El titular de esta entrada sirve para describir con bastante aproximación la ruta que hicimos ayer 21 personas.

A las 8.45 de la mañana, para sorpresa y creo que para regocijo del personal de la estación de Soria, nos montamos en el único tren que opera en la capital de la provincia, el que la une con la capital de España.

A las 9.00 estábamos bajando en la estación de Quintana Redonda. Allí comenzaba nuestra caminata a pie, para deshacer ese recorrido y regresar al punto de partida. A esa hora todavía hacía fresco, pero por la pinta del cielo y por las previsiones sabíamos que nos tocaría pasar calor en las horas siguientes.

Nada más comenzar, hay que retroceder unos minutos por las vías, hasta dar con la pequeña carretera que une Quintana con Izana. Ese tramo lo hicimos completamente por el asfalto, pero no nos cruzamos ni un solo coche en ninguno de los dos sentidos.

En Izana ya cogimos caminos y no los abandonamos hasta la entrada a Soria. Además de Izana, el único pueblo que pasamos fue Camparañón. Un kilómetro después, pasamos por encima de su hermoso puente romano, que tiene una placa informativa en la que no es posible leer nada.

La primera parada la hicimos poco después del puente, al final de una cuesta y en mitad del frondoso encimar, con la excusa de degustar nuestros almuerzos. Estábamos justo a mitad de camino, según pudimos saber cuando llegamos a la meta.

Después de reanudar la marcha, íbamos viendo todo el rato de frente la Sierra de San Marcos. Aunque no era nuestra intención primigenia, utilizamos nuestra flexibilidad habitual para cambiar de guion y ascender esta montaña tan poco conocida en Soria a pesar de lo cerca que se encuentra de la capital.

De San Marcos a Soria el camino más corto pasa por la cantera de Golmayo y por el vertedero, otros dos elementos que muchos sorianos de la capital no habrán visto nunca.

Después de descender con cuidado por algunas rampas, un camino llano terminó dejándonos de nuevo en la estación de tren a las 14.30, la hora idónea para lo que en ese momento nos apetecía.

Ya avisé ayer que iba a empezar una miniserie de imágenes hermosas de México. De la Playa Escondida de las Islas Marietas en el Pacífico nos vamos al Cañón del Sumidero en Chiapas. El río Grijalva, antes de desembocar en el Golfo de México, forma un tajo impresionante de color verde y lo hace, lo cual me recuerda a Soria, a apenas unos kilómetros de la capital del estado, de Tuxtla Gutiérrez.

Digo lo de Soria porque en esta ciudad española es suficiente un paseo de poco más de media hora para ver los cortados del río Duero.

Pero volvamos a México. Chiapas es uno de los lugares más visitados por las personas que tienen una forma de viajar similar a la mía, así que supongo que tarde o temprano estará en la lista de lugares tachados. Una de las principales razones es la espectacular naturaleza y, dentro de esta, el Cañón del Sumidero.

Cuatro embarcaderos y cinco miradores permiten disfrutar desde arriba y desde abajo de las paredes de más de 200 metros casi completamente verticales y, aun así, repletas de vegetación. Me imagino que para ver jaguares, cocodrilos, monos araña, los grandes bagres… será necesario el acompañamiento de algo de fortuna, pero el paisaje por sí solo ya merece la pena una visita.

He encontrado que, en una campaña nacional en 2007, este Cañón del Sumidero fue elegida como una de las 13 Maravillas Naturales de México (ver). En esta lista no están ni el lugar del que hablé ayer ni el lugar del que espero hablar el martes.

En un listado objetivo de los países más bonitos del mundo, México siempre estaría muy arriba. Su gran tamaño, su privilegiada situación interoceánica, sus inmensas montañas, las selvas, los desiertos, las ciudades, sus fiestas, sus cenotes, sus impresionantes restos precolombinos…

Creo que voy a empezar una serie de dos o tres lugares de México que, si las fotos nos engañan, merecen una visita exclusiva desde el otro lado del Atlántico, aunque lo normal es siempre aprovechar para organizar una ruta de varios días.

