Archivo de la categoría: El libro

Castaño del Robledo

Cap. 196. 15 al 17-2-2019. Sierra de Aracena (Huelva) y Sevilla

Este es un breve escrito para conectar los enlaces de lo que he escrito en otros lugares.

El viernes 15 de febrero bajamos de Soria a Sevilla parando en Castaño del Robledo (Huelva). Desde allí ascendimos a la cima más prominente de la provincia onubense, el Cerro del Castaño, y lo conté en su blog correspondiente, el de las cimas. Llegamos a Sevilla cerca del anochecer, y lo único que hicimos fue acercarnos al bar de mi primo (cafetería Tritón) y la Carbonería, que la teníamos al lado del hostal.

Ayer sábado 16, después de visitar a la familia sevillana, el acto central del día era el homenaje a Abel Antón y Fermín Cacho en la casa de Soria en Sevilla, lo que nos ocupó buena parte de las horas del mediodía y del comienzo de la tarde. Ver fotos y leer.

Por último, hoy domingo se ha celebrado por la mañana el Zurich Maratón de Sevilla, el auténtico motivo de nuestro viaje a tierras de Andalucía. Allí han corrido, además de Antón y Cacho, varias decenas de sorianos, la mayoría de los cuales han conseguido terminar la carrera. Después de la carrera, comida y largo viaje de regreso a Soria, aunque se ha hecho menos cansado de lo que esperaba.

Arnes

Cap. 195. 24 al 27-1-2019. Montes de Castellón y Tarragona; un japonés en Barcelona; Lérida

Hago un breve resumen de lo que han sido estos cuatro días, en los que hemos visitado otras tantas provincias y por ello el titular es tan largo.

Gracias al reto de las 68 cimas (45+3+20), estoy descubriendo parajes de España espectaculares, lo que suelo-solemos aprovechar para visitar a amigos que viven en esas provincias. Todo ello lo hemos desarrollado a la máxima potencia en este fin de semana que voy  a resumir a modo de recuerdo.

Jueves 24.  Salimos de Soria Esther, Juan Luis y yo a las 16.30, para dirigirnos hacia la localidad de Vall d’Alba, en Castellón, a la que ya llegamos de noche y donde nos encontramos con César, que trabaja en la capital de La Plana. Está casi todo cerrado por ser un jueves de enero, pero cenamos agradablemente en el bar Picurri.

Viernes 25. Subimos al Tossal de Saragossa, la cima más prominente de la provincia de Castellón. Al bajar, en Sierra Engarcerán, nos separamos los dos grupos. Nosotros tres nos dirigimos primero a Las Casas de Alcanar, ya en Tarragona. Allí entrego a los padres de Jordi un cuenco indígena que me había dado en Salento (a Jordi lo conocí hace un par de meses en mi viaje por Colombia y me pidió que trajera esto al otro lado del Atlántico porque le quedan unos meses de viaje por Sudamérica).

Sierra Engarcerán

En Las Casas de Alcanar comemos unos arroces de escándalo en el Racó del Port. A las 17.30 habíamos quedado en Tortosa con Óscar, que venía en tren de Barcelona. De Tortosa vamos a Benifallet, donde dormiremos. Aunque ya es de noche, todavía es pronto, así que nos acercamos a conocer dos de los pueblos más bonitos de la zona, Arnes y Horta de San Juan. Preciosos, pero mejor ir de día.

Arnes:

 

Horta de San Joan:

Al regreso, visita a algunos establecimientos de Benifallet, donde todo el mundo nos pregunta si vamos a correr el domingo Lo Pastisset, la carrera de montaña que organizan desde hace diez años. Qué pena, ni nos habíamos enterado… no podremos animarles pasado mañana, porque casualmente nuestro destino de mañana sábado es el mismo.

Balneario de Cardó

Sábado 26. Nos damos un paseo a orillas del Ebro por Benifallet, después de comprar algo en la panadería. Vamos a Rasquera y el Balneario de Cardó, desde donde subimos a la Creu de Santos, el pico más prominente de la provincia de Tarragona a pesar de contar con tan solo 942 metros de altitud sobre el nivel del mar.

Bajamos ya cerca del mediodía, lo que es sinónimo de hambre. Para no demorarlo demasiado, paramos en Mora de Ebro en el primer restaurante que nos encontramos, el Casal, un menú muy abundante y barato. Nos lo habíamos ganado. Para bajar la comida, pequeño paseo para ver el Ebro y a algunos de los remeros que en sus aguas entrenan.

Mora de Ebro:

Desde Mora, viaje directo hasta Barcelona, hasta la zona de la Sagrada Familia, donde nos alojamos los cuatro. Hasta allí mismo vienen Guillermo, Milagros y su hijo Roger, con los que tomamos algo hasta las diez de la noche.

