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En el puente Tabiat

Jornada de despedida en Teherán: el Bazar y el puente Tabiat

Ya está todo o casi todo hecho de este gran viaje. Como expliqué ayer, finalmente decidimos pasar las últimas 24 horas de nuestros diez días en Irán en su capital, en Teherán, y ha merecido la pena.

Después de diez días de ajetreo, hoy nos apetecía algo tranquilo pero viendo algo, sin pasar todo el día en nuestro hostal. Ya dije ayer que es el Heritage, al lado del metro de Baharestan. Apenas lleva abierto dos meses y sigue en obras de ampliación. Se lo vuelvo a recomendar a quien lea esto y visite Teherán.

De hecho, también recomiendo visitar Teherán como tanta gente hizo con nosotros. Es una locura de ciudad… lo esperable de una megápolis de 12 o 15 millones de habitantes, un sitio en el que ni me plantearía vivir pero que merece la pena sentir por unos días.

Vamos por orden. Esta mañana, sin madrugar en exceso, hemos hecho la última trotada del viaje. Aunque no está al lado del hotel, nos gustó mucho el parque de ayer, así que nos hemos desplazado hasta allí. A la vuelta, nos hemos detenido a cambiar los últimos euros del viaje. En las cuatro primeras oficinas de cambio nos han dicho que no tenían ‘cash’, dinero. En esta cuarta hemos insistido por necesidad, y hemos logrado cambiar a un ratio menor del que marcaban las pantallas exteriores. Si no, no habría sido posible.

De regreso al hotel, hemos hecho el ‘check out’ casi justo a las 12.00, mientras dejábamos las mochilas para disponernos a recorrer Teherán.

Solo hemos hecho tres visitas hoy, contando la comida.

La primera ha sido casi obligatoria: el Gran Bazar de Teherán, el más grande del mundo según algunas fuentes y el segundo más grande de Irán según otras, que ponen por delante al de Tabriz. Así son siempre estas clasificaciones.

El Gran Bazar

Da igual, el Gran Bazar teheraní es mastodóntico, con varios kilómetros de pasillos, algunos estrechísimos, repletos de centenares de tiendas. Quizás habremos visitado un diez por ciento o menos. Nos ha dado tiempo a darnos cuenta de que hay partes de arquitectura muy bonita y otras en las que lo único que se ve por encima de nuestras cabezas son colores grises y cables.

Como nos habían advertido, el Bazar, al que hemos ido andando, estaba atestado por miles de personas por una razón especial: la cercanía del Año Nuevo. Igual que en España, en estas fechas las compras se disparan como hemos podido comprobar esta mañana.

Nos hemos escapado cuando hemos podido no solo del Bazar, sino también de sus calles aledañas, donde el barullo también era máximo. De hecho, nos hemos dado un paseo hasta la Teheran Street Food, el mismo agradable lugar en el que comimos ayer. Como ya era hora de recuperar energías, allí mismo lo hemos hecho.

Rifirrafe de tráfico

Se estaba en la gloria en el parque, pero queríamos hacer una última visita en este nuestro viajazo iraní. Y la despedida ha estado a la altura. En la plaza de Jomeini hemos tomado el Metro hacia el norte de la ciudad. En las nueve paradas de trayecto hasta la estación de Shahid Haghani han pasado decenas de vendedores ofreciendo a los viajeros los productos más disparatados. Los dos vagones de los extremos son exclusivos para mujeres… y para esos vendedores ambulantes.

Hemos viajado hasta allí para visitar el puente Tabiat, el más largo de Teherán y, quizás, el más moderno, ya que acabo de leer que fue abierto en 2014. Une dos grandes parques, en uno de los cuales se encuentra el Museo de la Revolución Islámica, que no hemos visitado.

Imagino que, desde su misma apertura, el puente Tabiat, diseñado por la jovencísima Leila Araghian y ganador de numerosos premios, se ha convertido en una atracción turística y en un lugar de recreo para los habitantes de Teherán.

Desde sus miradores se tiene una visión privilegiada de la parte norte de la ciudad y de las inmensas montañas que la coronan, todavía con gran cantidad de nieve. El puente tiene dos niveles, y en el inferior hay también varios restaurantes y bares para tomar unos tés o unos zumos, como hemos hecho nosotros en este atardecer especial, el último nuestro en Irán.

Montañas desde el puente Tabiat

De regreso al Metro, como un regalo inesperado, se nos ha aparecido en la lejanía no tan lejana el Damavand, el gran cono volcánico, la más alta de las montañas iraníes con sus 5.610 metros.

Y ya estamos de nuevo en nuestro hostal, haciendo rato para cenar y para montarnos en un taxi que nos deje en el aeropuerto. Mañana viernes estaremos unos en Madrid, otros en Soria.

Despido por tanto con este capítulo el relato de este viaje que empezamos a planear en nuestras conversaciones hace varios años y que cerramos el pasado mes de agosto con la compra de los billetes.

Da alegría cuando los planes se cumplen y cuando salen tan bien y tan rodados.

Esperamos que hayáis disfrutado con estas crónicas lo mismo que hemos disfrutado nosotros generándolas. Muchas gracias de los tres por habernos seguido y ojalá tengamos que volver pronto a escribir algunas de las cosas que suceden por el mundo.

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La Mezquita Rosa

Mezquita Rosa de Shiraz, Persépolis, Naqsh-e Rostam

Al final de esta entrada contaré por qué estoy escribiéndola a las 17.30 horas subido a un avión, con la esperanza de que al día no le suceda nada más reseñable.

Para este miércoles 14 de marzo hemos dejado algunas de las visitas fundamentales de la inmensa mayoría de los viajes a Irán, sobre todo una: Persépolis.

Realmente, las tres visitas culturales que hemos realizado esta mañana las harán casi todos los turistas que vengan a Irán. Una, la ya citada, por sí misma. Las otras dos, por su cercanía y relación con ella.

