El grito

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Entonces … se escuchó un grito. Un sonido estremecedor que paralizó, por un instante, el cuerpo del vigilante nocturno. Venía de la planta superior. No había duda. El empleado de seguridad, linterna en mano, ascendió lentamente por los peldaños de la amplia escalera de la Galería Nacional. Podía sentir su pulso acelerado martilleándole la sien. Arriba, una enorme sala en penumbra se abría ante él.

– ¿Hay alguien ahí? – acertó a decir con un hilo de voz.

No obtuvo respuesta. Respiró hondo intentando, en vano, sacudirse un miedo creciente y entró. El haz de luz recorrió las paredes de aquella estancia donde cuadros, estudiadamente dispuestos, descansaban en sus elegantes marcos.

– Nadie. ¡Qué extraño! Hubiera jurado que …

Ya se disponía a abandonar la sala cuando un nuevo grito sonó a su espalda. Se giró con rapidez dirigiendo la luz hacia ese lugar. Frente a él, iluminada por su linterna, la inquietante obra de Munch, le devolvía la mirada.

Ilustración: Lola Gómez Redondo

 

6 pensamientos sobre “El grito”

  1. Te he encontrado por pura casualidad, aunque no existan. Al escribir en Google el inicio de «Entonces … se escuchó un grito».
    Enhorabuena por el inquietante relato. Me alegro mucho de volver a coincidir contigo. Veo que te inspiras a menudo en el arte. Te leí otro que también me gustó mucho de un cuadro de Van Gogh pero ahora no recuerdo dónde.
    Te leo. Un abrazo.

  2. Qué bien encontrarte por aquí, Beatriz. Gracias por tus palabras. Espero coincidir contigo en más ocasiones. Te sigo en tu blog Anatomía de la matrioska. Ah, el micro que mencionas es Café nocturno. Aparece en una de las primeras entradas.

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