En el Sun Taka

A esa hora habíamos quedado para cenar en un lugar que era otro de los motivos principales del viaje: el Sun Taka, en el 146 de la calle El Bruc. Lo abrió hace poco más de un mes nuestro amigo Mitsu, y la experiencia rebasó las expectativas. Casualidades de la vida: su cocinero, Manel, es castellonense… de Vall d’Alba. Después de cenar, paseo tranquilo hasta el hogar con una breve parada entre medias.

Domingo 27. Nos levantamos para ver el comienzo de la final del Abierto de Australia entre Rafa Nadal y Novak Djokovic. Avisa el locutor a los telespectadores que se preparen para un partido de varias horas… No había necesidad de lanzar pronósticos: primera final de un Grand Slam que pierde Nadal en tres sets, sin hacer un solo break y con apenas una bola para hacerlo.

Después de desayunar salimos hacia nuestra última parada del viaje, Almacelles, en la provincia de Lérida ya muy cerca de Huesca. Allí comemos con Cristina, Mariano y sus hijos Darío y Santiago, a quien conocemos hoy.

Es nuestra última experiencia gastronómica del viaje, que termina a las 20.30 en la ciudad de Soria, en el mismo punto donde lo comenzamos 76 intensas pero tranquilas horas antes.

Cap. 194. 23-12-2018. Un clásico del Oriente asturiano

Lagos de Covadonga, Covadonga, Cangas de Onís, Llanes

Este fin de semana prenavideño hemos respetado el ritual de todos los años de venir a Asturias y, más concretamente, al Concejo de Cabrales y, más concretamente, a Puertas, a Casa Luisa, a unos siete kilómetros de Arenas (el pueblo más conocido del Concejo) y a unos tres de Carreña (su capital).

Ayer sábado, Carlos, Cristina, David y José Luis hicieron una ruta montañera invernal pero en condiciones casi primaverales: la clásica que va desde Collado Pandébano hasta el refugio del Urriellu.

Fue primaveral en el sentido de que no pisaron nieve a pesar de estar casi a finales de diciembre. Además, la temperatura tampoco era la esperable en estas épocas del año y el sol lucía con fuerza. Y fue invernal en el sentido de que apenas se encontraron con nadie, apenas dos grupos, media docena de personas, con lo que pudieron disfrutar al máximo de uno de los lugares habitualmente más concurridos de los Picos de Europa.

Lago de Enol desde el Ercina

Mientras, Óscar y yo nos habíamos quedado entre Carreña y Puertas por cuestiones laborales y físicas. Nos juntamos los seis para comer en Casa Niembro, en Asiegu, el mejor restaurante para celiacos de España según los que más entienden del tema.

Salimos casi de noche de comer, lo justo para ver las vistas del Urriellu desde el mirador de Asiegu. Nos dimos unas vueltas por Arenas y de ahí, a casa.

Y hoy, 23 de diciembre, hemos seguido el manual del dominguero casi a la perfección. Solo hemos fallado en una cosa: la hora de salida. Como ayer no nos acostamos tarde, quedamos en encontrarnos a las 8.00 de la mañana en el salón de la casa rural para iniciar nuestro periplo turístico. No nos hemos arrepentido.

Por lo demás, hemos seguido la ruta turística que se puede leer en el titular, cuatro lugares entre los más clásicos del Oriente asturiano. Aunque la mayoría conocíamos todos los destinos, nos parecía mal estar tan cerca de lugares tan emblemáticos y que alguien se quedara sin visitarlos.

Basílica de Covadonga

Después de desayunar igual que ayer en un lugar centenario como es Casa Ramón, en Carreña, nuestro primer destino han sido los Lagos de Covadonga. 

No es fácil disfrutarlos como los hemos disfrutado nosotros en un domingo. Primero, porque apenas nos hemos encontrado algunos coches en los aparcamientos. Y segundo, porque, también igual que ayer, el sol y la temperatura parecían más bien de un buen día de abril. Hemos aparcado en el lago de arriba, el Ercina, y nos hemos dado un paseo tranquilo de alrededor de una hora para visitar también la mina Buferrera.

De los Lagos hemos bajado a Covadonga. Había más gente que arriba, como era de esperar, pero nada que ver con las aglomeraciones de las temporadas altas. Don Pelayo, la Basílica, la Cueva de la Santina… no nos hemos dejado nada de lo fundamental, todo ello ornamentado con varios belenes como es lo lógico en estos días de Navidad.

Puente romano de Cangas de Onís

La tercera parada ha sido Cangas de Onís. Aquí sí, nos ha parecido que había bastante ambiente, tanto en los bares como en las calles, animadas por el mercado semanal. Luego nos han dicho en Puertas que no, que realmente era un día de poca gente, así que en épocas buenas de turismo también tiene que estar a tope. Aquí hemos almorzado, que ya nos lo íbamos ganando, y hemos visitado el famoso puente romano, que ya habíamos ‘visto’ en uno de los belenes de Covadonga como se puede comprobar en las fotos.