Ayer volvimos a dormir en nuestro hostal Taha de Shiraz, que recomendamos a cualquier persona ue venga hasta esta ciudad. Venir a Shiraz y no acudir a la Mezquita Rosa es muy extraño. Venir a Shiraz y visitar la Mezquita Rosa por la tarde es como arrancar una estalactita de una cueva para ponerla en el salón de casa.

Relieves de Persépolis

Por ello, a las 7.20 han sonado nuestros despertadores para entrar a esta mezquita cuando hay que hacerlo, entre las 7.30 y las 9.00. Las 8.00, cuando hemos llegado Marta, Nacho y yo, es buena hora, pero casi es preferible madrugar un poco más y entrar cuando abre, a las 7.30, para ver la entrada de lo primeros rayos de sol en la sala de rezo.

El gran atractivo de la Mezquita Rosa es ese, como se puede apreciar en las fotos: ver la entrada del sol por las vidrieras de todos los colores y los efectos de esas luces en las columnatas rosáceas, las alfombras rojas y las personas que van paseando en silencio. Cuando hemos llegado habría una decena de personas. Al final, quizás 40, en un espacio no muy grande. Esta mezquita fue construida a finales del siglo XIX.

Hemos regresado de nuevo a pie hasta nuestro hotel para desayunar, terminar de recoger, hacer los pagos y despedirnos hasta la próxima.

A las 9.30 nos hemos encontrado con el taxista con el que llegamos a un trato ayer para que nos hiciera una excursión. Insisto en lo barato que es viajar por Irán en taxi, especialmente si se viaja en grupos de tres o cuatro personas, como es nuestro caso.

La Puerta de Todas las Naciones

Con el taxista hemos acudido, en primer lugar, a Persépolis, la impresionante capital del Imperio Aqueménida a mediados del primer milenio antes de Cristo. Allí se levantaron construcciones que entonces no se levantaban en ningún otro lugar del globo.

Su construcción fue iniciada por Darío I y se extendió durante dos siglos, hasta su destrucción por Alejandro Magno. A pesar de las devastaciones que sobre ella han causado el tiempo, los griegos, los expoliadores o los revolucionarios iraníes de 1979, sus ruinas todavía son impresionantes. Sobre todo, el palacio Apadana, con sus columnas de 21 metros que en su día sostenían una techumbre de madera que cubría una superficie de 3.600 metros cuadrados, Cabían allí 10.000 personas.

Los palacios de Darío I y de Jerjes, la simbólica Puerta de Todas las Naciones, el gran altar de fuego excavado en lo alto del acantilado y, sobre todo, los cientos de figuras en relieve que todavía pueden admirarse en el complejo, producen la fascinación exclusiva de las grandes ruinas que han dejado las principales construcciones humanas de la Antigüedad.

En el complejo hay numerosas tiendas, bares y hasta un hotel para quien quiera descansar a escasos metros de donde lo hicieron los dominadores del mundo hace 2.500 años.

Muy cerca de Persépolis, a uno diez minutos en coche, se encuentra Naqsh-e Rostam, lo que todo el mundo conoce en Shiraz como la Necrópolis. Allí fueron excavadas en la roca, al estilo de los faraones egipcios, cuatro inmesas tumbas de algunos de los principales aqueménidas: Darío I, Jerjes I, Artajerjes I y Darío II.

Las tumbas de Artajerjes I, Jerjes I y Darío I

Las tumbas se elevan a bastantes metros del suelo, a mitad de la pared rocosa. Bajo ellas hay siete representaciones a gran escala de algunas de las principales batallas ganadas por los reyes allí enterrados. El complejo, que se visita en unos minutos realmente, se completa con un gran monumento zoroástrico muy bien conservado, llamado Kaba-i-Zartosht.

El taxista nos estaba esperando para llevarnos a nuestro siguiente destino: el aeropuerto. Allí hemos comido y, a las 16.30, hemos cogido un avión de vuelta al norte, otra vez a la capital Teherán. Si alguien emprende este viaje, que pida ventanilla de la derecha para ver el gran desierto iraní y, sobre todo, las inmensas montañas nevadas que empiezan justo donde termina la capital.

Nuestro primer contacto con Teherán (termino la entrada desde nuestro hotel, el novísimo y más que recomendable Heritage, al que hemos llegado a las 20.00) ha sido más que positivo. Hemos dado un paseo de una media hora hasta la calle 30 Tir, con puestos callejeros de comida y música. Antes, hemos dado un paseo por el parque que hay justo al lado, el Shahr, también muy agradable, con una especie de minizoo de avifauna, un partido de fútbol nocturno y con la primera persona que hemos visto corriendo desde que hemos llegado.

No es del todo extraño, porque ya hemos observado que la mole de Teherán tiene muchísimas más coincidencias con nuestro mundo occidental que lo que hemos visto hasta ahora. Hasta la chica del hotel no lleva velo.

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Terminando de montar la tienda

Montando una escuela nómada y control de pasaporte

Con las primeras luces del día iraní, poco después de las seis de la mañana, nos hemos levantado de nuestra tienda en la familia nómada de Mohamed. Nuestros anfitriones ya estaban trabajando con los animales, sacándolos del corral y separando cabras, ovejas y a las crías. Ayer nos acostamos poco después de las 21.00, así que no ha sido un gran madrugón.

Después de desayunar algo de pan, dulces y leche de cabra recién ordeñada y cocida, hemos reemprendido el regreso de camino al coche, por una ruta diferente a la de ayer, a través de un bonito cañón a pesar de que el río no lleva nada de agua desde hace años.

