1-12-2016. El Transiberiano 2008 (4 de 7)

En el lago Baikal

¿Y el paisaje? Llanura, llanura, llanura, llanura, llanura, llanura, raíles, raíles, raíles, raíles, raíles, raíles, algún tren que de repente viene en sentido contrario, superficies acuáticas, interminables filas de dachas (casas de campo) antes y después de llegar a las ciudades…

¿Y los Urales? Sé que tuve que atravesarlos en algún momento después de la estación de Perm, pero no me enteré. Es una cadena montañosa muy larga y muy antigua, de escasas altitudes y suaves pendientes. Sus máximas elevaciones, que no llegan a los 1.900 metros, están además mucho más al norte. En el Google Earth casi ni se aprecian en esta zona que pasa el Transiberiano.

Frío en el segundo día en el Baikal
Frío en el segundo día en el Baikal

Lo que sí vi fue algunos de los ríos más grandes del planeta, como el Volga, el Yeniséi o el Obi. En este viaje, todos ellos se atraviesan en las horas centrales del día. Es difícil no percatarse de ellos porque atraviesan grandes ciudades, así que solo había que estar atento justo antes de llegar a la estación o justo después de salir.

Inciso 1: ahora es todo más fácil con internet, pero si alguien hace el Transiberiano después de leer estas líneas, le recomendaría que llevara una guía, para saber lo que vamos atravesando o lo que nos espera. Yo no me llevé ninguna, pero sí cuatro libros de viajes y aventuras: ‘La isla del tesoro’, ‘La Eneida’, ‘El Libro de la Selva’ y ‘La vuelta al mundo en 80 días’. Estos libros se leen de otra manera en viajes así.

Pasar casi cinco días en un tren, salvo las breves paradas en las estaciones, puede que no sea algo apropiado para todo el mundo, pero a mí me encanta. La palabra que mejor define lo que se vive allí es tranquilidad, aunque he tenido otras experiencias de largos viajes en tren en los que encaja más la palabra jolgorio, la otra cara de la diversión. Pronto hablaré de ello.

Un pescador
Un pescador

Después de haberme montado en Moscú tantas horas antes, mi primera parada, la única intermedia, la hice en Irkutsk. Es una de las paradas más frecuentes entre los viajeros del Transiberiano porque se encuentra ‘a orillas’ del lago Baikal. Pongo esas comillas porque viendo un mapa parece que efectivamente sucede eso, que Irkutsk está bañado por las aguas de una de las masas de agua más impresionantes del mundo: allí se encuentra una quinta parte del agua dulce y líquida del mundo.

Realmente, esta ciudad está a 70 kilómetros del Baikal, pero esas distancias son insignificantes en Siberia, que seguiría siendo de larguísimo el país más grande del mundo aunque algún día se desgajara de Rusia. Así que me bajé en la estación de Irkutsk después de despedirme de mi compañera de viaje. Allí, como en todos los sitios, me esperaba alguien con un cartelito en el que, supongo, pondría algo muy parecido a “Mr. Tierno”.

Ese alguien me transportó en una furgoneta hasta la ciudad en la que iba a pasar las dos próximas noches, Listvianka. Por lo que vi, hasta allí va casi todo el mundo que se baja en Irkutsk. Es más, si yo hubiera viajado como a mí me gusta, seguramente ni siquiera me habría quedado en Listvianka sino que habría ido hasta la isla Olkhon, situada dentro del lago y el clásico lugar inexcusable para los mochileros. Pero no me voy a poner a llorar ocho años después…

De Listvianka tengo algunos flashes. Recuerdo que el primer día me hizo buenísimo, y que daba gusto pasear a orillas del lago. El segundo día, cuando contraté o llevaba contratada una excursión en barco, hacía más frío que en Soria en invierno. Recuerdo igualmente la existencia de un tren de vapor, y el cartel de una especie de ‘corrida’ de toros. Para esos días ya me había acostumbrado al cirílico: “Española corrida”, o algo así.

Leer crónica completa del viaje

30-11-2016. El Transiberiano 2008 (3 de 7)

Gastronomía a lo largo del tren

Hablo casi todo de memoria, para lo bueno y para lo malo. En los cuatro días y medio que estuve en el tren, creo que apenas me encontré viajeros como yo. Recuerdo una pareja de catalanes, con los que no llegué a hablar porque nos cruzamos en alguna estación o algo así, y poco más. Ni diez personas en total. Era un tren lento, utilizado fundamentalmente por los rusos para moverse entre dos ciudades.

Apenas hablaban inglés. Mejor dicho, no hablaba inglés casi nadie. Entre las excepciones, por suerte, estaba mi compañera de habitación desde el primer día hasta el último. No recuerdo su nombre, aunque lo acertaría si me dieran a elegir tres, entre ellos el correcto. Sí recuerdo, con pequeña envidia, que ella hacía el viaje entero entre Moscú y Blagoveshchensk: siete días menos tres horas de viaje. Era una militar no muy mayor, de unos 50 años, pero ya jubilada por los servicios prestados a la Unión Soviética primero y a Rusia después.

Estación de tren de Novosibirsk
Estación de tren de Novosibirsk

Aunque hace apenas ocho años de entonces, en esos cuatro días y medio de trayecto no tuve ni internet ni teléfono móvil. De hecho, yo entonces no tenía ni móvil. Algún día mi compañera me ofreció utilizar el suyo, pero no me pareció bien. En una ciudad en la que el tren iba a permanecer largo rato, juraría que Novosibirsk, aproveché para llamar desde una cabina telefónica.

En el tren, creo que en todos los vagones, había un horario con todas las llegadas, salidas y los minutos que se paraba en cada estación. Me dice mi memoria que la puntualidad era total. En bastantes poblaciones, como se puede apreciar en las fotos, el tren paraba al menos 20 minutos.

Cada vez que llegábamos a una de estas paradas era una pequeña fiesta, tanto para nosotros como para los numerosos vendedores que aprovechaban para ofrecernos comida y bebida ya que en el tren no había tienda como tal, solo un restaurante. Según íbamos avanzando hacia el Lejano Este iba cambiando la comida que nos ofrecían. Pocas veces en mi vida he comido tanto pescado seco en tan pocos días.

Varias veces en esas 112 horas de viaje comí de lo que iba comprando en las estaciones. Que nadie piense en un primero, un segundo y un postre… íbamos calmando el hambre con lo que nos ofrecían. Según avanzábamos, iba cambiando el tipo de alimentos que ingeríamos, así como las rasgos de los vendedores, cada vez más orientalizados.

