Con los leones de Trafalgar y un paseo por los parques y jardines del centro

Vuelo mañana martes, pero lo hago tan pronto que doy hoy por terminadas mis aventuras londinenses en este tan fresco y agradable inicio del mes de agosto. Un día más, el desarrollo de la jornada ha sido casi idéntico al de los planes: tranquilidad y paseo matutinos, atletismo vespertino. Hoy, como novedad, ha habido un encuentro soriano.

Por tercer día consecutivo, me he despertado pronto sin necesidad de contar con la ayuda del despertador. Todos mis compañeros de habitación seguían durmiendo, así que he tratado de ser lo más sigiloso posible a la hora de calzarme las zapatillas para darme, también, mi tercera y última vuelta por el Parque de Greenwich.

He vuelto y me he duchado justo para que me diera tiempo a hacer el check-out a la hora que pone las normas del hostal donde me alojo: las 10.00.

Tras la despedida, he viajado en Metro con mi Oyster Card, de la que ya somos íntimos, hasta Waterloo, al centro de la ciudad. He preferido desayunar allí tranquilamente mientras hacía unas lecturas. Mi recorrido posterior ha sido un paseo circular muy obvio una vez que se está en esa zona: cruzar por el puente de Westminster, seguir la orilla izquierda del Támesis durante unos cuantos metros y volver de nuevo a su margen derecha por el puente de Hungerford.

Me he demorado un poco más en hacerlo que ahora en escribirlo. En ese recorrido se pasa por varios de los lugares más conocidos de Londres: el London Eye (la gran noria), la campana del Palacio de Westminster donde ahora se ubica el Parlamento (el Big Ben) y, alejándose apenas unos metros, Trafalgar Square, la impresionante plaza presidida por la sobrecogedora National Gallery.

León bajo la estatua de Nelson en Trafalgar Square

León bajo la estatua de Nelson en Trafalgar Square

No me he estado a visitas porque ya se acercaba la hora de quedar con Sofía, de Almarza, una de los muchos sorianos que residen en Londres. Hemos tomado algo en su descanso del trabajo y he reanudado la marcha.

Y lo he hecho por una de las zonas que más me ha gustado de Londres: los alrededores del Palacio de Buckingham. Seguro que existen estadísticas de las grandes ciudades del mundo con más zonas verdes. En esta lista, Londres tiene que estar bien arriba. El Palacio de Buckingham, residencia de la familia real y famoso por su cambio de guardia que cada día recibe millares de fotografías, está en el centro de tres inmensos parques repletos de agua y animales: St. James, Green Park y los propios jardines de palacio. Es un lugar perfecto para llevarse la comida y pasar un rato de descanso entre visita y visita.

Y ya no he hecho mucho más hoy. Desde ahí he andado hasta Piccadilly Circus pasando por la Royal Academy (otro lugar al que entraré cuando me apetezca venir a Londres en modo-visitas-on), y el Metro me ha traído hasta el Estadio Olímpico, donde veremos a Orlando Ortega en la final del 110 metros vallas entre otras cosas. Desde aquí, al aeropuerto. Hasta la próxima.

Con las liebres del 1.500 y haciendo más kilómetros que los maratonianos

De esta mi estancia en Londres, el de hoy ha sido y va a ser, de largo, el día más centrado en el atletismo de todos. ¿Por qué? Porque la tarde la estoy pasando en el Estadio Olímpico, como todas, y porque la mañana y el mediodía los he empleado en ver las dos maratones del Campeonato del Mundo que, por primera vez en la historia, se han corrido el mismo día.

La de los hombres ha empezado a las 10.55 y la de las mujeres, algo más de tres horas después, a las 14.00 horas. En solidaridad con esos 84.390 metros que iba a ver en esas próximas horas, yo también he querido empezar la mañana sumando distancias. He ido andando desde Greenwich hasta el Puente de la Torre (Tower Bridge), donde empezaban y terminaban las dos carreras (no van a homologar dos circuitos…). Quien conozca Londres, ya sabe que eso es algo más que un paseo.

