Streetxo, nuevas sensaciones

imageMi semana madrileña dio para mucho, gastronómicamente hablando. Una de las propuestas que hace tiempo quería probar era Streetxo, el rincón que el genial David Muñoz de Diverxo lidera en la última planta de El Corte Inglés de Callao, o lo que antes eran Galerías Preciados. El espacio, en el que trabajan varios jóvenes cocineros/camareros, cortados todos por el mismo patrón (tatuajes, crestas y piercing) pretende simular un puesto callejero de comida de cualquiera de las populosas ciudades asiáticas, pero claro, es difícil olvidar que uno se encuentra en El Corte Inglés, en un edificio con aire acondicionado y compartiendo espacio con una de las zonas gourmets más pijas del país. Para añadir Inri al asunto, la comida se sirve sin platos, directamente sobre manteles de papel, los cubiertos son de plástico y una música atronadora impide concentrarse en otra cosa que no sea la comida. Los camareros se acodan en la barra para explicar cada uno de los platos, pero el intento es infructuoso, porque apenas se les escucha. Una barra cuadrada rodea la cocina vista, todo en negro y rojo, donde las llamas y los golpes de wok dominan la escena. La propuesta gastronómica consiste en una serie de platos para compartir, una carta compuesta por trece ‘tapas’ con nombres de mezclas imposibles, como los Ñoqui de arroz glutinoso con boloñesa coreana con chorizo ahumado de León y jugo de mandarinas. Todo el escenario, pretendidamente canalla y provocador, cae fácilmente en el absurdo. Al fin y al cabo, si realmente quieres parecer un puesto callejero, sé un puesto callejero, es decir, en la calle. Eso sí sería rompedor. Pero aquí toparíamos con las rígidas políticas gastronómicas/sanitarias de este país, difícilmente comparables a las de Hong-Kong. Esa fue mi visión del asunto cuando llegué a Streetxo. Mi amiga, sin embargo, ve verdaderos bemoles en abrir un sitio así precisamente en un centro comercial de Callao. Cada uno con sus cadaunadas.

imagePero luego, llega la comida, y ahí ya la parafernalia se acaba. O te gusta o no te gusta, y a mí me encantó. Cada uno de los platos es una explosión de sabores exóticos con otros muy reconocibles, texturas increíbles, con un punto dulce, picante; mezclas que parecían imposibles casan a la perfección, ingredientes desconocidos llegados de Asia o América se unen a los más castizos y el resultado es espectacular, distinto.

El pollo a la brasa marinado en chiles dulces llega con una textura increíblemente jugosa junto a una ensalada con aceitunas, naranjas y especias morunas; el tataki de pez mantequilla también tiene un toque de brasa y lo acompaña otra ensalada, esta vez con toques anisados yyuzu. El chili crab, o cangrejo picante y gigante viene bañado en una estupenda salsa de chipotles, palo cortado ymantou que se moja con una especie de pan chino con toque dulce. El plato de panceta ibérica llega cocida al vapor junto a un condimento de mejillones escabechados, shitakes encurtidos y varias salsas. El conjunto se come en rollito que hay que imageautofabricarse con la ayuda de una hoja de lechuga. Mis últimas pruebas (éramos tres) fueron el tuétano con cocotxa a la brasa con salsa bilbaína y jugo de kimchee con una galleta de arroz y un impresionante cocido Hong Kong-Madrid con tamarindo al carbón y chiles escabechados, con todo el sabor del famoso plato madrileño pero con añadidos y texturas totalmente diferentes.

El precio de los platos oscila entre los cuatro y los catorce euros y lo cierto es que con cuatro o cinco de ellos sí comen tres personas. Merece la pena, totalmente recomendable, aunque si no es amante del ruido, coma con tapones.image

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