de comida. En uno de estos mercados navideños hemos tomado un postre y uno de esos vinos que tanto recuerdan al perolo soriano y que tan bien entran con las temperaturas tan bajas.

Patinando en otro de los mercados

Patinando en otro de los mercados

En la oficina de turismo nos han dado algunas breves pautas de lo que podíamos visitar, aunque al final le hemos hecho más caso a la chica del hotel.

Después de pasar por otro de los mercados navideños, nos hemos acercado a ver el gran río de Europa, el Danubio, que también baña la capital eslovaca entre otras tantas de nuestro continente, desde sus fuentes en la Selva Negra alemana hasta su desembocadura en el Mar Negro rumano. Grandes barcos permanecían hoy amarrados, supongo que a la espera de mejores días para zarpar repletos de turistas.

Catedral y, casi, el Castillo

La siguiente parada ha sido la Catedral, consagrada a San Martín, de quien hay una enorme escultura cediéndole su capa a un mendigo. En uno de los laterales, el suelo es de cristal transparente. ¿Por qué? Para permitir la visión de un cementerio del siglo XI sobre el que se edificó este templo. Aún pueden verse algunas calaveras, no sé si tan antiguas como el cementerio.

Iba acercándose la noche y nos dirigíamos al Castillo, otra de las paradas obligatorias de Bratislava. Antes, hemos hecho una parada en otro bar que nos han recomendado, La Senk, con unas cervezas tan baratas como en el resto de la ciudad por lo que estamos viendo (menos de dos euros el medio litro). Hemos estado un rato tranquilos y, al salir, llovía medio fuerte y había anochecido. El castillo podía esperar.

El gran restaurante

De regreso al hostal, ya muy cerca, en una pequeña puerta de un gran edificio hemos leído: ‘Uno de los restaurantes más grandes de Europa’. Ante tal demostración de honestidad, hemos entrada al llamado Flag Ship. Efectivamente, es inmenso. Parece un viejo teatro entrado en desuso y reutilizado para la hostelería. Son tres pisos, sobre todo el primero de ellos de gran superficie.

El tamaño de los platos no desmerece al del restaurante. Después de tantas horas de andanzas (salimos de Soria ayer a las 17.00, recogimos a Vanessa en Barajas a las 20.00, cenamos en el centro de Madrid y volvimos a Barajas pasada la medianoche), nos hemos sorprendido cenando a las 18.00 horas: morcillas, butifarras, chorizos, sopas de ajo, quesos de todo tipo, sopas con carne…

Era pronto, así que hemos hecho una breve parada en un centro comercial para husmear. A las 20.00 ya estábamos en nuestro hostal para conocer nuestra habitación, adecentarnos y, en breve, marcharnos a nuestros aposentos.

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A su pico más alto

Hemos hecho una escapada de un par de días para subir al pico más alto de Toledo. Como ya sabéis, mantengo la deferencia de enlazar al blog original de las 45 cimas.

Leer entrada

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Acercamiento a Gredos

He titulado estos cuatro días ‘Un breve y extraño viaje por España’ porque no es muy normal concentrar en este tiempo una incursión en tierras de Mallorca y otra en tierras de Ávila. Pero teniendo Madrid como centro de operaciones, no me parece tan complicado.

En estos dos días, 16 y 17 de septiembre, nos hemos acercado primero y hemos ascendido después al Almanzor, el pico más alto de la provincia de Ávila y de toda la sierra de Gredos.

Como ya sabéis, lo cuento con más detalle en el blog precedente, y al que cada vez le queda menos.

Leer crónica de la ascensión

Gota fría en Mallorca y recorrido por el Suroeste

Después de haber anulado mis planes originales de hoy de subir al Puig Major por la altísima probabilidad de lluvia que daban los especialistas, me habría dolido que hoy no hubiera caído ni una sola gota y hubiera lucido resplandeciente el sol.

Cuando me he levantado, antes de las ocho, la temperatura todavía era alta, en la línea de todo el día de ayer. No llovía, pero  las montañas visibles desde Port Sóller sí estaban bien tapadas por la niebla.