La primera parte del titular de hoy hace referencia al encuentro casual con dos atletas que participaron el viernes en la primera serie del 1.500 femenino, la prueba donde estaba la soriana Marta Pérez (leer). La primera a la que he visto es a la alemana Konstanze Klosterhalfen, causante con su aceleración en la tercera serie de que Pérez tuviera mucho más difícil entrar por tiempos en semifinales. Y a los pocos minutos me he encontrado con la británica Jessica Judd, la que tiró fuerte en la primera serie, la de la soriana, ayudando de este modo a que consiguiera su mejor marca.

Con Konstanze Klosterhalfen

Con Konstanze Klosterhalfen

Me he retratado con ambas y después me he quedado por una de las dos mitades del recorrido del maratón, el más cercano a la salida. El circuito es muy bonito, sobre todo la parte que no he visto (el Big Ben es su límite occidental), pero había muchos sitios en los que era difícil cruzar y he preferido no moverme tanto. Además, se daban cuatro vueltas, así que había tiempo de sobra de ver a los atletas. Entremedias, lógicamente, me ha dado tiempo a hacer un par de paradas para ir cogiendo fuerzas para lo que me iba quedando del día.

La carrera femenino también ha tenido en cierto modo presencia soriana, pues en ella ha participado uno de los famosos Caballitos que se han convertido desde hace años en el símbolo de la provincia. Lógicamente, no corría solo, sino en el cuello de la valenciana Marta Esteban, quien lleva varios veranos entrenando en Soria, preparando su competición más importante de cada temporada. Ha quedado la 21, muy bien. Ver

No he hecho mucho más, porque eso me ha consumido toda la mañana y el principio de la tarde de un lado para otro. Me gustan mucho las maratones de los Mundiales porque son, junto al 100, el mejor reflejo de la geografía política del planeta, que me gusta e interesa tanto como la física.

De ahí me he venido al lugar habitual, a Stratford, a disfrutar de otra tarde atlética en el, vuelvo a decirlo, precioso Estadio Olímpico de Londres.

Largo paseo desde London Bridge hasta Piccadilly Circus

Aunque el titular genérico de estos días sea ‘Londres. Mundial de Atletismo’, he de dejar claro que el Mundial era la causa para venir a la capital del Reino Unido, pero que aquí voy a contar cosas diferentes a las que sucedan en el interior del precioso Estadio Olímpico, en cuyo interior ya me encuentro esperando que empiece la jornada vespertina.

Esta mañana, siguiendo mis planes, nada más despertarme me he dado un paseo por el Parque de Greenwich. Parece mentira que se respiren esa tranquilidad y esa naturaleza en un lugar que puede considerarse el centro de Londres. He tenido suerte con el alojamiento. En esta escapada matutina he visto un tilo y he cruzado sin paso de cebra delante de un coche de la Policía, anécdotas que no contaría si no hubiera sido porque justo las había soñado la noche anterior. Y se me ha materializado un tercer sueño, pero ahora no recuerdo cuál.

Tras el ejercicio matutino, regreso al hostal (dentro de su baratura, me encantan algunas cosas que tiene y que no había visto en casi ningún alojamiento de este tipo) para ducharme e iniciar mi jornada turística.

Barrio de Mayfair, repleto de autobuses para turistas y londinenses

Barrio de Mayfair, repleto de autobuses para turistas y londinenses

Con mi Oyster Card, he cogido el tren y en pocos minutos me he bajado en Cannon Street, al otro lado de London Bridge. Mi objetivo básico era darme una vuelta de unas cuatro o cinco horas con algunas paradas en lugares o establecimientos que me llamaran la atención. También he intentado entrar al Museo Británico, pero había una cola que no tardaría menos de una hora en disiparse. Además, ya estuvimos allí en 2011, en aquel inolvidable viaje en el sentido literal de la palabra con César, Luis, Óscar y Víctor.

