Valencia en el plato

De vez en cuando tengo ganas locas de ir a Valencia. Me pasa lo mismo con Donosti, Barcelona o con Asturias. Quiero ir y comer por allí. He tenido la suerte de darme una reciente vueltecita y de ahí esta entrada, con recomendaciones y apuntes:

  1. La paella. Ese plato tan traído y tan llevado, tan denostado y vilipendiado, tan adorado y recordado. En mi casa la paella es sinónimo de comilona en familia-amigos y celebración y le prestamos la atención que merece. Como en Valencia, (como en cada zona, pueblo y casa de Valencia) tenemos nuestros propios ritos y nos lo tomamos muy en serio. Pero otro día os hablo de nuestra paella. Hoy quería destacar la que nos comimos en el restaurante Puigmola, en el pueblo de Barx (en la montaña, cercano a Gandía). Entre espectaculares mares de naranjos se llega a este lugar, mítico por sus paellas valencianas hechas con leña. Es increíble el manejo del cocinero, con varias generaciones detrás, a la hora de preparar este plato, que aquí llega a la mesa con pimientos y bolas de carne (Figatells, pongámonos académicos. Se trata de una mezcla de tocino magro e hígado, picados y envueltos en tripa). Para que luego digan que solo hay una receta… Buenísima y excepcional.

 

Figatell

 

Y como los viajes siempre aportan algo a nuestro acervo culinario, aquí va otra recomendación en la misma zona: el Espencat, una suerte de ensalada con pimiento y berenjena asados, bacalao, y en este caso, una mojama casera de quitar el sentido.

 

Espencat

2. De mi visita valenciana me traje flores de azahar para hacer un licor (receta gentileza de Eugenia, de L’Hort de Lalaia) y hojas de limonero, esta vez para preparar un postre murciano que me chifla: los paparajotes. Se trata de elaborar una masa con huevo, leche, azúcar, raspadura de limón, una pizca de levadura y harina, como si fuera una masa espesa de tortitas. Ahí se rebozan las hojas del limonero y se fríen. La hoja no se come (yo me la comí la primera vez y no me pasó nada), sólo el rebozado, que se impregna del aroma cítrico. Si alguna vez podéis acceder a las hojas de limoneros o naranjos (cosa muy difícil en Soria) probad este postre.

Paparajotes friéndose

3. La Ribera Alta del Júcar es la cuna de la naranja por excelencia. Cuentan que fue un cura, Vicent Monzó i Vidal, el primero que plantó un naranjo en esta zona, y ahora hay miles de explotaciones que abastecen a comunidades enteras. Las distintas variedades permiten que tengamos naranjas todo el año en los mercados. Me resultó curioso visitando Carcaixent, que a pesar de ser el centro de una zona repleta de naranjos no existan apenas productos derivados, como el agua de azahar, licores, perfumes… Solo naranjas y alguna pequeña producción de miel de azahar. Encontramos, eso sí, una panadería tradicional que hacía pan de toronja (naranja) y de calabaza, realmente esponjosos y ricos. Y un postre con boniatos y almendras maravilloso, muy calórico, eso sí (arnadí).

Pan de naranja, pan de calabaza y arnadí.

4. En Carcaixent hay muchas curiosidades históricas relacionadas  con la naranja y la gastronomía. Entre las más especiales está la cocina del siglo XVIII del conocido como Palacio de la Marqueseta, que se conserva tal y como era y que hoy forma parte de las dependencias municipales. Los azulejos con motivos culinarios bien valen una visita a esta localidad:

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