Todas las entradas de Raúl

El elegido

Ilustración tomada de AliExpress.com

Tardó varios kilómetros en darse cuenta de que le seguía. Nada extraño a priori teniendo en cuenta que se trataba de la San Silvestre. Pero había constatado que, si aceleraba el paso, aquel también y si lo reducida, el otro hacía lo propio. No importaba el ritmo que imprimiese pues se mantenía pegado a sus talones. En un momento dado de la carrera, le pareció que su perseguidor se inclinaba hacia delante, como si estuviera a punto de trastabillar y darse de bruces contra el suelo. Pero para su sorpresa, no cayó, sino que, apoyado también en sus manos, continuó corriendo como si tal cosa. El miedo le sobrevino cuando poco antes de la llegada, pudo escuchar con total nitidez unos ladridos. Ya no quedaba duda alguna, había sido elegido como liebre.

La rebelión de las máquinas

Ilustración tomada de la página emojiterra.com

– Todos los aparatos se volvieron locos. La tostadora golpeó a mamá. A papá se la tragó la lavadora. Y el aspirador se comió a mi hámster – relató en un hilo de voz el pequeño.

– ¿Y cómo es que a ti no te hicieron nada? – inquirió el oficial de policía.

– No lo sé – respondió el chico todavía ataviado con la caja de cartón forrada de papel de aluminio de la fiesta de disfraces.

Victoria

Centro medido desde la banda y remate de cabeza, colándose el balón por toda la escuadra. Gritos de júbilo en la grada y, como no, en las jugadoras que corren a sumarse al abrazo entre las dos artífices del gol. Da gusto verlas tan felices – se dicen sus padres Y entonces la memoria les traslada a los días de colegio cuando con sus enormes carteras a la espalda y la ilusión en el rostro, marchaban ambas cogidas de la mano. O años después, practicando en el parque debajo de casa las coreografías imposibles de su cantante favorita. Por no mencionar las interminables conversaciones por teléfono al volver del instituto. Eran inseparables. Cuando la árbitro, tras los tres pitidos reglamentarios, indica el camino a los vestuarios, las dos chicas se buscan con la mirada. Sus ojos reflejan un brillo especial que va más allá de la victoria conseguida. Y se besan. Un pico, apenas, ante la mirada atónita de sus familiares que, una vez superada la sorpresa inicial, coinciden: Da gusto verlas tan felices.

Mundial 82

Marta trata de convencerme de que en una mudanza siempre algo se extravía. Pero me niego a aceptar que no vaya a ver más mis guantes firmados por Arconada. Su aparente resignación me hace desconfiar. Quizá sea porque su hermano pequeño es portero de fútbol. Buscando confirmar mis sospechas, acudo a todos sus partidos, incluso a los entrenamientos, pero para mi sorpresa, el chico juega sin guantes. Tampoco es que los necesite pues no logra atajar un solo balón. Tanto ir a verle nos ha unido hasta el punto de proponerle que me acompañe en la búsqueda. Pero ya no hace falta. Por fin aparecen los guantes entre los bañadores viejos y las gafas de nadar que ya no me caben, recordándome que la infancia es un verano lejano.

Me escribe el hermano de Marta para decirme que jugarán la final del trofeo. Si se tratara de una de esas películas de sobremesa, se los prestaría para que parara el penalti definitivo consiguiendo la victoria para su equipo. Pero no lo es, así que me quedo sentado en el sofá con los guantes puestos y las gafas que me aprietan la cabeza tratando de no llorar.

Desesperación

Ilustración tomada de Amazon.es

Ni el abanico, recuerdo de sus últimas vacaciones, ni el polvoriento ventilador de aspas, ni siquiera el escandaloso aparato de aire acondicionado lograban aplacar el insoportable calor de la oficina. El hombre con la camisa empapada bajo las axilas y espalda se pasaba, una y otra vez, el pañuelo por el cuello y la frente, desesperado. Esa misma desesperación le llevó a tomar un folio, a falta de otra cosa, y trazar en él todas las letras del abecedario. A continuación, vació de lápices la taza y la colocó boca abajo. Posó su dedo índice sobre ésta y con los ojos cerrados, invocó a cualquier presencia que anduviese por el viejo edificio. Todo ello con el deseo de que la temperatura descendiera abruptamente y el sudor se tornara frío por el miedo.