El último día del viaje en tren, con mi compañera de compartimento
El último día del viaje en tren, con mi compañera de compartimento

Otras veces, sin embargo, sí comí en ese único vagón restaurante del tren. Allí pasé también largas horas viendo el paisaje, tomando alguna cerveza, leyendo, tomando notas y hablando sin ningún problema durante media hora con un ruso que se me sentó enfrente y que no sabía ningún idioma diferente al suyo.

Eso mismo sucedía con la carta. Estaba en ruso, en cirílico. Aunque con el paso de los días me había ido acostumbrando a los caracteres, de ahí a intuir lo que podían significar las palabras de la carta había un camino. Un día, quizás el primero que fui al restaurante, quería pollo. Ni pollo, ni chicken, ni poulet… Al final, la coreografía de la canción más famosa de María Jesús y su acordeón fue suficiente para que un suculento pollo con patatas fuera servido en mi mesa.

Otro de los detalles que recuerdo con mayor nitidez es el de ir a comprar té. Té y azúcar fueron dos de las pocas palabras que aprendí en ruso. La primera vez que me tomé uno, pensé que se habían equivocado al cobrarme. Siempre bajo el riesgo de errar, creo que un té costaba cinco céntimos de euros y el azúcar, dos más. La marca era Lipton Ice al 90% de posibilidades. El té no se tomaba en el restaurante. Se compraba una bolsita y el azúcar a uno de los empleados que había al comienzo de cada vagón, se metían en un vaso que también te facilitaban y se echaba sobre ellos agua hirviendo que salía de un grifo. Repetí muchísimas veces ese ritual, para tomármelo tranquilamente en mi compartimento, esperando a que se enfriara.

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29-11-2016. El Transiberiano 2008 (2 de 7)

La gran suerte del 350

Hecha esta introducción, aclaro que mi vivencia del Transiberiano en sí fue exactamente igual de plena que si el viaje me lo hubiera organizado yo. En el tren en el que viajé no hay distinciones, no había vagones de lujo, y el tiempo y las estaciones van pasando igual para todo el mundo.

El Sábado Agés y el Domingo de Calderas los pasé en Moscú, dando algunos paseos por la Plaza Roja, el río, las estaciones de Metro tan adornadas, el museo Gorki, algún centro comercial… El domingo me recluí bien de noche en mi habitación para ver la final de la Eurocopa, aquel golazo de Torres con el que le ganamos 1-0 a Alemania.

He tenido que esperar a la elaboración de este reportaje para adivinar la gran suerte que tuve. Como he dicho un par de párrafos más arriba, en mi tren todos los vagones eran iguales. Ya sé por qué.

Horas y horas con esta visión
Horas y horas con esta visión

Lo que todo el mundo llama el Transiberiano no es un tren en sí, sino un gran recorrido que parte de Moscú y termina en varios lugares del remoto oriente continental asiático. Mi agencia me compró un billete en el tren 350, uno de los numerosos que surcan estas líneas férreas.

El 350 (349 en sentido contrario) parte cada día de Moscú a las 13.35 y llega a Blagoveshchensk casi seis días después. Si sales un lunes a las 13.35, estás en Blagoveshchensk el domingo a las 11.19, después de 7.981 kilómetros seguidos. Cuando yo viajé, creo que no existía un tren directo Moscú-Vladivostok, a pesar de que todos hemos aprendido que esa es la ruta tradicional del Transiberiano.

(Creo que estos trenes ya no existen, de vez en cuando las rutas del Transiberiano –de los Transiberianos- cambian)

Yo, de hecho, salí un lunes, el 30 de junio, Lunes de Bailas en Soria. A las 13.35 debería estar tomándome el vermú con mis amigos en la plaza de Herradores, pero estaba realmente en la estación de Yaroslavsky, una de las varias que hay en Moscú, de la que salen todos los trenes hacia la infinita Siberia.

Me monté en el tren y no me bajé de él hasta la mañana del sábado, en Irkutsk, 5.193 kilómetros después.

¿Qué se ve y qué se vive en casi cinco días sin salir del Transiberiano? ¿Apasionados romances, invitaciones al contrabandismo, largas noches de fiestas multiculturales, aburrimiento extremo, grandes ganas de llegar al punto de destino o todas las anteriores son falsas?

La respuesta correcta es la última. Estoy hablando del viaje que hice yo en junio y julio de 2008.

Esperando para coger el tren
Esperando para coger el tren

Mi principal intención era la de hacer un larguísimo trayecto en tren sin bajarme de él en ningún momento. Eso no es lo habitual entre los turistas y viajeros. Lo normal es ir parando en algunos de los lugares más famosos y pasar en ellos una o dos noches para conocer las ciudades y sus alrededores (Perm, Ekaterimburgo, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk…). Numerosas guías de viajes recogen lo que puede hacerse y visitarse en cada una de ellas.

Pero mi idea era otra, quería vivir casi cinco días en el tren, por eso no me bajé de él hasta las 5.34 de la mañana del sábado.

Mi habitáculo era igual que todos, con cuatro asientos-camastros, dos abajo y dos arriba. Todas las noches, venían a ponernos sábanas limpias, que eran recogidas a la mañana siguiente. No necesito lujos ni comodidades para dormir como cuando era un bebé, pero creo recordar que se estaba bien en aquellos aposentos más bien duros.

Leer crónica completa del viaje

Transiberiano 2008 (crónica completa)

El plan de viaje no sale del todo bien

Ojalá este blog hubiera nacido hace dos décadas. No habría olvidado nombres de lugares, no habría perdido fotos, no mezclaría fechas y ahora tendría recuerdos y mejores fotografías de los viajes más bonitos que he hecho. Por ejemplo, el Transiberiano en 2008.

Hace ya algún tiempo me preguntó una amiga si había escrito sobre él, sobre el viaje en tren más mítico que existe. Me estaba trasladando una pregunta que le había hecho su madre. Le contesté que no, pero que lo solucionaría en breve. En estos momentos estoy empezando la solución.

Me voy a alargar un poco más de la cuenta, pero voy a contar algún detalle más sobre aquellas dos semanas de junio y julio de 2008.

El Kremlin en la Plaza Roja de Moscú
El Kremlin en la Plaza Roja de Moscú

Quería estar las fiestas de San Juan en Soria completas y librando, sin trabajar ningún día, algo que no me sucede desde mediados de los 90. Ese deseo me volverá cuando algún amigo muy amigo sea Jurado. En 2008, San Juan empezó el miércoles 25 de junio y terminó el lunes 30.

Tenía también ganas de ir a China (no se me han pasado), y decidí ir en tren. A la vez, me apetecía estar muchos días en mi pueblo, en Valdeavellano de Tera, a finales de julio. Aquel año tenía 35 días de vacaciones.