El lugar de hoy es Playa Escondida. No descarto que sea el típico enclave increíblemente fotogénico pero que luego decepciona cuando se ve in situ. Si alguien que lo conoce lee esta entrada, le agradezco que me diga sus sensaciones.

Esta Playa Escondida se encuentra en las Islas Marietas, en el estado de Nayarit, pero justo enfrente de Puerto Vallarta, en el estado de Jalisco. Puerto Vallarta es probablemente el destino más visitado del Pacífico mexicano junto a Acapulco, y eso no le ha hecho mucho bien a las Marietas, dos islas deshabitadas pero que recibían a miles de turistas anuales.

Por esa profusión de personal, fueron cerradas al turismo en mayo del año pasado, aunque fueron reabiertas en agosto del mismo 2016. Ahora mismo no sé cómo están.

Lo más impresionante de estas Islas Marietas, desde mi ignorancia, es esa imagen de una playa que parece brotar en mitad de la selva como una circunferencia enteramente rodeada de verde salvaje. Para llegar a ella es necesario nadar por debajo de esa selva por un túnel algo claustrofóbico, aunque la visión posterior tiene apariencia de recompensar ese mal rato previo que algunos pasaríamos.

Se quiere creer que ese gran agujero fue creado por una bomba durante prácticas militares. A pesar de su hipnótico atractivo y de su cercanía con Vallarta, no fue hasta hace unos pocos años cuando esta Playa Escondida empezó a ser visitada por miles y miles de personas.

Como avisé ayer (comprobarlo), la entrada de hoy habla de los vikingos que llegaron al continente americano muchísimo antes de que los tatarabuelos de Cristóbal Colón se hubieran conocido. No hay ser historiador para saber por qué en el acervo cultural de la Humanidad el peso de lo que se hizo a partir de 1492 es infinitamente superior a lo que sucedió en aquellas expediciones vikingas, pero por eso mismo estas guardan un misterio que probablemente nunca se resolverá.

Las expediciones de los vikingos en la Edad Media por toda Europa y por todo el Atlántico son fascinantes. ¿Cuántas veces terminaron esas expediciones en América? ¿Dónde se pensaban que estaban cuando veían tierra firme después de largas jornadas de navegación por el Atlántico Norte?

En la isla de Terranova, en Canadá, se conserva el que se pensaba hasta hace un par de años que era el único vestigio arqueológico europeo previo a la llegada a América de Cristóbal Colón y sus tres naves. Está arriba del todo, en pleno norte, ya muy cerca del Canadá continental, y el lugar se llama L’Anse aux Meadows.

Fue descubierto en los años 60 por un matrimonio de arqueólogos noruegos, Helge y Anne Stine Ingstad. Noruego era también Erik El Rojo, padre de Leif Erikson, comandante de aquel gran viaje vikingo que arrancó en Islandia y terminó en Terranova. El asentamiento de L’Anse aux Meadows fue abandonado a los pocos años de levantarse, pero aquel descubrimiento de los años 60 permitió confirmar lo que básicamente ya se sabía. Ese yacimiento es Patrimonio de la Humanidad desde 1978.

En 2015, se descubrió en esa misma isla de Terranova pero justo en el extremo suroeste un segundo yacimiento que probablemente también corresponda a la época vikinga. El lugar se llama Point Rosee y fue hallado gracias a un satélite. Todavía no he leído la confirmación de que, efectivamente, el lugar sea ‘europeo’. Si yo tengo ganas de leer esa confirmación, imaginaos los habitantes de Codroy Valley, la zona en la que se encuentra.

Hoy se cumplen 525 años del Descubrimiento de América, aunque ya sabemos todos que América ya estaba descubierta y que otros europeos ya llegaron al norte mucho antes que Colón (mañana haré una breve entrada sobre ello).

¿Dónde llegaron los españoles comandados por Colón el 12 de octubre de 1492? ¿A la isla luego llamada La Española? No, ahí fue donde formaron los dos primeros asentamientos, en el actual Haití.

