No todos los días son fiestas

cantiga63Como buen sanestebeño, conocía la leyenda inmortalizada por Alfonso X el Sabio en sus Cantigas del Caballero Fernán Antolínez, más conocido como Vivas Pascual. Cierto día que andaba falto de ganas de trabajar que a fuerza de ser sinceros eran las más de las veces, resolvió que si acudía a oír misa dejando los aperos de labranza en el pórtico de entrada, como ocurriera con las armas del citado caballero castellano que mientras él oraba, éstas de manera milagrosa combatían al moro en el campo de batalla, aquellos labrarían los campos por sí sólos. Felicitándose por tal ocurrencia, acudió convencido a la iglesia de Santa María del Ribero. Mas cuando la abandonó descubrió para su desgracia que le habían sustraído los aparejos y lo que más disgusto le causó, sus tierras seguían sin arar.

4 pensamientos sobre “No todos los días son fiestas”

  1. Cantiga LXIII.

    Quien bien sirve a la Madre del que quiso morir por nosotros nunca puede caer en vergüenza.

    De esto quiero contaros un milagro
    que hizo Santa María, si Dios me ayuda,
    por un caballero al que quiso guardar
    de una gran vergüenza en que creyó caer.

    Este caballero, por lo que aprendí,
    era liberal y valiente, que,
    ni allí donde él moraba ni en todo su alrededor,
    otro tal no podía hallarse que tuviera tal saber.

    y era de buenas costumbres
    y nunca quiso tener paz con los moros;
    por ende entró en lid en San Esteban de Gormaz,
    cuando Almanzor quiso tomarlo,

    luchando, al lado del conde don García,
    que en aquel tiempo tenía el lugar,
    que era buen hombre y de tal corazón
    que de los moros se hacía temer.

    Este conde fue señor de Castilla
    y tuvo gran guerra con el rey Almanzor,
    que vino a cercar, todo en derredor,
    a San Esteban, creyendo poder tomarlo.

    Pero el conde se defendía muy bien,
    porque era valeroso y de buen juicio;
    por ello no cedía un palmo de lo suyo
    sino que iba a acometerlos muy reciamente.

    Pues el caballero de que os hablaba,
    tanto hizo en armas, a lo que sé,
    que no hubo lid ni muy buen torneo
    en que no se hiciese tener por bueno.

    y le sucedió un día que quiso salir con el conde
    la hueste para ir a enfrentarse con los moros;
    quiso antes, sin embargo, oír misa,
    como cada día solía hacerlo.

    Después de que estuvo en la iglesia,
    se arrepintió mucho de sus pecados
    y oyó la misa de Santa María,
    sin que nada faltas, y otras dos que luego se dijeron,
    que eran, también, de la Reina espiritual.
    Pero un escudero suyo lo trajo a mal traer, diciéndole:
    “Quien en tal lid como ésta deja de sal
    nunca debe volver a aparecer”.

    Por cosas que le dijese aquel escudero suyo,
    él no les dio atención, pero dijo a Santa María:
    “Tuyo soy, sácame de esta vergüenza,
    pues tienes poder para hacerlo”.
    Las misas oídas, luego cabalgó
    y en el cantino encontró al conde,
    que le echó al cuello el brazo derecho diciendo:
    “En buena hora os he conocido.

    Que, si no fuese por vos, juro por Dios,
    que fuéramos vencidos yo y los míos;
    pero tantos matasteis vos de sus moros
    que el rey Almanzor hubo de darse por vencido.
    y tanto hicisteis por ganar honor,
    que jamás caballero alguno hizo otro tanto
    ni sufrió de igual modo en armas
    como en esta ocasión vos para vencer a los moros.

    Pero os ruego, porque lo habéis menester,
    que cuidéis de vuestras llagas, señor,
    que yo tengo un ungüento de Montpellier
    que puede pronto curaros de ellas”.

    Dijo esto el conde, y luego más de tres
    le dijeron estas mismas razones,
    y él de todos tomó tal vergüenza,
    que, con ella, se creyó perdido.

    Pero después que vio sus armas
    y reconoció que estaban melladas,
    luego reconoció que había sido milagro,
    porque bien entendió que de otro modo no podría ser
    Y, después que lo hubo comprendido,
    estuvo bien seguro de que Santa María
    no quiso dejarlo caer en vergüenza,
    y fue a entregarle maravedis y otras ofrendas.

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