Cap. 136. 29-5-2017. Mallorca (2)

La montaña prohibida… de momento

Había leído en internet que ascender la cima más alta de la isla de Mallorca, que es también la más alta de las Islas Baleares, no era especialmente sencillo, y eso que se puede llegar a ella en coche. ¿Entonces pues? El Puig Major y todo su entorno pertenece al Ejército del Aire, y es necesario un permiso específico del mismo para hollar su cumbre y para ver de cerca la gran bola que preside toda la isla en una de sus más icónicas imágenes.

Subir al Puig Major era el objetivo número dos de este viaje a Mallorca y nos vamos a ir sin hacerlo. ¿Fracaso, por tanto? No. Hemos establecido los contactos necesarios para, en un futuro que espero cercano, poder ascenderlo. Cuando llegue ese día, lo contaré. ¿Y entonces por qué no lo habéis subido hoy o mañana? Porque no se daban las condiciones necesarias de disponibilidad de las personas, nada especial.

Al pie del Puig Major
Al pie del Puig Major

Hoy lunes, antepenúltimo día del mes de mayo, hemos visitado la parte más montañosa de la isla de Mallorca, lo que podría considerarse el noroeste dentro de la particular disposición que tiene ese trozo de tierra de agua rodeado.

Pensar en Mallorca puede ser pensar en playas, hoteles, fiesta, mar, turistas del norte de Europa… Sin embargo, hay una parte mallorquina que no es que sea secreta, pero no es la más explotada. Mallorca tiene una montaña salvaje, preciosa, pétrea y que recuerda a los Picos de Europa aunque sea 1.200 metros más baja.

La Sierra de Tramontana, Patrimonio de la Humanidad, se despeña desde esa altitud hasta el mismo mar en unos pocos metros. Más de medio centenar de cimas superan el kilómetro de altitud. En toda esta zona mallorquina hay pendientes espectaculares, en ocasiones salpicadas por preciosos pueblos y quebradísimas carreteras que no se encuentran en muchos más lugares de España.

Nuestro recorrido de hoy, después de haber desayunado en el Arenal, ha empezado en la capital oficiosa de la comarca, en Sóller, uno de los pueblos más turísticos de Mallorca. Hoy estaba a tope, así que no nos lo queremos imaginar en verano. Sóller, como todas estas localidades, está rodeado de verticales montañas, lo que no le impide estar comunicado por vía férrea con dos lugares: el tranvía que va al Puerto de Sóller y el famoso y turístico tren que llega hasta Palma.

Desde Sóller hemos seguido al norte, para ver de cerca el Puig Major y hacernos al menos una foto con él de fondo. Esperemos hacérnosla junto a él dentro de unos meses. La carretera es espectacular, repleta de ciclistas y de curvas… pero nada que ver con lo que nos hemos encontrado luego.

La carretera que sube al Puig Major está cortada desde su mismo comienzo, con lo que al menos hemos ahorrado algo de tiempo. Ya se acercaba la hora de comer, algo que queríamos hacer en la misma costa. El recepcionista de nuestro hotel (gracias) nos ha recomendado un lugar que no conocíamos, el Puerto de Valldemossa, llamado también en algunos mapas Cala de Valldemossa.

Merece la pena solo por la carretera que llega hasta allí, después de pasar otro pueblo muy bonito como es Deiá. Son seis kilómetros estrechísimos, arrebatados a la montaña de un modo que parece imposible. Para subir hay que meter primera en casi todas las curvas, y cada vez que te encuentras con un coche de frente uno de los dos tiene que pararse. Todo ello, mientras se ve a la derecha o a la izquierda la inmensidad del mar.

En Puerto de Valldemossa no vive nadie de continuo, pero sí hay un pueblo de unas cuantas edificaciones, una pequeña cala, un precioso lugar para bañarse y un restaurante, donde hemos comido una paella espectacular.

Ya era hora de regresar, pero no podíamos dejar de parar en otro de los pueblos señeros de Mallorca: Valldemossa y su famosa Cartuja, famosa porque allí estuvieron un invierno Frederic Chopin y George Sand. Pocos pueblos tienen tanta identificación con unos artistas que residieron en él apenas unos meses.

Tocaba ya ir regresando a casa. Antes, hemos hecho una breve parada en Palma para ver de nuevo a Paula y al Turi. Desde allí hemos cubierto el breve trayecto hasta el Arenal, donde hemos cenado con mis padres en el Can Torrat, un lugar que merece la pena, especialmente en noches tan agradables como la de hoy.

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