Antes de llegar al British, he pasado por la catedral de San Pablo. Aunque sea impresionante, preferiría que estuviera aquel templo de madera del primer milenio y que se quemó en el gran incendio de 1666.

Tras pasar por otro de los monstruosos edificios que tiene Londres, sus Reales Tribunales de Justicia, mi siguiente visita ha sido al Covent Garden. Viendo el ajetreo que se vivía en este lugar tan característico de la ciudad (artistas y puestos callejeros, echadores de cartas, vendedores de baratijas, paseantes y más paseantes), podía haberme imaginado lo que me he encontrado luego en el British.

Mimo en Covent Garden

Mimo en Covent Garden

Mi idea era visitarlo y venirme al Estadio, pero como he decidido saltármelo, he continuado mi paseo. A partir de ahí, todo es famoso, condición que Londres comparte con muy pocas ciudades del mundo: he bajado Oxford Street hasta Oxford Circus, donde he cogido Regent Street para ir hacia Piccadilly. De camino, me he desviado para ver la curiosa casa que compartieron Handel y Hendrix, y que desde el año pasado es un museo común. Realmente, uno vivió allí 36 años en el siglo XVIII y otro apenas unos meses en los años 60 del pasado siglo. Y tampoco en el mismo inmueble, sino pared con pared… hasta que tiraron se tabique para hacer ese museo único.

Tras otra vuelta por Bond Street donde no he visto nada que me convenciera en sus escaparates, y después de comer un uno de esos sitios preciosos y baratos que abundan en estas ciudades, he ido hasta Piccadilly, donde siguen de obras sus grandes paneles luminosos (leer). Allí he cogido ya el Metro, abarrotadísimo, para venirme a Stratford, más abarrotado aún.

Un paseo por Greenwich y a ver a Marta Pérez y Usain Bolt

Vuelve este blog a salir de España, y lo hace a una ciudad en la que su mantenedor ha estado varias veces, pero nunca desde que empezó a contar sus viajes con regularidad.

Estoy en Londres, donde se celebra la decimosexta edición del Campeonato del Mundo de Atletismo. Escribo estas líneas a las 17.30, una hora y media de que empiece la primera carrera: el 100 masculino. Ya estoy en el estadio. Hace un precioso día londinense, algo menos de 20 grados, un poco de viento, un poco de nubes… Supongo y espero que algún día lloverá.

He salido esta mañana a las 6.15 de Madrid, así que es fácil saber dónde han descansado mis huesos esta noche.

Con el cambio horario, poco después de las 7.15 estaba en Stansted, desde donde he cogido un Citylink hasta King Cross St. Pancras. Allí, como me dijo Víctor, me he comprado una tarjeta Oyster y a funcionar.

Descanso en el Parque de Greenwich

Descanso en el Parque de Greenwich

Poco antes de las 10.00 estaba en mi hostal, en Greenwich. Me han informado de que no podía hacer ocupación de mi cuarto hasta las dos del mediodía, lo que me ha facilitado la elección de los planes: He estado trabajando un rato y me he ido a conocer el gran parque de Greenwich, famoso porque en él se encuentra el Real Observatorio del mismo nombre pero merecedor de ser visitado por mucho más.

Allí está el centro del mundo. A la derecha es el Este: Japón, Australia, Rusia, Madagascar, Valencia… A la derecha es el Oeste: Texas, Costa Rica, Dublín, Guinea Ecuatorial, Finisterre… Ya se sabe que los meridianos son una convención, pero las convenciones son muy bonitas hasta que llegue una corriente dispuesta a cambiarla.

Patrimonio d la Humanidad

No me ha dado tiempo a darme un paseo por todo el parque, declarado Patrimonio de la Humanidad, lo que me gustaría hacer uno de los siguientes días. Aparte del Observartorio, está el Museo Nacional Marítimo, el Cutty Sark, el Planetario, la ribera derecha del Támesis, zonas de deporte y numerosas zonas de esparcimiento en sus más de 70 hectáreas. Había mucha gente, pero sin ninguna sensación de agobio. Supongo que será diferente cuando me pase por otros lugares más turísticos de Londres en pleno agosto.