Gracias al madrugón, después de todo lo narrado todavía eran las 13.30. En lugar de alargar innecesariamente nuestra estancia en Cangas, nos hemos ido a comer a Llanes, el pueblo costero más famoso del Oriente asturiano y uno de los más famosos de Asturias.

Para disfrutar Llanes es suficiente con darse un paseo por su precioso centro, otro por los Cubos de Ibarrola en su puerto, y tomar algo en alguno de sus muchos bares, a ser posible sidra. Eso es todo lo que hemos hecho en el largo rato que hemos pasado en la villa.

De vuelta al coche, hemos desandado parte de lo andado para coger el desvío de Posada y regresar a Cabrales. Todavía hemos hecho una nueva parada, en El Cerezo, para comprar sidra casera, algo que no es tan habitual en esta zona de Asturias como sí lo es en el centro del Principado.

Paseando por los Cubos de Ibarrola

Hemos llegado a Arenas mediada la primera parte del Alcorcón-Numancia, y ya lo hemos visto hasta el final. 1-1. Intentaré recordar que vi en Arenas el primer gol de Jordi Sánchez como numantino.

Nada más terminar el fútbol, a casa, y nunca mejor dicho, para disfrutar en Puertas de nuestra última cena de este viaje: sopa de pescado, cordero asado con patatas, arroz con leche… mmmmmmmmmm. Habrá que regresar en 2019.

Bogotá, desde uno de los miradores

Cap. 193. 2-12-2018. Colombia (y 11). Monserrate

La suerte de ir a Monserrate en domingo

Finalizo hoy mi estancia de 25 días en Colombia, un poco más larga de lo que inicialmente había planteado.  Según esos planes iniciales, existía la posibilidad de no visitar Bogotá, o de visitarla apenas unas horas. Al final, con estos cambios, he podido estar un par de días en la capital del país.

Ya me dijeron ayer que la subida a Monserrate en domingo era una romería. El primero que me lo dijo fue el taxista que me llevó de la terminal al hotel. Existe una tradición de subir siete domingos seguidos al gran cerro que domina Bogotá, en señal de agradecimiento por alguna petición.

De hecho, en el camino, he visto a varias personas subiendo o bajando incluso descalzas, y al menos un par de personas caminaban hacia atrás como parte de esa promesa.

El mismo taxista me dijo que existía la posibilidad de subir muy pronto. De hecho, el camino peatonal abre a las 5.00 de la mañana y cierra a las 13.00. La ventaja de subir al amanecer es que desde arriba, en un día claro, pueden verse los grandes nevados de los Andes como el Ruiz, el Tolima… algo que a partir de muy pronto ya es imposible por las brumas.

La entrada del santuario

A Monserrate se sube fundamentalmente de tres maneras: a pie, en funicular o en teleférico. La subida a pie es potente: unos 600 metros de desnivel para llegar a los 3.200 metros sobre el mar, en un recorrido lineal de apenas 2.350 metros.

Para salvar tanta diferencia de alturas hay cientos de escalones y, por supuesto, decenas de puestos para comer, beber o comprar recuerdos mientras se descansa en la subida. Quien quiera subir o bajar corriendo, también tiene la posibilidad, pero solo de 5.00 a 8.00 para no causar peligro a los miles de familias de todas las edades que suben después.

En esos 2.350 metros hay varios lugares aptos para parar como miradores, ‘gimnasios’ al aire libre, los puestos de comida o una pequeña gruta para poner velas al Señor de Monserrate, ya muy cerca de la cima, donde se encuentra el santuario.

Si el camino peatonal ya estaba bien completo, la iglesia estaba abarrotada cuando he llegado arriba, alrededor de las 10.45. A pesar de su gran tamaño, no había ni un hueco para esta misa de las 10.30. Cada domingo hay varias misas para dar servicio a los miles de colombianos que hacen esta romería semanal.

Y, como en toda romería que se precie, al lado del santuario no falta gran cantidad de restaurantes, todos ellos llenos gracias a ser domingo y a la gran mañana que hacía.

La entrada del santuario es una especie de Sagrado Corazón parisino, con mucha gente descansando en las escaleras o viendo el paisaje. Parte de ese paisaje son los otros cerros que rodean Bogotá, entre ellos otro santuario, el de Guadalupe, situado a poca distancia pero mucho menos masificado que este de Monserrate.

El teleférico

Para bajar no he podido evitar coger el teleférico (6.000 pesos por trayecto). He tenido que esperar media hora, y me han dicho que esos tiempos de espera aumentan según avanzan las horas, sobre todo ya por la tarde.

He bajado poco antes de mediodía. Mi última comida bogotana ha sido en el Chorro de Quevedo, la bonita plaza que tengo al lado del hostal y que hoy estaba mucho más animada que ayer.