Para empezar deportivamente la jonada, he ido trotando un rato por el cada vez más conocido y transitado Sendero GR-221, el llamado Pedra en Sec. No está del todo terminado aún, pero ya permite hacer rutas de varios días por algunos de los pueblos y parajes más bonitos de toda la Sierra de Tramuntana, desde el nivel del mar hasta altitudes superiores a los 1.000 metros. He ido rumbo a Deiá y he vuelto. Es buen entrenamiento porque hay algunas cuestas y, sobre todo, el  terreno no permite quitarle el ojo.

Entre el regreso, la ducha y la preparación de la mochila, estaba montado en el coche antes de las diez de la mañana, dispuesto a hacer un recorrido por todo el litoral del Suroeste mallorquín, el que está protegido por las alturas cada vez menores de la Tramuntana.

Banyalbufar

Banyalbufar

Por esa decisión, y aunque no las he contado, calculo que habré tomado poco menos de mil curvas en el día de hoy, y más considerando que he hecho algún desvío de esta carretera ‘principal’ que une Sóller y Andratx pasando por Deiá, Banyalbufar y Estellencs.

De los tres, me temo que el más famoso es el primero. Además, era el único que conocía, así que he preferido entrar en Banyalbufar, un pueblo muy bonito, tremendamente empinado en terrazas hacia el mar y mediterráneo al cien por cien, como terminan de demostrar los olivos y las vides de los campos.

He estado bastante en Banyalbufar, donde ya empezaba a hacer un fuerte viento y a caer cuatro gotas. He reemprendido la marcha hasta Andratx, donde mi intención era darme una vuelta y, quizás, comer algo.

Efectos de la lluvia en Magaluf

Efectos de la lluvia en Magaluf

Y ha sido allí, en Andratx, donde he conocido la famosa gota fría de esta zona de España. Supongo que para los mallorquines no habrá sido nada especial (tampoco es que yo no hubiera visto llover nunca así en Soria), pero sí que le ha pegado fuerte, lo suficiente como para decidir seguir camino en coche, con un gran tráfico por esa lluvia, sin visitar Andratx.

Por aquello de contrastar con Banyalbufar o Estellencs, de las que tan pocos kilómetros la separan, mi siguiente parada ha sido Magaluf. Sin ser temporada alta del todo, lo que he visto es suficiente para intuir que no será uno de mis próximos destinos, al menos la parte céntrica, la que sale siempre en televisión.

Y poco más para terminar esta breve estancia en Mallorca. He entrado a un supermercado en Palmanova y he ido viniendo despacio al aeropuerto, para dejar con tiempo el coche de alquiler, que es de una empresa situada a unos minutos, y para tener un rato para escribir todo esto. En breve parte mi avión a Madrid de nuevo.

Puig Major (2) – Reto de las 45 cimas (0)

Por segunda vez, regreso de Mallorca sin haber ascendido a la cima del Puig Major, con lo que no puedo tacharla dentro del reto que estoy siguiendo de subir a la cumbre más alta de cada provincia, y para el que solo me quedan diez.

Cuando estuve en mayo (ver), me comentaron la posibilidad de conseguir un permiso del Escuadrón de Vigilancia Aérea del Ejército del Aire con tiempo, a través de militares. Pero la situación actual hace que este Escuadrón no conceda todavía permisos.

La otra posibilidad, la que he seguido hoy, es subir por detrás, por la cara norte, que cae como un puñal hacia el mar. Originalmente, quería subir mañana viernes, pero dan lluvias a casi el cien por cien y no es un lugar para ser visitado cuando se encuentra resbaladizo. Hoy, sin embargo, el día estaba despejado y demasiado caluroso.

Entre el aterrizaje, el coche de alquiler, una visita rápida al Coll de Sóller y otra al propio Sóller para comprar comida, he empezado a andar alrededor de las 14.30. El lugar idóneo para hacerlo es el lugar llamado Funicular, en la carretera que va a Sa Calobra, poco antes de coronar el Coll dels Reis. Me lo he pasado y he parado en el propio Coll, unos pocos metros más adelante.

Una cabra allí arriba

Una cabra allí arriba

He seguido una ruta que hay en wikiloc, con cuyo autor incluso hablé. Me dijo que no era muy complicada, y que el único paso que tiene algo de interés dispone de una cuerda o un cable para pasarlo.