He comido y poco después de las dos estaba haciendo el check-in. Pronto me he duchado y me he venido al Estadio Olímpico con bien de tiempo para acreditarme y buscar mi sitio, que el primer día en estos eventos siempre suele tener un poco de caos.

¿Por qué estoy aquí? Fundamentalmente, para ver las evoluciones de Marta Pérez, que corre a las 20.35 hora española la primera serie del 1.500. Ya que estoy, y hablando solo de hoy viernes, veré también a Usain Bolt en el 100, en la que promete ser la última gran competición del jamaicano. Y a última hora, 22.20 en España, Mo Farah tratará de darle al Reinuo Unido su primera medalla, en el 10.000. Falta una hora y esto tiene pinta de que no va a estar lejos de llenarse.

En la playa de Berellín

Hoy no hemos hecho gran cosa. Hay veces en las que no escribo entrada el día del viaje de vuelta, pero considero que hoy sí merece la pena porque hemos hecho una parada en un lugar hermoso y nuevo para mí. Es, como dice el titular de este capítulo, la playa de Berellín.

Esta mañana hemos quedado a las 9.30 para tomar nuestro desayuno en Puertas. Después de coger fuerzas gracias a los alimentos y de despedirnos de nuestra casa, hemos hecho la tradicional parada en Arenas de Cabrales para hacer alguna compra final y llevar algo de sidra para Soria. De queso de Cabrales ya nos proveímos ayer en Puertas.

Cuatro de los nuestros han marchado por la mañana directos para tierras sorianas. Los demás nos hemos dirigido a un lugar que conocía Nacho y que a partir de ahora empezaré yo a recomendar.

Vista desde las cercanías del chiringuito

Vista desde las cercanías del bar

La playa de Berellín está muy cerca del pueblo de Prellezo, a apenas seis kilómetros de un nombre mucho más conocido: San Vicente de la Barquera. Prellezo, sin embargo, pertenece al municipio de Val de San Vicente, cuya capital es Pesués y cuya población más conocida, al menos para mí, es Unquera. Pechón, el pueblo donde pasé un par de veranos hace muchos años, también pertenece a Val de San Vicente.

Un poco antes de llegar a Prellezo está el desvío hacia Berellín. Hemos llegado a las 12.00 y había bastantes coches. Hay un par de aparcamientos de pago y otro gratuito. Por una vez, los dos coches hemos tenido suerte.

Hoy había marea baja, y el agua entrante por el estrecho pasadizo rompía en buenas olas. Apenas cubría. Tengo ganas de volver y de que coincida con marea alta. Cuando ello suceda, en un día plácido, el mar Cantábrico debe convertirse allí en una ‘piscina’ (mucho cuidado siempre con el mar… y con las piscinas) rodeada de verde y de un atractivo paisaje kárstico.

Para los amantes de la gastronomía, en Prellezo hemos comido bien y barato.

Ascensión al Torre Blanca

Ya me queda menos tiempo para decir esto: por respeto al blog anterior (‘Las 45 cimas’), la entrada de hoy es simplemente un enlace a lo que aparece en él escrito. El resumen es fácil: 13 sorianos hemos ascendido durante todo el día de hoy al pico más alto de la comunidad autónoma de Cantabria, a los 2.619 metros del Torre Blanca. Lo hemos hecho desde El Cable, que así se llama la estación superior del teleférico de Fuente Dé. Como la actividad ha durado casi todo el día, queda poco que añadir, más allá de que hemos empezado y terminado el día en el mismo lugar, en Puertas, dentro del asturiano Concejo de Cabrales.

Leer crónica en el blog de ‘Las 45 cimas’ y ver fotos

Senda entre El Cable y la Cabaña Verónica

Senda entre El Cable y la Cabaña Verónica

Casi hasta Formentor y vuelta a casa

Hoy martes ha terminado nuestro periplo de tres días y dos noches en Mallorca. Ha sido fugaz, pero era tiempo de sobra para los dos objetivos que teníamos más allá del objetivo genérico que tiene cualquier viaje, suficiente para justificar toda escapada.