Ya estoy en el aeropuerto, después de haber . Aquí escribo estas líneas y desde aquí despego con Air Europa en un rato. Despido por tanto ya las crónicas del viaje por este gran país, el séptimo de América que he tenido la suerte de conocer. He entendido por qué, desde hace unos años, miles de personas eligen Colombia para pasar algunos días o unos pocos meses.

Hasta el próximo viaje, que no tardará.

Museo del Oro

Cap. 192. 1-12-2018. Colombia (10). Llegada a Bogotá

Un paseo por el centro y visita al impresionante Museo del Oro

Anoche cogí un autobús en Salento a las 19.50 que me dejó una hora después en Armenia. Coincidí de casualidad en él con Damián, el argentino de Santa Fe con el que he compartido estos últimos días en el hostal la Churrita.

A las 20.50 llegamos a la terminal de Armenia y pregunté por los autobuses nocturnos a Bogotá. Hay varias compañías. Yo cogí el de las 21.30 de Expreso Bolivariano, un vehículo espectacular sobre todo para los que viajan abajo, en la zona VIP. Pero la de arriba también está muy bien.

Apenas me he enterado del viaje. A las 5.00 de la mañana, como estaba previsto, llegábamos a la Terminal de Salitre. Ya había en ella cientos de personas procedentes de todos los puntos del país. Una gran cola aguardaba los taxis, pero ha ido bastante rápida.

Como no había nada de tráfico, a las 6.00 estaba en mi hotel, en el barrio de La Candelaria, con tan buena suerte de que he podido utilizar tan pronto la habitación. Allí he dormido un rato antes de recorrer un poco el centro de Bogotá.

El barrio de La Candelaria es en el que se encuentra casi todo el meollo de la capital de Colombia, por lo que me habían dicho y por lo que he visto. 

En los alrededores de la plaza del Chorro de Quevedo

Lo que más ganas tenía de ver, por la insistencia con la que me lo habían recomendado, era el Museo del Oro. Lo tengo a cinco minutos del hostal, así que he ido allí después de haberme dado una vuelta por la plaza del Chorro de Quevedo. La entrada al Museo es baratísima (4.000 pesos, poco más de un euros), pero quien quiera ahorrárselos puede ir los domingos, ya que la entrada es gratuita.

En muchas ciudades de Colombia hay un Museo del Oro, pero el de Bogotá es el principal. En él, como se intuye desde su mismo nombre, pueden contemplarse algunas piezas de orfebrería del principal metal precioso del mundo durante toda su historia, el que tan bien conocían las comunidades indígenas americanas.

En el Museo hay una gran representación de piezas colombianas, pero también de otros países y no solo de oro, sino también de los otros metales y aleaciones que se utilizaban antes de la llegada de los españoles.

Junto a esta mera exposición de los finísimos trabajos, que ya sería suficiente para hacer recomendable la visita al Museo, hay mucha más información para conocer la distribución y expansión de aquellos pueblos, sus impresionantes sistemas de riego (algún día escribiré sobre lo que hizo el pueblo zenú), la historia de los metales en todo el planeta, las maneras de trabajarlo…

Se puede pasar tranquilamente una hora y media o dos en el Museo del Oro. Desde él, me he ido a pasear por la carrera 7, la gran arteria peatonal en la que hay decenas de tiendas, restaurantes, puestos en el suelo, artistas callejeros… 

Plaza de Simón Bolívar

Esa parte peatonal termina en la plaza Simón Bolívar, con miles de palomas y un par de llamas para dar paseos a los niños, y presidida por la Catedral y por el Capitolio.

Por el ángulo contrario baja la calle 10, otra vía de gran animación. Por toda esta zona está la iglesia de Santa Clara, el Museo de la Policía, el Museo Botero… pero yo he optado por comer. Cuando he terminado, como suele suceder en cada sitio de Colombia en el que he estado, se ha puesto a jarrear, así que me he tomado un café y un postre antes de regresar a descansar al hotel. 

Luego cenaremos en alguno de los muchísimos restaurantes de todos los estilos que hay por aquí.

Palmas de cera sobre las nubes del Valle

Cap. 191. 28-11-2018. Colombia (9). Valle del Cocora

La fotogenia del verde y de las palmas de cera

Después de dos días en los que ha sido imposible ver el sol en Salento, y en los que la amenaza de lluvia o la lluvia han sido constantes, hoy ha amanecido muy diferente.

Por ello, nada más desayunar, hemos aprovechado para decidir que, por fin, hoy subiríamos al Valle del Cocora, el gran atractivo turístico de esta zona de Colombia.

Lo hemos comentado Jordi y yo y, finalmente, nos hemos juntado ocho de las personas que estamos alojados en el Hostal la Churrita, nuestro hogar en Salento durante todo este tiempo.

El Valle del Cocora y otros de estos elevadísimos valles del Parque Nacional de los Nevados son el único lugar del mundo en el que crece naturalmente la palma de cera.