El principio incluso me ha sorprendido. Se trata de una senda bastante buena. “Como sea así todo el rato”, menudo paseo, he pensado. Ha sido un espejismo total. Al cuarto de hora aproximadamente hay que dejar esa senda (hay otra ruta al Puig Major que sí la sigue) y girar bruscamente a la izquierda, para coger una canal con un desnivel que me cuesta calcular, pero muy alto. De vez en cuando hay hitos.

Además de ese gran desnivel, el terreno es malísimo. Al principio hay muchos juncos, mucho ramaje, incómodo. Después, piedras, grandes y pequeñas, sueltas en un porcentaje aproximado del 95%. La subida es regular, pero yo ya estaba pensando en la bajada.

Aun así, he hecho es canal entera. No es que sea muy complicada ni que haya ningún lugar en el que digas “si me caigo me mato”, pero sí es fácil ir al suelo en cualquier descuido y hacerse daño. Además, recuerdo las palabras del personal del Escuadrón tanto en mayo como ahora, durante la gestión del permiso: “Por atrás con frecuencia tienen que llamar para rescatar a la gente”. Y a mí, de momento, me gusta más dar noticias que protagonizarlas.

La cresta que desestimé

La cresta que desestimé

Terminada esa canal, se llega a un collado. Es relativamente llano, pero la hierba también es muy alta y no se anda bien. Pronto se deja a la izquierda la cresta que, en teoría, hay que seguir, pero todavía se anda bien por abajo. Desde el collado, aunque no se ve la gran bola del Puig Major, sí se divisa una gran mole a la que hay que dirigirse.

Miro la hora. Son las tres y media. Con el GPS, veo que la ganancia de altitud no se corresponde con lo que acorto en línea recta. Ahora entiendo por qué los tracks que he encontrado en wikiloc son de tantas horas a pesar de haber tan poca distancia.

La mallorquina Sierra de Tramontana es impresionante. Del Puig Major (1.445 metros) al mar hay poco más de tres kilómetros según calculo.

En ese mismo collado, antes de adentrarme en la cresta, decido regresar. En Mallorca anochece bastante antes que en Soria, y los cresteos nunca son rápidos. Quizás si hubiera salido de mañana, si no hubiera hecho tanto calor, si hubiera ido acompañado… Esas cosas las he pensado después. En ese momento he pensado en hacer la bajada lo mejor posible, despacio, y así ha sido, para llegar al coche pasadas las cuatro y media.

Desventajas de la decisión tomada:

-Aguantar los cacareos de los amigos

-Tener que regresar

Ventajas de la decisión tomada:

-Una de ellas, y que ha tenido también su peso, es que me ha dado tiempo a visitar Sa Calobra. Si no lo hubiera hecho hoy, creo que mañana me hubiera dado pereza regresar a esa zona, ya que estoy alojado en Port Sóller, en un refugio de montaña al lado del mar, el Muleta, donde he cenado un tumbet espectacular. Ahora escribo una entrada sobre las maravillas de Sa Calobra en este enlace.

-Aunque hubiera seguido hasta el final, no sé cuánto de cerca me habría quedado del vértice geodésico y no sé, pues, si me habría concedido la cima.

-Tener que regresar. Si  el tema del permiso sigue como en la actualidad, tengo una tercera baza. Si sale bien, os la cuento en unos meses.

Con los leones de Trafalgar y un paseo por los parques y jardines del centro

Vuelo mañana martes, pero lo hago tan pronto que doy hoy por terminadas mis aventuras londinenses en este tan fresco y agradable inicio del mes de agosto. Un día más, el desarrollo de la jornada ha sido casi idéntico al de los planes: tranquilidad y paseo matutinos, atletismo vespertino. Hoy, como novedad, ha habido un encuentro soriano.

Por tercer día consecutivo, me he despertado pronto sin necesidad de contar con la ayuda del despertador. Todos mis compañeros de habitación seguían durmiendo, así que he tratado de ser lo más sigiloso posible a la hora de calzarme las zapatillas para darme, también, mi tercera y última vuelta por el Parque de Greenwich.

He vuelto y me he duchado justo para que me diera tiempo a hacer el check-out a la hora que pone las normas del hostal donde me alojo: las 10.00.