Sorprendente ¿O no?

El día de su jubilación, junto con la protocolaria placa de reconocimiento a toda una vida de servicio a la empresa, recibió como regalo una baraja de cartas. El obsequio que pretendía ser una broma en referencia a su recién estrenada nueva etapa, acompañaba a todas horas al jubilado. Acostumbrado a los retos, no tardó en cambiar el solitario o el cinquillo por los juegos de magia. Elige una carta – asaltaba al primero con el que se cruzaba poniéndole delante el abanico de naipes. Fue tal su obsesión que cuando no estaba practicando nuevos trucos, se entregaba a la lectura de libros acerca de los más importantes magos. Por lo tanto, no debería haber sorprendido que acordado por parte de los hijos su ingreso en una residencia, desapareciera sin dejar rastro. Y con él todos sus ahorros además de enseres personales. Salvo la placa con el logo de la empresa abandonada en la mesilla junto a la foto familiar.

Pupa

Imagen tomada de la página hidden-nature.com

El hijo de la portera es un bicho – escucha decirle mamá a papá durante la comida. Y no puede evitar imaginarlo con repulsivas antenas y enormes ojos. Es tal el pavor que siente ante la posibilidad de cruzarse con él en las escaleras que finge estar enfermo para no tener que salir de casa. Así, pasa los días metido en la cama, arrebujado entre las sábanas, sin probar bocado. La madre, preocupada, se asoma a la puerta preguntándose cuando saldrá de la habitación.

Pronto – le tranquiliza el padre – Ya se le adivinan las alas.

Supervivencia

Imagen tomada de madrimasd.org

¿Y si antes de marcharnos probamos algo distinto? Pareció decir esbozando una mueca similar a una torpe sonrisa. Sus ojos desprendían un brillo inusual. Y de pronto, saltó del árbol. Su compañero, asido a la rama, pudo ver desconcertado cómo, una vez en el suelo, ésta se erguía decidida y valiéndose únicamente de las extremidades traseras caminaba por la sabana. Luego, con las manos ya liberadas, tomó una piedra y la lanzó con fuerza al follaje. Un quejido que le era familiar, un ruido seco y a sus pies la comida que ya no tendría que compartir.

¡Vivan las novias!

Imagen tomada de la página www.impulsivos.es

Lo tenían todo preparado: el restaurante, los vestidos, las invitaciones, el fotógrafo… solo faltaban los simpáticos muñequitos que colocar en lo alto de la tarta. Y es que por más que buscaran no daban  con una pareja de novias. Todas eran las consabidas de él y ella tomados del brazo.

– Si quieren puedo separar dos figuras femeninas – propuso el vendedor. Pero la idea de romper aquellas parejas les provocaba un enorme rechazo. ¡Se veían tan felices! Hasta que repararon en la triste mirada de una de aquellas novias silentes.

– ¿Tiene otra como ésta? – inquirieron las dos mujeres – Si es así, hágalo.

Y tal vez fuera por la felicidad del momento que lo impregnaba todo o por alguna copa de más pero el día de la boda, las recién casadas creyeron percibir en los ojos de aquellas novias de plástico que coronaban la torre de nata y chocolate, un brillo cómplice.

Inocencia

Fotografía de Adrián Ortega

No acertaba a entender el niño cuando escuchaba que la luz estaba por las nubes, el enfado de los adultos. ¿Dónde iba a estar si no? – se preguntaba contemplando, en lo alto, el sol. Pero lo que le empujaba a elevar la mirada era oír aquello de que, además de la luz, también lo estaba la gasolina, pues esperaba ilusionado encontrar coches voladores como en las películas que tanto le gustaban. Todavía no había visto ninguno, pero no perdía la esperanza. Tenía todo el verano por delante para escrutar el cielo desde la ventana de su habitación ya que este año, le informó papá, por primera vez no podrían irse de vacaciones.