Con su altura de hasta 60 metros, su perfecta perpendicularidad con el suelo y su único penacho de hojas en la cúspide, la palma de cera es un árbol extraordinariamente atractivo y fotogénico. Quizás por ello, y por el hecho de no crecer en ningún otro país, es el árbol nacional de Colombia.

El grupo de La Churrita

Para acudir al Valle del Cocora desde Salento, si no se dispone de vehículo propio, hay que acudir a la gran plaza de Bolívar. Allí salen los famosos Jeeps Willys que son otra de las imágenes más reconocibles de esta zona del Eje Cafetero. En cada Jeep caben 13 personas además del conductor: dos delante, seis detrás y cinco de pie. Salen cada hora o bien cuando se llena uno de ellos.

De Salento a la entrada del Valle de Cocora hay un cuarto de hora. Una vez llegados al Valle, hay dos entradas separadas por 500 metros y, por tanto, dos maneras de afrontar el sentido de la marcha.

Nosotros hemos optado por el que nos han recomendado en el hostal, el de las agujas del reloj. Ello supone no entrar por donde nos ha dejado el Jeep, sino medio kilómetro más adelante.

De este modo, el camino de subida es ancho, apto incluso para vehículos, y bastante tranquilo. En esta parte primera es donde pueden verse las principales extensiones de palma de cera.

Pastando

A lo largo de esta subida hay tres miradores para disfrutar del paisaje y tomarse un respiro. Yo, de hecho, he aprovechado la llegada al primer mirador para regresar por un camino de bajada más corto. En total, una hora.

La ruta completa, la que han hecho mis compañeros, es de alrededor de cuatro horas, que se pueden ampliar a cinco si se visita la Casa de los Colibríes.

Pero la ruta de cuatro horas, la más habitual, ya es bastante completa. Aunque no la he hecho, me comentan que este recorrido baja a la par que el río Quindío, que es atravesado varias veces por bonitos puentes colgantes.

Este camino de bajada, además, se caracteriza por su gran cantidad de barro, especialmente si la hora de la lluvia se adelanta y alcanza a los caminantes, algo que por suerte hoy no ha sucedido.

Llegados al punto de llegada, que es el mismo que el de salida, solo queda esperar a que se llene un Jeep o a que sea la media de cualquier hora. Es ese el momento de regresar a disfrutar de la tarde en Salento, de sus decenas de tiendas, bares, restaurantes… o de la tranquilidad del hostal hasta que, ahora sí, deje de llover.

Mateo y algunos granos de café

Cap. 190. 22-11-2018. Colombia (8). Visita a una plantación de café

Donde crece el mejor café del mundo

Vine hace unos pocos días a Salento, donde permaneceré algunos más. Salento, en el Departamento de Quindío, es una de las localidades más turísticas de Colombia. Casi todo el mundo pasa por aquí, la mayoría procedentes de Medellín con destino a Bogotá o viceversa. Tampoco está lejos Cali.

Salento está en el Eje Cafetero, la zona de Colombia donde crece el mejor café del mundo. Hay tres grandes ciudades en este Eje: Manizales, Pereira y Armenia. Sin embargo, casi todos los turistas las utilizan únicamente como puerta de entrada o salida a algunos de los pueblos de las montañas. Entre ellos destaca Salento, repleto de hostales, bares, restaurantes, tiendas, gente… y me han dicho que el fin de semana viene más fuerte.

Una de las visitas obligadas aquí en Salento es a alguna de las decenas de plantaciones de café, caracterizadas casi todas ellas por ser totalmente ecológicas y orgánicas. De este modo se preserva una larguísima historia cultural desde que el café llegó a Colombia en el siglo XVI procedente de África. También se busca potenciar el producto para colocarlo en el mercado con unos altísimos estándares de calidad.

El café que hemos molido

Nosotros (el argentino Lucas, el francés Louis y yo) hemos visitado la finca de Don Elías, la que nos han recomendado en el hostal donde nos alojamos. Se tarda unos tres cuartos de hora en bajar y alrededor de una hora en volver subiendo. Como para casi cualquier cosa, la otra opción es ir a la plaza para bajar y subir en Jeep, aunque su frecuencia no es muy alta.

La visita a la plantación ha sido realmente interesante. En el fondo, ha sido muy similar a las visitas a bodegas de vino, tan habituales en España: se conocen las plantaciones con sus decenas de variedades, se conoce el proceso de producción también con sus diferentes variantes para darle al café mayor o menos calidad y, por último, se degusta el producto. A ser posible, sin azúcar, un ‘mal’ que los cafeteros colombianos querrían erradicar de la faz de la tierra.

El café de Don Elías procede de una de las dos principales especies de café, arábica (70%) y de dos variedades creadas en el laboratorio (Colombia, 5%; y Castilla, 25%). Cada planta tiene ciertas diferencias, pero el producto, los granos de café, no se separa. Por ello, entre otras razones, cada cosecha sale un café diferente.