Devolviendo el burro que ayudó al traslado de la tienda

Al principio hacía fresco, pero pronto, pasadas las ocho, ha empezado a apretar de nuevo el calor. De nuevo hemos visto el coche de Mohamed alrededor de las 9.00, calculo. Allí estaba el doctor atendiendo a los familiares de nuestro guía, con el que hemos hecho justo entonces la última visita nómada del día: la escuela. Cinco niños ayudaban al maestro a reubicar la tienda de campaña, totalmente diáfana, que sirve de templo del aprendizaje en estas tierras. Hemos tenido la suerte de ver justo este momento, ya que hasta ayer mismo la tienda-escuela se encontraba en otro lugar.

A las 10.00 hemos salido de regreso a Shiraz. Estando yo totalmente dormido, oigo que se para nuestro coche y una voz desde la parte de atrás del coche: “Alto, la Guardia Civil”. Efectivamente, nos ha parado la Policía de uno de estos asentamientos nómadas que hay junto a la carretera. Nos han llevado al puesto policial con el mero objeto de controlar nuestros pasaportes para ver que estábamos legalmente en Irán, como así era.

Por ausencia de internet, el proceso ha durado alrededor de media hora. Doble lección de esta parada. 1.- Como se recomienda repetidamente en este tipo de viajes, hay que moverse siempre con el pasaporte encima para evitar contratiempos mayores. 2.- Si tienes idea de viajar por tierra a Irán, como una cántabra que conocimos antes de ayer en el hostal, conviene no pasarse del tiempo estipulado en el visado.

Templo de Hafez

Las dos siguientes paradas del viaje han sido mucho más agradables. Primero, para comer pollo con tomate en un restaurante en un pequeño pueblo junto a las montañas. Segundo, para degustar tres helados de chocolate poco antes de llegar a Shiraz. Buenísimos. Al igual que en la ruta a pie, la ruta en coche también ha sido completamente distinta ayer y hoy.

Llegados de nuevo a Shiraz, hemos venido al hotel y Mohamed, como último servicio antes de la despedida, nos ha acercado hasta la tumba del poeta Hafez, un lugar de peregrinación para los seguidores de este histórico poeta persa del siglo VIII. Si la calidad de su poesía es acorde con el mausoleo que acoge sus restos, convendrá empezar en breve a leer sus versos.

La fiesta del fuego

Un taxi nos ha acercado al centro antes de darnos un breve paseo al hotel. Por el camino, como ya sabíamos que iba a pasar, hemos escuchado petardos y visto pequeños fuegos de artificio. Lo explico en el Bazar.

Ya hemos reservado la excursión de mañana, último día nuestro en Shiraz. Ahora, nos disponemos a cenar en casa mientras terminamos de ducharnos después de dos días en las apartadas tierras de Irán.

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Una niña nómada

Un día con los nómadas de Irán

La experiencia que hemos vivido hoy no es la habitual que viven más del 95% de los turistas que cada año visitan Irán. Nada más llegar a Shiraz, preguntamos en el hostal para hacer una ruta montañera, a ser posible por algunos de los cuatromiles de los montes Zagros que no están muy lejos de la ciudad.

En el hostal nos pusieron en contacto con un guía, quien nos comentó que subir a las montañas nevadas sin el material adecuado no era recomendable. Él suele hacerlo en verano, pero no tiene prendas de abrigo, crampones o piolets para alquilar y hacer la excursión en invierno.

A cambio, nos ofreció otro de sus tours de dos días, una visita a unas familias de nómadas iraníes. Más concretamente, su familia y otras familias del mismo grupo de la misma tribu. Son, en concreto, nómadas turcos. En invierno, como es ahora, viven en unas praderas entre montañas no muy altas, de unos 1.000 metros. En verano, cuando suben las temperaturas a límites no soportables, se marchan a otras praderas mucho más elevadas, por encima de los 2.000 metros.

Mujer de 90 años

Cuento rápidamente lo que hemos hecho hoy y luego en el Bazar escribo cuatro notas sobre los nómadas, para no ir mezclando.

Esta mañana nos hemos levantado pronto porque a las 7.30 habíamos quedado con nuestro guía, Mohamed. Poco antes de las 8.00 ya estábamos en ruta hacia el suroeste, hacia el Golfo Pérsico, del que nos hemos quedado a unos 70 kilómetros. Ya nos había advertido de que el viaje duraba unas cuatro horas para 250 kilómetros, que podían ser cinco con paradas.

El viaje en coche ha sido primero por una carretera de montaña con un tráfico ajetreadísimo, después por una autovía y a continuación por una carretera de nuevo de un carril. Hemos parado a comprar víveres y caramelos y, en algún momento, hemos girado a la derecha, ya claramente hacia terreno poco habitados. En esta carretera, durante una parada en un mirador para ver un bonito bosque de palmeras, Mohamed me ha dado las llaves y he conducido la hora que quedaba de camino.

Caminando entre tiendas

Todo este tramo final lo hemos hecho ya por terreno de nómadas. Hemos parado a dejar el coche y a comer justo a las 13.00. La comida ha sido una especie de pisto, muy bueno, con el pan típico de Irán, una especie de pasta finísima de la que se tienen que consumir millones de kilos al día.

A las 14.00 hemos empezado a andar hacia las montañas. El primer tramo de la caminata es el más feo, el que está al lado de la carretera, todavía muy humanizado y, como todo en estos días, muy seco. A lo largo del camino hemos parado a saludar a varios de sus familiares. La primera parada ha sido a los diez minutos, aún en un terreno no muy atractivo.

Después de tomar el té con ellos una vez más y de repartir algunos de los caramelos y chocolatinas, hemos reemprendido la marcha y, pronto, hemos llegado a un lugar mucho más agradable, tanto por la presencia de algo de verde como por la cercanía de las montañas y el encuentro con varios accidentes geográficos causados por el agua… aunque todos sequísimos.

A la hora, más o menos, nos hemos topado con una bonita pradera verde en la que había algunas tiendas. Eran más primos y tíos de Mohamed, con los que hemos vuelto a tomar té mientras los niños sacaban las cabras a pastar.

