Saber robar

La puerta chirrió al girar sobre sus goznes con un sonido perturbador que ponía los vellos de punta.

– Hay que engrasar las bisagras – musitó muy bajo para no ser descubierto. No era la primera vez que entraba a hurtadillas en una iglesia, de hecho era todo un experto en el dudoso arte de desvalijarlas. Pero esta vez no venía a por ninguna tabla policromada, talla de la Virgen o códice medieval que pudiera luego vender a algún rico coleccionista extranjero, sino a por algo más excéntrico: la sangre coagulada de Wifredo el Velloso con la que, se dice, trazaron las cuatro barras que conforman la señera, tan de moda hoy día. Sus contactos le habían informado del sitio exacto donde se guardaba, en lo más profundo de la cripta de aquel templo. Pero cuando se disponía a descender los peldaños que conducían hasta las sepulcros ricamente tallados, un grito a su espalda le paralizó por completo. Y al dirigir hacia allí el haz de luz de su linterna, vio como era apuntado por el cañón de varios revólveres. Mientras era engrilletado y conducido al coche patrulla, pudo escuchar como el hombre de gabardina se dirigía a un agente uniformado al tiempo que apuraba un cigarrillo:

– He de reconocer que no confiaba demasiado en su plan.

– Ya le dije, comisario, que Erik el Belga es un especialista en el robo de piezas de arte pero de historia no tiene la menor idea. Cualquier entendido sabe que eso de los dedos manchados en sangre de la herida del Conde de Barcelona es solo una leyenda.

– Pues ahora va a tener mucho tiempo para leer y culturizarse.

Y estallaron ambos en una malévola carcajada que resonó en la oscuridad de la noche.

Rebelde

Cuando supo que la Real Academia Española admitía la palabra “madalena” comenzó a decir “magalena”.

Ilustración tomada de la página productoscustodio.com

Voto fiel

El análisis de las encuestas revela la existencia de una enorme competencia entre los diferentes candidatos para asumir el gobierno de la ciudad. Por ello cada voto es importantísimo. Tenemos una cita el próximo domingo – recuerda con su mejor sonrisa el alcalde en el televisado debate electoral. Marisa, la abogada que le defendiera con éxito en aquellas denuncias por malversación de fondos públicos y tráfico de influencias escucha arrobada su mensaje. ¡Es tan guapo! El esperado día de las elecciones, deposita delicadamente el sobre en la urna con la papeleta bañada en perfume y salpicada de besos de carmín. Cuando aparece de nuevo su candidato en pantalla, ya sin esa cautivadora sonrisa, lo hace para comunicar que por un escaso margen ha perdido las elecciones culpabilizando de ello (es bien sabido que los políticos no entienden de autocrítica) al voto nulo.

Héroe local

Tenemos un problema. Pero un problema grande. No del tipo “calcule el área de un trapecio”. El problema del que les hablo no tiene solución. Al menos en apariencia. Y es que cada 23 de Abril, un dragón de poderosas garras y temibles llamaradas siembra el pánico entre las gentes de estas tierras hasta que la sola presencia del valiente San Jorge le hace emprender la huida. Pero tras los últimos acontecimientos, el Santo anda demasiado ocupado en la comunidad vecina y claro, nosotros nos hemos quedado sin héroe. Se comenta que un tal Pepín Banzo esta dispuesto este año a plantarle cara a la fiera, armado con una dulzaina para tratar de amasarlo cual Orfeo con su lira. O tal vez lo haga desaparecer pues este mozo se dedica además a la magia. O quién sabe, como también es humorista, puede que lo mate de risa.

San Jorge y el dragón de Rafael

Real

Tres cráneos de Cézanne

El monarca encargó al pintor de la Corte que retratara a sus predecesores en el trono para decorar la estancia real. Y ésta se llenó de lienzos de calaveras y huesos.


Realismo mágico Capítulo III y último

¡Pobre! No ha firmado todavía ningún ejemplar – lamenté Aunque bien mirado, me dedicará más tiempo. Mi efusivo saludo le hizo abandonar repentinamente su ensimismamiento.