Tras la despedida, he viajado en Metro con mi Oyster Card, de la que ya somos íntimos, hasta Waterloo, al centro de la ciudad. He preferido desayunar allí tranquilamente mientras hacía unas lecturas. Mi recorrido posterior ha sido un paseo circular muy obvio una vez que se está en esa zona: cruzar por el puente de Westminster, seguir la orilla izquierda del Támesis durante unos cuantos metros y volver de nuevo a su margen derecha por el puente de Hungerford.

Me he demorado un poco más en hacerlo que ahora en escribirlo. En ese recorrido se pasa por varios de los lugares más conocidos de Londres: el London Eye (la gran noria), la campana del Palacio de Westminster donde ahora se ubica el Parlamento (el Big Ben) y, alejándose apenas unos metros, Trafalgar Square, la impresionante plaza presidida por la sobrecogedora National Gallery.

León bajo la estatua de Nelson en Trafalgar Square

León bajo la estatua de Nelson en Trafalgar Square

No me he estado a visitas porque ya se acercaba la hora de quedar con Sofía, de Almarza, una de los muchos sorianos que residen en Londres. Hemos tomado algo en su descanso del trabajo y he reanudado la marcha.

Y lo he hecho por una de las zonas que más me ha gustado de Londres: los alrededores del Palacio de Buckingham. Seguro que existen estadísticas de las grandes ciudades del mundo con más zonas verdes. En esta lista, Londres tiene que estar bien arriba. El Palacio de Buckingham, residencia de la familia real y famoso por su cambio de guardia que cada día recibe millares de fotografías, está en el centro de tres inmensos parques repletos de agua y animales: St. James, Green Park y los propios jardines de palacio. Es un lugar perfecto para llevarse la comida y pasar un rato de descanso entre visita y visita.

Y ya no he hecho mucho más hoy. Desde ahí he andado hasta Piccadilly Circus pasando por la Royal Academy (otro lugar al que entraré cuando me apetezca venir a Londres en modo-visitas-on), y el Metro me ha traído hasta el Estadio Olímpico, donde veremos a Orlando Ortega en la final del 110 metros vallas entre otras cosas. Desde aquí, al aeropuerto. Hasta la próxima.

Con las liebres del 1.500 y haciendo más kilómetros que los maratonianos

De esta mi estancia en Londres, el de hoy ha sido y va a ser, de largo, el día más centrado en el atletismo de todos. ¿Por qué? Porque la tarde la estoy pasando en el Estadio Olímpico, como todas, y porque la mañana y el mediodía los he empleado en ver las dos maratones del Campeonato del Mundo que, por primera vez en la historia, se han corrido el mismo día.

La de los hombres ha empezado a las 10.55 y la de las mujeres, algo más de tres horas después, a las 14.00 horas. En solidaridad con esos 84.390 metros que iba a ver en esas próximas horas, yo también he querido empezar la mañana sumando distancias. He ido andando desde Greenwich hasta el Puente de la Torre (Tower Bridge), donde empezaban y terminaban las dos carreras (no van a homologar dos circuitos…). Quien conozca Londres, ya sabe que eso es algo más que un paseo.

La primera parte del titular de hoy hace referencia al encuentro casual con dos atletas que participaron el viernes en la primera serie del 1.500 femenino, la prueba donde estaba la soriana Marta Pérez (leer). La primera a la que he visto es a la alemana Konstanze Klosterhalfen, causante con su aceleración en la tercera serie de que Pérez tuviera mucho más difícil entrar por tiempos en semifinales. Y a los pocos minutos me he encontrado con la británica Jessica Judd, la que tiró fuerte en la primera serie, la de la soriana, ayudando de este modo a que consiguiera su mejor marca.

Con Konstanze Klosterhalfen

Con Konstanze Klosterhalfen

Me he retratado con ambas y después me he quedado por una de las dos mitades del recorrido del maratón, el más cercano a la salida. El circuito es muy bonito, sobre todo la parte que no he visto (el Big Ben es su límite occidental), pero había muchos sitios en los que era difícil cruzar y he preferido no moverme tanto. Además, se daban cuatro vueltas, así que había tiempo de sobra de ver a los atletas. Entremedias, lógicamente, me ha dado tiempo a hacer un par de paradas para ir cogiendo fuerzas para lo que me iba quedando del día.