Haciendo cuentas, entendí que no me merecía la pena llegar hasta Pekín para estar tan poco tiempo, y terminé quedándome en Mongolia. No fue un simple remiendo. En algún lugar vi que mis fechas coincidían con el Naadam (11 de julio) y me entraron unos deseos inmensos de estar esos días en Ulan Bator, la capital de Mongolia, para vivir su gran festival.

Recuerdo que le dije al de la agencia de Barcelona: “Quiero ir en el Transiberiano de Moscú a Ulan Bator. Tengo que salir el 1 o, mejor, el 2 o 3 de julio. Y tengo que estar en Ulan Bator el día 11, fecha del Naadam”. Mi plan era estar tres o cuatro días en Mongolia y regresar en avión.

El papel que tantas veces miré, con los horarios de llegada y salida en cada estación
El papel que tantas veces miré, con los horarios de llegada y salida en cada estación

Al cabo de un tiempo que no recuerdo, me dijeron en la agencia que ya tenían todos los billetes, hoteles, visados… A saber: vuelo de Madrid a Moscú, tren Moscú-Irkutsk, tren Irkutsk-Ulan Bator y vuelo de Ulan Bator a Madrid con larguísima parada en Moscú. A eso se añaden todos los traslados entre aeropuertos y estaciones y los alojamientos.

Fechas que me había elegido la agencia: del 27 de junio al 10 de julio. Sí, las dos semanas de tiempo que yo les había pedido, pero adelantándome las fechas y perdiéndome las fiestas de San Juan y el Naadam. Ahora es fácil saber que debería haberles dicho que lo sentía pero que no, pero entonces me dio apuro haberles hecho perder tanto tiempo para luego decirles que no contrataba el viaje.

Perderme San Juan me supo mal en aquel momento, pero podía ser entendible. Al Naadam no creo que vuelva nunca. Recuerdo mi último día en Ulan Bator, con toda la ciudad volcada en la preparación de su principal fiesta, de la que tantos reportajes había visto.

Fue el último viaje que realicé con agencia, y no creo que haga ninguno más. No me refiero a trabajar con agencias, que lo hago bastante, sino a contratar el viaje completo con una de ellas. Es bastante más caro, eso para empezar. Además, si hubiera viajado como he viajado siempre, habría compartido hostales con los amigos que fui haciendo durante el camino.

La gran suerte del 350

Hecha esta introducción, aclaro que mi vivencia del Transiberiano en sí fue exactamente igual de plena que si el viaje me lo hubiera organizado yo. En el tren en el que viajé no hay distinciones, no había vagones de lujo, y el tiempo y las estaciones van pasando igual para todo el mundo.

El Sábado Agés y el Domingo de Calderas los pasé en Moscú, dando algunos paseos por la Plaza Roja, el río, las estaciones de Metro tan adornadas, el museo Gorki, algún centro comercial… El domingo me recluí bien de noche en mi habitación para ver la final de la Eurocopa, aquel golazo de Torres con el que le ganamos 1-0 a Alemania.

He tenido que esperar a la elaboración de este reportaje para adivinar la gran suerte que tuve. Como he dicho un par de párrafos más arriba, en mi tren todos los vagones eran iguales. Ya sé por qué.

Horas y horas con esta visión
Horas y horas con esta visión

Lo que todo el mundo llama el Transiberiano no es un tren en sí, sino un gran recorrido que parte de Moscú y termina en varios lugares del remoto oriente continental asiático. Mi agencia me compró un billete en el tren 350, uno de los numerosos que surcan estas líneas férreas.

El 350 (349 en sentido contrario) parte cada día de Moscú a las 13.35 y llega a Blagoveshchensk casi seis días después. Si sales un lunes a las 13.35, estás en Blagoveshchensk el domingo a las 11.19, después de 7.981 kilómetros seguidos. Cuando yo viajé, creo que no existía un tren directo Moscú-Vladivostok, a pesar de que todos hemos aprendido que esa es la ruta tradicional del Transiberiano.

(Creo que estos trenes ya no existen, de vez en cuando las rutas del Transiberiano –de los Transiberianos- cambian)

Yo, de hecho, salí un lunes, el 30 de junio, Lunes de Bailas en Soria. A las 13.35 debería estar tomándome el vermú con mis amigos en la plaza de Herradores, pero estaba realmente en la estación de Yaroslavsky, una de las varias que hay en Moscú, de la que salen todos los trenes hacia la infinita Siberia.

Me monté en el tren y no me bajé de él hasta la mañana del sábado, en Irkutsk, 5.193 kilómetros después.

¿Qué se ve y qué se vive en casi cinco días sin salir del Transiberiano? ¿Apasionados romances, invitaciones al contrabandismo, largas noches de fiestas multiculturales, aburrimiento extremo, grandes ganas de llegar al punto de destino o todas las anteriores son falsas?

La respuesta correcta es la última. Estoy hablando del viaje que hice yo en junio y julio de 2008.

Esperando para coger el tren
Esperando para coger el tren

Mi principal intención era la de hacer un larguísimo trayecto en tren sin bajarme de él en ningún momento. Eso no es lo habitual entre los turistas y viajeros. Lo normal es ir parando en algunos de los lugares más famosos y pasar en ellos una o dos noches para conocer las ciudades y sus alrededores (Perm, Ekaterimburgo, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk…). Numerosas guías de viajes recogen lo que puede hacerse y visitarse en cada una de ellas.

Pero mi idea era otra, quería vivir casi cinco días en el tren, por eso no me bajé de él hasta las 5.34 de la mañana del sábado.

Mi habitáculo era igual que todos, con cuatro asientos-camastros, dos abajo y dos arriba. Todas las noches, venían a ponernos sábanas limpias, que eran recogidas a la mañana siguiente. No necesito lujos ni comodidades para dormir como cuando era un bebé, pero creo recordar que se estaba bien en aquellos aposentos más bien duros.

Gastronomía a lo largo del tren

Hablo casi todo de memoria, para lo bueno y para lo malo. En los cuatro días y medio que estuve en el tren, creo que apenas me encontré viajeros como yo. Recuerdo una pareja de catalanes, con los que no llegué a hablar porque nos cruzamos en alguna estación o algo así, y poco más. Ni diez personas en total. Era un tren lento, utilizado fundamentalmente por los rusos para moverse entre dos ciudades.

Apenas hablaban inglés. Mejor dicho, no hablaba inglés casi nadie. Entre las excepciones, por suerte, estaba mi compañera de habitación desde el primer día hasta el último. No recuerdo su nombre, aunque lo acertaría si me dieran a elegir tres, entre ellos el correcto. Sí recuerdo, con pequeña envidia, que ella hacía el viaje entero entre Moscú y Blagoveshchensk: siete días menos tres horas de viaje. Era una militar no muy mayor, de unos 50 años, pero ya jubilada por los servicios prestados a la Unión Soviética primero y a Rusia después.

