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En el puente de hierro de Carmelo
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18-9-2020. Una escapada a la agradable Carmelo (Uruguay)

Nueva colaboración en este blog de Óscar Reyes, esta vez de su viaje a Carmelo, Uruguay, el pasado mes de febrero. Allá va:

«Empiezo el relato recordando que Carmelo era también un antiguo compañero de clase no muy buen estudiante, por cierto, de mi etapa de EGB.

Si el nombre, Carmelo Juan, no era por entonces muy común entre los niños de la época menos todavía lo eran sus apellidos, Pie de Hierro y Cantalapiedra. Semejante penitencia fue la carnaza perfecta para que sus crueles compañeros de clase nos pegáramos un festín durante años. Pobrecito. Bien pues, como ocurre a veces en una pirueta del destino, el azar dispone que unos de los principales reclamos de este pueblo uruguayo con el mismo nombre es, precisamente, un puente de hierro.

En Carmelo

Pero bueno, al lío. Al publicarse la Programación supe que iba a pasar dos días en Uruguay y me llevo una alegría al comprobar que Marisa, una amiga con quien empecé mi andadura por los aires, forma parte también de esa tripulación. Ocasiones así se dan con poca frecuencia así que ambos decidimos desde el principio pasar el destacamento juntos.

En Uruguay, febrero todavía es temporada alta y las playas de la zona oriental tienen mucho tirón pero yo estoy tan persuadido con Carmelo que Marisa pronto desiste en visitar Punta del Este, a pesar la recomendación de una amiga. Lo cierto es que yo ya he visitado anteriormente tanto la ciudad del departamento de Maldonado como Cabo Polonio y en ningún caso repito destino cuando me quedan todavía otros por conocer.

El día llega y tras un largo vuelo a Montevideo sin contratiempos y un posterior intento frustrado de siesta en el hotel, nos reunimos sobre las 13:30h en el lobby del Sheraton para coger un Uber.

Nuestros rostros reflejan cansancio pero el poder de la excitación ante una aventura que se avecina es siempre superior y el trayecto a la estación Tres Cruces se hace muy ameno, sobre todo por la charla con el taxista. No es un tópico, no pierdan la oportunidad de departir con un uruguayo, además de simpáticos, tienen siempre ganas de conversar y suelen estar muy bien informados de lo que pasa fuera de su pequeño país.

En el viaje

Ya en la estación nos dirigimos a la ventanilla de Intertur para retirar los billetes y al poco partimos rumbo a nuestro destino. Durante las más de tres horas de trayecto, damos buena cuenta de los sandwiches de paté y varios snacks mientras charlamos animosamente.

Para ocupar el tiempo, el bus cuenta también con wifi. Carmelo, a unos 215 kilómetros al oeste de Montevideo, se sitúa en la zona occidental del departamento de Colonia, junto al río de la Plata. Con menos de 20.000 habitantes y ordenada en espacios amplios y poco concurridos es fácil verse atrapado por su atmósfera tranquila, casi perezosa. Una delicia para quienes buscan hacer una visita sin prisas. Sus fantásticas bodegas han consolidado con el tiempo una ruta del vino, muy apreciada hoy internacionalmente y, sin embargo, esa circunstancia no ha transformado el ambiente relajado de la ciudad. Carmelo es justo lo que veníamos buscando. Al llegar al hotel advertimos que la labor de documentación previa ha dado sus frutos. Este se encuentra en mitad de la vía principal que une el centro con la playa y además tiene bicicletas gratuitas a disposición de los clientes.

Fachada del hotel Timabe

Los residentes deambulan frente a la coqueta fachada rosa de estilo colonial del Timabe y nos convencemos de que el mejor plan es quedarse allí mismo, siendo testigos de la apacible actividad desde una de las mesas exteriores. Entre jarra y jarra de cerveza la entretenida conversación deriva a confesiones de diversa índole y, a pesar de la comida anodina, disfrutamos de una velada muy agradable.

A pesar del cansancio, antes de retirarme a la habitación un impulso me lleva a tomar una bici hasta la playa en un evocador paseo que recordaré memorable con la brisa espabilando mi suave embriaguez, instantes antes de teletransportarme al sueño profundo.

Al día siguiente amanece soleado y tras el desayuno tipo buffet iniciamos la visita dirigiéndonos al cercano puente giratorio. Aunque ensamblado en Uruguay, fue construido en Alemania en 1912 y es el pionero de Sudamérica con mecanismo de giro a tracción humana.

El entorno ajardinado del arroyo de las Vacas junto al rojo intenso del hierro configuran uno de los parajes más atractivos y visitados de Carmelo. De ahí regresamos al centro para recorrer las calles principales y la Plaza de la Independencia, parando de vez en cuando a tomar alguna foto.

La ciudad fue fundada por el sempiterno José Gervasio Artigas y su estatua preside el centro de la plaza que lleva su nombre. Por momentos, es inevitable sentirse forastero ante las miradas curiosas, sobre todo cuando Marisa y yo entablamos conversación.

La realidad es que la inmensa mayoría de los extranjeros que aterrizan aquí son argentinos, vía ferry desde Tigre (Buenos Aires), y es normal que el acento español resulte chocante.

El calor empieza a hacerse cada vez más intenso y resolvemos que la mejor idea es ir a refrescarnos y tumbarnos en una sombra a Playa Seré. Es otro de los imprescindibles de Carmelo y el lugar parece concebido para combatir el estrés.

Arenas blancas con árboles que casi se meten en las calmas aguas se convierten en el perfecto sitio de nuestro recreo. Unas horas de relax antes de poner fin a nuestra escapada, no sin antes parar a probar el famoso chivito uruguayo en el lugar más recomendado de la ciudad, un pintoresco puesto de comida ambulante.

Mientras deglutimos el contundente y apetitoso sandwich a base de milanesa asada, huevo, jamón y ensalada surge una charla con el señor que nos atiende, quien había vivido en España. A la conversación se une, curioso, un cliente y compartimos unas risas justo antes de partir a la estación.

La tarta

Durante el recorrido en el bus, Marisa se compromete a hacerle una tarta personalizada a Pol, por su cuarto cumpleaños, con un resultado que recordará en el futuro henchido de felicidad. Llegamos sobre la hora prevista al hotel con tiempo de sobra para descansar y recuperarnos para el vuelo del día siguiente.

¡Qué bien ha salido todo y cuánto ha merecido la pena!