En la cima

19-2-2019. Soria en el Cotopaxi: Un novato frente al coloso

Este blog se nutre con frecuencia de colaboraciones de amigos, y hoy es una de esas ocasiones. Óscar Reyes subió recientemente a la segunda montaña más alta de Ecuador, los 5.897 metros del Cotopaxi, y esta es la crónica que ha compartido con nosotros, y que ha titulado

Un novato frente al coloso

«Nunca es tarde para plantearse retos, dicen, y precisamente la consumación de uno de ellos es lo que vengo a contar aquí.

Mi afición por la montaña es reciente pero, tras lo vivido en un pico de los Andes el pasado 14 de febrero, auguro que el romance tendrá continuidad.

Con Maite y Dora

Esta historia empieza el pasado 16 de enero cuando, tras ser publicada la programación, confirmo que me han asignado el vuelo a Quito que había solicitado. Trabajo como tripulante de cabina en una aerolínea que hace vuelos, entre otros destinos, a Ecuador y estoy de enhorabuena porque la tarea me lleva 4  días (del lunes 11 al viernes 15 de febrero) al país andino.

Rápidamente me pongo en marcha y me planteo hacer realidad un sueño: subir los 5.897 metros del Cuello de luna, (término quechua con el que se conoce al Cotopaxi), a pesar de contar con tan poco tiempo de margen.

Llamo a mi amigo y referente montañero Sergio Tierno, quien había coronado ya el coloso y contacto con la misma agencia con la que él hizo cumbre hace unos 4 años, (https://tierra-zero-tours.business.site) “Es importante hacer una buena aclimatación para evitar el mal de altura”, me recuerda.

El mal de altura, soroche o apunamiento, por si hay algún profano en la materia leyendo este relato, es el malestar físico que se siente en lugares a gran altura debido al aumento de presión y falta de oxígeno y caracterizado por debilidad, dolor de cabeza y náuseas.

En cuanto a la aclimatación, las agencias que organizan la ascensión a la cumbre, además de Tierra Zero tours, recomiendan pasar un mínimo de 3 días antes en Quito (2.850 m) y casi todas incluyen en el pack la ascensión a otros  volcanes de la zona (Pasochoa, 4.200; Corazón, 4.788; Illiniza norte, 5.126, entre otros). 

Teniendo en cuenta que el programa de la excursión dura 2 días, debo reducir mi aclimatación a 48 horas y, por lo tanto, mi única opción es hacer la reserva el día 13 para volver el 14 a Quito y poder regresar a Madrid el 15. Por supuesto, no dejo pasar la oportunidad y formalizo la reserva.

Con Segundo

¿Una temeridad? Quizá, aunque en mi defensa tengo que decir que por entonces ya había hecho cumbre en el Rucu Pichincha, otro volcán en Ecuador de 4.700m, el pasado 2 de diciembre con sólo 2 días de aclimatación y con resultado positivo. A posteriori reconoceré que no son retos comparables, ni por asomo. La diferencia no son tanto los metros sino las condiciones de media montaña frente a las de alta montaña, nada que ver.

El día señalado

Parto el día 13 de Quito rumbo a Latacunga, pueblo más cercano al Parque Nacional del Cotopaxi, con otras dos compañeras azafatas, Maite y Dora, que dejándose arrastrar por mi entusiasmo y sin saber muy bien dónde se metían se unen en última instancia a la expedición. Juntos llegamos a las oficinas de Tierra Zero a la hora acordada, 11:30h, para probarnos el material y es ahí cuando nos percatamos de la envergadura del asunto. Estando Guillermo, el dueño, mostrándonos el material llegan a la oficina un grupo de 3 experimentados montañeros alemanes que hicieron cima la noche anterior y nos cuentan que tuvieron que enfrentarse a una tormenta de nieve con rachas de viento fuerte. Recuerdo perfectamente que mientras  nos contaban los detalles podía ver en sus rostros el gesto abatido por el esfuerzo. Estaban extenuados. Yo, mientras tanto, me estaba probando los crampones por primera vez en mi vida.

Mucho se ha escrito acerca del segundo pico más alto de Ecuador y casi siempre se utilizan adjetivos hinchados para describirlo como mágico, majestuoso, sagrado, extraordinario etc… “Tiene la forma más bella y regular de todos los picos colosales de los altos Andes”  exclamó el famoso geógrafo, naturalista y explorador prusiano  Alexander von Humboldt en 1802. Por muy altas que sean las expectativas que uno tenga en relación a lo que se haya podido documentar, no decepciona. El Cotopaxi asombra a todo el que lo contempla de cerca. No sólo es el segundo pico más alto de Ecuador, es también el segundo volcán activo más alto del mundo y sus casi 6 mil metros de altura están coronados por una cresta de 700 metros de densa y dura nieve perpetua. Un icono de los andes reconocido por cualquier escalador que se precie.