Al contrario de los dos días anteriores, hoy ha salido completamente nublado. Por lo menos, en El Arenal, mientras desayunábamos, no llovía. Sabíamos que sería complicado que nos apeteciera bañarnos en nuestro último día, pero no nos esperábamos lo que después nos hemos encontrado.

Hemos tomado rumbo norte, hacia otro de los lugares más conocidos de la isla: Pollensa, Alcudia, Formentor. Todo ello, a través de la autovía que sale de Palma de Mallorca y que atraviesa Inca.

Vistas desde el Mirador de la Creueta

Vistas desde el Mirador de la Creueta

Ya prácticamente desde que hemos cogido esa autovía, han empezado a caer las primeras gotas. Según avanzábamos, cada vez eran más fuertes. Aun así, decenas y decenas de coches circulaban por la autovía primero y por la carretera, desde Sa Pobla, después.

Nuestra primera parada ha sido en un lugar que se antoja obligatorio, el Mirador de la Creueta, ideado por el ingeniero Antonio Parietti Coll, igual que la sinuosa carretera, como recuerda una pequeña escultura. El mirador está dos centenares metros por encima del mar. Las vistas son espectaculares, con acantilados verticales y altísimos cayendo a bloque sobre el mar. Veíamos a varias personas andando al pie del mirador, ya cerca del mar.

Desde la Creueta hemos abandonado la carretera ‘principal’ para subir por otra todavía más estrecha y quebrada hasta la Atalaya de Albercutx. Está casi 400 metros por encima del mar, pero a apenas unos pocos en línea recta. Así es toda esta zona de la isla de Mallorca. Se puede subir al interior de la Atalaya, pero las vistas apenas varían respecto a su base.

De regreso no hemos continuado hasta el Cabo de Formentor en sí, sino que ya hemos vuelto hacia Pollensa, hacia su puerto, a ver si teníamos suerte y nos podíamos dar un paseo sin agua. No ha sido así, porque nada más aparcar ha empezado a llover de nuevo, así que el Paseo Marítimo lucía lejos del punto álgido de su esplendor. Por hacer algo turístico y diferente, nos hemos dejado morder por decenas de pececillos en los puestos estos que tanto se ven en poblaciones de mucha afluencia. Dicen que funciona, pero imagino que cinco minutos no harán mucho.

Nuestra siguiente parada no ha sido tal. Teníamos intención de comer en Inca, porque pilla de paso y por conocer un lugar nuevo. Cuando hemos entrado, llovía casi cuando más en toda la mañana, así que hemos optado por dejar esta población para más adelante. No es que tuviéramos prisa, pero ya había que ir mirando el reloj.

Abandonada Inca sin poner el pie en el suelo, hemos parado a comer ya de camino al aeropuerto, llenado el depósito de gasolina, devuelto el coche de alquiler, sacado la tarjeta de embarque y a esperar. Siguen llegando cientos de turistas a Mallorca, mientras otros la vamos dejando poco a poco. Teníamos el coche aparcado en Barajas, así que poco después de las diez y media de la noche ya estábamos en casa de nuevo, en Soria.

La montaña prohibida… de momento

Había leído en internet que ascender la cima más alta de la isla de Mallorca, que es también la más alta de las Islas Baleares, no era especialmente sencillo, y eso que se puede llegar a ella en coche. ¿Entonces pues? El Puig Major y todo su entorno pertenece al Ejército del Aire, y es necesario un permiso específico del mismo para hollar su cumbre y para ver de cerca la gran bola que preside toda la isla en una de sus más icónicas imágenes.

Subir al Puig Major era el objetivo número dos de este viaje a Mallorca y nos vamos a ir sin hacerlo. ¿Fracaso, por tanto? No. Hemos establecido los contactos necesarios para, en un futuro que espero cercano, poder ascenderlo. Cuando llegue ese día, lo contaré. ¿Y entonces por qué no lo habéis subido hoy o mañana? Porque no se daban las condiciones necesarias de disponibilidad de las personas, nada especial.