Estación de tren de Novosibirsk
Estación de tren de Novosibirsk

Aunque hace apenas ocho años de entonces, en esos cuatro días y medio de trayecto no tuve ni internet ni teléfono móvil. De hecho, yo entonces no tenía ni móvil. Algún día mi compañera me ofreció utilizar el suyo, pero no me pareció bien. En una ciudad en la que el tren iba a permanecer largo rato, juraría que Novosibirsk, aproveché para llamar desde una cabina telefónica.

En el tren, creo que en todos los vagones, había un horario con todas las llegadas, salidas y los minutos que se paraba en cada estación. Me dice mi memoria que la puntualidad era total. En bastantes poblaciones, como se puede apreciar en las fotos, el tren paraba al menos 20 minutos.

Cada vez que llegábamos a una de estas paradas era una pequeña fiesta, tanto para nosotros como para los numerosos vendedores que aprovechaban para ofrecernos comida y bebida ya que en el tren no había tienda como tal, solo un restaurante. Según íbamos avanzando hacia el Lejano Este iba cambiando la comida que nos ofrecían. Pocas veces en mi vida he comido tanto pescado seco en tan pocos días.

Varias veces en esas 112 horas de viaje comí de lo que iba comprando en las estaciones. Que nadie piense en un primero, un segundo y un postre… íbamos calmando el hambre con lo que nos ofrecían. Según avanzábamos, iba cambiando el tipo de alimentos que ingeríamos, así como las rasgos de los vendedores, cada vez más orientalizados.

El último día del viaje en tren, con mi compañera de compartimento
El último día del viaje en tren, con mi compañera de compartimento

Otras veces, sin embargo, sí comí en ese único vagón restaurante del tren. Allí pasé también largas horas viendo el paisaje, tomando alguna cerveza, leyendo, tomando notas y hablando sin ningún problema durante media hora con un ruso que se me sentó enfrente y que no sabía ningún idioma diferente al suyo.

Eso mismo sucedía con la carta. Estaba en ruso, en cirílico. Aunque con el paso de los días me había ido acostumbrando a los caracteres, de ahí a intuir lo que podían significar las palabras de la carta había un camino. Un día, quizás el primero que fui al restaurante, quería pollo. Ni pollo, ni chicken, ni poulet… Al final, la coreografía de la canción más famosa de María Jesús y su acordeón fue suficiente para que un suculento pollo con patatas fuera servido en mi mesa.

Otro de los detalles que recuerdo con mayor nitidez es el de ir a comprar té. Té y azúcar fueron dos de las pocas palabras que aprendí en ruso. La primera vez que me tomé uno, pensé que se habían equivocado al cobrarme. Siempre bajo el riesgo de errar, creo que un té costaba cinco céntimos de euros y el azúcar, dos más. La marca era Lipton Ice al 90% de posibilidades. El té no se tomaba en el restaurante. Se compraba una bolsita y el azúcar a uno de los empleados que había al comienzo de cada vagón, se metían en un vaso que también te facilitaban y se echaba sobre ellos agua hirviendo que salía de un grifo. Repetí muchísimas veces ese ritual, para tomármelo tranquilamente en mi compartimento, esperando a que se enfriara.

En el lago Baikal

¿Y el paisaje? Llanura, llanura, llanura, llanura, llanura, llanura, raíles, raíles, raíles, raíles, raíles, raíles, algún tren que de repente viene en sentido contrario, superficies acuáticas, interminables filas de dachas (casas de campo) antes y después de llegar a las ciudades…

¿Y los Urales? Sé que tuve que atravesarlos en algún momento después de la estación de Perm, pero no me enteré. Es una cadena montañosa muy larga y muy antigua, de escasas altitudes y suaves pendientes. Sus máximas elevaciones, que no llegan a los 1.900 metros, están además mucho más al norte. En el Google Earth casi ni se aprecian en esta zona que pasa el Transiberiano.

Frío en el segundo día en el Baikal
Frío en el segundo día en el Baikal

Lo que sí vi fue algunos de los ríos más grandes del planeta, como el Volga, el Yeniséi o el Obi. En este viaje, todos ellos se atraviesan en las horas centrales del día. Es difícil no percatarse de ellos porque atraviesan grandes ciudades, así que solo había que estar atento justo antes de llegar a la estación o justo después de salir.

Inciso 1: ahora es todo más fácil con internet, pero si alguien hace el Transiberiano después de leer estas líneas, le recomendaría que llevara una guía, para saber lo que vamos atravesando o lo que nos espera. Yo no me llevé ninguna, pero sí cuatro libros de viajes y aventuras: ‘La isla del tesoro’, ‘La Eneida’, ‘El Libro de la Selva’ y ‘La vuelta al mundo en 80 días’. Estos libros se leen de otra manera en viajes así.

Pasar casi cinco días en un tren, salvo las breves paradas en las estaciones, puede que no sea algo apropiado para todo el mundo, pero a mí me encanta. La palabra que mejor define lo que se vive allí es tranquilidad, aunque he tenido otras experiencias de largos viajes en tren en los que encaja más la palabra jolgorio, la otra cara de la diversión. Pronto hablaré de ello.

Un pescador
Un pescador

Después de haberme montado en Moscú tantas horas antes, mi primera parada, la única intermedia, la hice en Irkutsk. Es una de las paradas más frecuentes entre los viajeros del Transiberiano porque se encuentra ‘a orillas’ del lago Baikal. Pongo esas comillas porque viendo un mapa parece que efectivamente sucede eso, que Irkutsk está bañado por las aguas de una de las masas de agua más impresionantes del mundo: allí se encuentra una quinta parte del agua dulce y líquida del mundo.

Realmente, esta ciudad está a 70 kilómetros del Baikal, pero esas distancias son insignificantes en Siberia, que seguiría siendo de larguísimo el país más grande del mundo aunque algún día se desgajara de Rusia. Así que me bajé en la estación de Irkutsk después de despedirme de mi compañera de viaje. Allí, como en todos los sitios, me esperaba alguien con un cartelito en el que, supongo, pondría algo muy parecido a “Mr. Tierno”.

Ese alguien me transportó en una furgoneta hasta la ciudad en la que iba a pasar las dos próximas noches, Listvianka. Por lo que vi, hasta allí va casi todo el mundo que se baja en Irkutsk. Es más, si yo hubiera viajado como a mí me gusta, seguramente ni siquiera me habría quedado en Listvianka sino que habría ido hasta la isla Olkhon, situada dentro del lago y el clásico lugar inexcusable para los mochileros. Pero no me voy a poner a llorar ocho años después…

De Listvianka tengo algunos flashes. Recuerdo que el primer día me hizo buenísimo, y que daba gusto pasear a orillas del lago. El segundo día, cuando contraté o llevaba contratada una excursión en barco, hacía más frío que en Soria en invierno. Recuerdo igualmente la existencia de un tren de vapor, y el cartel de una especie de ‘corrida’ de toros. Para esos días ya me había acostumbrado al cirílico: “Española corrida”, o algo así.