El apicultor y maestro

Pensábamos que esos eran nuestros aposentos, pero todavía ha sido necesario andar unos 15 minutos más. Entre ambos grupos nos hemos cruzado con la escuela (una tienda bien preparada, con una visible bandera de Irán) y con un apicultor trabajando las abejas con su traje antipicaduras. El apicultor resulta ser tambien el maestro, otro nómada.

Alrededor de las 18.15 hemos llegado por fin donde vamos a dormir. Por supuesto, nos han sacado té. En vista de que el anochecer estaba cercano, les hemos pedido aplazar unos minutos la sentada alrededor de la infusión. Con la misma ropa que llevábamos, nos hemos puesto a trotar por el camino poco menos de 40 minutos, porque a las 18.50 ya casi no se veía nada.

Al llegar de nuevo a la tienda, ya sí, hemos tomado té y hemos comido otra especie de pisto también buenísimo, berenjena y tomate hecho a fuego lentísimo. Estamos, además de Marta, Nacho y yo, el guía, sus tíos, otro señor y un mercenario afgano que acaba de abandonar su país hace unos meses y que no para de fumar opio.

Ya tenemos todo listo para dormir en la tienda: alfombras, unas mantas y unos cabritillos que nos harán compañía esta noche. Son las 20.30 pero no tardaremos en acostarnos, supongo que después de un último vistazo a los miles de estrellas que nos sobrevuelan.

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Astaneh

Primer contacto con Shiraz

Para ahorrar tiempo y noches de hotel, y siguiendo una idea previa que teníamos, ayer tomamos un autobús a las 12.00 de la noche en Esfehan, que en teoría tardaría siete horas en dejarnos en nuestro siguiente destino, Shiraz. En el autobús hacía mucho más calor del esperable y, además, iba cogiendo casi todos los baches.

Como ya sabíamos que esto podía suceder, habíamos planificado las primeras horas del día de hoy para dormir. En la estación de autobuses de Shiraz nos estaba esperando un empleado del hotel en el que nos alojamos, el Taha, el mismo de mi tercera informadora de este viaje a Irán, Ana. Al final, hemos tardado poco más de seis horas.

En el hotel han tardado algo más de media hora hasta que han podido hacer nuestro registro. La hemos empleado en comer pan típico de aquí, buenísimo, recién salido del horno, y en hablar con algunas personas como un suizo de padre hondureño que lleva varios meses pedaleando desde su casa y hasta su casa. Ya lleva 11.000 kilómetros. Una vez registrados, hemos dormido hasta las 12.00.

Shah Cheragh

Al levantarnos, y tras mantener las primeras conversaciones para ver qué hacemos los próximos días, nos hemos puesto a andar sin mucho rumbo por Shiraz. Resulta que al lado de donde nos alojamos se encuentra el gran santuario de Shah Cheragh, otro de los grandes centro del chiismo en Irán.

Para verlo, nos ha acompañado una guía que nos ha comentado que este santuario es el único de todo el país en el que no es posible ni entrar con cámara de fotos ni visitar los lugares de rezo. Curiosamente, no hay ningún problema en hacer fotos con el móvil. Nos ha comentado también la guía que, para desquitarnos, podíamos visitar la tumba de Astaneh, donde a escala reducida podíamos imaginarnos las riquezas que adornan el gran santuario de Shiraz.

Hemos comido nada más salir de Shah Cheragh, en un lugar en el que nos han facilitado wifi para ver en directo la carrera femenina del Campeonato de España de Cross que se celebra en Mérida.

Moda iraní

Después de comer, paseando sin rumbo, nos hemos topado con Astaneh. Como bien nos había advertido la guía, por dentro es realmente impresionante con sus juegos de cristales y espejos en un espacio quizás más reducido que en otras mezquitas del país, pero aun así grande. Como siempre, Nacho y yo hemos entrado por una puerta y Marta por otra, también con el chador.

Tanto andar sin rumbo y sin mapa por una ciudad de millón y medio de habitantes ha traído la consecuencia previsible, que ha llegado un momento en el que no sabíamos muy bien dónde estábamos. Por ello, le hemos pedido a un taxi que nos llevara hasta otro de los lugares que queríamos ver por fuera, la ciudadela o fortaleza de Karim Khan, una gran fortificación rodeada por cuatro torres a la que no hemos entrado.

Justo al lado, haciéndole caso a la persona que nos ha venido a buscar esta mañana a la estación de autobuses, hemos comprado unos riquísimos helados de limón en una heladería con bastante ajetreo… igual que la ciudad.

Disfrutando de los helados de limón

A partir de ahí, todo lo demás ha sido intendencia viajera: cambiar dinero, acudir a una agencia de viajes, agarrar otro taxi para ir a buscar los pasaportes que se nos habían quedado en recepción, regresar a la agencia…

Poco después de las 19.30 ya estábamos de nuevo en casa. Hemos apalabrado definitivamente lo que vamos a hacer mañana. La única pista que puedo dar es que no tendremos internet en todo el día.

Mientras Nacho y Marta se han ido a trotar por Shiraz, yo me he quedado en el patio interior de nuestro acogedor hotel. No hace mucho frío, pero la temperatura refresca bastante.

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En la cima

Sofeh, primera montaña iraní coronada

¿Es posible salir del centro de una ciudad de más de dos millones de habitantes, andando o corriendo, y vivir una jornada de montaña coronando una cumbre interesante?

¿Era posible que el grupo de personas que nos hemos reunido para venir a Irán tuviera la oportunidad de subir a una montaña y no lo hiciera?

Las respuestas son, respectivamente, no y sí. Perdón: sí y no.