Al pie del Puig Major

Al pie del Puig Major

Hoy lunes, antepenúltimo día del mes de mayo, hemos visitado la parte más montañosa de la isla de Mallorca, lo que podría considerarse el noroeste dentro de la particular disposición que tiene ese trozo de tierra de agua rodeado.

Pensar en Mallorca puede ser pensar en playas, hoteles, fiesta, mar, turistas del norte de Europa… Sin embargo, hay una parte mallorquina que no es que sea secreta, pero no es la más explotada. Mallorca tiene una montaña salvaje, preciosa, pétrea y que recuerda a los Picos de Europa aunque sea 1.200 metros más baja.

La Sierra de Tramontana, Patrimonio de la Humanidad, se despeña desde esa altitud hasta el mismo mar en unos pocos metros. Más de medio centenar de cimas superan el kilómetro de altitud. En toda esta zona mallorquina hay pendientes espectaculares, en ocasiones salpicadas por preciosos pueblos y quebradísimas carreteras que no se encuentran en muchos más lugares de España.

Nuestro recorrido de hoy, después de haber desayunado en el Arenal, ha empezado en la capital oficiosa de la comarca, en Sóller, uno de los pueblos más turísticos de Mallorca. Hoy estaba a tope, así que no nos lo queremos imaginar en verano. Sóller, como todas estas localidades, está rodeado de verticales montañas, lo que no le impide estar comunicado por vía férrea con dos lugares: el tranvía que va al Puerto de Sóller y el famoso y turístico tren que llega hasta Palma.

Desde Sóller hemos seguido al norte, para ver de cerca el Puig Major y hacernos al menos una foto con él de fondo. Esperemos hacérnosla junto a él dentro de unos meses. La carretera es espectacular, repleta de ciclistas y de curvas… pero nada que ver con lo que nos hemos encontrado luego.

La carretera que sube al Puig Major está cortada desde su mismo comienzo, con lo que al menos hemos ahorrado algo de tiempo. Ya se acercaba la hora de comer, algo que queríamos hacer en la misma costa. El recepcionista de nuestro hotel (gracias) nos ha recomendado un lugar que no conocíamos, el Puerto de Valldemossa, llamado también en algunos mapas Cala de Valldemossa.

Merece la pena solo por la carretera que llega hasta allí, después de pasar otro pueblo muy bonito como es Deiá. Son seis kilómetros estrechísimos, arrebatados a la montaña de un modo que parece imposible. Para subir hay que meter primera en casi todas las curvas, y cada vez que te encuentras con un coche de frente uno de los dos tiene que pararse. Todo ello, mientras se ve a la derecha o a la izquierda la inmensidad del mar.

En Puerto de Valldemossa no vive nadie de continuo, pero sí hay un pueblo de unas cuantas edificaciones, una pequeña cala, un precioso lugar para bañarse y un restaurante, donde hemos comido una paella espectacular.

Ya era hora de regresar, pero no podíamos dejar de parar en otro de los pueblos señeros de Mallorca: Valldemossa y su famosa Cartuja, famosa porque allí estuvieron un invierno Frederic Chopin y George Sand. Pocos pueblos tienen tanta identificación con unos artistas que residieron en él apenas unos meses.

Tocaba ya ir regresando a casa. Antes, hemos hecho una breve parada en Palma para ver de nuevo a Paula y al Turi. Desde allí hemos cubierto el breve trayecto hasta el Arenal, donde hemos cenado con mis padres en el Can Torrat, un lugar que merece la pena, especialmente en noches tan agradables como la de hoy.

Los mismos niveles de gente que en pleno verano

Nuestros viajes nos han llevado hoy hasta la mayor de las islas españolas, Mallorca, uno de los grandes paraísos turísticos del mundo por su privilegiado clima y por su mezcolanza casi perfecta de playas de todos los tipos y montañas no muy elevadas pero sí muy salvajes.