-¡Soy su fan número uno! – le espeté lamentando en ese mismo momento no haber sido más original. Él me obsequió con una cálida sonrisa. Supongo que eso se lo dirán todos ¿no? – continué con mi falta de originalidad.

-No crea, no crea – respondió – ¿Y a nombre de quién quiere que dedique el libro?

-Esto… al mío, al mío. Es decir a Mateo, Mateo Río – acerté a decir a trompicones.

-A Mateo Río, mi más fiel lector con todo mi cariño GGM.

-¡Qué ilusión! Tengo su firma. No quiero imaginar las caras de mis compañeros cuando lo cuente en clase. No van a creerme – exclamé eufórico.

Y claro que no me creyeron. ¿Cómo iban a creer que al levantar la mirada de su cariñosa dedicatoria, éste había desaparecido? Y con él, la mesa con los libros cuidadosamente colocados.

Quizá sea eso del “realismo mágico” del que tanto hablan al referirse a algunos autores hispanoamericanos. No lo sé. El caso es que conservo aquella dedicatoria como lo más preciado del mundo. Y la tengo por auténtica, como tengo esta historia por cierta, convencido de que no se trató de un sueño de verano. Aún cuando los noticieros se empeñen en repetir que el ganador del premio Nobel de Literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, dada su avanzada edad, lleva meses sin abandonar su residencia de México.

Realismo mágico Capítulo II

Ellos se lo pierden – pensé. Y tras ahuyentar en la medida de lo posible los nervios lógicos del momento, avancé decidido hasta él. Hubiera alcanzado su mesa de no ser porque caí en que debía llevar algún libro suyo. Algo nada complicado estando donde estaba. Así pues, guiándome por la primera letra de su apellido, me adentré en un laberinto de estanterías repletas de volúmenes.

¿Cómo es posible? De la F pasan a la H. ¿Y la G? ¿Dónde diablos la han puesto? Tranquilidad. Veamos, tal vez han ordenado sus obras por el segundo apellido – me dije. Pero nada. Ni rastro de sus libros. Ya me disponía a preguntar a uno de los dependientes cuando reparé en la posible explicación. ¡Claro! Están todos colocados en la mesa junto al autor. ¡Qué estúpido he sido! Y con la satisfacción del enigma resuelto, me dirigí hasta donde se encontraba mi admirado escritor. Éste mantenía la mirada perdida en un punto fijo de la librería y sujetaba una elegante pluma todavía sin abrir.

Realismo mágico Capítulo I

Era pleno Agosto. Y el calor pegajoso de la ciudad había empujado a la gente a la playa o la montaña. Yo buscaba refugio en algún local con aire acondicionado. Y en las librerías además de disfrutar del fresco puedes ojear el género sin prisa pues dar con la lectura adecuada no es algo, como es bien sabido, que se decida a la ligera, sino que requiere su tiempo. Y eso era algo de lo que yo andaba sobrado en aquel estío. No bien hube superado el umbral de la tienda cuando para mi sorpresa descubrí tras una mesa y dispuesto a firmar ejemplares de sus obras, a mi escritor favorito. No lo podía creer. Cómo tampoco podía entender que el resto de clientes no repararan en su presencia, ocupados como estaban en adquirir el último best-seller o en reservar los libros de texto para sus hijos aún cuando faltaba más de un mes para el comienzo del nuevo curso escolar.

Maratón

Relata Heródoto que en el 490 a.C Fidípides recorrió 240 kilómetros para advertir a los espartanos del desembarco persa en Maratón. Luciano habla de 42 kilómetros, la distancia que separa Maratón de Atenas pues pretendía anunciar la victoria ateniense sobre las tropas persas. Plutarco afirma que su nombre era Eucles. Y mientras los cronistas no se ponen de acuerdo, ahí tenemos a nuestro protagonista, que ya no sabe ni quién es ni donde ha de ir. Tan solo tiene una cosa clara, que si quiere seguir con vida no debe parar de correr.