Hambre

Fotografía Javier de Julián

Al escuchar su nombre, avanzó unos pasos con elegancia hacia el micrófono.

Mi deseo es que se acabe el hambre en el mundo – contestó sin perder su amplia sonrisa con la mirada fija en la cámara.

Los sonoros aplausos del público asistente al certamen de belleza disimularon el incómodo rugir de su estómago en ayunas.

Sourire

Una sonrisa, la más bonita que creía poder existir, me llevó a estudiar Óptica y optometría, yo que siempre fui de Letras Puras. La misma que me empujó a aprender francés, cuando lo mío eran las declinaciones latinas, ya saben, rosa – ae. Y hasta a viajar como voluntario a la República de Chad, siendo que lo más lejos de casa donde había estado era de veraneo en Cambrils. Pero en cuanto pisé suelo africano, se me cayó la venda de los ojos. Descubrí unas gentes tan humildes como agradecidas. Y que quieren que les diga, la sonrisa que te regala un niño al estrenar sus gafas recicladas sí que es realmente hermosa. Y esa no se olvida jamás.

Bécquer y Veruela

Avanzaba el poeta por el silencioso claustro, retumbando en su cabeza las historias relatadas por los aldeanos reunidos al calor del hogar en las frías noches de invierno. Inquietantes relatos acerca de aquelarres y brujas como la temida Tía Casca, del imponente castillo de Trasmoz, levantado en una sola noche y tantas otras narraciones estremecedoras acontecidas en aquellas tierras dominadas por el imponente Moncayo. De súbito, sintió una presencia a su espalda. Algo extraño teniendo en cuenta lo intempestiva de la hora pues muy atrás quedaron ya las campanadas de la media noche. Avanzó raudo por la penumbrosa galería hasta alcanzar la puerta de la iglesia y a volver el rostro, creyó adivinar una sombra oculta tras una laude sepulcral. ¿Quién anda ahí? – acertó a decir con un hilo de voz mientras sentía desbocarse su corazón en el pecho. Pero ningún sonido más pudo salir de su boca desencajada cuando contempló con total nitidez como aquella extraña figura, tras clavarle su pétrea mirada, regresaba a su capitel bellamente labrado con una perturbadora sonrisa dibujada en el rostro.

1773 o el último viaje

-¿Nombre?

– Jorge Juan y Santacilia. Natural de Novelda.

– Suba a bordo. Le estábamos esperando.

En cuanto puso un pie en cubierta, se acercó hasta él efusivo un miembro de la tripulación.

-¡Dichosos mis ojos! Ha de saber que somos grandes admiradores de sus trabajos allá en el Virreinato del Perú. Sería un verdadero honor si tuviera a bien acompañarnos – exclamó señalando a un grupo de hombres entre los que destacaba un genovés absorto en mil cálculos ante mapas y cartas de navegación.

– ¡No le atosigue, pardiez! Que antes nos tiene que relatar con todo lujo de detalles como se la jugó a los ingleses en su propio terreno – Bramó un almirante tuerto, marco y cojo con rendida admiración.

– Y no olvide narrarnos su encuentro con el Sultán de Marruecos. No sé si sabe que yo sufrí cautiverio en Argel – espetó otro de los presentes, éste tullido de la mano izquierda a causa de un disparo de arcabuz.

– ¡A fe mía que sois cargante! Dedíquese a las letras que es lo suyo y déjenos a los hombres de mar – respondieron al unisono una pareja de expedicionarios marinos, uno vasco y otro portugués, mientras le tomaban amistosamente del brazo al ilustre científico, ingeniero naval, espía y diplomático alicantino.

Y mientras tenía lugar esta calurosa bienvenida, el navío se alejaba de la costa española para desaparecer finalmente entre la espesa bruma.

Holywins

Sonó el timbre y al abrir la puerta, el matrimonio encontró un grupito de niños plantados en el umbral.

– Vaya ¿Que tenemos aquí? – exclamó la mujer con una amplia sonrisa.

Los pequeños permanecían en silencio.

– ¿No se os habrá comido la lengua el gato negro? – añadió ocurrente.

– Ahora vosotros debéis preguntarnos ¿Truco o trato? Y os daremos un puñado de caramelos – intervino el marido mostrando la cesta repleta en forma de calabaza

Pero los críos seguían sin hablar.

La situación se antojaba cada vez más incómoda así que ella tomó de nuevo la palabra.

Son unos disfraces muy aterradores. Mira cariño, la niñita lleva los ojos en la mano.