Correspondía madrugar. A las 5.30 han sonado nuestros despertadores en Madrid. En cinco minutos ya estábamos los dos Sergios montados en el coche para dirigirnos hacia el aeropuerto, hacia uno de esos aparcamientos cercanos que ahora tanto abundan. Todo ha ido bien, por qué había de ser al contrario, y a las 7.30 se producía ese milagro cotidiano del despegue de nuestro avión.

Después de otro sueño aéreo para recuperar, hemos vuelto a tocar tierra poco más de una hora después. Sin mayor pérdida de tiempo, hemos ido en el coche de alquiler hasta nuestro hotel, un todo incluido repleto de extranjeros en el Arenal. Es mi primera experiencia en un todo incluido, y esta en concreto merece la pena por precio-prestaciones.

Tras un baño en la piscina del hotel, nos hemos dado un paseo por la playa, atestada de gente, haciendo tiempo hasta que nos tuvieran preparada la habitación para dejar las cosas. Esta mañana, durante el rato de la piscina, he leído en la prensa local que ayer sábado llegaron a la isla 160.000 turistas en más de 800 aviones, y que hoy domingo lo harán casi 150.000. Son números esperables en julio y agosto, no a finales de mayo, así que en 2017 esperan repetir todos los récords de acogida de visitantes que ya batieron en 2016.

La ducha que necesitábamos después del viaje no nos ha ocupado mucho tiempo, y poco antes de la una del mediodía montábamos de nuevo en nuestro coche para dirigirnos hasta la capital de la isla, a Palma de Mallorca, a uno de los dos objetivos de este viaje: participar de los actos previos y del partido que enfrentaba esta tarde al Mallorca y al Numancia, el equipo de nuestra tierra. Los dos se juegan la salvación.

Ver texto y fotos comida Peña Numantina de Mallorca

Los actos han sido en la glorieta Pau Casals, en el barrio de Santa Catalina. No ha sido un lugar elegido al azar, sino buscando una plaza al aire libre y en la que hubiera sombra. Y menos mal, porque hoy apretaba de verdad. Allí, unos cien sorianos y peñistas mallorquines nos hemos hinchado de paella, de ensalada y de varios productos sorianos: picadillo, torreznos, foie gras, embutido… A nosotros nos ha hecho ilusión, pero a los llamados sorianos de la diáspora, mucha más. Allí nos hemos juntado con mis padres y con varios amigos sorianos como José Luis, Bruno, Turi, Paula, Jorge, Sergio…

Desde allí, cada uno cuando le ha parecido conveniente (yo muy pronto) ha ido al antiguo Son Moix, actual Iberostar Estadi, para ver el partido de fútbol. Hemos empatado a cero en un partido que no se recordará muchos años. Al menos, el Numancia está casi salvado. El Mallorca sigue en descenso a falta de dos fechas.

No ha dado tiempo a mucho más. De hecho, por los horarios europeos que nos rigen estos días, casi hemos llegado justos a la cena del hotel, que dejan de servir radicalmente a las 21.30 (en honor a la verdad, unos minutos después es cuando empiezan a recoger todo). Una vuelta para conocer los alrededores de nuestro hotel (turismo, turismo, turismo…, uff) ha servido para coronar el largo día.

Día de Sant Jordi en Barcelona: libros, rosas y gente por todos los sitios

Reduzco este viaje a Barcelona a un único capítulo, pero comento someramente lo que he hecho en días anteriores. Vine desde Soria en autobús antes de ayer viernes, como casi siempre: Soria-Zaragoza y Zaragoza-Barcelona. Comí en casa de Jorge y Marta y, por la tarde, con Íñigo, presentamos en el Centro Riojano de Barcelona el libro que sacamos en verano sobre Urbión y Cebollera.

Y ayer sábado, por la mañana, tranquilidad en Badalona después de dormir en casa de Cristina y Pedro: una carrera por la playa y rumbo a Barcelona capital, para visitar el Salón del Turismo. Por la tarde, segunda de las tres presentaciones de este intenso fin de semana. De nuevo, igual que el viernes, muy buena tarde y muy buen recibimiento en la Casa de Soria con la excusa de las historias que contamos sobre nuestra tierra.

