Una ruta por Barcelona (de las mil posibles)

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Terraza del Dos Cielos

Visitar Barcelona siempre es un placer. Y he de decir que siempre he comido bien. Me gustan sus mercados, sus pastelerías, los bares de la Barceloneta, las arrocerías y la mayoría de los restaurantes que he visitado. Será que he ido bien asesorada, pero he podido evitar el ‘turisteo’ y no me he sentido estafada, aunque parece que proliferan en la Ciudad Condal los establecimientos de paella congelada y tapas que dan pena. Hace unos días me pude permitir un día completo en Barcelona, un día de disfrute, y esta es la crónica gastronómica de ese recorrido.

Para empezar el día, vanguardia culinaria. En este sentido, los catalanes son unos maestros. Una gran mayoría de las tendencias nacen allí y después se extienden por el resto del país. Un ejemplo de ello es el restaurante que los hermanos Torres regentan en el piso 24 del hotel Meliá Sky Barcelona. El Dos Cielos incorporó la cocina a la sala y los comensales pasan por delante de los fogones antes de ocupar su mesa. Es una de sus señas de identidad, pero tienen muchas otras. La cuestión es que nos citamos con los Torres por un proyecto en el que estamos trabajando y ellos, como buenos anfitriones y atentos siempre a los detalles para que todo el mundo esté a gusto en su casa, nos sirvieron un estupendo cava y unas maravillosas aceitunas rellenas de mousse de anchoas. La brisa marina en la terraza y las vistas al Mediterráneo enmarcaron el mejor apertivio posible. ¿Se puede empezar mejor? La conversación continuó en la cocina del Dos Cielos, el territorio de los Torres, donde prepararon en pocos minutos un exquisito arroz con pichón y setas que todos compartimos, y seguimos con el cava. Un privilegio.

La tarde transcurrió en la playa, un último regalo de este otoño benévolo para que nos quede el recuerdo cuando apriete el frío. Aproveché mi estancia en Barcelona para acercarme a una de las tiendas de cocina que más me gustan, como Gadgets&Cuina, y comprarme algún cacharro imprescindible, como un cortador de raviolis o un rotulador comestible (¿quién puede cocinar sin estas cosas?). Los cocinillas somos así.

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Pincho Nikita Nipon, del Telefèric

En estas que llegó la hora del aperitivo vespertino. La oferta es tan grande que decidimos apostar por lo seguro. Roger Nasarre es un joven cocinero curtido en algunos de los mejores restaurantes en San Sebastián que ha vuelto a su ciudad dispuesto a revolucionar el panorama de las tapas en la Condal. Responsable de la cocina en el restaurante Telefèric, el nuevo local que el exitoso establecimiento de San Cugat del Vallés ha abierto en la Plaza Letamendi de Barcelona, ha creado una carta de pinchos ‘a la donostiarra’, preparados en el día y con toques originales que son un escándalo para la vista y para el paladar. Roger nos contaba que pronto incoroporará a la oferta las tapas hechas al momento. Allí probamos, entre otras, la tapa con la que el Telefèric participaba en la 7ª edición de la Ruta de Tapas por Barcelona: Nikita Nipon, un delicioso tartar de atún marinado, guacamole, mango cítrico y oliva deshidratada.

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Pinchos del Telefèric

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Los sabores orientales de la tapa despertaron nuestras ganas de seguir en la misma onda gastronómica, así que buscamos un restaurante de confianza. El Japonés, como su propio nombre indica, es la opción nipona del grupo Tragaluz en Barcelona. Su oferta y su buena ubicación (en pleno Eixample) hace que siempre esté de bote en bote, pero una espera de veinte minutos tomando un vino blanco en su entrada merece la pena. La oferta es variada, rápida, de calidad y a precios razonables. El restaurante es acogedor aunque esté lleno de gente y el servicio no te hace esperar, una vez sentados a la mesa. La barra de sushi es todo un espectáculo. La comida no sorprende, es lo que se espera de un buen japonés, pero todo está rico y bien presentado. Nuestra elección, simple: sopa de tofu, sushi y sashimi y tempura de verduras.

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Sushi y sashimi en El Japonés

Tras el festín nipón, aún quedaba espacio para un dulce. En Barcelona hay muchas y buenas opciones, pero algunas de las mejores pasan por las firmas más clásicas. Mirar los escaparates de la pastelería Mauri es una sensación única. Uno se siente allí como Willy Wonka cuando entraba en la fábrica de chocolate. Es muy difícil decidirse por algo, pero al final había que hacerlo, y las opciones fueron un mini tocinillo de cielo y unas tiras de chocolate con interior de galleta que fuimos degustando por la calle. Sin palabras.

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Tocinillo de cielo de Mauri

Un día gastronomíco como éste sólo puede rematarse de una forma, con un buen cócktail. Y aquí elegimos el clásico de los clásicos, el Boadas. La cocktelería más antigua de Barcelona no decepciona. Hay que abrirse hueco hasta la barra, eso sí, porque la solera literaria, las guías turísticas y las Ramblas no dejan otra opción. Pero una vez ganado el sitio, la experiencia es estupenda. No hace falta saber de cócteles para que te preparen ese que te apetece. Los camareros del Boadas se las saben todas: ¿cómo pueden ponerte la copa perfecta con premisas tan poco concretas como ‘algo seco, cortito, con un punto dulce, pero no mucho’? Pues lo hicieron. Recomendable del todo.

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Coctelería Boadas

Una ruta gastronómica por Barcelona, de las miles posibles.

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