1773 o el último viaje

-¿Nombre?

– Jorge Juan y Santacilia. Natural de Novelda.

– Suba a bordo. Le estábamos esperando.

En cuanto puso un pie en cubierta, se acercó hasta él efusivo un miembro de la tripulación.

-¡Dichosos mis ojos! Ha de saber que somos grandes admiradores de sus trabajos allá en el Virreinato del Perú. Sería un verdadero honor si tuviera a bien acompañarnos – exclamó señalando a un grupo de hombres entre los que destacaba un genovés absorto en mil cálculos ante mapas y cartas de navegación.

– ¡No le atosigue, pardiez! Que antes nos tiene que relatar con todo lujo de detalles como se la jugó a los ingleses en su propio terreno – Bramó un almirante tuerto, marco y cojo con rendida admiración.

– Y no olvide narrarnos su encuentro con el Sultán de Marruecos. No sé si sabe que yo sufrí cautiverio en Argel – espetó otro de los presentes, éste tullido de la mano izquierda a causa de un disparo de arcabuz.

– ¡A fe mía que sois cargante! Dedíquese a las letras que es lo suyo y déjenos a los hombres de mar – respondieron al unisono una pareja de expedicionarios marinos, uno vasco y otro portugués, mientras le tomaban amistosamente del brazo al ilustre científico, ingeniero naval, espía y diplomático alicantino.

Y mientras tenía lugar esta calurosa bienvenida, el navío se alejaba de la costa española para desaparecer finalmente entre la espesa bruma.

Holywins

Sonó el timbre y al abrir la puerta, el matrimonio encontró un grupito de niños plantados en el umbral.

– Vaya ¿Que tenemos aquí? – exclamó la mujer con una amplia sonrisa.

Los pequeños permanecían en silencio.

– ¿No se os habrá comido la lengua el gato negro? – añadió ocurrente.

– Ahora vosotros debéis preguntarnos ¿Truco o trato? Y os daremos un puñado de caramelos – intervino el marido mostrando la cesta repleta en forma de calabaza

Pero los críos seguían sin hablar.

La situación se antojaba cada vez más incómoda así que ella tomó de nuevo la palabra.

Son unos disfraces muy aterradores. Mira cariño, la niñita lleva los ojos en la mano.

Entonces ésta, con un hilo de voz, afirmó contrariada:

¡Soy Santa Lucia!

Y de pronto, entre el San Sebastián asaeteado y el San Pedro de Verón con la espada incrustada en la cabeza, un párvulo con hábito dominico vació un bidón de gasolina sobre la pareja horrorizada al ver como la titilante llama de la cerilla iluminaba sus aviesas sonrisas.

Nuevos tiempos

Fueron turistas japoneses los primeros en percatarse. Los feligreses que a diario visitan a la Virgen se lo comunicaron al Cabildo quien en seguida se puso en contacto con el Consistorio. A media mañana, la noticia ya había saltado a los diarios digitales. Las cúpulas desnudas de la Basílica habían amanecido pintadas con grafiti. Pero no se trataba de las acostumbradas firmas que salpican muros y fachadas de la ciudad sino que suponían una admirable continuación de las obras de temática mariana, ejecutada siglos atrás por Francisco de Goya y los hermanos Bayeu. Así, los vacíos techos se llenaron de simpáticos angelotes acompañando a una emotiva María. Desde Madrid, Antonio López emitió un comunicado desmarcándose de tal acción. Las cámaras de seguridad, modernizadas tras el atentado anarquista, desvelaron que fue obra de un grupo de jóvenes encapuchados. Solo con un potente zoom se pudo conocer que bajo las amplias sudaderas asomaban rojos faldones que recordaban a los que lucen los Infanticos del Pilar.

Ilustración tomada de goya.unizar.es

Lutia

Ante la Guardia Civil, el cazador de tesoros declaró no recordar donde halló la pieza requisada, una lámina de bronce de pocos centímetros con escritura celtibérica. Su deficiente estado de conservación impedía realizar una lectura completa. Tan solo se podía leer con cierta nitidez la palabra Lutia. Conocida la noticia del hallazgo, pronto las localidades que rivalizaban por considerarse la heredera de esta población prerromana solicitaron la propiedad de la plancha. Así, tanto Luzón como Luzaga, en Guadalajara, como Lubia, en Soria, se entregaron a una enconada disputa. Pero cuando se recordó que esta antigua ciudad no solo se negó a prestar ayuda a la Numancia sitiada por los romanos sino que su consejo de ancianos delató al valeroso caudillo numantino, Retógenes, no tardaron los municipios en liza en rehusar el valioso hallazgo que terminó tras subasta en una colección particular. Las malas lenguas asegurar que en manos de un acaudalado hombre de negocios romano. Pero es sabido que Roma no paga a traidores.