La primera isla que vieron la Pinta, la Niña y la Santa María fue una isla llamada Guanahani. Después de más de cinco siglos de investigaciones, no ha sido todavía posible ponerse de acuerdo sobre cuál es hoy en día esa isla, aunque sí existe consenso en que se encuentra en el archipiélago de Las Bahamas.

Hay varias islas candidatas para ser aquella primera que vieron los españoles, y la llamada todavía y de nuevo hoy San Salvador es la que parece tener más opciones. De hecho, se llama así por esa creencia, porque se sabe que Colón puso ese nombre a la primera tierra americana que visitó pero la descripción de la misma puede conducir a otras islas.

Respondiendo a la primera de las dos preguntas del título, y dentro de que es imposible conocer exactamente dónde ocurrió esa llegada, en su posible emplazamiento hay una gran cruz blanca y una placa, suficiente para hacerse una foto cuando se visite esta isla de un millar de habitantes, grandes lagos interiores e impresionantes playas.

Respondiendo a la segunda pregunta, el 12 de octubre de 1492 era… ver respuesta.

El vídeo fue grabado hace unos días, pero quien suba a la Laguna de Cebollera durante este puente del Pilar se la encontrará muy parecida, con mucho sol y pocas nubes.

Las imágenes fueron tomadas por una cámara manejada por mi amigo D., y gracias a ellas podemos disfrutar de uno de los más bonitos paisajes de la provincia de Soria desde una perspectiva reservada en principio para las aves.

Las hileras de pinos de repoblación, la gran masa de arbustos cuya profundidad no se aprecia desde el aire (solo cuando se está dentro de ellos), los amplios canchales, la pequeña pradera del fondo y la gran masa de agua forman este decorado, del que habitualmente también forman parte ciervos, patos, ranas…

Me ha llegado a través de dos fuentes (realmente a través de tres, pero una de ellas es secundaria) la siguiente historia: una mujer se encontraba gravemente enferma y el sueño de toda su vida era conocer Venecia. Esa enfermedad, sin embargo, le impedía viajar desde California, donde residía, hasta el norte de Italia. Su marido, para verla feliz, construyó en el barrio de Los Ángeles en el que vivían unos cuantos canales y una serie de puentes recordando aquella ciudad europea a la que no podían viajar.

Si eso nos hubiera sucedido a cualquiera de nosotros, tendríamos que habernos conformado con vestirnos de gondoleros y haber llevado a nuestra pareja a dar un paseo a las barcas del Retiro, pero el marido de la mujer enferma era Abbot Kinney (realmente no sé si la historia es cierta o fruto de la imaginación de alguien).

Kinney, junto a un socio, compró a finales del siglo XIX una gran porción de tierra cerca de Santa Mónica, una de las playas más famosas de Los Ángeles. Su socio murió, y el nuevo marido de su viuda decidió vender su mitad, algo con lo que Kinney no estaba de acuerdo. Una moneda al aire sirvió para decidir que Kinney se quedara con toda esa extensión de 720.000 metros cuadrados.

En siete años, Kinney construyó lo que hoy se conoce como Venice Canals, que fueron inaugurados en 1905 como una de las grandes atracciones de la costa del Pacífico. El progresivo aumento del tráfico de coches fue cegando canales y la zona, durante alrededor de 40 años, estuvo prácticamente perdida. A comienzos de los años 90, afortunadamente, fue recuperada y hoy pueden volver a disfrutarse tanto esos canales como toda esa zona de Los Ángeles (por cierto, no hagáis caso cuando os digan que es una ciudad que no tiene mucho que ver, son clichés).

Esta es la sexta Venecia que doy a conocer, de nuevo otra en Estados Unidos como la de ayer.

Dedicada a DB-SR

Con solo un día de diferencia, hoy doy a conocer a quien no la conozca una nueva Venecia, la quinta. Si la de ayer nos transportaba hasta tierras africanas, la de hoy nos lleva al otro lado del océano Atlántico, más concretamente al golfo de México, a Florida, a los Estados Unidos de América.