Tras reunirnos con los guías, Francisco y Segundo, en el refugio José Rivas (4864m.) después de salvar un ascenso de unos 400 metros desde el parqueadero cargando con el material en las mochilas confirmamos lo que ya intuíamos: para subir a partir de ahí no sólo se precisa equipo de escalada en nieve, sino también de valor y experiencia.

Son las 17:00h y el planning a partir de ahí es sencillo: cena contundente a base de proteínas y carbohidratos, descanso de unas 4 horas en las camas habilitadas en la planta alta del refugio y levantarse para empezar a preparar el material para salir alrededor de las 24:00h.

El cráter del Cotopaxi

Primeros contratiempos

Maite empieza a notar los efectos del mal de altura en su cuerpo al poco de cenar. El dolor de cabeza y vómitos le convencen de que no es seguro y decide ni intentarlo. Dora se une a la decisión de su compañera temiendo sobre todo las consecuencias del día después y el hecho de tener que hacer el vuelo de regreso a España trabajando. No ha empezado la ascensión y ya hay dos bajas. La tasa de abandono en el ascenso a la cumbre, nos cuentan los guías, ronda el 50%.

Yo estoy preocupado sobre todo porque las botas que me probé en la oficina me están ocasionando molestias después del paseo hasta el refugio. Francisco se ofrece a dejarme las suyas pero el pie izquierdo es demasiado pequeño. Finalmente un montañero americano que probará a subir también esa noche me deja unas plantillas y soluciono parcialmente el problema.

Como era de esperar no he dormido nada, la excitación y el bufido del viento en el exterior no han ayudado a aplacar los nervios.

Cuando se encienden las luces anunciando el momento, los 11 montañeros restantes (9 hombres y 2 mujeres) de nacionalidades alemana, canadiense, suiza, americana, ecuatoriana y española nos levantamos y nos vestimos en silencio. Ropa goretex y de abrigo para superar temperaturas de -20 grados, piolets, crampones, polainas, arnés de escalada, gafas de ventisca, y casco de montaña con linterna forman parte del material que llevamos. Nunca me había visto ataviado con semejante despliegue. Las caras son serias y de concentración ante lo que se avecina. Segundo será el guía encargado de mostrarme el camino hacia la cima y ayudarme en todo lo que necesite. La comunicación con él resultará esencial en las próximas horas para que la aventura sea, sobre todo, segura.

Empieza la aventura

Estamos en la cara norte del volcán y los primeros 400 metros se hacen hacia el lado derecho y sin nieve. La inclinación es dura y hay alguna zona con tierra blanda que dificulta la pisada pero estamos bien de fuerzas y aprovecho esta etapa para prestar mucha atención a mis pulmones. Si éstos responden más allá de los 5 mil será buena señal.

Momento de relax

Llegamos a la cota de nieve, alrededor de los 5200 y empiezo a notar roces en las botas. Nunca antes había calzado botas de montaña de caña alta y debido a la inclinación empiezo a sentir molestias en el talón y en la parte superior del empeine. Hago una parada para aflojar los cordones y lograr algo de comodidad. Hasta entonces sólo he parado un par de veces para comer medio plátano y beber un poco de agua.

Crisis

Poco después, Segundo decide que es el momento de calzarse los crampones antes de seguir la marcha y ahí se suma otro pequeño inconveniente. La falta de experiencia con ellos hace que, de vez en cuando, me trastabille con los hierros de ambas botas en los tramos más estrechos. Por otro lado, a las molestias del talón se suman roces en el puente y empiezo a pensar que, ante la odisea que queda por delante, los roces tarde o temprano se convertirán en ampollas y más tarde en heridas y entonces será demasiado tarde. Tengo que contar, además, con las 2-3 horas de bajada así que empiezo a dudar seriamente de si voy a poder conseguirlo. Lo comento con Segundo y me dice que lo que yo decida será lo que hagamos. En ese momento, me digo a mi mismo que no voy a rendirme por un poco de dolor en los pies. Al fin y al cabo los pulmones están funcionando y las molestias por un calzado no apropiado son algo que he vivido antes y que puedo ir solventando sobre la marcha. Le comento a Segundo que hay que intentar bajar el ritmo de subida para ir acomodando mi pisada, moviendo el pie dentro de la bota y dosificando la presión en las zonas donde duele. Jamás volveré a plantearme una ascensión en alta montaña con unas botas que no sean las mías.