Mi primera ducha

No lo recuerdo, pero sé que en Listvianka me duché por primera vez desde Moscú. En el Transiberiano, en el que yo hice, no hay duchas, así que la higiene la fui manteniendo como pude, contando las horas hasta Irkutsk. Unos pocos años después, cuando viajé a los campos de refugiados del Sáhara, sabiendo ya que no iba a poder ducharme, aprendí el truco de las toallitas de bebés, pero ese bagaje todavía no lo tenía en 2008.

No hice mucho en Listvianka. En las fotos se ve una especie de museo del Baikal en el que estuve, sin carteles en inglés. Paseé por el mercado, iría a correr… no sé. En el hotel coincidí con unos españoles, chico y chica, que eran amigos, no pareja. Pero discutían como si lo fueran.

Estar a orillas del Baikal o de cualquier masa muy grande de agua no permite hacerse una idea de las dimensiones, pero simplemente estar en el sitio ya es bonito para los que nos gusta viajar.

Niños bañándose en Ulan Bator
Niños bañándose en Ulan Bator

Otra furgoneta me llevó de regreso a Irkutsk. Otra cosa que me sorprendió de esta zona es que, aunque en toda Rusia se conduce igual que en España, por la derecha, casi todos los vehículos de aquí llevaban el volante a ese mismo lado, con lo que los adelantamientos por la izquierda tienen que ser mucho más arriesgados. Esta irregularidad se debe a que la mayoría de los coches, según me explicaron, se compraban en la ya vecina Japón, y no se molestaban ni en cambiarles el volante de lado. En Japón se conduce como en Inglaterra, y como en tantos países del mundo, por la izquierda.

En Irkutsk me monté en mi segundo tren del viaje, un tren muy diferente al primero. Ahora, me dirigía de las orillas del Baikal a la capital de Mongolia, a Ulan Bator, adonde habríamos de llegar alrededor de día y medio después. Es bastante, pero nada que ver con el trayecto anterior de casi cinco días.

Despedida en Ulan Bator
Despedida en Ulan Bator

La otra gran diferencia era el público, el pasaje. Como tengo escrito, en el primer Transiberiano casi vi solo rusos que iban de una ciudad a otra a pasar sus días libres, sus vacaciones o a resolver algunas cuestiones de trabajo. En este nuevo tramo, conocido más habitualmente como Transmongoliano, nos dividieron entre turistas y no turistas. Yo era de los primeros.

Me ubicaron en un mismo vagón con dos noruegos, uno rubio y uno negro. De los nombres no voy a hacer ni el más pequeño esfuerzo. Supongo que al principio me puse a leer, más allá de las cuatro preguntas obvias del ‘Where are you from?’. Pero luego, no recuerdo cómo, aunque me lo imagino, empezamos a confraternizar, a confraternizar… qué bien me lo pasé en ese viaje entre Irkutsk y Ulan Bator.

Las otras dos cosas que recuerdo de esa gran cantidad de horas que pasamos los tres sin dormir fue que el rubio era diseñador de joyas (no lo parecía) y que hicimos un concurso de pulsos (no había juez).

El significado de la lluvia en Mongolia

Pero lo que más me marcó de aquel encuentro con esos dos noruegos fue lo que sucedió al llegar a la capital de Mongolia. A mí me esperaba el cartelito de ‘Mr. Tierno’. A ellos, nada ni nadie. Se tenían que ir a buscar algún hostal por ahí… Qué envidia doble: porque esa es la manera que me gusta de viajar y porque es muchísimo más barata. Quizás estén relacionadas, pero me dolió no poder acompañarles a buscar alojamiento, como me propusieron.

Inciso 2: Me ha pasado muchas veces antes y después, igual que a todo el mundo que ha viajado por el mundo varias semanas o varios meses. Me refiero a la experiencia de encontrarte con una persona de cualquier país y recorrer con él varios lugares durante unos días. En la mayoría de los casos, al despedirnos, ni nos planteamos intercambiarnos nuestras direcciones de contacto.

Haciendo girar los cilindros
Haciendo girar los cilindros

¿Qué hice en Mongolia? Para empezar, estuve muy poco, creo que cuatro noches. Como he contado al principio, la agencia, supongo que por comodidad o conveniencia suya, no consiguió hacer coincidir mi estancia en Ulan Bator con el Naadam. Al menos, sí vi en numerosos lugares de la ciudad los preparativos de que algo grande se avecinaba. Muchos coches llevaban banderas de Mongolia. Como se suele decir siempre que se va a otro país, el tráfico era un caos.

Llegué pronto por la mañana. Me tenía que organizar los tres días que me faltaban como yo supiera, no tenía nada contratado ni pensado. Fui a una agencia local y les pedí que me buscaran algo para los dos días siguientes. Me propusieron un precio que me pareció razonable, aunque luego volví a entender que era precio cien por cien turista.

Paseo a caballo
Paseo a caballo

El resto del día lo pasé, con un calor increíble, dando vueltas por Ulan Bator. Nunca aparecerá en ninguna lista de las ciudades más hermosas del mundo, pero un par de días se pasan de cualquier manera en cualquier lado. Lo que más recuerdo es un gran parque, con una figura inmensa de Buda a la que llegué después de subir bastantes escaleras. Por la noche, después de todo ese calor, cayó una tromba de agua impresionante. El sistema de alcantarillado era insuficiente para evacuar toda esa agua.

La mañana siguiente comenzó mi excursión de dos días. Como no me daba tiempo a conocer el lugar más famoso de Mongolia, el desierto del Gobi, me tuve que conformar con una visita a un ger-camp (campamento de gers) a un par de horas más o menos de la capital. Los gers son las viviendas habituales de los nómadas.

Otra de las cosas que recuerdo, sin necesidad de fotografías, en que en mitad del camino se nos puso otra vez a llover, no mucho. La guía me contó que, según la tradición mongola, la lluvia es el recibimiento de la naturaleza a la buena gente. De camino a mi hogar de esa noche nos detuvimos a conocer un monasterio budista. Creo que fue allí donde aprendí el simbolismo del número 108 en esta religión y la necesidad de hacer girar todos esos cilindros cuando se visita un monasterio. No es necesidad, pero yo lo hice. Cuatro años después, en 2012, estuve en el lugar donde nació Buda, en Lumbini (Nepal).