La ciudad se llama Cape Coral, tiene aproximadamente 150.000 habitantes y, según he leído (estas cosas no hay nadie que se esté a comprobarlas), es la ciudad del mundo con más kilómetros de canales. Más que Amsterdam, más que Estocolmo, más que Brujas y más que la protagonista de esta serie de entradas, Venecia.

Estaba dudando entre poner una fotografía de Google, un mapa o una foto real y al final me he decantado por esta última. Cualquiera que tenga curiosidad, puede buscar en el Maps y ver esa vista satelital. Pero la foto que adjunto creo que ya es suficiente para hacerse una idea de la impresionante simbiosis que se ha formado entre el agua y la tierra en este lugar del planeta Tierra.

No sé si se trata de un lugar muy turístico o no, aunque me imagino que en Florida casi todo es turismo, especialmente cuando la mitad norte del país está azotada por vientos de 150 kilómetros por hora, temperaturas de 35 bajo cero y nevadas de metro y medio.

Sí sé que me va a faltar tiempo para conocer tanto lugar, pero ya hace tiempo que eso me preocupa relativamente.

Hace algo más de dos años, advertí de que escribiría una entrada sobre Ganvie (verlo). Lo digo muchas veces y luego no lo cumplo, casi siempre por cuestiones de olvido, de no apuntar las cosas. Pero esta vez sí, aquí van cuatro líneas sobre esta localidad de Benin.

Enmarco esta entrada dentro de la serie de las ‘Venecias’. La anterior fue China. La de hoy es la cuarta.

Ganvie está en la orilla norte del lago Nokoue. Al sur del mismo se encuentra Cotonou (donde el aeropuerto internacional de Benin), y muy cerca de ambas poblaciones está Porto Novo, la capital del país.

Benin, como en tantos países africanos que se consideran seguros, está viviendo poco a poco un repunte del turismo, por mucho que este nunca pueda ser de masas por lo menos a corto plazo.

Muchos de esos turistas, me atrevería a decir que casi la totalidad, visitan Ganvie, donde viven unas 20.000 personas en casas flotantes de bambú sobre el lago Nokoue. El mercado, la pesca, un paseo en barca… Algún día os lo contaré desde allá.

El pasado mes de julio hice una entrada sobre el castro de Castañoso en la localidad lucense de Fonsagrada (leerla). A 50 kilómetros de allí existe otro lugar que comparte una condición con el de Castañoso: ambos han sido excavados durante estos meses de verano por el arqueólogo soriano Miguel Ángel López Marcos, razón gracias a la cual yo me he enterado de su existencia.

Este segundo lugar es el castro de Viladonga, en el municipio de Castro de Rei, a poco más de 20 kilómetros de la capital de la provincia, también Lugo. Conocido desde hace más de un siglo, no fue hasta comienzos de los años 70 cuando empezó a ser excavado. Esos trabajos fueron revelando poco a poco la importancia de este gran yacimiento para entender la evolución de la cultura castreña en los primeros siglos de nuestra era.

Esa importancia provocó que a comienzos de los años 80 se planeara la construcción de un Museo, que fue abierto finalmente en 1986 y que permanece en funcionamiento desde entonces.

Pero los trabajos no terminaron ni mucho menos con la creación de ese Museo. Se siguen haciendo campañas y, en los dos últimos años, allí ha estado trabajando López Marcos. En una entrevista el mes pasado a ‘El Progreso’, el soriano aseguraba que todavía queda mucho por excavar en Viladonga, aunque lo más importante no es excavar por excavar, sino ser capaces de mantener lo que va viendo la luz.

Marcos piensa que el castro de Viladonga, que se encuentra en un muy buen estado de conservación, puede tener hasta cuatro hectáreas de superficie. De ellas se conocen la croa (la parte superior, la que está en la parte alta del monte) y el antecastro, pero todavía habría construcciones en las laderas de esa montaña.

Quien esté planificando una visita a Galicia, entre comida y comida, rincón natural y rincón natural, también puede disfrutar de estos hermosos vestigios de la cultura de los castros del noroeste español.