Hay dos cosechas. La más estable es la que va de marzo a mayo, que produce alrededor del 60% del café anual. La otra es ahora, en octubre o noviembre, y los cafeteros tradicionales la bautizaron como Traviesa porque es muy impredecible tanto en cantidad como en el momento de aparecer.

El momento definitivo

La plantación de Don Elías (nos ha recibido él en la puerta, aunque el guía ha sido el joven Mateo) tiene dos hectáreas y unas 6.000 plantas. Cada planta, alrededor de los siete años, es cortada casi desde abajo para que vuelva a dar café de calidad. Ello se puede hacer hasta dos veces, pero lo normal es hacerlo solo una.

Cuando llegaría el momento de hacer la segunda, la planta se arranca y se van sustituyendo por otras (semillas germinadas en arena). Estas nuevas plantas tardan 18 meses en volver a dar café, y 18 más en alcanzar su pleno rendimiento.

Las plantas medirían varios metros de altura si no fueran cortadas de vez en cuando. Todo el producto se recoge a mano. A pesar de su color tan apetecible, primero verde y luego rojo (algunas variedades también amarillo), los pájaros no atacan el fruto. Sí hay que luchar contra hongos e insectos, algo que se hace a través de pesticidas no químicos, elaborados a partir de plantas para no dañar el suelo.

Después de ver las plantaciones, hemos conocido el proceso de separación de la pulpa del grano. Después de secado, todavía hay que desprenderle de otra capa, la cutícula. Hay varias maneras de lavarlo y secarlo, según la calidad que se busque. 

El secado tarda de dos a cinco semanas dependiendo de las condiciones. Después llega el tostado, única parte del proceso que no se hace en la finca porque hay que hacerlo a una temperatura muy concreta, lo que no puede afinarse dentro de un proceso artesanal.

Y, tras ese tostado, a moler y a beber. Así hemos terminado la ruta de más de una hora, probando el café como se hace tradicionalmente en Colombia, a través de un filtro, con el café muy prensado pero sin impedir el paso del agua.

Como he comentado, la cultura del café en Colombia es casi infinita, aunque existen estudios, concursos, especialistas… que tratan de acotarla para comprenderla y mejorarla… tanto el producto en sí, como la manera de hacerlo más rentable para sus agricultores y el país.

Cap. 189. 17-11-2018. Colombia (7). Prolongo mi estancia

Un par de semanas mas por aquí

Escribo estas líneas el 18 de noviembre.

Antes de ayer 16, como dije, quedamos para cenar en Provenza con los amigos de Medellín que conocimos en la Ciudad Perdida y algunas personas más.

Estábamos al lado de mi hostal. Ellos cogieron un taxi y yo iba también a dormir. Cuando estaba a un par de minutos del hostal, un tipo con una moto me dio un golpe con la mano.

Más allá de la impresión, no me dolió nada hasta llegar al hostal, donde sí que empecé a notar alguna molestia. Bajé a recepción y tenía atrás una pequeña herida y un minichorro de sangre. No sé que llevaría el tipo en la mano porque sucedió todo en medio segundo.

Me lo limpió el recepcionista, pero no me gustaba nada la historia así que llamé de inmediato a Juan y Juanita, de quien acababa de separarme. Vinieron en coche rápido y, mientras dilucidábamos, llamé al seguro, el que me hice en 2011 y renuevo anualmente con el deseo de no utilizarlo. 

Me llevaron en su coche a la Clínica Las Américas, que es donde me mandó el seguro y uno de los mejores sitios de Medellín, según me tranquilizaron mis amigos.

Mientras solucionaba el tema del seguro ya en el hospital, llegó la Policía para ver qué había sucedido, pero yo no pude aportar ningún dato más del que estoy aportando aquí, más allá del lugar más exacto.

En la clínica, en bien poco rato, me limpiaron la herida, me la cerraron con un par de puntos y me hicieron una radiografía en la zona torácica.

La médica me tranquilizó desde el principio diciéndome que no era nada feo ni grave, pero quería hacer una segunda placa en cuatro o cinco horas para ver la evolución. Fue entonces cuando Juan y Juanita marcharon también a casa para descansar ese rato. Era algo después de la una de la mañana.

Dormí algo más de cuatro horas en el box de Urgencias que me asignaron.

Cuando desperté para la segunda placa, ya estaba llegando Juanita con mis cosas. Esa segunda placa evidenciaba que todo estaba muy parecido, pero tanto la doctora como su recambio de turno quisieron consultar con el cirujano. Todas las constantes (tensión, oxígeno en la sangre, pulso, auscultación) eran correctas.

El cirujano acudió y me dijo que la herida, aparte de necesitar esos dos puntos para ser cerrada, había dejado un poco de sangre en la pleura por la fuerza del golpe, demasiado poco como para hacer ningún drenaje. 