Hoy domingo ha sido el día de más ajetreo. Realmente, la razón por la que estoy en Barcelona ahora mismo no es casual. Elegimos venir a la capital de Cataluña para asistir en directo a la celebración de Sant Jordi, donde no había estado nunca a pesar de las decenas de veces que he visitado Barcelona.

Con Íñigo en Hospitalet, firmando libros

Con Íñigo en Hospitalet, firmando libros

Esta mañana ha tocado madrugar para comprar una rosa. Y, poco después de las nueve y media, ya estaba en el Metro rumbo a Hospitalet de Llobregat, la segunda población más grande de Cataluña y que ahora, por Sant Jordi, celebra sus Fiestas de la Primavera con multitud de actividades culturales.

Mi idea era ver los trabucaires catalanes, pero cuando he llegado a la Plaza del Ayuntamiento acababa de terminar su actuación. No sé muy bien en qué consiste. Eran todavía las once, así que me ha dado tiempo a almorzar tranquilo antes de que llegaran las doce. Justo entonces, a mediodía, empezaba la hora que nos había concedido la Biblioteca Tecla Sala para firmar libros en su expositor de la gran feria que se ubica a lo largo de la Rambla Just Oliveras. Disponíamos de esos 60 minutos por la condición de escritor local de Íñigo, soriano pero residente aquí. Se han pasado volando, ha estado muy bien la experiencia.

Desde ahí, nuestros pasos nos han dirigido de nuevo a la Plaza del Ayuntamiento. Esta vez sí nos ha dado tiempo a ver lo que queríamos, los castellers. Hemos estado unos minutos, viendo el trabajo de construcción y deconstrucción de una de las collas participantes. El Ayuntamiento de Hospitalet me ha permitido subir a uno de sus balcones para tomar fotografías y un breve vídeo. Siempre me han llamado mucho la atención estos castillos. De pequeño, a nuestro nivel, los hacíamos el 17 de agosto en el último día de las fiestas de Valdevellano, en el Prao.

Rosas en el Día de Sant Jordi

Rosas en el Día de Sant Jordi

De Hospitalet, tras despedirme de Íñigo y las Elisas, un tren de Cercanías (Rodalies Renfe) me ha trasladado hasta la Plaza de Catalunya, a la marabunta. He quedado para comer con Guillermo. Nos hemos encontrado en la puerta del Mercado de la Boquería, que hoy estaba cerrado, y desde ahí nos hemos plantado en dos minutos en mi bar favorito de Barcelona (quizás empatado con otro), el Travel Bar. Se podía estar, teniendo en cuenta cómo estaban las Ramblas a escasos metros.

Nuestra jornada ha continuado subiendo precisamente esas Ramblas para adentrarnos de pleno en el epicentro del Día del Libro en Barcelona: el Paseo de Gracia (la Casa Batlló estaba adornada con cientos de rosas artificiales de gran tamaño) y la Rambla de Catalunya. En Gracia era relativamente posible andar sin rozarse con nadie, aunque difícil. En la Rambla, era imposible, sobre todo a la altura de los escritores más conocidos. Terminaba siendo agobiante. He huido a coger el Metro hacia la plaza Universitat, donde faltaban minutos para celebrarse una ‘petonada’. Como no sabía qué era eso, he esperado la cuenta atrás para verlo. Después el 5, 4, 3, 2, 1, ¡¡0!!, los allí presentes se han dado largos besos en los labios. No sé si era un concurso o qué, por la pasión que algunos demostraban.

Me apetecía acabar el día como lo he acabado, regresando a Badalona para darme otro paseo por la playa, que nunca se sabe cuándo se volverá a ver el mar viviendo a tantos kilómetros de él. Hacía fresco y casi se agradecía. Mañana pronto por la mañana, de nuevo a Soria.

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