Donosti, más que pintxos

Hola, gente. Como sabéis los que me seguís, ando liada entre fogones, y la verdad es que no son unos fogones cualquiera. Casi todo mi tiempo está empleado en el ‘stage’ que estoy haciendo en Donosti, aunque siempre reservo un poquito para seguir conociendo y creciendo en este vastísimo campo de la gast01b657e8b25a1c784c69bca7915e589246d77c7444ronomía.

San Sebastián vive el culto a la comida como ningún otro sitio. Hay pocas conversaciones que se escapen a este mundo y poca gente que no esté de alguna manera relacionada con productos, restaurantes o cocineros. Las ventajas son bien conocidas: una variedad ingente de sitios y ofertas y una veneración por el buen producto. La parte negativa está en los elevados precios respecto a otros lugares y la masificación turística, especialmente los fines de semana. Este verano, además, se presume especialmente agitado por la Capitalidad Europea de la Cultura y todos sus eventos asociados.

Las exuberantes barras llenas de pinchos de todo tipo son lo más llamativo y característico de esta ciudad, que también cuenta con grandísimos, grandes y medianos restaurantes a tener en cuenta. Pero algo que me ha llamado especialmente la atención durante estos meses de estancia donostiarra es la cantidad de pastelerías y panaderías artesanas que tiene esta ciudad, algunas míticas y otras más recientes, pero casi todas con una oferta de calidad como no había visto en mucho tiempo. Es una pena que muchos obradores de este país hayan perdido prácticamente el oficio de lo casero en favor de preparaciones artificiales e insulsas.

Pastelerías con mucha solera o más recientes ofrecen productos de tradición, como el pastel vasco, el brioche, los croissants de mantequilla, los cigarritos de Tolosa, las tejas de almendra o la famosa pantxineta, una tarta de hojaldre, crema y almendras. Sin duda, la influencia francesa se deja notar en la respostería de San Sebastián, al igual que en la panadería, cuidada en las selección de harinas y las levaduras, en los levados largos y en las cocciones al día (Galparsoro es espectacular). Nada que ver con esos panes precocidos que se doran a última hora. Para perderse en estas delicias no hay que salir del centro de la ciudad. Otaegui, Barrenetxe, Oiartzun, Izar, Argitan… la lista es larga y mítica, ya que algunos establecimientos cuentan con más de un siglo de historia.

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También han proliferado al igual que en otros lugares cafeterías en las que se sirven tartas caseras, zumos de frutas y una buena selección de cafés e infusiones. Algunos no son más que sitios bonitos y poco más, pero los hay que sirven verdaderas delicias preparadas al día y por cocineros que saben lo que hacen. Mi preferido, Ijentea, justo detrás del Ayuntamiento. Cualquiera de las tartas que ofrece es buena opción, pero la de chocolate fundido es una locura.

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Pero este apartado dulce de San Sebastián no podía terminar sin mencionar una de las mejores tartas de queso que he probado en mi vida, la del restaurante La Viña. Horneada y sin más aderezos, es una verdadera delicia. La sirven ya en porciones para llevar. Comerla en el Paseo Nuevo mirando el mar, que está justo al lado, es uno de esos placeres de la vida que no se pagan con dinero.

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