Resultado 1: dado de alta, una pastilla antiinflamatoria al día durante una semana y vida normal terrestre (comida, viajes en autobús, caminar…).

Resultado 2: ese pequeño hemotórax me impide volar durante 15 días, según me firmó el cirujano en un papel, arrancando de mi cabeza cualquier idea de acortar el plazo. Tampoco le insistí mucho porque cualquier persona entiende lo que es la salud.

Así que me quedo otras dos semanas por Colombia. Ya no será turismo sino trabajo, pero sí escribiré alguna entrada más porque tengo idea de visitar otro lugar, el mismo al que debería haber viajado la mañana siguiente a lo sucedido. El resto del tiempo lo emplearé como si fuera una jornada laboral… con el condicionante del cambio de hora (seis horas menos aquí).

A raíz de este suceso, quiero mostrar mi agradecimiento a:

-El recepcionista. Por cómo me trató y por cómo trató de quitar hierro al asunto… aunque sus consejos médicos por suerte fueron desoídos.

-El seguro. Sí, ya sé que lo pago y que es su trabajo, pero da tranquilidad que con una llamada de ida y otra de vuelta solucionen un tema tan importante aunque la cabeza esté más por el otro lado. Es Seguros Ocaso a través de su relación con Europ Assistance.

-Clínica Las Américas. Desde los que me recibieron al principio hasta los que me despidieron al final. Tuve suerte de que sucediera en Medellín y de que el seguro me mandara allí.

-Juanita y Juan, con extensión a familiares y otros amigos. Por los dos días antes del golpe y por los dos días transcurridos desde entonces, cuando hace apenas una semana que nos conocimos… Sin palabras. Escribo desde su hogar estas líneas. Estas son cosas que tiene el mundo de los viajes.

Medellín, desde el Metrocable que sube a Santo Domingo

Cap. 188. 16-11-2018. Colombia (6). Medellín desde dos alturas

El Parque Arví y el Pueblito Paisa

Hoy ya he pasado el día completo en Medellín, algo que no volverá a suceder, al menos durante mi estancia actual en tierras de Colombia. 

Fundamentalmente, hasta ahora, he hecho tres cosas: visitar el Parque Arví, darme un paseo por el centro sin rumbo definido y acercarme al Pueblito Paisa ya de regreso al hostal.

Antes de todo ello, que no lo he contado, he desayunado tranquilamente en la zona donde me alojo a las ocho de la mañana. Ya dije ayer que hay decenas de bares y restaurantes atractivos en esta zona de Provenza en El Poblado.

El Parque Arví es un inmenso espacio de naturaleza que merece la pena no solo por el lugar en sí, sino por una de las dos maneras de alcanzarlo: en Metrocable.

Hay que ir en Metro normal hasta Acevedo. Allí, con el mismo billete, sale un Metrocable (un telecabina de transporte de viajeros) con tres estaciones, que termina en Santo Domingo. En esta primera parte ya se tienen vistas espectaculares del fondo del Valle de Aburrá ocupado por la mole de Medellín.

Salón Málaga, en San Antonio

En Santo Domingo es necesario bajarse y cambiar de Metrocable, esta vez a uno denominado turístico que cuesta 5.550 pesos. El precio normal del Metro es de 2.400 por trayecto.

He pedido ida y vuelta, pero por suerte solo me han dado ida.

De hecho, he preguntado para bajar andando de la estación superior a la inferior y me ha respondido la señora de los biiletes: No hay cómo.

Instantáneamente me he dado cuenta. El Metrocable salva ahora un desnivel mucho más pronunciado, sin una sola vía de asfalto (hasta Santo Domingo sí las había) pero con un terreno repleto de casas a las que se entra por estrechas veredas y escalones ganados a la tierra. Parece mentira que estemos al lado de la ciudad.

Cuando termina este desnivel, el Metrocable cubre un largo recorrido sin ganar altitud, por encima de las copas de los árboles, hasta que llega a esa estación superior. Hemos pasado de 1.500 a 2.500 metros.

En el Parque Arví hay decenas de cosas que hacer si se dispone de todo el día e, incluso, de un fin de semana. Hay sitios para dormir y muchísimos puestos de cualquier cosa.

Hay sobre todo varios paseos guiados a pie y en bicicleta para ver cultura indígena, mariposas, avifauna, orquídeas, árboles, saltos de agua… Son paseos de alrededor de un par de horas, con coste.

Si no se tiene ese tiempo o no se desea gastar, se puede hacer lo que me han recomendado: un paseo de una media hora hasta El Tampo y hasta el curso de agua con pequeños saltos del Chorro Clarín.

Para regresar en Metrocable me tocada desandar lo andado. Por suerte, desde ahí mismo sale un autobús que pasa por el pueblo de Santa Elena y que deja en el puro centro de Medellín.