Sí, es posible salir del centro de Isfahan y, en dos horas exactas que hemos tardado nosotros, estar en la cima de una montaña a 2.257 metros sobre el nivel del mar después de haber evitado el camino común mediante una serie de bonitas trepadas. En ellas siempre había algunos puntos de apoyo como cuerdas, agarres o barandillas, porque la inclinación en determinados lugares era alta.

Después de desayunar tranquilamente en el hotel y de preparar parte de nuestro futuro destino, hemos partido hacia la aventura. Trotando despacio por la calle de nuestro hotel, ha llegado un momento en el que hemos girado hacia nuestra izquierda para tomar ya siempre rumbo sur, por una larguísima calle que no hemos abandonado.

Marta, durante el ascenso

Hemos vuelto a pasar por el barrio armenio en el que estuvimos ayer de noche. Poco después, la acera ha ido empinándose, justo al lado de la zona de hospitales de Isfahan. También hemos pasado por unas pistas de atletismo cuyo visionado Marta y Nacho no han podido evitar, mientras yo avanzaba. No era tartán, era ceniza.

A los pocos minutos hemos llegado a la autovía que debíamos cruzar, según la ruta de Wikiloc de unos catalanes que íbamos siguiendo.

Al otro lado de la autovía hay un gran parque y un camino adoquinado que va subiendo mediante ‘eses’ casi hasta arriba del todo. Nosotros habíamos visto una ruta más atractiva, un poco lo que he comentado antes. En las fotos de Nacho se ven bastante bien las distintas partes de la ruta desde que hemos empezado a subir de verdad.

Al principio, lo único que hemos hecho ha sido salvar un par de curvas mediante líneas rectas, con una pendiente muy pronunciada y terreno suelto. Despacio, sin problemas.

Y finalmente, siguiendo la ruta montañera del Sofeh mediante las flechas rojas pintadas en las paredes, ha empezado lo más divertido del mediodía, esas continuas trepadas para ir ganando altura a una gran velocidad.

Terminadas esas trepadas se llega a la antecima del Sofeh, que está situado a unos 200 o 300 metros. El camino por la cresta es evidente, aunque en algún momento hay que ir reculando para recuperar el camino.

Trepada con ayuda

En la cima, como siempre, la tradicional foto de recuerdo. La bajada la hemos hecho por la ‘vía normal’. Es decir, bajando despacio en diez minutos estábamos en la estación superior del teleférico, donde hemos comprado unas merecidas aguas. El Sofeh es un destino muy popular por las infraestructuras que hemos visto, si bien hoy no había casi nadie por ser un día laboral y lectivo. Pronto empiezan las vacaciones del Año Nuevo y seguro que en el bar no pararán de servir tés y refrescos.

Desde esa estación superior del teleférico hemos bajado trotando por la senda adoquinada, frenando de vez en cuando para no coger excesiva velocidad. Hemos pasado el parque, cruzado la autovía y llegado a los hospitales. Allí, después de 16 kilómetros y unos 700 metros de desnivel positivo, casi todos en el tramo final, hemos cogido un taxi hasta el hotel.

Las siguientes horas del día han consistido en: ducharnos y adecentarnos; caminar hasta un bar precioso que hemos encontrado de casualidad cerca de la plaza de Naghsh-e Jahan (empezábamos a necesitar algo de comida occidental); dar un paseo por las cercanías del hotel; y, ahora, terminar de cerrar nuestro siguiente destino para ir aprovechando el tiempo.

Ese siguiente destino es el lógico, así que mañana lo contamos.

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Dos amigos, en el puente de Si-o-se Pol

Día completo en Isfahan

Hemos dormido en casa de Arefe, Mohsen y sus padres como si lo hubiéramos hecho en la nuestra. Allí mismo hemos desayunado de nuevo con abundancia, y la primera visita del día ha sido una de aquellas que no aparece en las guías de turismo. Con Arefe y la madre nos hemos acercado en coche hasta lo que ellos llaman el jardín, un extenso terreno situado a las afueras de Najafabad, donde tienen plantados numerosos almendros. Allí también hay una piscina y una casa de campo para pasar algunos días o fines de semana, sobre todo del verano.

Hemos regresado a la casa a recoger nuestras mochilas y desde allí la madre nos ha llevado hasta la estación de taxis, donde nos hemos despedido de ella. En taxi, por tanto, ha sido nuestro siguiente trayecto, de nuevo hasta nuestra vieja conocida, la inmensa plaza de Naghsh-e Jahan.

Entre los almendros

En sus alrededores hay varios edificios de gran importancia histórica, como ya dije ayer. De ellos, esta mañana hemos visitado un par. Primero, el gran palacio de Ali Qapu, construido desde el siglo XVI aunque terminado de levantar como se conoce ahora en el XVII. Desafortunadamente, estaba cerrada por obras la ‘veranda’, la gran estancia desde la que se debe tener una espectacular visión de la plaza. La más bonita de las seis plantas de Ali Qapu es la sexta, la llamada sala de música. Está construida a base de cerámicas huecas, con volúmenes que absorben o expanden el sonido en una acústica pensada milimétrica hace cientos de años y difícilmente mejorable ahora.

La sala ded música de Ali Qapu

Tras Ali Qapu, ha sido necesario cruzar tan solo la plaza para entrar a la mezquita que ayer no visitamos, llamada del Jeque Lotf Allah y autoproclamada la más bonita del mundo. No es de un gran tamaño, pero su sala central sí merece una visita. En la actualidad no se utiliza para el rezo diario de los chiíes, que tienen a unos metros la Gran Mezquita.

Ya iba siendo hora de comer, así que Arefe nos ha conducido a un sitio especial para probar el beryani, la comida típica de Isfahan. Nos hemos encontrado una fila inmensa donde tendríamos que esperar una media hora, así que nos hemos dirigido a otro local más pequeño pero tambien con bastante gente. La totalidad de las personas del restaurante comíamos lo mismo, esta carne de oveja como picada y que se va comiendo poco a poco con el pan típico de aquí, similar al de los kebab aunque extendido y quizás algo más grueso. Lamento no haber hecho foto.