Durmiendo en la estepa mongoliana y el funcionamiento de nuestro mundo

Tras la visita al monasterio llegué al ger en el que me iba a alojar esa noche. No sé exactamente cuántas horas estuve en ese lugar, quizás treinta. No había ningún extranjero más, porque el grupo con el que iba a compartir viaje no pudo a última hora. Así que dormí yo solo en uno de los gers, mientras en otro dormía mi matrimonio anfitrión junto a sus dos niños. Fui una atracción para ellos, sobre todo mientras partíamos avellanas que habían viajado conmigo desde España. Comunicación estrictamente lingüísticamente no hubo mucha, pero no parecía importarles.

De todas esas horas que pasé en el ger-camp recuerdo otras dos cosas. La primera, darme un largo paseo por las verdísimas colinas de los alrededores, teniendo cuidado de no coger demasiados vericuetos para no pasar la noche a la intemperie. La segunda, la única opción ‘turística’ que allí había, y que era compartir un viaje a caballo con el padre de familia. Tuve buen cuidado en que no soltara nunca mis riendas, por lo menos al principio. En Mongolia hay más caballos que seres humanos y, teniendo en cuenta que en la capital, donde vive casi la mitad de la población, hay muy pocos, es fácil imaginar la gran cantidad de ellos hay en las inacabables extensiones mongolianas.

Los hijos de mis anfitriones
Los hijos de mis anfitriones

No pude hacer mucho más allí, pero fue suficiente con esas experiencias, combinadas con la de uno de los anocheceres más serenos que recuerdo, durmiendo yo solo en esa especie de gran tienda de campaña llamada ger.

Se acercaba el final de mi viaje. Al día siguiente vinieron a recogerme para llevarme de vuelta a Ulan Bator. Pagamos de nuevo el peaje de una carretera en la que jamás habría imaginado que lo hubiera. Dormí en el mismo hotel de la otra vez. De hecho, tenía pagada también la anterior noche. Hice algunas compras en un supermercado, pero no pasaron al día siguiente el control del aeropuerto.

Me desperté en mi último día. En el hotel, preparando las cosas, no encontraba por ningún lado el pasaporte y pensaba que ya debía quedarme unos cuantos días más en Mongolia. De repente me llegó una luz: me lo habían guardado en recepción del hotel.

Volé de Ulan Bator a uno de los aeropuertos de Moscú, a Sheremetyevo. A mi lado se sentaba una pareja española que empezaron a discutir cada vez más y más y que acordaron separarse cuando llegaran a España. Me tuve que hacer el dormido casi todo el viaje.

Cuando llegué a Moscú, ignorante de mí, probé a salir del aeropuerto para no pasar en él las ocho horas que faltaban hasta mi siguiente vuelo. En mi pasaporte solo tenía permiso para una salida de Rusia, así que me quedé en el Sheremetyevo según me aconsejó el guardián de la puerta. Como conté otra vez en este mismo blog (leer), allí me dio tiempo a leerme entero ‘La vuelta al mundo en 80 días’.

Jorge Luis Rodríguez Sotolongo
Jorge Luis Rodríguez Sotolongo

Lo más sorprendente, sin embargo, me sucedió entre capítulo y capítulo de la novela de Verne. Me encontré con un varón, cubano, y nos pusimos a hablar. Se llamaba Jorge Luis Rodríguez Sotolongo, y tenía 43 años. Su historia, o la de personas que han vivido su misma historia, ha merecido la filmación de películas como ‘En tránsito’ o ‘La terminal’.

Voy a intentar resumirla. Se fue de Cuba a Rusia, donde se quedó más tiempo de lo que le permitían los papeles. Le sorprendió la policía y fue deportado. Eso sucedió en febrero de 2008. Como habían pasado más de 11 meses desde su salida de su país natal, pasó a ser considerado emigrante, sin derecho a regreso. Voló a Cuba, pero al no poder entrar a su país volvió de nuevo al Sheremetyevo. Por supuesto, tampoco pudo pasar a Rusia. Jorge Luis llevaba viviendo medio año en la zona de tránsito de aquel aeropuerto, esperando que le dejaran entrar a Estados Unidos, o a Ecuador, o a España…

No volví a saber de él, e internet no me aporta nada nuevo. Así funciona este nuestro mundo, el que espero seguir recorriendo, desentrañando y contando, sin intimidarme ante el tamaño de la tarea.

Esta crónica ha aparecido en siete entradas, entre el 28 de noviembre y el 4 de diciembre de 2016

28-11-2016. El Transiberiano 2008 (1 de 7)

El plan de viaje no sale del todo bien

Ojalá este blog hubiera nacido hace dos décadas. No habría olvidado nombres de lugares, no habría perdido fotos, no mezclaría fechas y ahora tendría recuerdos y mejores fotografías de los viajes más bonitos que he hecho. Por ejemplo, el Transiberiano en 2008.

Hace ya algún tiempo me preguntó una amiga si había escrito sobre él, sobre el viaje en tren más mítico que existe. Me estaba trasladando una pregunta que le había hecho su madre. Le contesté que no, pero que lo solucionaría en breve. En estos momentos estoy empezando la solución.

Me voy a alargar un poco más de la cuenta, pero voy a contar algún detalle más sobre aquellas dos semanas de junio y julio de 2008.

El Kremlin en la Plaza Roja de Moscú
El Kremlin en la Plaza Roja de Moscú

Quería estar las fiestas de San Juan en Soria completas y librando, sin trabajar ningún día, algo que no me sucede desde mediados de los 90. Ese deseo me volverá cuando algún amigo muy amigo sea Jurado. En 2008, San Juan empezó el miércoles 25 de junio y terminó el lunes 30.

Tenía también ganas de ir a China (no se me han pasado), y decidí ir en tren. A la vez, me apetecía estar muchos días en mi pueblo, en Valdeavellano de Tera, a finales de julio. Aquel año tenía 35 días de vacaciones.

Haciendo cuentas, entendí que no me merecía la pena llegar hasta Pekín para estar tan poco tiempo, y terminé quedándome en Mongolia. No fue un simple remiendo. En algún lugar vi que mis fechas coincidían con el Naadam (11 de julio) y me entraron unos deseos inmensos de estar esos días en Ulan Bator, la capital de Mongolia, para vivir su gran festival.

Recuerdo que le dije al de la agencia de Barcelona: “Quiero ir en el Transiberiano de Moscú a Ulan Bator. Tengo que salir el 1 o, mejor, el 2 o 3 de julio. Y tengo que estar en Ulan Bator el día 11, fecha del Naadam”. Mi plan era estar tres o cuatro días en Mongolia y regresar en avión.