La carrera femenino también ha tenido en cierto modo presencia soriana, pues en ella ha participado uno de los famosos Caballitos que se han convertido desde hace años en el símbolo de la provincia. Lógicamente, no corría solo, sino en el cuello de la valenciana Marta Esteban, quien lleva varios veranos entrenando en Soria, preparando su competición más importante de cada temporada. Ha quedado la 21, muy bien. Ver

No he hecho mucho más, porque eso me ha consumido toda la mañana y el principio de la tarde de un lado para otro. Me gustan mucho las maratones de los Mundiales porque son, junto al 100, el mejor reflejo de la geografía política del planeta, que me gusta e interesa tanto como la física.

De ahí me he venido al lugar habitual, a Stratford, a disfrutar de otra tarde atlética en el, vuelvo a decirlo, precioso Estadio Olímpico de Londres.

Largo paseo desde London Bridge hasta Piccadilly Circus

Aunque el titular genérico de estos días sea ‘Londres. Mundial de Atletismo’, he de dejar claro que el Mundial era la causa para venir a la capital del Reino Unido, pero que aquí voy a contar cosas diferentes a las que sucedan en el interior del precioso Estadio Olímpico, en cuyo interior ya me encuentro esperando que empiece la jornada vespertina.

Esta mañana, siguiendo mis planes, nada más despertarme me he dado un paseo por el Parque de Greenwich. Parece mentira que se respiren esa tranquilidad y esa naturaleza en un lugar que puede considerarse el centro de Londres. He tenido suerte con el alojamiento. En esta escapada matutina he visto un tilo y he cruzado sin paso de cebra delante de un coche de la Policía, anécdotas que no contaría si no hubiera sido porque justo las había soñado la noche anterior. Y se me ha materializado un tercer sueño, pero ahora no recuerdo cuál.

Tras el ejercicio matutino, regreso al hostal (dentro de su baratura, me encantan algunas cosas que tiene y que no había visto en casi ningún alojamiento de este tipo) para ducharme e iniciar mi jornada turística.

Barrio de Mayfair, repleto de autobuses para turistas y londinenses

Barrio de Mayfair, repleto de autobuses para turistas y londinenses

Con mi Oyster Card, he cogido el tren y en pocos minutos me he bajado en Cannon Street, al otro lado de London Bridge. Mi objetivo básico era darme una vuelta de unas cuatro o cinco horas con algunas paradas en lugares o establecimientos que me llamaran la atención. También he intentado entrar al Museo Británico, pero había una cola que no tardaría menos de una hora en disiparse. Además, ya estuvimos allí en 2011, en aquel inolvidable viaje en el sentido literal de la palabra con César, Luis, Óscar y Víctor.

Antes de llegar al British, he pasado por la catedral de San Pablo. Aunque sea impresionante, preferiría que estuviera aquel templo de madera del primer milenio y que se quemó en el gran incendio de 1666.

Tras pasar por otro de los monstruosos edificios que tiene Londres, sus Reales Tribunales de Justicia, mi siguiente visita ha sido al Covent Garden. Viendo el ajetreo que se vivía en este lugar tan característico de la ciudad (artistas y puestos callejeros, echadores de cartas, vendedores de baratijas, paseantes y más paseantes), podía haberme imaginado lo que me he encontrado luego en el British.

Mimo en Covent Garden

Mimo en Covent Garden

Mi idea era visitarlo y venirme al Estadio, pero como he decidido saltármelo, he continuado mi paseo. A partir de ahí, todo es famoso, condición que Londres comparte con muy pocas ciudades del mundo: he bajado Oxford Street hasta Oxford Circus, donde he cogido Regent Street para ir hacia Piccadilly. De camino, me he desviado para ver la curiosa casa que compartieron Handel y Hendrix, y que desde el año pasado es un museo común. Realmente, uno vivió allí 36 años en el siglo XVIII y otro apenas unos meses en los años 60 del pasado siglo. Y tampoco en el mismo inmueble, sino pared con pared… hasta que tiraron se tabique para hacer ese museo único.

Tras otra vuelta por Bond Street donde no he visto nada que me convenciera en sus escaparates, y después de comer un uno de esos sitios preciosos y baratos que abundan en estas ciudades, he ido hasta Piccadilly, donde siguen de obras sus grandes paneles luminosos (leer). Allí he cogido ya el Metro, abarrotadísimo, para venirme a Stratford, más abarrotado aún.

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