Aprovechando que estábamos cerca del hotel (olvidé decir que hemos cogido una habitación nada más dejar el taxi), hemos ido a coger algunas cosas y dejar otras, pero sin tiempo de descanso. Al salir, junto a Arefe, se encontraba otra compañera suya de Arquitectura, Tina, quien nos ha acompañado el resto de la jornada.

Patinando a orillas del río

Los cinco, un poco apretados, hemos ido en taxi hasta nuestro siguiente destino, el Jardín de las Flores, un lugar del que los habitantes de Isfahan se sienten especialmente orgullosos por el oasis verde y de todos los colores que supone en una zona sin apenas agua.

De hecho, nuestra siguiente visita ha sido una que nos apetecía especialmente: los puentes de Isfahan. El gran río Zayandeh Rud es atravesado por varios puentes modernos para que autobuses, motos, coches, camiones y furgonetas pasen de un lado a otro de a ciudad. Pero no eran esos puentes los que nos interesaban, sino los cinco antiquísimos, de ladrillo, cerrados a los vehículos a motor y lugar de reunión para los habitantes de la ciudad, que allí se encuentran con sus amigos, con sus parejas, cantan, ver pasar el tiempo…

Hemos estado en tres de los cinco: el Khaju (el más monumental), el Si-o-se Pol (el más largo con casi 300 metros) y el que se encuentra entre ambos, el Choobi. Los puentes como tal impresionan, sobre todo hoy que los hemos encontrado cerca de atardecer, pero impresionan aún más por el hecho de que el Zayandeh se encuentra completamente seco a pesar de su gran caudal.

Hotel Abbasi

Para terminar las visitas, hemos entrado al precioso hotel Abbasi. De él se dice que es el hotel más antiguo de Irán y, probablemente, del mundo. Encontraréis en internet que los no huéspedes solo pueden entrar pagando una tarifa muy alta. Pues bien, esto también es internet, y nosotros hemos podido entrar gratis con la condición de consumir algo en el bar, a precios bastante bajos, poco más de un euro el té. La intercesión de Arefe y Tina, claro, ha sido fundamental para ello, porque han estado hablando dos o tres minutos con el señor de la puerta. El hotel tiene más de 300 años y, para ser un cinco estrellas, su precio también es asequible para quien quiera y pueda pasar unos días de total tranquilidad. Habíamos hecho una apueta y hemos preguntado el precio en recepción…

Para terminar, alrededor de las ocho, nos hemos encontrado con Mohsen, el amigo de Pablo y Marina y hermano de Arefe, que venía hoy mismo de Teherán. En su coche, los seis, nos hemos dirigido a Jolfa, el barrio cristiano por la comunidad armenia instalada allí desde hace cinco siglos. Situado al sur del río, Jolfa es otro barrio animadísimo de Isfahan, con numerosos restaurantes, tiendas y, lo más importante, personas.

Mohsen nos manda sentidos recuerdos para sus amigos sorianos, a los que conoció en un viaje nocturno en tren, así que los mando desde aquí. Alrededor de las once de la noche, después de un largo día de andanzas, nos han dejado de nuevo en nuestro hotel. Gracias.

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Comiendo en casa de Arefe, Mohsen y sus padres. Marta, sin el velo

La hospitalidad iraní, conocida en Isfahan

Tercer día de nuestras aventuras iraníes, que ha incluido un cambio de ciudad: de Kashan a Isfahan con Martin, nuestro chófer de ayer.

De aquí a algunos años es probable que olvidemos los nombres de casi todos los monumentos y ciudades que estamos visitando, pero es seguro que no olvidaremos la muestra gratuita de hospitalidad que hemos recibido durante toda la tarde y la noche de hoy en Isfahan.

Pero no rompamos la narración cronológica de los hechos. Esta mañana habíamos quedado a las nueve con la empresa con la que habíamos contratado la excursión del desierto de ayer y el viaje hasta Isfahan de hoy.

Si hemos venido en taxi ha sido también para conocer tres lugares, el tercero de ellos prescindible, pero el camino pasaba por ahí así que no ha habido problema.

La primera de las tres paradas ha sido todavía dentro de la ciudad de Kashan, en el Jardín de Fin, uno de los jardines históricos persas incluidos desde el año 2011 en la lista del Patrimonio de la Humanidad.  Hemos estado algo más de media hora dando un paseo por sus fuentes y sus baños, imaginándolo cómo sería en sus días gloriosos de los siglos XVI y XVII. La entrada cuesta 200.000 riales, menos de cuatro euros.

El histórico Jardín de Fin ha sido nuestra última parada en Kashan. De ahí nos hemos ido rumbo al sur, pero a medio camino hemos hecho un desvío a la derecha para adentrarnos en el terreno de las grandes montañas iraníes, aunque sin pisarlas.

Después de pasar un inmenso lugar dedicado a pruebas nucleares con numerosas señales de ‘Prohibido hacer fotos’, hemos vuelto a girar a la derecha para empezar a ganar altura de verdad, hasta los 2.200 metros a los que se encuentra el pueblo de Abyaneh. Aproximadamente un kilómetro antes de llegar, hay un peaje en la carretera y cada turista debe pagar 100.000 riales.

Mujeres en Abyaneh

Eso da una idea del lugar tan turístico al que nos dirigimos, uno de los pueblos más antiguos de Irán con unos 2.500 años. Aquí hemos pasado una hora y veinte minutos, lo que nos ha dicho el guía. Da tiempo de sobra a darse un paseo hasta el castillo, desde donde se tiene la mejor vista de los tan característicos tonos rojos de este pueblo. Hemos visto más turistas que lugareños.