Supero la primera crisis repitiéndome a mi mismo que estoy teniendo suerte. El tiempo durante la noche está siendo objetivamente bueno y no tengo problemas con los pulmones así que me aferro a eso para seguir caminando. Llevamos unas 3 horas subiendo en zig zag casi con la misma inclinación que puedan tener unas escaleras de edificio cualquiera (entre 25 y 40 grados) y el cansancio empieza a hacer mella. Hasta ese momento sólo habré apartado la mirada de los pies de mi guía 2 o 3 veces, sin contar las paradas. La noche es cerrada, hay muchas estrellas y he podido ver las luces de Quito a lo lejos pero debo seguir focalizando mis energías en un único objetivo.

A partir del 5.600 surgen nuevos problemas. El viento se vuelve más intenso cuando tenemos que sortear una arista a la derecha y Segundo une nuestros arneses con una cuerda de seguridad a la vez que me da instrucciones para utilizar correctamente el piolet. Hay que superar un paso más complicado por una zona muy estrecha y con grietas y a eso hay que sumarle la corriente de aire y el cansancio. Puedo oler ya las primeras bocanadas de azufre. La concentración es máxima. Una vez superada la zona, alivio y vuelta a empezar.  Aún permaneceremos unidos por la cuerda de seguridad hasta casi la vuelta al refugio. Qué pena no poder tirar fotos cada vez que veo las increíbles obras de arte creadas por el hielo en forma de cuevas o grietas imposibles! No hay energía que perder ni  hueco donde hacer una parada cómoda para explayarse en semejantes veleidades.

Un poco de aliento

El viento remite un poco más arriba pero mis pulmones, aunque estables, empiezan a estar al límite. Llevamos más de 4 horas de escalada y el agotamiento empieza a notarse de manera intensa. Estábamos a unos 5.700 m cuando la pendiente nos dio una ligera tregua y bajó la inclinación. Fue entonces y a pesar de que Segundo me había avisado de la dificultad de los últimos 100 metros cuando supe que, a menos que tuviera un contratiempo, el cuerpo y los pulmones me responderían hasta el final.

Con una velocidad de crucero de aproximadamente 3 pasos cada 10 segundos, alrededor de una parada cada 2 minutos y buscando a cada paso un hálito de aire que llevarme a los pulmones, salvamos el último tramo y llegamos, por fin, a la cima a las 5:54 de la mañana del día 14 de febrero.

Éxtasis

Lo que nos esperaba allí arriba era pura magia. Como dos amantes que avanzan con suave complicidad buscando darse el máximo placer, sin prisas y explorando el momento ideal, se produjo el éxtasis. Justo en ese momento, nada más poner los dos pies en la cumbre, contemplamos  el amanecer de un nuevo día. Los primeros destellos del sol sobre un cielo despejado nos dejaron ver con perfecta claridad el espectáculo que se abría ante nuestros ojos. No pude reprimir las lágrimas. Una especie de ataque de llanto de alegría completamente espontáneo que duró varios minutos y cuya intensidad no recuerdo haber tenido nunca. Jamás había experimentado algo semejante.

Todo lo que vino después está en una categoría emocional completamente secundaria. La bajada, de todos modos, fue también gozosa con el volcán mostrándose soberbio y haciendo gala de una belleza altiva. Un espectáculo de nieve sin igual.

Horas más tarde, las felicitaciones se suceden apresuradas y entre amplias sonrisas en el refugio justo antes del nutritivo desayuno. La climatología ha sido favorable y finalmente 9 de los 13 montañeros que llegaron al José Rivas logramos nuestro ansiado objetivo. Para todos, sin duda, ha resultado una experiencia única e irrepetible y nos sentimos realmente afortunados por ello. No sé si volveré a embarcarme en una aventura como esta en un futuro, el tiempo lo dirá, pero siento que hay algo en mi que ha cambiado desde entonces. A partir de ahora el Cotopaxi se ha convertido en un lugar sagrado para mi. Un lugar que forma parte de mi corazón, de mi manera de sentir y de entender las cosas. Un lugar cuyo recuerdo me acompañará hasta el final de mis días.

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