El papel que tantas veces miré, con los horarios de llegada y salida en cada estación
El papel que tantas veces miré, con los horarios de llegada y salida en cada estación

Al cabo de un tiempo que no recuerdo, me dijeron en la agencia que ya tenían todos los billetes, hoteles, visados… A saber: vuelo de Madrid a Moscú, tren Moscú-Irkutsk, tren Irkutsk-Ulan Bator y vuelo de Ulan Bator a Madrid con larguísima parada en Moscú. A eso se añaden todos los traslados entre aeropuertos y estaciones y los alojamientos.

Fechas que me había elegido la agencia: del 27 de junio al 10 de julio. Sí, las dos semanas de tiempo que yo les había pedido, pero adelantándome las fechas y perdiéndome las fiestas de San Juan y el Naadam. Ahora es fácil saber que debería haberles dicho que lo sentía pero que no, pero entonces me dio apuro haberles hecho perder tanto tiempo para luego decirles que no contrataba el viaje.

Perderme San Juan me supo mal en aquel momento, pero podía ser entendible. Al Naadam no creo que vuelva nunca. Recuerdo mi último día en Ulan Bator, con toda la ciudad volcada en la preparación de su principal fiesta, de la que tantos reportajes había visto.

Fue el último viaje que realicé con agencia, y no creo que haga ninguno más. No me refiero a trabajar con agencias, que lo hago bastante, sino a contratar el viaje completo con una de ellas. Es bastante más caro, eso para empezar. Además, si hubiera viajado como he viajado siempre, habría compartido hostales con los amigos que fui haciendo durante el camino.

Leer crónica completa del viaje

27-11-2016. ¿Cómo hacer para que Numancia 2017 aparezca en los ‘doodles’ de Google?

¿Sabemos lo que es un ‘doodle’, no? Cuando abres Google, a veces te aparece el logotipo normal de esta pyme:

Logotipo habitual
Logotipo habitual

Y otras veces aparece un logotipo diferente, generalmente alusivo al día que vivimos. Hoy domingo 27 de noviembre aparece este:

El logotipo de hoy
El logotipo de hoy

Hoy es San José de Calasanz, y con este ‘doodle’ (ya está la respuesta), Google homenajea a los profesores, ya que hoy celebran su día.

En los últimos años, desde que empezaron a popularizarse, hemos disfrutado de cientos de ‘doodles’. A veces son simplemente las letras de Google transformadas de algún modo (por decir algo, cubiertas de nieve cuando empieza el invierno). Otras, como hoy, no aparecen esas seis letras por ningún lado o yo no las veo.

En su web, Google ofrece la explicación de las políticas para la elaboración de ‘doodles’. Para empezar, deben ser temáticas ‘blancas’, de esas que casi es imposible que creen polémica. Ayer, por ejemplo, ni se plantearon hacer un ‘doodle’ de la muerte de Fidel, y tampoco veremos uno relacionado con la tauromaquia. En este último capítulo incluyo las fiestas de San Juan (Soria).

En esa misma página, la empresa también da a conocer el método para proponerle la elaboración de ‘doodles’ o, si he leído bien, para mandárselos directamente hechos.

Logotipo de Numancia 2017
Logotipo de Numancia 2017

A lo mejor sería divertido ver algo relacionado con Numancia 2017, dentro del esfuerzo promocional que se está haciendo del producto. El hecho de que el logotipo lo haya hecho Mariscal seguro que ayuda. Los numantinos ya hemos superado aquella derrota tan peleada de hace 2.150 años y para los romanos, al fin y al cabo, fue una victoria.

Web de Google sobre los ‘doodles’

Correo para mandar propuestas: proposals@google.com

26-11-2016. A estas horas todavía no sé si Plácido Domingo va a cantar esta noche en La Habana

Son las 11.15 de la mañana de hoy sábado y me he enterado hace una hora de que se ha muerto Fidel Castro. Murió ayer. Por tanto, se trata de un día histórico en todo el mundo, por el fallecimiento de una de las personas más famosas que lo han poblado en los últimos 60 años.

Pero aunque Fidel hubiera esperado todavía unos días, unos meses o unos años para morir, el de hoy iba a ser en cualquier caso un día histórico para La Habana, para Cuba y para la música. Por primera vez, el tenor madrileño iba/va a cantar en el país caribeño, atendiendo a una petición que le hizo Alicia Alonso… hace 28 años. No sé qué tal estará Alicia Alonso a sus casi 95 años, pero no me extrañaría que estupendamente.

Plácido Domingo, recién llegado a Cuba
Plácido Domingo, recién llegado a Cuba

Plácido Domingo tiene exactamente 20 menos. En esos 75 años de vida le ha dado tiempo a ser considerado uno de los principales tenores de todos los tiempos, el número uno del siglo XX según varias listas diferentes que pueden consultarse en internet: classicfm, BBC Music Magazine.

Domingo está programado para esta noche en el Teatro Alicia Alonso de La Habana. Él quería tocar al aire libre, en el malecón, pero las previsiones de mal tiempo lo han desaconsejado. A cambio, iban/van a colocarse 2.000 sillas fuera del Teatro para que se le pueda escuchar desde fuera.

Antes de ayer jueves, poco después de llegar a Cuba, Plácido Domingo ya cantó improvisadamente junto a Omara Portuondo:

Pero el concierto grande, en el que el tenor madrileño tiene previsto cantar algunas míticas canciones cubanas, está programado para hoy.

Ya sé que la tendencia cuando se muere un dirigente es a suspenderlo todo, pero la ocasión es tan histórica que espero que Plácido Domingo cante hoy como tenía previsto. Me imagino que entre los mandatarios cubanos estarán ahora discutiendo qué hacen y qué no hacen. De momento, no he encontrado nada en internet, pero tampoco he querido buscar mucho porque no quería escribir esta entrada condicionado.

25-11-2016. Hoteles bonitos: Kakslauttanen Arctic Resort (cuando encontré oro)

La entrada de hoy es de estas que hago a veces, muy sencillas, en las que me limito a dar a conocer lugares que he descubierto a través de internet, sobe todo, y que me resultan atractivos.

El de hoy es el Kakslauttanen Arctic Resort, un hotel situado al norte de Finlandia y del que necesariamente tuve que pasar muy cerca cuando me alquilé un coche en Rovaniemi y emprendí una ruta por el norte del país, en 2005.

Se trata de un complejo hostelero conformado por numerosos iglús de diferentes comodidades, ubicados en el corazón de las auroras boreales, en una de las escasas zonas casi vírgenes que todavía pueden encontrarse en Europa.