Eso es lo que he hecho y, como he comentado, me he dado un paseo de un par de horas por la zona de San Antonio, contando una parada para comer y otra para tomar un café en un lugar que me ha gustado mucho, el Salón Málaga.

Desde la estación de Metro de San Antonio he ido a la de Industriales, ya más cerca del hostal. El objetivo era visitar otra de las recomendaciones de ayer, el Pueblito Paisa, en el Cerro Nutibara, una montaña de 80 metros en pleno centro de la ciudad. Hay buenas vistas y un parque muy frondoso de 33 hectáreas.

El Pueblito Paisa es una reproducción de algunas casas y una iglesia de los pueblos de esta zona, la zona ‘paisa’. Me han comentado que hay pueblos de verdad de este estilo no tan lejos de Medellín. Habrá de ser para otra vez.

El Cerro Nutibara recibe más de un millón de visitas anuales. También hay muchos puestos de comida, bebida, artesanía… para pasar un rato más largo, ya que el Museo de la Ciudad se encuentra en la cima de este cerro.

Yo ya he decidido regresar, así que un taxi me ha dejado en mi hostal. Llueve y la temperatura es fantástica.

Mi despedida de Medellín ya será por aquí, de nuevo por Provenza y de nuevo con los medellinenses de la Ciudad Perdida.

Plaza de Botero

Cap. 187. 15-11-2018. Colombia (5). Medellín

Fernando Botero, la eterna primavera y una cena local

Esta mañana he volado de Cartagena de Indias a Medellín en un avión rosa. Cambio el Caribe por la capital de Antioquia, la segunda ciudad más grande de Colombia tras la megápolis de Bogotá.

El aeropuerto está a unos 30 kilómetros de la ciudad. Nada más salir de la terminal, se te acercan varios taxistas ofreciéndote un taxi colectivo hasta la ciudad. Como el precio es fijo (70.000 pesos), se espera a que se llene el vehículo para dividir el total entre cuatro. El proceso son cinco minutos.

Nada más llegar a Medellín ya se nota algo bien diferente a Cartagena: el aire que corre es fresco. Medellín es conocida como la Ciudad de la Eterna Primavera. El tiempo apenas varía de unos meses a otros y los extremos son muy suaves, sobre todo por abajo: apenas se superan los 30 grados y rara vez se baja de los diez.

Palacio de la Cultura

Sin embargo, la estructura del municipio hace que dentro del mismo haya diferencias, como he podido apreciar por la noche. Ubicada al fondo del Valle de Aburrá, el que forma el río Medellín, la ciudad va subiendo desde los 1.500 metros hacia altitudes superiores en algunos barrios, más frescos que el fondo del valle.

Según venía del aeropuerto, ya veía construcciones que escalan las laderas junto con todas aquellas levantadas en la parte baja. Las montañas que rodean Medellín se acercan a los 3.000 metros.

Haciendo caso a los amigos medellinenses que hicimos en la Ciudad Perdida, he cogido el hostal en el barrio de Provenza. He tenido doble suerte, porque el taxi colectivo, que va siempre hasta San Diego, me he dejado a apenas diez minutos de caminata del alojamiento sin necesidad de desviarse.

Nada más llegar, mientras esperaba a poder entrar en la habitación, me he dado un paseo por el barrio. Está repleto de locales hosteleros muy cuidados en los que parece seguro que los fines de semana, según cae el anochecer, tienen que estar a tope. Quizás mañana lo compruebe, pero ya se nota que el ambiente es buenísimo.

Tras regresar al hotel y asearme, he bajado hasta el Metro de Poblado para dirigirme a uno de los lugares más fotogénicos y famosos de Medellín: la plaza de Botero.

Mi barrio estos días

Allí pueden verse 23 esculturas del más famoso escultor colombiano y de uno de los más famosos del mundo. Muchas personas del mundo probablemente solo conocerán su nombre entre los escultores contemporáneos.

La plaza de Botero se encuentra junto al Museo de Antioquia, en la parada de Metro de Parque Berrío. Allí mismo he comido y me he dado un breve paseo antes de regresar al hostal.

Aquí he hecho algo de tiempo hasta las siete, hora a la que había quedado con Juan y Juanita, a los que no veía desde hace cuatro días en Machete Pelao o Mamey, para ir a cenar a casa de los padres de ella. Pocas cosas agradece más un viajero que ser beneficiario de la hospitalidad local.

Hemos degustado una cena de barbacoa en la terraza, algo que aquí en Medellín se puede hacer casi cada día del año, lo que no se paga con dinero.

Si para ir hemos tardado casi media hora, para volver apenas nos hemos demorado diez minutos.

Después de este primer breve acercamiento a Medellín, de la que tan bien me habían hablado antes de venir (por eso me compré hace tiempo el billete), mañana haré algo más completo pero dejándome todavía bastantes cosas para una próxima vez.