De conjuras y legumbres

Se acomodó la toga, carraspeó y comenzó su discurso ante un público absorto no tanto por la elocuencia de sus palabras como por aquella prominente verruga que asomaba de su nariz, haciendo honor a su nombre, Cicerón, que viene a significar “garbanzo”. Tras pronunciar, de manera oportuna, aquello de “apartar los garbanzos negros”, le llegó el turno de réplica a Léntulo, apelativo que proviene de “lenteja”. Y todos los presentes dirigieron de manera inmediata la mirada a la curiosa peca que lucía junto a la comisura del labio. Con el conocido “si quieres las comes y si no las dejas”, cedió la palabra a Fabio. Y por más que buscaran los asistentes alguna peculiaridad en su rostro que pudieran identificar con un “haba”, al llamarse de este modo, no encontraron nada destacable. Pero en cuanto inició su parlamento, confundiendo el nombre de Catilina (protagonista de la conjura a debate) por el de Catalina, no perdiendo la ocasión de mencionar lo de “que si quieres arroz”, los miembros del Senado romano tuvieron claro el porqué de su apodo; habían dado con el “tontolaba” (o tonto del haba).

Mala suerte

Cuidado con los tréboles de cuatro hojas. Ese fue el único consejo que me dio mi venerado maestro cuando me encomendó continuar la ardua tarea de evangelizar estas tierras. Como le viera hacer en tantas ocasiones a mi predecesor San Patricio, me dispuse a hablarles de la Santísima Trinidad tomando una de esas simpáticas plantitas que brotan por doquier. Pero al agacharme, comprobé horrorizado que todas lucían cuatro foliolos. Aquellos paganos me contemplaban confundidos. Más si cabe cuando, desesperado, me vieron arrancar la cuatra hoja. Percibieron tal agresividad en este gesto que huyeron despavoridos. Decidí entonces tomar en su lugar una horca de tres puntas pero ahora me toman por el mismísmio Diablo.

Volver

Absorto en mis pensamientos, me descubrí caminando hacia mi antiguo barrio. Como si el tiempo se hubiera detenido, allí estaba el patio del recreo donde dábamos torpes patadas al balón, el cine de donde salíamos, espada láser en mano, dispuestos a defender la galaxia, el viejo portal sin ascensor donde vivíamos… De manera inconsciente, pulsé el timbre y una voz familiar vino del pasado para aparecer en el portero automático. Y tras empujar la puerta, subí raudo los escalones deseando con todas mis fuerzas que mamá me hubiera traído de la compra una deliciosa PanteraRosa.

Saber robar

La puerta chirrió al girar sobre sus goznes con un sonido perturbador que ponía los vellos de punta.

– Hay que engrasar las bisagras – musitó muy bajo para no ser descubierto. No era la primera vez que entraba a hurtadillas en una iglesia, de hecho era todo un experto en el dudoso arte de desvalijarlas. Pero esta vez no venía a por ninguna tabla policromada, talla de la Virgen o códice medieval que pudiera luego vender a algún rico coleccionista extranjero, sino a por algo más excéntrico: la sangre coagulada de Wifredo el Velloso con la que, se dice, trazaron las cuatro barras que conforman la señera, tan de moda hoy día. Sus contactos le habían informado del sitio exacto donde se guardaba, en lo más profundo de la cripta de aquel templo. Pero cuando se disponía a descender los peldaños que conducían hasta las sepulcros ricamente tallados, un grito a su espalda le paralizó por completo. Y al dirigir hacia allí el haz de luz de su linterna, vio como era apuntado por el cañón de varios revólveres. Mientras era engrilletado y conducido al coche patrulla, pudo escuchar como el hombre de gabardina se dirigía a un agente uniformado al tiempo que apuraba un cigarrillo:

– He de reconocer que no confiaba demasiado en su plan.

– Ya le dije, comisario, que Erik el Belga es un especialista en el robo de piezas de arte pero de historia no tiene la menor idea. Cualquier entendido sabe que eso de los dedos manchados en sangre de la herida del Conde de Barcelona es solo una leyenda.

– Pues ahora va a tener mucho tiempo para leer y culturizarse.

Y estallaron ambos en una malévola carcajada que resonó en la oscuridad de la noche.