Kakslauttanen Arctic Resort
Kakslauttanen Arctic Resort

He estado mirando rápidamente su web en español, y he encontrado las actividades que pueden hacerse tanto en invierno como en verano. Entre estas últimas, hay una que se llama ‘Búsqueda de oro’. Casi lo había olvidado… Aquella vez de 2005, subiendo por allí, encontré un cartel que invitaba a buscar oro en un río.

Paré y entré. El proceso era parecido al que siempre he imaginado en Klondike: echar piedras a un tamiz y confiar en que apareciera algo. Yo tuve suerte y, entre piedra y piedra, ayudado por uno de los empleados del lugar, hallé una hebra de oro que de vez en cuando veo por casa y que a lo mejor no pesa ni un decigramo.

Por razones fáciles de imaginar, yo no me alojé en el Kakslauttanen Arctic Resort sino un poco más al norte todavía, en Inari.

Si habéis llegado hasta aquí, ya sé qué pregunta os estáis haciendo. Aproximadamente, desde 400 euros la doble.

24-11-2016. La estrella de Sara García, la estrella de Óscar García y varias maneras de unirlas

Ayer, como periodista en Soria, viví un día especialmente intenso, de esos que gusta vivir dos o tres al año. Hubo bastantes noticias muy interesantes, empezando por la preciosa nevada, aunque todavía escasa, con la que amanecimos en la ciudad.

Pero las dos noticias que quiero destacar son otras. Por un lado, la muerte de Sara García, la famosa Sara de Bretún. Por otro, la concesión de la estrella Michelin al Baluarte, el restaurante de Óscar García en Soria capital.

Estoy escribiendo esta entrada a última hora de ayer miércoles, porque para la escritura soy noctámbulo aunque tenga sueño. A estas horas, estas dos noticias tienen centenares, seguramente más de un millar, de ‘megustas’ o ‘mencantas’ en Facebook. A ello hay que sumar numerosas decenas de comentarios de sorianos. En el caso de Sara, mostrando respeto por su muerte y, sobre todo, recordando con cariño sus enseñanzas a pie de campo. En el caso de Óscar, mostrando alegría sincera por la recompensa a un trabajo de tantos años, por la consecución de un sueño.

Hace muchos años que estuve por última vez con Sara. Fue como me habían dicho que sería. A todo el mundo que se lo contaba después, me decían luego que ellos habían vivido lo mismo que yo. Creo que fue esa última vez cuando fui con Silvia. Aparcamos y, antes de poner el pie en el suelo, ya estaba Sara junto a nuestro coche.

Inmediatamente nos condujo a las icnitas, en el mismo pueblo, para hablarnos de la “punta, talón, la corta, la larga…” y de lo que estaban haciendo los dinosaurios en ese mismo lugar hace millones de años, casi como si ella lo hubiera visto o como si su abuela se lo hubiera contado. Ojalá hubiera personas así en varios pueblos de Soria.

Silvia y yo pasamos una mañana divertidísima. Creo que luego estuvimos también en su casa. Era entre semana, íbamos de trabajo, y difícilmente podía esperar Sara que nadie acudiera ese día a Bretún.

Muchos años después de aquello, ayer por la tarde, Silvia y yo estuvimos en contacto permanente con el wasap ante lo que nos imaginábamos… Baluarte, el restaurante con el que ella ha trabajado, ya tiene su estrella. Silvia escribió en su blog una entrada que seguro tenía muchas ganas de escribir. Leerla.

La siguiente anécdota, la siguiente manera de unir a Sara y Óscar, ya la conté en este blog. Leerlo.

Contaba en esa entrada que un día estaba viendo en casa ‘El cielo gira’, la película de Mercedes Álvarez. Nada más empezar, entró en casa mi compañero de piso, Mitsu, cocinero japonés que trabajaba en aquellos días en Baluarte. No soy capaz de precisar tanto, pero considerando que apenas se perdió unos minutos, es muy probable que viera la escena en la que Sara les explica a unos visitantes la historia de las icnitas de Bretún. Lo más sorprendente, como ya comenté en su día, es que Mitsu estuvo sentado en el sofá viendo la película entera.

Aunque ahora vive en Barcelona, casualmente ha venido a pasar estos días a Soria. Es amigo de Óscar y es amigo mío. Por suerte, a él no ha podido verle hoy, ya que estaba en Gerona, en la gala de entrega de las estrellas Michelin. Cuando se ha conocido la noticia, y después de publicar un rápido avance, he bajado al Baluarte a vivir la celebración. Está muy cerca de mi casa. Allí estaba por supuesto Mitsu, radiante de felicidad por la estrella que su amigo ha ganado, una felicidad mucho más explícita, pero seguramente igual de intensa, que la serena que vivió aquella noche conmigo cuando vimos juntos ‘El cielo gira’.

23-11-2016. ¿Qué hace una bandera pirata en lo alto de la Torre Eiffel en el centro de Soria?

Salvo los menos observadores, todos los que hayamos pasado estos días por la plaza más céntrica de la ciudad de Soria (Mariano Granados) habremos visto que allí hay una Torre Eiffel de madera. El comentario más habitual de todas las personas que la ven, curiosamente, no es el hecho de que se haya plantificado allí una réplica del conocido monumento parisino, sino el de que en su cúspide haya ondeando una bandera pirata. Busqué en Google, a ver si había alguna película o alguna posible explicación, pero no encontré nada.

Ayer me encontré por la calle con Javier Muñiz, director del Certamen Internacional de Cortos Ciudad de Soria. Le paré y se lo pregunté: ¿Qué hace una bandera pirata en lo alto de la Torre Eiffel?

La bandera pirata que preside el centro de Soria. Foto: Concha Ortega
La bandera pirata que preside el centro de Soria. Foto: Concha Ortega

Él tampoco tenía la respuesta exacta (que solo la tendrá, si la tiene, el artista), pero me ofreció dos posibilidades así sobre la marcha, las dos válidas. Primero, que la copia de la torre Eiffel es una copia pirata de la auténtica. Y segundo, que el artista encargado de levantarla es también un poco pirata.

Añadido 1: El artista que ha construido esta torre es Guadalupe Jiménez ‘Arponero’. Es un pseudónimo. Realmente, es un hombre. El motivo de este trabajo es que, este año, Francia es el país invitado en el Certamen de Cortos de Soria. Esta Torre Eiffel está hecha con materiales de reciclaje.

Añadido 2: No sé qué se va a hacer con esa torre cuando se termine el festival, así que allá va mi propuesta: Colocarla en un lugar donde haya bien de espacio y, poco a poco, ir acompañándola de otros monumentos famosos del mundo, construidos siempre con material reciclado. Yo creo que vendría mucha gente de toda España a verlo.

La reciclada Torre Eiffel. Foto: Concha Ortega
La reciclada Torre Eiffel. Foto: Concha Ortega