Una niña nómada

Cap. 162. 12-3-2018. Irán (7)

Un día con los nómadas de Irán

La experiencia que hemos vivido hoy no es la habitual que viven más del 95% de los turistas que cada año visitan Irán. Nada más llegar a Shiraz, preguntamos en el hostal para hacer una ruta montañera, a ser posible por algunos de los cuatromiles de los montes Zagros que no están muy lejos de la ciudad.

En el hostal nos pusieron en contacto con un guía, quien nos comentó que subir a las montañas nevadas sin el material adecuado no era recomendable. Él suele hacerlo en verano, pero no tiene prendas de abrigo, crampones o piolets para alquilar y hacer la excursión en invierno.

A cambio, nos ofreció otro de sus tours de dos días, una visita a unas familias de nómadas iraníes. Más concretamente, su familia y otras familias del mismo grupo de la misma tribu. Son, en concreto, nómadas turcos. En invierno, como es ahora, viven en unas praderas entre montañas no muy altas, de unos 1.000 metros. En verano, cuando suben las temperaturas a límites no soportables, se marchan a otras praderas mucho más elevadas, por encima de los 2.000 metros.

Mujer de 90 años

Cuento rápidamente lo que hemos hecho hoy y luego en el Bazar escribo cuatro notas sobre los nómadas, para no ir mezclando.

Esta mañana nos hemos levantado pronto porque a las 7.30 habíamos quedado con nuestro guía, Mohamed. Poco antes de las 8.00 ya estábamos en ruta hacia el suroeste, hacia el Golfo Pérsico, del que nos hemos quedado a unos 70 kilómetros. Ya nos había advertido de que el viaje duraba unas cuatro horas para 250 kilómetros, que podían ser cinco con paradas.

El viaje en coche ha sido primero por una carretera de montaña con un tráfico ajetreadísimo, después por una autovía y a continuación por una carretera de nuevo de un carril. Hemos parado a comprar víveres y caramelos y, en algún momento, hemos girado a la derecha, ya claramente hacia terreno poco habitados. En esta carretera, durante una parada en un mirador para ver un bonito bosque de palmeras, Mohamed me ha dado las llaves y he conducido la hora que quedaba de camino.

Caminando entre tiendas

Todo este tramo final lo hemos hecho ya por terreno de nómadas. Hemos parado a dejar el coche y a comer justo a las 13.00. La comida ha sido una especie de pisto, muy bueno, con el pan típico de Irán, una especie de pasta finísima de la que se tienen que consumir millones de kilos al día.

A las 14.00 hemos empezado a andar hacia las montañas. El primer tramo de la caminata es el más feo, el que está al lado de la carretera, todavía muy humanizado y, como todo en estos días, muy seco. A lo largo del camino hemos parado a saludar a varios de sus familiares. La primera parada ha sido a los diez minutos, aún en un terreno no muy atractivo.

Después de tomar el té con ellos una vez más y de repartir algunos de los caramelos y chocolatinas, hemos reemprendido la marcha y, pronto, hemos llegado a un lugar mucho más agradable, tanto por la presencia de algo de verde como por la cercanía de las montañas y el encuentro con varios accidentes geográficos causados por el agua… aunque todos sequísimos.

A la hora, más o menos, nos hemos topado con una bonita pradera verde en la que había algunas tiendas. Eran más primos y tíos de Mohamed, con los que hemos vuelto a tomar té mientras los niños sacaban las cabras a pastar.

El apicultor y maestro

Pensábamos que esos eran nuestros aposentos, pero todavía ha sido necesario andar unos 15 minutos más. Entre ambos grupos nos hemos cruzado con la escuela (una tienda bien preparada, con una visible bandera de Irán) y con un apicultor trabajando las abejas con su traje antipicaduras. El apicultor resulta ser tambien el maestro, otro nómada.

Alrededor de las 18.15 hemos llegado por fin donde vamos a dormir. Por supuesto, nos han sacado té. En vista de que el anochecer estaba cercano, les hemos pedido aplazar unos minutos la sentada alrededor de la infusión. Con la misma ropa que llevábamos, nos hemos puesto a trotar por el camino poco menos de 40 minutos, porque a las 18.50 ya casi no se veía nada.

Al llegar de nuevo a la tienda, ya sí, hemos tomado té y hemos comido otra especie de pisto también buenísimo, berenjena y tomate hecho a fuego lentísimo. Estamos, además de Marta, Nacho y yo, el guía, sus tíos, otro señor y un mercenario afgano que acaba de abandonar su país hace unos meses y que no para de fumar opio.

Ya tenemos todo listo para dormir en la tienda: alfombras, unas mantas y unos cabritillos que nos harán compañía esta noche. Son las 20.30 pero no tardaremos en acostarnos, supongo que después de un último vistazo a los miles de estrellas que nos sobrevuelan.

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