Entonces ésta, con un hilo de voz, afirmó contrariada:

¡Soy Santa Lucia!

Y de pronto, entre el San Sebastián asaeteado y el San Pedro de Verón con la espada incrustada en la cabeza, un párvulo con hábito dominico vació un bidón de gasolina sobre la pareja horrorizada al ver como la titilante llama de la cerilla iluminaba sus aviesas sonrisas.

Nuevos tiempos

Fueron turistas japoneses los primeros en percatarse. Los feligreses que a diario visitan a la Virgen se lo comunicaron al Cabildo quien en seguida se puso en contacto con el Consistorio. A media mañana, la noticia ya había saltado a los diarios digitales. Las cúpulas desnudas de la Basílica habían amanecido pintadas con grafiti. Pero no se trataba de las acostumbradas firmas que salpican muros y fachadas de la ciudad sino que suponían una admirable continuación de las obras de temática mariana, ejecutada siglos atrás por Francisco de Goya y los hermanos Bayeu. Así, los vacíos techos se llenaron de simpáticos angelotes acompañando a una emotiva María. Desde Madrid, Antonio López emitió un comunicado desmarcándose de tal acción. Las cámaras de seguridad, modernizadas tras el atentado anarquista, desvelaron que fue obra de un grupo de jóvenes encapuchados. Solo con un potente zoom se pudo conocer que bajo las amplias sudaderas asomaban rojos faldones que recordaban a los que lucen los Infanticos del Pilar.

Ilustración tomada de goya.unizar.es

Lutia

Ante la Guardia Civil, el cazador de tesoros declaró no recordar donde halló la pieza requisada, una lámina de bronce de pocos centímetros con escritura celtibérica. Su deficiente estado de conservación impedía realizar una lectura completa. Tan solo se podía leer con cierta nitidez la palabra Lutia. Conocida la noticia del hallazgo, pronto las localidades que rivalizaban por considerarse la heredera de esta población prerromana solicitaron la propiedad de la plancha. Así, tanto Luzón como Luzaga, en Guadalajara, como Lubia, en Soria, se entregaron a una enconada disputa. Pero cuando se recordó que esta antigua ciudad no solo se negó a prestar ayuda a la Numancia sitiada por los romanos sino que su consejo de ancianos delató al valeroso caudillo numantino, Retógenes, no tardaron los municipios en liza en rehusar el valioso hallazgo que terminó tras subasta en una colección particular. Las malas lenguas asegurar que en manos de un acaudalado hombre de negocios romano. Pero es sabido que Roma no paga a traidores.

De conjuras y legumbres

Se acomodó la toga, carraspeó y comenzó su discurso ante un público absorto no tanto por la elocuencia de sus palabras como por aquella prominente verruga que asomaba de su nariz, haciendo honor a su nombre, Cicerón, que viene a significar “garbanzo”. Tras pronunciar, de manera oportuna, aquello de “apartar los garbanzos negros”, le llegó el turno de réplica a Léntulo, apelativo que proviene de “lenteja”. Y todos los presentes dirigieron de manera inmediata la mirada a la curiosa peca que lucía junto a la comisura del labio. Con el conocido “si quieres las comes y si no las dejas”, cedió la palabra a Fabio. Y por más que buscaran los asistentes alguna peculiaridad en su rostro que pudieran identificar con un “haba”, al llamarse de este modo, no encontraron nada destacable. Pero en cuanto inició su parlamento, confundiendo el nombre de Catilina (protagonista de la conjura a debate) por el de Catalina, no perdiendo la ocasión de mencionar lo de “que si quieres arroz”, los miembros del Senado romano tuvieron claro el porqué de su apodo; habían dado con el “tontolaba” (o tonto del haba).

Mala suerte

Cuidado con los tréboles de cuatro hojas. Ese fue el único consejo que me dio mi venerado maestro cuando me encomendó continuar la ardua tarea de evangelizar estas tierras. Como le viera hacer en tantas ocasiones a mi predecesor San Patricio, me dispuse a hablarles de la Santísima Trinidad tomando una de esas simpáticas plantitas que brotan por doquier. Pero al agacharme, comprobé horrorizado que todas lucían cuatro foliolos. Aquellos paganos me contemplaban confundidos. Más si cabe cuando, desesperado, me vieron arrancar la cuatra hoja. Percibieron tal agresividad en este gesto que huyeron despavoridos. Decidí entonces tomar en su lugar una horca de tres puntas pero ahora me toman por el mismísmio Diablo.