Una mujer con la que hemos estado hablando nos ha contado que en Abyaneh pasa lo mismo que en España y en Soria: los jóvenes se van a la ciudad y en invierno no vive casi nadie, apenas seis niños mantienen la escuela. Esa mujer nos ha vendido unas patatas asadas buenísimas y un chocolate caliente, lo único caro que hemos comprado aquí en Irán, dentro de un orden.

La tercera parada ha sido en Natanz, apenas diez minutos para fotografiar la mezquita por fuera y comer unas pipas y pistachos.

La gran plaza de Isfahan

Con todo el calor del mediodía, hemos emprendido el tramo final del viaje hacia Isfahan. Pablo y Marina, que acaban de estar en diciembre en Irán, nos dieron el contacto de un amigo suyo, de Moshen, así que le escribimos antes de ayer.

Después de algunos intercambios a través de Whatsapp y de Telegram (muy útil en Irán), contactamos con la hermana de Moshen, con Arefe. Hemos comido nada más llegar a Isfahan y a las cinco nos hemos encontrado con Arefe y con tres compañeros suyos de la carrera de Arquitectura.

La quedada ha sido en la plaza de Naghsh-e Jahan. Es el típico lugar que, cuando se visita por primera vez, uno piensa: ¿Cómo no había oído hablar antes de él? Hoy hemos tenido, además, tres alicientes especiales: los cuatro jóvenes que han ejercido de cicerones, la agradabilísima temperatura y el hecho de que en Irán se celebra hoy el Día de la Madre, casualmente el mismo día que en España se celebra el Día de la Mujer.

Es difícil calcular el número de personas que había porque Naghsh-e Jahan es la plaza más grande de Irán y una de las más grandes del mundo. La rodean dos mezquitas entre otros numerosos edificios. En el medio hay una gran pileta, decenas de pequeños espacios ajardinados donde los iraníes pasaban la tarde y varias calesas de caballos para dar paseos alrededor de la plaza.

En el bazar

Hemos visitado la plaza, una de las mezquitas durante el rezo (uno de los hombres ha interrumpido su oración para levantarse y ofrecernos dátiles) y el bazar. Hemos comido un helado buenísimo de azafrán y, poco a poco, nos hemos ido despidiendo de los tres amigos de Arefe según se iban yendo.

Con Arefe, después de dos trayectos en taxi, nos hemos desplazado hasta Najafabad, a unos 30 kilómetros del centro de Isfahan. Nos han ofrecido pasar aquí la noche y aquí estamos. Hemos conocido a sus padres y los seis hemos degustado una espectacular tradicional cena iraní con yogur, carne, arroz y otros productos que en España no vemos.

Después de cenar, hemos preparado la habitación en la que vamos a dormir. La casa es grande y disponemos de un amplio recinto para los tres. Habíamos escuchado hablar de la proverbial hospitalidad iraní pero nos ha gustado más conocerla con un ejemplo. Ojalá nos veamos en España.

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Entre los puntos 6 y 7, hicimos otra parada a un mirador del desierto

Ruta vespertina por el desierto

Hoy ya hemos vivido nuestro primer día ‘normal’ en Irán, después del aterrizaje de ayer y el asentamiento en nuestro primer destino, Kashan, que sigue siendo el de hoy.

A pesar de la importante siesta matutina que nos permitimos ayer, y a pesar de que nos retiramos a nuestros aposentos bastante temprano, hoy se nos han hecho algo más de las 8.30 para levantarnos. Esa era la hora que nos habíamos puesto como tope, aunque hoy no teníamos ninguna necesidad de madrugar.

Hemos desayunado en el mismo hotel y, después de reposar un poco los alimentos, nos hemos lanzado a nuestra primera trotada iraní, 40 minutos por las calles de Kashan. En el Bazar lo cuento con algo más de detalle.

A la vuelta al hotel, primera y merecida ducha del viaje. Y pronto, alrededor de las 12.30, a comer. ¿Por qué tan pronto? Primero, porque ya nos vamos haciendo a los horarios de aquí. Y segundo y principal, porque a las 13.30 habíamos quedado con una de las varias empresas que nos abordaron ayer para hacer una excursión por el desierto.

En general, las excursiones en taxi son muy baratas, y más siendo tres personas. Aun así, no está de mal hacer dos cosas: 1.- Comparar. 2.- Regatear. Esto último, por la categoría de arte que tiene, cada uno que lo haga hasta que pueda.

En fin, voy a contar resumidamente la excursión de esta tarde que tendréis cosas que hacer. En las más de seis horas que ha durado la excursión hemos hecho varias paradas. Las voy enumerando.

Ciudad bajo tierra

  1. Underground City. Es decir, ciudad bajo tierra. Es por lo único que hemos tenido que pagar, la salvajada de 200.000 riales (no llega a cuatro euros, otro día hablaré en el Bazar sobre la moneda). Esta ciudad bajo tierra, llama Ouyi, está junto a Nushabad, a diez kilómetros de Kashan. He leído varias dataciones tanto de su construcción (hace 1.800 o 1.500 años) como de su abandono (siglo XIII). La ciudad realmente impresiona, más que por los restos, por su existencia: una ciudad construida enteramente bajo tierra para huir tanto de los enemigo como del clima extremo del desierto. También debía ser inmune a los terremotos, nos ha dicho nuestro guía. Habitaciones, cocina, cuartos de baño, recolección de agua y oxígeno, salidas a tierra firme… Todo eso se puede ver en la visita a esta ciudad descubierta hace apenas dos décadas.
  2. Castillo de Nushabad. Hemos hecho una parada de unos segundos para fotografiar esta fortificación bastante bien conservada para ser de adobe.
  3. Mezquita de Nushabad. Veremos varias estos días. Hoy algo grande sucedía, porque en la sala principal había numerosas sillas formando un semicírculo frente a un atril y, cuando hemos salido, hemos visto al menos cuatro autobuses de los que bajaban numerosas mujeres.
  4. A partir de ahí, nos hemos adentrado en el desierto de Maranjab. De camino, hemos visto algunos dromedarios en apariencia salvajes. No nos hemos acercado a comprobar si eran huidizos. La siguiente parada programada era al Salt Lake, el Lago Salado. Martin, nuestro guía, nos ha dicho que es mejor verlo en verano, cuando toda el agua está evaporada y el terreno es una inmensa explanada de sal. Ahora, las lluvias del invierno han dejado algo de agua en buena parte del lago, pero en una de sus orillas sí hemos podido dar un paseo y comprobar que todo eso blanco era, efectivamente sal.

    Caravanserai

  5. Caravanserai. Otro lugar que impresiona más por su historia que por su arquitectura, y eso que es bien bonito. Lo he cronometrado. Está a ocho minutos del Lago Salado, así que no tiene sentido no acercarse a verlo. Los caravanserais persas son las posadas o casas de postas españolas: el lugar en el que los viajeros podían pararse a pernoctar mientras sus animales, camellos en este caso, eran también alimentados o curados. Su existencia fue fundamental para entender el comercio en el mundo durante varios siglos, especialmente en la mítica Ruta de la Seda.

    En las dunas

  6. Dunas. De regreso, ya cerca del anochecer, hemos parado en las mejores dunas que hemos visto. Hemos hecho lo habitual en las dunas, subirlas resoplando y bajarlas a lo loco.
  7. La última parada del día ha sido en una especie de caravanserai moderno, donde ya hemos cenado un pollo buenísimo. Era posible dar paseos en dromedario, pero lo dejaremos para otra vez.

A las ocho de la tarde o un poco más ya estábamos de nuevo en Kashan, en nuestro hotel, descansando en las últimas horas del día.

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Santuario de Fátima Masuma en Qom

Aterrizaje, Qom y Kashan

Como viene siendo habitual en los últimos años, hemos elegido el mes de marzo para hacer un viaje fuera de Europa. En este caso, el país elegido ha sido Irán, uno de los grandes países del mundo que todo viajero tiene en mente visitar alguna vez. Me acompañan Marta y Nacho, el mismo equipo que ya estuvo unos cuantos días en Ecuador a finales de 2014.

Partimos de Madrid ayer lunes 5 de marzo, así que esta entrada es un breve resumen de estos dos días. Volamos a las 13.00 horas de la capital de España a Estambul. Y de la capital turca, a la que llegamos cuatro horas después, partimos a las 23.30 hacia Teherán, donde llegamos a las 3.00, siempre en horas locales.

Visado para entrar: Habréis leído alguna vez los problemas que pueden encontrarse los turistas al entrar a Irán. Yo cuento cómo ha sido nuestra entrada. De los tres, solo hemos tenido que rellenar un papel genérico para escribir una profesión. Nos han preguntado si teníamos seguro y les hemos dicho que sí enseñándoles los papeles, pero ni se han molestado en mirarlos. A continuación, hemos pagado 75 euros y nos han hecho esperar media hora mientras hacían algunas averiguaciones. Como no había nada que averiguar, en 30 minutos nos han concedido la visa electrónica y nos han permitido pasar. El primer control policial nos ha mandado a otro lado y, en este segundo, también nos han hecho hacer un par de pasadas. Pero la verdad completa es que el proceso completo ha durado alrededor de una hora.

Nos esperaba el taxista que teníamos contratado para nuestro primer día en Irán. Como todo el mundo nos dice que Teherán puede prescindirse, directamente hemos bajado hacia el sur.

A las 6.00 de la mañana hemos llegado a Qom, la segunda ciudad sagrada de los chiíes en Irán y el primer centro de estudios del mundo de esta rama del islamismo, con 100.000 estudiantes de 120 países. Era tan pronto que hemos tenido que esperar una hora para visitar el gran mausoleo de Fátima Masuma, pero ha merecido la pena. Alrededor del sepulcro de Fátima hay un gran complejo con ese centro de estudios, mezquitas, lugares de donaciones y de atención a lisiados, clínicas, hoteles, un centro comercial, un inmenso aparcamiento…

Alfombras en el bazar de Kashan

Para entrar, Marta se ha tenido que poner un chador que nos han dejado, no es suficiente con el velo. Una vez dentro, libertad total para hacer fotos, ver, preguntar, etcétera. Incluso nos han metido en una sala donde nos han ofrecido agua mineral y dulces. Toda la visita ha sido gratuita.

De Qom, siempre con nuestro taxista, hemos ido a nuestro destino verdadero de hoy, a Kashan, donde ahora mismo nos encontramos. Estamos en Ehsan House, como Mario nos recomendó y como nosotros recomendamos a todo el mundo que venga. Entre el lugar y la temperatura es difícil estar mejor. De hecho, nos vamos a quedar aquí dos noches.

La Ehsan House es uno de los numerosos edificios históricos con los que cuenta Kashan, ciudad de la que algunas fuentes dicen que fue el punto de partida de los Reyes Magos de Oriente. Hemos llegado a las 9.00 y, después de conocer cuál es nuestra habitación, lo primero que hemos hecho ha sido echarnos una especie de siesta matutina muy larga.

Después de ella, un paseo por el centro de Kashan, comida en otro de estos edificios históricos, paseo por el estrecho y concurrido bazar y no mucho más. Se ven turistas, pero sin excesos. Alrededor de la ciudad se ven grandes montañas cubiertas de nieve. Teniendo en cuenta que estamos a 1.600 metros, no es raro que esas montañas superen los 4.000. Pero son terreno de pruebas nucleares, así que tendremos que esperar a días futuros si queremos tener algún contacto con las montañas.

Ahora, de momento, estamos tranquilos en el patio interior del hotel, donde en breve nos disponemos a cenar.

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